jueves, 31 de agosto de 2017

LA GRAN VÍA


Cuando Matías no podía zafarse de la vigilancia del encargado del Capitol para colar a Nicasio en la sala, el chico paseaba una y otra vez de un extremo a otro de la Gran Vía. Aquello resultaba casi tan interesante como el cine: de los escaparates de los Almacenes Rodríguez a la joyería Aldao; de los modernos expendedores de bebida y comida del Tánger, el primer bar automático de la ciudad, a las cristaleras de la elegante y selecta coctelería Chicote; las calles, atestadas de automóviles y tranvías que se detenían cada dos por tres vomitando gente. Nicasio, hipnotizado por completo, miraba la extraña y diversa fauna que poblaba las aceras más anchas y transitadas de toda la ciudad: carteristas, bohemios, cupletistas, timadores, mucamas, ricachones, sablistas, mendigos, grupitos de taquimecas y mecanógrafas, mozos juerguistas, airados anarquistas y comunistas solidarios repartiendo sus folletos a los transeúntes o llamando a la huelga con verbo incendiario, pues no había día en que no se convocase una: de albañiles, de ascensoristas, de camareros, incluso de toreros.
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En la Gran Vía se juntaba de todo, lo mejor y lo peor: gente de mal y de buen vivir, gente de baja y de alta estofa, carlistas, revolucionarios, falangistas, libertarios, reaccionarios... Algunos de ellos compartían un objetivo común: cambiar el mundo para hacerlo más justo e igualitario, decían, aunque divergían en los medios para alcanzar tal fin. Mientras, la mayoría se divertía sin descanso aguardando que este cambio se produjese, por las buenas o por las malas, por las urnas o por las armas.

Nicasio tampoco apartaba los ojos de los carteles y de los afiches que con fotogramas de las películas colgaban en la entrada de los cines de la competencia, el Rialto, el Callao o el Actualidades, pues para él el Capitol se había convertido en su propia casa, en la única que ahora podía considerar como tal.

Al finalizar las sesiones le gustaba sentarse al lado de la entrada y escuchar al público que salía comentando la película. Nicasio cerraba los ojos y trataba de proyectar en sus retinas las mejores escenas de esos filmes que no había visto y que daba en imaginar.

miércoles, 30 de agosto de 2017

SERPENTINE LAKE


Alexandra me llamó por teléfono. Estaba en Hyde Park, en la terraza del Serpentine Bar, a orillas del estanque. Se estaba tomando un café mientras Duke dormitaba a sus pies.
—Me alegro de que al final hablaras con mi padre —me dijo.
Le conté las cosas de las que me había enterado. Y luego le dije:
—En el fondo, a pesar de todo lo que pasó entre ellos, lo único que contaba para Hillel y Woody era la felicidad de estar juntos. No aguantaban estar reñidos o separados. Su amistad lo perdonó todo. Eso es lo que tengo que recordar.
Noté que estaba emocionada.
—¿Has vuelto a Florida, Markie?
—No.
—¿Sigues en Nueva York?
—No.
Silbé.
Duke enderezó las orejas y se puso de pie de un brinco. Me vio y echó a correr hacia mí como un poseso, ahuyentando al pasar a una bandada de gaviotas y patos. Se me echó encima y me tiró de espaldas.
Alexandra se levantó de la silla.
—¿Markie? —exclamó—. ¡Markie, has venido!
Se lanzó hacia mí. Yo me levanté y la tomé en los brazos. Antes de acurrucarse contra mí, susurró:
—Cuánto te he echado de menos, Markie.
La abracé muy fuerte.

martes, 29 de agosto de 2017

MUJER MIRANDO AL MAR


                A partir del recurso del manuscrito encontrado, Ricardo Gómez nos cuenta dos historias diferentes.

                Una en verso, la historia pasada que nos lleva a la guerra civil y especialmente a la posguerra, donde Elena nos cuenta sus relaciones con Pablo: una pareja que va a vivir una situación límite, que se nos va contando a lo largo de la novela. Hay que señalar que muchas de estas páginas se nos muestran como si fuera un facsimil.

                Otra escrita en prosa, la historia actual, donde el autor nos hace reflexionar sobre el proceso de escritura, como la historia va tomando forma, como se apropia de esa trama que no es suya (“Casi al final de la lectura el argumento me estalló en la cara: una mujer confiesa haber asesinado a su marido, de quien está profundamente enamorada, y es juzgada por ello”), como reconstruye esa historia de amor, junto con todo el proceso de investigación y documentación que ello implica. Y todas sus reflexiones sobre la literatura:  “Una novela, un cuento, un poema…, son el rastro petrificado de algo que estuvo vivo durante tiempo en un cerebro: minúsculas porciones de sangre y linfa cargadas con intenciones, pasiones, dudas y deseos que acaban por cuajar en signos. Son algo parecido a un yacimiento rico en fósiles; sin la imaginación de la lectora, del lector, es imposible reconstruir la vida en aquel paisaje.”

La historia del libro es un poco peculiar; al principio fue un relato (lo podéis encontrar aquí) premiado en el concurso Ciudad de Mula, el año 1998. Y a partir de aquí:

Ya lo he contado en otras ocasiones. El personaje de Elena fue tan poderoso, y me resultó tan intenso imaginar el mundo desde la perspectiva de una mujer, que este cuento siguió vibrando durante años, en los que consideré escribir una novela. No sucedió así. Con el tiempo, ese poema dio lugar a un poema con el mismo tema, escrito como un experimento narrativo. Y, con los años, el cuento y el poema se fundieron en otra experiencia metaliteraria, un libro que obtuvo el premio Gran Angular de SM…

Parte del relato se incluye hacia el final del libro (hay que advertir que las fechas cambian), pero el final es distinto y nos acerca al motivo que le lleva a escribir. Y, sin embargo, esa última carta…

PREMIO GRAN ANGULAR 2010

lunes, 28 de agosto de 2017

EL RELOJ ASTRONÓMICO DE PRAGA


Prácticamente a la carrera regreso por donde he venido y no paro ni para consultar el mapa, esta vez debo de estar siguiendo la ruta adecuada. A lo lejos, oigo las campanadas del reloj: ya son las doce en punto. Imagino a Alexei, bajo la esfera del Reloj Astronómico, mientras suenan las campanadas, confirmando, un día  más, mi ausencia.

Cuando por fin entro en la plaza de la Ciudad Vieja a las doce y cuarto, lo que más me sorprende es la marea de gente y el bullicio; no sé dónde está el reloj, a simple vista solo veo una plaza colorida, llena de palacios preciosos, cada uno de un color; varias terrazas desplegadas entre monumentos; una imponente iglesia con dos torres, que reconozco de la guía, Nuestra Señora de Tyn; igual que la escultura de color bronce que representa a Jan Hus (...)


Ya es casi la una. Pago y me acerco al Reloj Astronómico para tener un buen lugar desde el que ver «El paseo de los apóstoles» que tiene lugar a las horas en punto.

De repente, me veo rodeada de turistas y me sorprende oírles hablar a todos en español.

Entonces me doy cuenta de que siguen a un chico rubio vestido de negro que  lleva  un paraguas morado en alto y que en ese momento les da la bienvenida al Free Tour. Se presenta como Juan, nuestro guía turístico, y dice que la ruta será de tres horas y que, al final, si nos ha resultado satisfactoria, le paguemos lo que nos apetezca.


