lunes, 7 de agosto de 2017

EL PATIO DE LOS LEONES



Pasaba el mediodía, no mucho antes del tercer llamamiento a la oración, cuando Ammar ibn Khairan cruzó la puerta de las Campanas y entró en el palacio de Al-Fontina, en Silvenes, para matar al último de los califas de Al-Rassan.

Al entrar en la Corte de los Leones, se topó con los tres juegos de puertas dobles y se detuvo frente a las que conducían a los jardines. Había eunucos guardando esas puertas. Conocía sus nombres, ya había tratado con ellos. Uno asintió discretamente hacia él; el otro mantuvo la mirada apartada. Prefería al segundo. Abrieron las pesadas puertas y entró. Las oyó cerrarse tras él.

En el calor del día los jardines estaban desiertos. Todos aquellos que aún permanecían dentro del decadente esplendor del Al-Fontina habrían buscado la sombra de las estancias más recónditas. Estarían dando sorbos a vinos dulces fríos o utilizando las cucharas exageradamente largas diseñadas por Ziryani para degustar los sorbetes que se mantenían congelados en las profundas bodegas con nieve bajada de las montañas. Lujos de otros tiempos destinados a hombres y mujeres muy distintos de los que ahora ahí vivían.

Mientras pensaba en ello, Ibn Khairan caminaba silenciosamente por el Jardín de las Naranjas y atravesaba el arco de herradura en dirección al Jardín del Almendro, para luego pasar bajo otro arco que daba al Jardín del Ciprés, con su árbol, único y perfecto, reflejado en tres albercas. Cada jardín era más pequeño que el anterior, y todos ellos de una belleza desgarradora. Como una vez había dicho un poeta, el Al-Fontina se había construido para romper el corazón.

Al final del largo recorrido llegó al Jardín del Deseo, el más pequeño de todos y el que más se asemejaba a una joya. Y allí, vestido de blanco y sentado solo y en silencio sobre el ancho borde de la fuente estaba Muzáfar, según lo convenido.

Ibn Khairan hizo una reverencia bajo el arco, un hábito profundamente arraigado. El anciano ciego no pudo verla. Tras un instante, dio un paso adelante y pisó deliberadamente el camino que conducía a la fuente.

Guy Gavriel Kay, Los Leones deAl-Rassan