miércoles, 2 de agosto de 2017

LA CAPILLA SIXTINA


Ana ajustó las lentes de sus prismáticos y se estremeció al contemplar aquella mueca atormentada. El rostro de Miguel Ángel, convertido en una máscara de goma derretida, observaba desde lo alto a la joven intrusa: una muchacha de catorce años en viaje de fin de curso, hechizada por los inquilinos de colorido vivaz que moraban en los techos y paredes de la capilla Sixtina. Cinco siglos atrás, el autor del fresco más famoso del mundo había dejado su autorretrato entre las cuatrocientas figuras que danzaban al son de los clarines del Juicio Final. Unas despertaban para la condenación eterna. Otras surgían del sepulcro para ascender a la gloria. Y allá arriba, el apóstol Bartolomé sostenía en una mano su propia piel, aquélla que le arrancaran en su martirio y que ahora colgaba en el aire como un traje de neopreno, mostrando el semblante fantasmal de Miguel Ángel Buonaroti. Los prismáticos temblaron entre los dedos de la joven. Hacía rato que los compañeros de Ana aguardaban en los patios del exterior, con los pies doloridos de patear las calles de Roma. El grupo de escolares había pasado por la capilla con paso rápido, entre risas y empujones, sin molestarse apenas en girar sus cuellos hacia los techos para hacer alguna broma infantil sobre los desnudos. La estancia se encontraba ahora casi vacía, a excepción de unos pocos turistas que susurraban admirados ante las imágenes de la creación de Adán, el Diluvio Universal o el sacrificio de Noé.

Inmóvil frente al alto muro, la chica detenía sus prismáticos ante cada rostro. Con un discreto movimiento, se apartó los largos cabellos castaños para colocarse unos minúsculos auriculares y encendió su reproductor de MP3 de bolsillo. Una visitante de aspecto nórdico le dirigió una mirada de soslayo para censurar su atrevimiento. Pero Ana, impertérrita, comenzó a escuchar el Réquiem de Mozart a todo volumen. Se dejó llevar por aquellas notas tremendas y, entonces, arrancó la historia... En el lado derecho, los condenados caían irremediablemente hacia el abismo, allá donde Caronte, el barquero de los infiernos, conducía su barca repleta de viajeros con destino a los tormentos. Minos, el juez implacable, los aguardaba para dictar sentencia mientras sostenía una gran serpiente enroscada en el torso. A la izquierda, las almas respondían a la llamada y abandonaban sus tumbas para elevarse, ingrávidas, hasta los cielos. Abajo, los esqueletos descarnados se cubrían de carne, músculos y tendones. Arriba, los cuerpos resucitados se reunían con los bienaventurados. Con un movimiento brusco, Ana dirigió sus lentes hasta lo más alto del fresco y descubrió la figura de un hombre que se retorcía espantado en su trono. Intentó leer el nombre inscrito en la ménsula que tenía bajo sus pies, pero una sombra cubría el rótulo y apenas distinguió un par de letras. Ana juzgó que se trataba de un personaje importante, pues ocupaba un lugar privilegiado sobre el Juicio Final, por encima, incluso, del Mesías. Concentró su mirada en el personaje y advirtió extrañada la presencia de un pez monstruoso, que parecía surgir del propio fresco. -¡Qué curioso! -pensó Ana- ¿Por qué pintaría Miguel Ángel un pez gigante en lo más alto de su obra maestra? El animal flotaba en el aire, lo cual hacía el misterio todavía más intrigante.

Antonio Sánchez Escanilla, Ana y la Sibila