Sin perder tiempo, empieza a hablar del Reloj Astronómico, ofreciendo su historia y detalles; cuenta que las figuras que flanquean  la esfera son la  Vanidad, la Avaricia, la Muerte y la Invasión Pagana, representada por un turco; y que las figuras que veremos desfilar por encima del reloj son los doce apóstoles. Pero yo no puedo prestar atención.

Solo puedo contemplarle, asombrada, como si fuera un milagro.

Al terminar su explicación, Alexei calla y la figura más sombría toma su relevo. La Muerte toca una campana e invierte su reloj de arena. Todo el mundo mira hacia arriba, hacia el desfile de los apóstoles, pero yo le miro a él, mientras se oyen los timbres, mezclados con los clics de los obturadores de las cámaras. Él, habituado a contemplar el espectáculo, lo ve con indiferencia, hasta que baja su mirada y por fin sus ojos se encuentran con los míos. Me mira asombrado; yo también a él. Los dos sonreímos como dos tontos. Un gallo canta en el reloj y se oye la campanada que da la hora; nosotros, mientras, nos besamos apasionadamente. Algunos turistas aplauden el espectáculo de las marionetas; otros nos aplauden a nosotros.

Ángela Armero, Anochece en los Parques

PREMIO JAEN DE NARRATIVA JUVENIL 2016

domingo, 27 de agosto de 2017

ANOCHE SOÑÉ QUE HABÍA VUELTO A MANDERLEY.


En mi sueño me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. La puerta estaba cerrada con candado y cadena. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó, y cuando miré detenidamente a través de los mohosos barrotes de la verja, vi que la caseta estaba abandonada.
No humeaba la chimenea, y las ventanucas y sus celosías bostezaban en su abandono. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente dotada de una fuerza sobrenatural y atravesé como un espíritu la barrera que me detenía. Serpenteaba el camino ante mí, retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba noté que había cambiado; ahora era estrecho y estaba descuidado, no como yo lo había conocido. Al principio me extrañó y no comprendí lo que había cambiado; pero cuando tuve que bajar la cabeza para no tropezar con una rama que cruzaba el camino, me di cuenta de lo ocurrido. La naturaleza había reconquistado lo que fue suyo y, poquito a poco, con métodos arteros e insidiosos, había ido invadiendo el camino, extendiendo por él sus dedos, largos y tenaces. El bosque, siempre amenazador, incluso en tiempos pasados, había triunfado al fin. Oscura y salvaje, la vegetación llegaba hasta los bordes del camino. Las hayas, de tronco blanco y desnudo, se inclinaban las unas hacia las otras y entrelazaban sus ramas en un extraño abrazo, formando sobre mi cabeza una bóveda como la nave de una iglesia. Vi otros árboles mezclados con las hayas, que no reconocí: robles achaparrados y olmos retorcidos que habían nacido inopinadamente de la tierra silenciosa, junto a plantas y arbustos disformes de los que tampoco me acordaba.
El camino había quedado reducido a un estrecho sendero, ya sin grava, ahogado de hierbas y musgo. Abundaban en los árboles las ramas bajas que estorbaban el paso; las retorcidas raíces parecían garras esqueléticas. Aislados entre la maleza pude reconocer algunos macizos, que en nuestros tiempos resaltaban graciosos y cuidados, como aquel de hortensias de tallos elegantes, cuyas azuladas flores llegaron a adquirir cierto renombre. Nadie las cultivaba ya y se habían vuelto silvestres, creciendo desmesuradas, incapaces de florecer, negruzcas, feas, como los anónimos parásitos que junto a ellas crecían.
Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino avanzaba más y más, torciendo ora a la derecha, ora a la izquierda. Algunas veces lo creí ahogado para siempre, pero aparecía de nuevo, acaso bajo un árbol caído o luchando con el barro de una charca nacida de las lluvias invernales. Me pareció el camino más largo que antes. Evidentemente, los kilómetros se habían multiplicado, como los árboles, y el camino conducía únicamente a un laberinto, a una espesura impenetrable, y no a la casa. Pero, de repente, apareció ésta ante mí. La avenida que conducía hasta la puerta estaba casi borrada por el desmesurado crecimiento de matojos exuberantes que se extendían por todas partes. Me detuve, con el corazón palpitante, mientras sentía en los ojos la extraña punzada de las lágrimas.
¡Allí estaba Manderley! ¡Nuestro Manderley!, reservado y silencioso, como siempre. Sus grises piedras brillaban a la luz de la luna de mi sueño, y las vidrieras reflejaban los verdes macizos de césped y la terraza. El tiempo no había logrado destruir la perfecta simetría de aquellos muros, ni el lugar sobre el que se alzaban como una joya mostrada en el hueco de la mano.
La terraza se fundía en los macizos y los macizos en el mar; volviendo la cabeza, pude ver la sábana de plata, tranquila a la luz de la luna, como lago no inquietado por brisa o por aquilón. Ni una ola rizaba aquellas aguas de ensueño, ninguna nube impelida por el poniente oscurecía la claridad del pálido firmamento. Volví a mirar hacia la casa, y aunque se alzaba inviolada e intacta, como si la acabáramos de abandonar, vi que el jardín había obedecido la ley de la selva, igual que el bosque. Los rododendros medían más de quince metros y se retorcían abrazados en extraño maridaje a una multitud de arbustos anónimos, pobres advenedizos, que se agarraban a sus raíces como si se dieran cuenta de su origen bastardo. Se veía un lilo enlazado con una haya roja, y, como si quisiera hacer la unión más fuerte, la hiedra malévola, sempiterna enemiga de lo grácil, había extendido sus tenaces zarcillos alrededor de la pareja, que así resultaba prisionera. La hiedra reinaba en el abandonado jardín; sus largas ramas se arrastraban sobre el césped, y pronto llegarían hasta la misma casa. Otra planta, espurio brote del bosque, cuyas semillas caían y morían antes bajo los árboles, marchaba ahora junto a la hiedra, e imponía su fealdad de ruibarbo monstruoso sobre los suaves bancales de césped donde antes florecían los narcisos.
Crecían por todas partes las ortigas, vanguardia del ejército invasor. Ahogaban la terraza, se desperezaban en los senderos, se inclinaban, vulgares y delgaduchas, hasta contra las ventanas de la casa. Centinelas descuidadas, habían dejado que rompieran sus filas los arbustos de ruibarbo; sus cabezas arrugadas, sus tallos encogidos, formaban veredas frecuentadas por los conejos. Pasé del camino a la terraza, pues las ortigas no eran barrera para mí. Caminaba encantada, y nada podía detenerme.
La luna sabe jugar con la imaginación, hasta con la imaginación de una persona que duerme. Estaba frente a la casa, callada, silenciosa, y hubiera podido jurar que Manderley no era un caparazón vacío, sino que vivía y respiraba como en otros tiempos.
Veía luz en las ventanas; la brisa nocturna movía suavemente las cortinas; y allí, en la biblioteca, estaba la puerta mal cerrada, como la habíamos dejado, y junto a un jarrón de rosas, mi olvidado pañuelo.
El cuarto mismo era testigo de nuestra presencia allí: un montón de libros preparados para ser devueltos a la biblioteca circulante y un desechado número del Times; ceniceros con alguna colilla; almohadones que aún conservaban las huellas de nuestras cabezas, tirados sobre las sillas. En el hogar, los rescoldos del fuego, que durarían hasta la madrugada, y Jasper, nuestro querido Jasper, con sus ojos expresivos y sus dientes poderosos, estaría tumbado dando con el rabo sobre el suelo porque había oído las pisadas del amo.
Una nube, antes no vista, cubrió de repente la luna y se detuvo un instante, como mano sombría que escondiera una cara. Desapareció la ilusión con ella y las luces de las ventanas se apagaron. Volví a ver solamente un caserón desolado, inanimado, abandonado hasta de los fantasmas, sin que ni un eco del pasado se agarrase a sus paredes desnudas.
La casa era una tumba, y nuestras angustias y sufrimientos estaban allí enterrados en las ruinas. No resucitarían. Cuando, ya despierta, recordase a Manderley, lo haría sin amargura. Pensaría en lo que hubiera podido ser, pensaría que yo hubiera podido vivir allí sin sufrimientos. Me acordaría de la rosaleda en verano y del gorjeo de los pajarillos al amanecer. De la hora del té bajo el castaño, del rumor del mar que nos llegaba a través de los prados.
Pensaría en los lilos en flor y en el Valle Feliz. Eran cosas permanentes y no podían desaparecer. Eran recuerdos y no podían causarnos dolor. Todo esto pensaba aún soñando, mientras las nubes ocultaban la cara de la luna, pues, como muchos que sueñan, me daba cuenta de ello. La verdad era que me encontraba durmiendo a muchos cientos de kilómetros, en tierra extranjera, y que despertaría, pasados unos segundos, en el desnudo cuartito de un hotel cuya vulgaridad anónima me servía de consuelo. Suspiraría un instante, me desperezaría, daría la vuelta, y al abrir los ojos me sorprendería el sol resplandeciente, el cielo límpido y duro, tan distinto de la suave claridad de la luna de mi sueño. Comenzaría nuestro día, largo y monótono, es verdad, pero lleno de cierta paz, de cierta bendita tranquilidad que antes no habíamos conocido. De Manderley no hablaríamos, ni yo le contaría mi sueño. Porque Manderley ya no era nuestro; Manderley ya no existe.

Daphne du Maurier, Rebeca

viernes, 25 de agosto de 2017

¿POR QUÉ SE FASTIDIA TODO AL CUMPLIR LOS 17?


¿Qué ocurre cuando, recién cumplidos 17 años, una descubre que acaba de enamorarse como una tonta de uno de sus profes del instituto?

La respuesta está en esta novela, que narra la historia de Lola, una guapa chica de primero de bachillerato que, el día de su cumpleaños, despierta con la sensación de que algo muy especial está a punto de ocurrirle, tal vez su primera historia de amor. Lo que no puede imaginar es que esa historia tendrá como protagonista a David, su nuevo profesor de Filosofía, y que las consecuencias van a suponer un auténtico cataclismo en una vida en la que, hasta ahora, todo le ha sonreído.

Y para complicar las cosas aún más aparece en escena Pedro, un compañero de clase enamorado de Lola en secreto. Y también el Heavy, su inseparable camarada, un muchacho inconformista y algo cínico, pero a la vez sensible y tremendamente inteligente. ¿Qué pasará cuando el Heavy decida convertirse en el consejero amoroso de su tímido amigo? ¿Cómo acabará todo este embrollo?

El drama está servido, y también la diversión.

La novela de Eloy M. Cebrián se sitúa en Albacete (no se nombra como tal la ciudad, pero es fácilmente reconocible por el instituto, los paseos, el parque…) a finales de los 90 (concretamente en el primer trimestre de 1999), un mundo, como se indica en la nota inicial, donde los jóvenes carecen de móvil, no conocen las redes sociales, llevar un aro en la oreja era impensable para un chico y tendencioso, pero que son iguales que los de ahora. El eje de la historia son las relaciones sentimentales de Lola y sus consecuencias (ilusiones, desengaños, apatía, maledicencia…).

                Los personajes principales son los tres adolescentes, fácilmente reconocibles en nuestras aulas. Primero tenemos a Laura: se considera mayor pues acaba de cumplir diecisiete años, un tanto creída (tanto por su físico como por sus resultados académicos), con cierto miedo a Esther, su mejor amiga, pues la considera una cotilla; cuando llegan los problemas, reacciona como lo haría la mayor parte de las chicas de su edad, ocultando la situación a sus padres.  Pedro, el compañero enamorado de Lola (y todo el mundo sabe su secreto), ante la  presencia de ella es incapaz de hablar o hilvanar dos frases seguidas; en el fondo, es un capullo, por no aplicarle otro adjetivo más fuerte, que cuando se le tuercen las cosas no sabe reaccionar bien y actúa de forma desproporcionada (¿a un colegio de curas? A la legión, lo mandaba). Mi personaje favorito es el que nos queda, “El Heavy” (lástima no conocer su nombre), el mejor amigo de Pedro desde el parvulario; por su forma de vestir, sus gustos musicales, mucha gente le mira mal (el padre de Pedro, por ejemplo, cree que es una mala influencia para su hijo), pero todo eso no es más que una fachada, pues en el fondo es un sentimental al que le gusta leer (y nos lo va a demostrar) y escribir (lo que va a ocultar a todo el mundo).

                Otros personajes que vale la pena destacar: David, el profesor de Filosofía, que al final le van a caer todos los palos y sin saber por qué. El padre de Lola, conocido político comunista (recordemos que el nombre de su hija es un homenaje a la Pasionaria), que, conforme han ido pasado los años, se ha ido aburguesando y cree que su hija es todavía una niña pequeña a la que hay que proteger de todo mal.

                Hay varias referencias literarias en el libro; destacan la novela de Vladimir Nabokov, Lolita (apelativo que odia Lola, y que emplean su padre y David), o Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas, o ese Cyrano que encarnará el Heavy.

                Os dejo con la canción Thunder Road, de Bruce Springsteen, que suena al comienzo de la segunda parte cuando Lola comienza a darle vueltas a lo que ha pasado la noche anterior. 

jueves, 24 de agosto de 2017

EL CUADRO DE LAS LANZAS


Puso el papel sobre la mesa y miró el cuadro. Estaba destinado a decorar el salón de reinos y era enorme, colocado sobre un bastidor especial sujeto a la pared, con una escalera para trabajar en su parte superior.
-Al final os hice caso -añadió, pensativo-. Lanzas en vez de banderas.
Yo mismo le había contado los detalles en largas conversaciones sostenidas durante los últimos meses, después que don Francisco de Quevedo le aconsejara documentar con mi concurso los pormenores de la escena. Para realizarla, Diego Velázquez había decidido prescindir de la furia de los combates, el choque de los aceros y otra materia de rigor en escenas comunes de batallas, procurando la serenidad y la grandeza. Quería, me dijo más de una vez, lograr una situación que fuese al tiempo magnánima y arrogante, y también pintada a la manera que él solía: con la realidad no como era, sino como la mostraba; expresando las cosas que decía conforme a la verdad, mas sin concluirlas, de modo que todo lo demás, el contexto y el espíritu sugeridos por la escena, fuesen trabajo del espectador.
-¿Qué os parece? -me preguntó con suavidad.
Conocía yo de sobra que mi criterio artístico, poco de fiar en un soldado de veinticuatro años, se le daba una higa. Era otra cosa lo que demandaba, y lo entendí por la forma en que me observó casi con recelo, un poco a hurtadillas, a medida que mis ojos recorrían el cuadro.
-Fue así y no fue así -dije.
Arrepentíme de aquellas palabras apenas salieron de mis labios, pues temí incomodarlo. Pero se limitó a sonreir un poco.
-Bueno -dijo-. Ya sé que no hay ningún cerro de esa altura cerca de Breda, y que la perspectiva del fondo es un tanto forzada -dio unos pasos y se quedó mirando el cuadro con los brazos en jarras-. Pero la escena resulta, y es lo que importa.
-No me refería a eso -apunté.
-Sé a qué os referís.
Fue hasta la mano con que el holandés justino de Nassau tiende la llave a nuestro general Spínola -la llave todavía no era más que un esbozo y una mancha de color- y la frotó un poco con el pulgar. Después dio un paso atrás sin dejar de mirar el lienzo; observaba el lugar situado entre dos cabezas, bajo el caño horizontal del arcabuz que el soldado sin barba ni bigote sostiene al hombro: allí donde se insinúa, medio oculto tras los oficiales, el perfil aguileño del capitán Alatriste.
-Al fin y al cabo -dijo por fin- siempre se recordará así... Me refiero a después, cuando vos y yo y todos ellos estemos muertos.
Yo miraba los rostros de los maestres y capitanes del primer término, algunos faltos todavía de los últimos retoques. Lo de menos era que, salvo Justino de Nassau, el príncipe de Neoburgo, don Carlos Coloma y los marqueses de Espinar y de Leganés, amén del propio Spínola, el resto de las cabezas situadas en la escena principal no correspondiese a los personajes reales; que Velázquez retratara a su amigo el pintor Alonso Cano en el arcabucero holandés de la izquierda, y que hubiera utilizado unas facciones muy parecidas a las suyas propias para el oficial con botas altas que mira al espectador, a la derecha. O que el gesto caballeresco del pobre don Ambrosio Spínola -había muerto de pena y de vergüenza cuatro años antes, en Italia- fuese idéntico al que tuvo aquella mañana, pero el del general holandés quedara ejecutado por el artista atribuyéndole más humildad y sometimiento que los mostrados por el Nassau cuando rindió la ciudad en el cuartel de Balanzón... A lo que me refería era a que en esa composición serena, en aquel faltaría más, don Justino, no se incline vuestra merced, y en la contenida actitud de unos y otros oficiales, se ocultaba algo que yo había visto bien de cerca atrás, entre las lanzas: el orgullo insolente de los vencedores, y el despecho y el odio en los ojos de los vencidos; la saña con que nos habíamos acuchillado unos a otros, y aún íbamos a seguir haciéndolo, sin que bastasen las tumbas de que estaba lleno el paisaje del fondo, entre la bruma gris de los incendios. En cuanto a quiénes figuraban en primer término del cuadro y quiénes no, lo cierto era que nosotros, la fiel y sufrida infantería, los tercios viejos que habían hecho el trabajo sucio en las minas y en las caponeras, dando encamisadas en la oscuridad, rompiendo con fuego y hachazos el dique de Sevenberge, peleando en el molino Ruyter y junto al fuerte de Terheyden, con nuestros remiendos y nuestras armas gastadas, nuestras pústulas, nuestras enfermedades y nuestra miseria, no éramos sino la carne de cañón, el eterno decorado sobre el que la otra España, la oficial de los encajes y las reverencias, tomaba posesión de las llaves de Breda -al fin, como temíamos, ni siquiera se nos permitió saquear la ciudad- y posaba para la posteridad permitiéndose toda aquella pamplina: el lujo de mostrar espíritu magnánimo, oh, por favor, no se incline, don Justino. Estamos entre caballeros y en Flandes todavía no se ha puesto el sol.
-Será un gran cuadro –dije
Era sincero. Sería un gran cuadro y el mundo, tal vez, recordase a nuestra infeliz España embellecida a través de ese lienzo donde no era difícil intuir el soplo de la inmortalidad, salido de la paleta del más grande pintor que los tiempos vieron nunca. Pero la realidad, mis verdaderos recuerdos, estaban en el segundo plano de la escena; allí donde sin poder remediarlo se me iba la mirada, más allá de la composición central que me importaba un gentil carajo: en la vieja bandera ajedrezada de azul y blanco, tenida al hombro por un portaenseña de pelo hirsuto y mostacho, que bien podía ser el alférez Chacón, a quien vi morir intentando salvar ese mismo lienzo en la ladera del reducto de Terheyden. En los arcabuceros -Rivas, Llop y los otros que no volvieron a España ni a ningún otro sitio- vueltos de espaldas a la escena principal, o en el bosque de lanzas disciplinadas, anónimas en la pintura, a las que yo podía sin embargo, una por una, poner nombres de camaradas vivos y muertos que las habían paseado por Europa, sosteniéndolas con el sudor y con la sangre, para hacer muy cumplida verdad aquello de:

Y siempre a punto de guerra
combatieron, siempre grandes,
en Alemania y en Flandes,
en Francia y en Inglaterra.
Y se posternó la tierra
estremecida a su paso;
y simples soldados rasos,
en portentosa campaña,
llevaron el sol de España
desde el Oriente al Ocaso.

A ellos, españoles de lenguas y tierras diferentes entre sí, pero solidarios en la ambición, la soberbia y el sufrimiento, y no a los figurones retratados en primer término del lienzo, era a quien el holandés entregaba su maldita llave. A aquella tropa sin nombre ni rostro, que el pintor dejaba sólo entrever en la falda de una colina que nunca existió; donde a las diez de la mañana del día 5 de junio del año veinticinco del siglo, reinando en España nuestro rey don Felipe Cuarto, yo presencié la rendición de Breda junto al capitán Alatriste, Sebastián Copons, Curro Garrote y los demás supervivientes de su diezmada escuadra. Y nueve años después, en Madrid, de pie ante el cuadro pintado por Diego Velázquez, me parecía de nuevo escuchar el tambor mientras veía moverse despacio, entre los fuertes y trincheras humeantes en la distancia, frente a Breda, los viejos escuadrones impasibles, las picas y las banderas de la que fue última y mejor infantería del mundo: españoles odiados, crueles, arrogantes, sólo disciplinados bajo el fuego, que todo lo sufrían en cualquier asalto, pero no sufrían que les hablaran alto.

Arturo Pérez Reverte, El Sol de Breda

miércoles, 23 de agosto de 2017

LA FAMOSA LIBRERÍA SHAKESPEARE AND COMPANY


La famosa librería Shakespeare and Company era uno de los pocos sitios de París en los que aún se respiraba algo de libertad. Klaus estaba paseando aquella grisácea mañana del invierno de 1941, cuando se encontró de frente con la librería en la Rue de l’Odéon. Había escuchado todas las leyendas que circulaban acerca de aquel mítico lugar y de la no menos mítica propietaria, Sylvia Beach. Aquella mujer era mucho más que una simple librera, su pequeña editorial había publicado por primera vez una obra magistral de El Ulises de James Joyce. Un libro prohibido en Alemania por considerarse una de las obras degeneradas de la cultura occidental. El cartel negro sobre un gran fondo de madera marrón no destacaba mucho, como si la librera prefiriera pasar desapercibida, pero todos los amantes de la buena literatura conocían aquel lugar. Sylvia había sido amiga de Ernest Hemmingway, Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson y James Joyce, pero Klaus imaginaba que Sylvia era consciente de que corrían malos tiempos para la literatura.

Klaus Berg había sido profesor de literatura francesa en la Universidad de Hamburgo hasta que la nazificación de la educación le sacó de las aulas, para convertirle en un simple profesor de clases particulares de francés. La desgracia se había cernido sobre él desde aquella fatídica noche del 6 de abril de 1933, que se había grabado a fuego en su mente. No podía evitar recordarlo cada vez que veía una librería. Los libros apilados en grandes montañas, los estudiantes arrojando a las llamas todo el conocimiento de la civilización mientras cantaban viejas canciones ancestrales que hablaban sobre la raza y la nación.

El oficial de las Wehrmach apartó de su mente aquellos recuerdos e intentó volver a disfrutar de aquella mañana templada y gris parisina. Klaus se puso a ojear las mesas de libros de la calle. Sus ojos saltaban de un título a otro, como un desesperado náufrago que había llegado de nuevo a casa tras un largo viaje. Apenas media docena de transeúntes perdían su tiempo mirando los lomos gastados de aquellos viejos libros cuando Klaus notó la presencia de otro oficial alemán. Aquel hombre imponía con su largo abrigo de cuero negro. Su uniforme de las SS amedrentó al resto de lectores, que dejaron discretamente las mesas y se alejaron de la librería. Klaus intentó concentrarse en su búsqueda, pero a él también le asustaban los hombres de negro. Cuervos de mal agüero los llamaba su padre, cuando los veía desfilar por la calles de Hamburgo.

Mario Escobar, El Club Verne

martes, 22 de agosto de 2017

PULSACIONES


                Enviado por Sonia:

Elia se acaba de despertar de un coma y está un poco perdida. Lo último que recuerda es un concierto y una frase: "No puedo devolverte la canción, pero puedo mostrarte cómo danzan los peces". No recuerda nada de los tres días anteriores a su accidente.

Ahora que sus padres le han comprado un Smartphone, Elia por fin tiene acceso al Heartbits (un programa en la línea del WhatsApp) y los lectores somos testigos de todas sus conversaciones.

Con la ayuda de su mejor amiga, Sue, Elia intentará recuperar los tres días que ha olvidado y, mientras tanto, conocerá a Tommy, un estadounidense que viene de intercambio a España; a Marion, una chica con media cara quemada que asiste a su terapia de grupo, y a Phoenix, un desconocido que no deja de enviarle mensajes y del que poco a poco se ha ido enamorando.

Lo primero que nos llama la atención es que los dos autores, Javier Ruescas y Francesc Miralles, construyen la trama solamente a través de los diálogos de un programa de mensajería instantánea, utilizando un lenguaje y un estilo propios de los jóvenes. A través de esos mensajes, el lector conocerá tanto la historia en sí misma (sin descripciones ni pensamientos), como la personalidad de los distintos personajes

Además, la novela muestra cómo los acontecimientos negativos de la vida pueden servir para lograr una mayor autoconciencia y, en general, para encontrar un mayor sentido a las relaciones humanas, al amor y al compromiso vital.


lunes, 21 de agosto de 2017

LA LEYENDA DE LOS PECES DE PIEDRA


En realidad estos cuatro peces no eran peces, eran pescadores. Todos los días salían a echar las redes al mar en busca de buenas capturas y llegaban a puerto con el barco cargado. Eran los cuatro pescadores más famosos del pueblo. Así era un día y otro día, hasta que dejó de ser. Una tarde regresaron con el barco vacío, ni una mísera sardina había caído en sus redes. El desastre se repitió a lo largo de varios meses: mientras que otros pescadores atracaban en el puerto con los barcos llenos, ellos seguían sin capturar nada. Un día, algo grande cayó en la red, algo tan grande que los arrastró y acabaron hundidos en el fondo del mar. Pero en lugar de morir, se convirtieron en cuatro peces de las profundidades abisales, de esa zona tan profunda a la que apenas llega la luz. Cuatro peces de enormes bocas y ojos saltones en busca de un débil rayo que iluminase aquella masa de agua negra.

El caso es que no podían soportar tanta oscuridad y rogaron al rey del mar para que los librase de aquel suplicio. Neptuno solo les dio una opción: les cambiaba la vida por la luz. Aceptaron sin pensar: no deseaban seguir viviendo en las tinieblas. Se convirtieron en cuatro peces de piedra pero a plena luz del día y rodeados de gente. Por eso sonríen.


XIV PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, 2017

domingo, 20 de agosto de 2017

EL RASTRO


El Rastro no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mi síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad, y en el que se aglomeran los trastos viejos e inservibles, pues si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por esos trastos filiales. Por eso donde he sentido más aclarado el misterio de la identidad del corazón á través de la tierra, ha sido en los Rastros de esas ciudades por que pasé, en los que he visto resuelto con una facilidad inefable el esquema del mapamundi del mundo natural.

¡Oh, el Mercado de las pulgas de París, en la Avenida Michelet, gran coincidencia de todo París, trágica sama de su historia y su galantería y de aquella calle conmovedora y de aquella noche y de aquello y aquello otro en un revoltijo, en una confusión, en una incongruencia profunda!... ¡Oh, el mercado judío de Londres, en el barrio Whitechapel en Middlesex, rasero común de toda la gran ciudad, descanso y abismamiento de todas las observaciones hechas en caminatas largas y anhelantes! 


El Rastro es siempre el mismo trecho relamido de la ciudad, planicie, costanilla, gruta de mar o tienda de mar, que es lo mismo, playa cerrada y sucia en que la g:an ciudad—mejor dicho—, las grandes ciudades y los pleblecillos desconocidos mueren, se abaten, se laminan como el mar en la playa, tan delgadamente, dejando tirados en la arena los restos casuales, los descartes impasibles, que allí quedan engolfados y quietos hasta que algunos se vuelven a ir en la resaca. El Rastro es un juego de mar, pero no de cualquier mar, sino de un mar aislado como el Mar Negro, el mar de aguas más espesas y más repugnantes, aunque a la vez el de aguas más azules, un mar así, central, cerrado por todo un continente, y que además se comunicase escondidamente con los demás mares. Un mar continental, secreto, salado, que a través de una estrecha bocacalle entrase de vencida en la blanda playa del Rastro para abrir á ras de tierra su mano llena de cosas.

¡Y qué cosas! Cosas carnales, entrañables, desgarradoras, clementes, lejanas, cercanas, distintas: cosas reveladoras en su insignificancia, en su llaneza, en su mundanidad. «¡Maravillosas asociadoras de ideas!...» ¡Actitud la de esas cosas revueltas, desmelenadas y amontonadas, Simplicias y coritas! Todo tiene una templanza única, nada es ya religioso con ese sanguinario y envidioso espíritu de los dioses, ni nada es tampoco pretencioso con esa dura y ensañada pretensión del arte lleno de tan pesado y tan aflictivo orgullo por el estigma de divinidad que obliga á soportar y por los implacables deberes estéticos a que somete. Aquí todo eso perece, se depura y se desautoriza porque es escueta y pura la contemplación como consecuencia de su raíz, de su total, de su completa impureza.

Todo en el Rastro es para el alma una purga ideal que la calma, la despeja, la ablanda, la resuelve, la llena de juicio y para que no la fanatice ni ese juicio le facilita un suave escape.

Las cosas del Rastro no están, como vulgarmente se puede creer, en una situación precaria, no; su momento es el momento de paz y caridad después del éxodo y de la mala vida y todas ellas se ufanan y se orean como en el descanso del fin.

Ramón Gómez de la Serna, El Rastro

viernes, 18 de agosto de 2017

SIEMPRE SERÁ DICIEMBRE


                El libro comienza con un recorte de periódico donde se nos cuenta la muerte de Sam Flynn, tras caer por un acantilado, y las heridas de otro, su amigo, Jay Waller.
                Luego, prosigue con un extraño prólogo, donde nos habla Sam  y nos dice que está vivo, que no está muerto, pero Sam no es Sam, sino que es Samantha, su hermana melliza, quien nos va contando que pertenece a una familia desestructurada, tras la marcha hace años de su madre y la falta de atención de un padre, que se niega a aceptar la realidad y ahoga sus problemas en alcohol.
                Sam está destrozada, pues su mellizo era la persona  que más quería y  que más odiaba, la única persona sin la que no podía vivir. Pero ahora las mentiras la consumen por dentro .
Jay no recuerda lo que pasó aquel día, todo el mundo parece pensar que él mató a su mejor amigo y aunque no quiere creerlo, esas lagunas le hacen dudar. ¿Fue un asesinato, un accidente o un suicidio?
Tras la muerte de Sam, entre la incredulidad, la angustia y la pena empiezan a salir a la luz las mentiras que dejó atrás.
Fátima Embark y M.ª Mercedes Murillo son Wendy Davies, las autoras de esta novela, que propicia una interesante reflexión sobre la pérdida y el duelo, el miedo y la culpa, la violencia y sus consecuencias, la libertad y la homosexualidad, la amistad sin límites y los lazos fraternales. También explora los secretos, las mentiras, las necesidades, las dudas y los verdaderos sentimientos de los protagonistas, además de las diferentes caras del amor: el romántico, el imposible, el platónico, el prohibido, el pasional, el destructivo o el irracional.
No es una novela de acción, sino de personajes, pues gracias a sus sentimientos, recuerdos… el libro va avanzado, ya que hay capítulos en los que narra Jay y en otros Sam, lo que nos permite conocerlos y ver cómo evolucionan. Las autoras ven a los personajes de la siguiente forma:
Samantha es alguien que no sabe quién es, que no se encuentra, que no quiere encontrarse, que tiene miedo. Ha perdido tanto por el camino que siente que se ha quedado detenida en el tiempo mientras observa cómo lo demás sigue avanzando sin esperarla. Y ella no sabe qué hacer. No sabe cómo avanzar, no sabe cómo salir de todas las mentiras que ha creado a su alrededor, ni de lo que se espera de ella. No sabe ser.
Jayden, por el contrario, sabe perfectamente quién es, qué hace aquí y lo que quiere hacer con su vida, pero cuando pierde a su mejor amigo todo lo que ha construido cae como un castillo de naipes y se queda con una única carta que contiene un gran interrogante.
A Samantha y a Jayden los une lo único que siempre les había separado: Sam, el hermano de Samantha y el mejor amigo de Jayden, alguien que ya no está pero que está.
Siempre Será Diciembre trata sobre el frío inundado de recuerdos, trata de un diciembre sin árbol ni regalos, trata de lo que tenías y ya nunca más tendrás. Trata de la pérdida, de las pérdidas. Trata, también, de las mentiras, de lo que pueden hacer contigo y con aquellos que más te importan, de cómo pueden paralizarte y aumentar el frío en tu interior. Trata de la familia, de la que viene de serie y de esa otra que escoges. Trata del amor, de la libertad y, sobre todo, de encontrarnos y aceptarnos a nosotros mismos.

PREMIO GRAN ANGULAR 2017 

CATALUÑA, 17 DE AGOSTO DE 2017


… Esa voz de las víctimas,
rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido.
Todos la oímos.
Los niños han gritado.
Su voz está sonando.
¿No oís? Suena en lo oscuro.
Suena en la luz. Suena en las calles.
Todas las casas gritan.
Pasáis, y de esa ventana rota. Sale un grito de muerte
Seguís. De ese hueco sin puerta
sale una sangre y grita.
Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados
gritan ,gritan.  Son niños que murieron.
Por la ciudad, gritando,
un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba.
No lo miréis; sentidlo.
Pequeños corazones,
pechos difuntos,
caritas destrozadas.
No los miréis; oídlos.
Por la ciudad un río de dolor grita y convoca.
Sube y sube y nos llama.
La ciudad anegada se alza por los tejados y alza un brazo terrible.

Vicente Aleixandre

jueves, 17 de agosto de 2017

ÉRASE UNA VEZ UNA CIUDAD ENVUELTA EN NIEBLAS

 

No cabría otra manera de comenzar este relato.

Érase una vez una ciudad envuelta en nieblas que comenzaba a convertirse en la capital del mundo moderno. Érase una vez, en esa ciudad, un teatro antiguo, y cerca de él, una taberna, y en la taberna, un muchacho de corazón luminoso que soñaba con mantener la luz en su interior cuando el tiempo viniera a señalarlo como adulto.

Érase una vez Aurelius Wyllt.

Aurelius era uno de esos niños huérfanos que tanto abundan en los cuentos de hadas. Sin duda, un detalle como ese, y la narración de sus párvulas andanzas en el hospicio de Saint Peter, podrían ayudarle a ganarse la simpatía del lector, lo cual nunca está de más al comienzo de cualquier historia. No obstante, pecaríamos de melodramáticos —puede que de absolutos embusteros— si empezáramos incidiendo de esta manera en su origen, sin añadir ningún comentario más al asunto.

Lo cierto es que Aurelius fue acogido por una nueva familia a los pocos meses de ser abandonado en el hospicio, y jamás llegó a echar de menos a sus progenitores. Podría decirse que aunque fue uno de los muchos niños a los que el destino dejó sin amparo en aquellos tiempos crueles, también fue uno de los pocos que logró sobrevivir a su propia mala suerte.

Aunque para relatar con propiedad los inicios de nuestro protagonista en el mundo, puede que sea necesario remontarnos todavía más atrás en el tiempo. Quizá necesitemos conocer también algunos capítulos, aunque sea de pasada, de la vida del hombre que se convertiría en su padre adoptivo.

José Antonio Fideu, Los Últimos Años de la Magia

PREMIO MINOTAURO 2016

miércoles, 16 de agosto de 2017

MERRION SQUARE, DUBLÍN


Una niña caminaba junto a su padre. No tendría más de once años. Su pelo rojizo recogido en una larga trenza oscilaba mientras miraba alrededor con ojos curiosos.
El sol se colaba a través de las crecientes nubes y sus cálidos rayos parecían insuflar vida a aquel lugar de ensueño.
Habían dejado atrás una hermosa extensión de hierba pulcramente cortada donde serpenteaban diversos parterres de coloridas flores.
La niña había inhalado profundamente para percibir el aroma de las rosas y gardenias y, aunque se había entretenido observando a otros niños jugar a lo lejos, su padre la condujo por un sendero pedregoso, donde la luz jugueteaba al escondite con ellos.
Enormes árboles se alzaban a cada lado del camino y sus nudosas ramas se retorcían hasta casi ocultar el cielo sobre sus cabezas.
La niña señaló uno de ellos, donde diminutas flores rosáceas parecían flotar entre las nubes.
—Es un cerezo —dijo su padre con una sonrisa al tiempo que cogía uno de los brotes para posteriormente entrelazarlo en la trenza de la pequeña.
Al final de la senda, se abrió un claro iluminado suavemente por el sol.
La niña abrió los ojos con estupefacción al ver a un hombre recostado en una gran roca, justo frente a ellos.
Su padre se rio y en su rostro aparecieron los hoyuelos que ella conocía tan bien.


Lo que la niña había tomado por una persona era en realidad una estatua de granito. Él le explicó que representaba al famoso escritor Oscar Wilde y que sus ojos, aparentemente sin vida, habían sido cincelados para que mirasen en dirección a la antigua casa de su familia.
Ella se fijó en la figura inmóvil. Una rodilla flexionada y la otra extendida, como si el escultor hubiera querido capturar un momento de ocio y serenidad. Su rostro sonreía pícaramente, pero sus ojos transmitían cierta tristeza.
Frente a él, se hallaba otra estatua, esta de un verdoso bronce donde se había asentado un ligero musgo. Se trataba de una joven arrodillada que, desnuda, giraba su cabeza como si quisiera observar al escritor.
La niña se imaginó que aquella mujer hierática se había enamorado de Wilde y que en el silencio atormentado de su mirada se hallaba el deseo de ser real y poder abrazarlo.

Sandra Andrés Belenguer, La Noche de tus Ojos

martes, 15 de agosto de 2017

SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA (FOLÍA)


Esta producción de Ron Lalá se puede ver hasta el próximo día 20 en los Teatros del Canal, de Madrid. La obra ha conseguido entre otros los siguientes premios: Premio Max 2013 Mejor empresa / Producción privada de artes escénicas, Premio del Público Festival Olmedo Clásico 2013.
Una compañía de cómicos de la legua desembarca en el escenario para ofrecer su folía: una fiesta de “nuevos entremeses”, piezas cómicas breves originales que juegan con la tradición clásica para arrojar una mirada crítica y mordaz sobre nuestro presente.

Una noche cada siglo,
según cuenta la leyenda,
un barco de comediantes
abordará nuestra tierra.
Su ancla es el Carnaval,
su mascarón es la fiesta,
sus velas las carcajadas
y su cañón la comedia.
Sobre las olas del tiempo
los cómicos de la legua
harán que el Siglo de Oro
siglo de ahora se vuelva.


En este viaje de ida y vuelta desde el Siglo de Oro hasta la actualidad, la folía (“locura”) abre un diálogo entre lo clásico y lo contemporáneo con toda la libertad del humor, la emoción de la música en directo y la belleza del verso. Los textos y la música original se entrelazan con fragmentos, referencias, personajes y versos de la tradición del teatro clásico español e universal. Siglo de Oro, Siglo de Ahora es un homenaje, un juego, un desafío… y un cóctel de carcajadas para todo tipo de espectadores.
Ron Lalá hace “revivir” como género teatral la folía, modalidad que se caracterizaba por la aglutinación de varios géneros y que puede ser considerado el precedente de los sketches. Así, en Siglo de Oro, siglo de ahora, se suceden, a ritmo vertiginoso, los diversos estilos teatrales, textuales y musicales que conformaron las señas de identidad del teatro español, inglés, italiano y francés de aquella época, desde un prisma contemporáneo, se dialoga desde el presente con los clásicos –que lo son porque son intemporales-, se reescribe una tradición que revive gracias a la inteligencia y el humor.

Bello galán como Brad Pitt,
más elegante que James Bond,
más adorado que un cantante pop
y más forrao que un jugador del Barça.
Moderno como el nuevo i phone,
querido como don Pimpón,
con menos curro que cualquier Borbón.
Tener poder, sexo y parné,
es todo nuestro interés.
Eso queremos ver al vernos en el espejo
y en el reflejo somos pobres, feos y viejos.
Ya no hay verdad, todo es fugaz
y cuando hay que quitarse el disfraz
no hay nada debajo del antifaz.


Los versos, pues al igual que el teatro del XVII el espectáculo es en verso, están modelados siguiendo las estrofas clásicas: redondillas, romances, décimas, octavas reales… a la manera del Arte Nuevo de hacer comedias de Lope de Vega.

Estamos juntos hace siglos,
vaya negocio, qué gran inversión.
Tu amor entró en mi caja fuerte
y se me olvidó la combinación.
Eras tan joven y tan rupia,
y yo era un duro sin un michelín.
Dijiste: yo te doy mi escudo
si tú me lo cambias por tu florín.
Seamos francos, hace tiempo
hay una crisis en la relación,
si don Parné metió la plata
se peseta y te pide perdón.
No hagamos un dracma de esto,
acuérdate cuando nos iba yen,
me da penique que lo nuestro
dependa de un pagaré.
Ahora voy a ser sinceuro:
sólo te quiero por el interés.
Qué poderoso caballero
es tu amante don Parné.

lunes, 14 de agosto de 2017

EL VIAJE A LONDRES DE GUILLE


En la mitad de agosto mamá, papá y yo nos fuimos a Londres, que es la capital de Inglaterra porque hablan en inglés y siempre llueve y también porque allí vive Mary Poppins cuando tiene trabajo. Yo no había viajado nunca en avión y como mamá era azafata, conocía a mucha gente y me dejaron sentarme con el piloto, que tenía un bigote rojo y se reía como un pirata porque era australiano, que es como un inglés aunque de más lejos.
Papá estaba de mal humor y a lo mejor triste. Mamá ya no iba a volver a casa, porque se iba a trabajar a Dubái, y no se ponían de acuerdo nunca: papá decía que no y mamá que sí; papá que no quería, mamá que sí, y así todo el rato desde primavera, por eso mamá llevaba tantas maletas y nosotros solo una bolsa de deporte muy pequeña que pusimos en el armario del techo del avión.
Cuando llegamos a Londres ya no había sol y llovía un poco, pero así fue mejor porque no hacía calor y mamá se rio mucho cuando papá empezó a hablar en inglés y la señora de la taquilla del tren no le entendía y puso las cejas así, como los payasos, pero en señora negra con cosas de colores en el pelo. Entonces fuimos al hotel y todo tenía alfombras para que no se manchara el suelo, hasta el ascensor, y papá dijo:
–Desde luego, mira que son estos ingleses con tanta alfombra. Pero si hay alfombras hasta en las paredes.
El hombre que vivía en el ascensor con el uniforme de botones grandes se rio un poco, pero no mucho, porque era argentino como el señor Emilio, y dijo:
–Los ingleses, ya sabe, che.
Y ya está.
Luego fuimos al Big Ben, que es el mismo reloj gordo con agujas que sale en Peter Pan cuando vuelan por la noche, y al museo donde duermen las momias antiguas y donde también pasean muchos japoneses, pero era tan grande y había tantas cosas que al final mamá dijo:
–¿Os apetece que comamos en un vietnamita, chicos?
Papá dijo: «Bueno», pero muy serio, y mamá me miró y también hizo así con los hombros, como cuando la señorita Sonia pregunta algo en clase y no sabemos qué decir aunque no sea culpa nuestra porque todavía no lo hemos dado.
Entonces nos metimos por una calle muy larga y luego torcimos por otra y ya llegamos.
Papá me contó que los vietnamitas son hombres chinos pero más educados y que viven más felices porque cocinan cosas picantes que les queman en la lengua para que coman con la boca cerrada. Mamá se reía mucho todo el rato y yo también, pero papá casi nada. Es que como a él no le sale nunca bien lo de los palillos, tenía un trozo de pescado que se le escapó volando a la mesa de al lado y el señor vecino, que llevaba un turbante naranja como el de Aladino y una barba blanca muy larga, dijo muchas cosas muy rápido como enfadado y luego también se rio, aunque ahora no me acuerdo muy bien, es que como íbamos a montarnos en la noria y se hacía tarde me daba miedo que cerraran, porque mamá siempre dice que los ingleses lo hacen todo muy pronto para poder tomar el té en casa a las cinco con sus gatos.
De ese día solo me acuerdo de la noria con mucha gente y de nada más.
Al día siguiente fuimos al parque donde se conocieron los perros de 101 dálmatas, bueno los padres dálmatas, y comimos pescado con patatas fritas en un puesto de la calle que olía raro. También fuimos en un barco de cristal por el río y cuando nos bajamos mamá le dijo a papá:
–Tenemos que llevar a Guille a tomar el té como buenos ingleses.



Entonces cogimos el autobús rojo de dos pisos como los que salen en las películas pero de verdad y nos bajamos delante de unos grandes almacenes que eran como El Corte Inglés aunque más ricos, con coches de oro en la puerta y un restaurante muy grande con camareras rubias. Cuando terminamos de tomar el té con un pastelito cada uno, papá pidió la cuenta y la señorita rubia se la trajo en una cajita. Papá abrió la cajita y se puso muy rojo, como cuando se enfada mirando el fútbol por la tele. Luego abrió la boca y se le hizo una O muy grande. También dijo, gritando un poco:
–Pero, bueno… ¿se puede saber…?
Mamá le puso la mano en el brazo y torció así la cabeza, a un lado.
–Déjalo, Manu.
–Pero, pero… –dijo papá.
Y entonces mamá le miró muy seria y dijo muy bajito:
–No lo estropees.
Después hicimos más cosas y también dormimos en el hotel y al día siguiente era el último porque era domingo, ¡y por fin fuimos a ver a Mary Poppins!
Yo tenía muchos nervios y se me escapó un poco el pis mientras esperábamos en la puerta llena de luces del teatro, con un cartel muy grande donde estaban Mary con Bert en la escena de los caballitos del tiovivo y también muchos niños y madres y padres, pero en inglés.



Entonces entramos y enseguida que el señor indio con gafas nos acompañó a nuestro sitio, se levantó la cortina y empezó a sonar la música. Luego salieron Mary Poppins y la veleta, y el paraguas de cotorra y la casa que se abría por el tejado, y mamá y yo nos pusimos a cantar, ella en inglés y yo no, porque nos sabíamos todas las canciones de tanto ensayarlas en casa. Todo pasó tan rápido que de repente Mary Poppins voló colgada de un cable desde el escenario hasta el techo y se marchó, y todos saltábamos y gritábamos y algunos niños lloraban y otros se reían mucho, y mamá me abrazaba muy fuerte porque nos daba pena que se marchara, y bueno.
Después fuimos a ver a Mary Poppins a su cuarto lleno de espejos. Cuando entramos, olía muy bien. Me dio dos besos y dijo cosas en inglés, que mamá tradujo todo el rato, hasta que Mary me sentó en su falda y dijo:
–Ah, yo adora Espania, me gusta la gentes y Torremolainos y Benalmadena porque todo es mucho alegre en verano y gente ríe siempre muy simpática. –Se calló y se retocó un poco el sombrero. Y también dijo–: Tienes que ser bueno con tus padres, William, muy bueno. Ellos quererte siempre, ¿sí?
Le dije que sí y ella me alborotó el pelo y ya está.
Bueno, no, porque cuando ya nos íbamos, me dijo:
–Y no olvides nunca: cuando tengas problema gordo o pena, acuerda de Mary Poppins, di la palabra mágico muy fuerte para que yo oiga bien y todo, todo, cambia siempre, ¿sí? –Me miró por el espejo y me guiñó el ojo, así, y cantó–: ¡Supercalifragilistikespialidosuuuuus!
Salí del teatro muy contento y cantando de la mano de papá, pero enseguida llegó la parte mala, porque se había hecho tarde y teníamos que darnos prisa para ir al aeropuerto. Es que volvíamos en un avión de noche porque como mamá y papá no son ricos, pues claro. Mamá nos acompañó a la estación. Ella se quedaba en Londres porque al día siguiente se marchaba en su avión pequeño a trabajar a Dubái y durante todo el camino en el metro papá no dijo nada y mamá tampoco, y yo tenía un dolor aquí, como de barriga pero diferente.

Alejandro Palomas, Un Hijo

PREMIO NACIONAL NARRATIVA JUVENIL 2016

domingo, 13 de agosto de 2017

NOTRE DAME


Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo, no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlomagno que colocó su primera piedra, ni aun hacia Felipe Augusto que colocó la última.
En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior, expresión que yo traduciría muy gustosamente: el tiempo es ciego; el hombre es estúpido (...)
En primer lugar y para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada, en donde al mismo tiempo pueden verse sus tres pórticos ojivales, el friso bordado y calado con los veintiocho nichos reales y el inmenso rosetón central, flanqueado por sus dos ventanales laterales, cual un sacerdote por el diácono y el subdiácono; la grácil y elevada galería de arcos trilobulados sobre la que descansa, apoyada en sus finas columnas, una pesada plataforma de donde surgen las dos torres negras y robustas con sus tejadillos de pizarra. Conjunto maravilloso y armónico formado por cinco plantas gigantescas, que ofrecen para recreo de la vista, sin amontonamiento y con calma, innumerables detalles esculpidos, cincelados y tallados conjuntados fuertemente y armonizados en la grandeza serena del monumento. Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varias a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno (...)
Tres cosas importantes se echan en falta hoy en la fachada: primero, la escalinata de once peldaños que la elevaban antiguamente sobre el suelo; después la serie inferior de estatuas que ocupaban los nichos de los tres pórticos y la serie superior de los veintiocho reyes más antiguos de Francia, que guarnecían la galería del primer piso desde Childeberto hasta Felipe Augusto, que sostenía en su mano «la manzana imperial».
La escalinata ha desaparecido con el tiempo al irse elevando lenta pero progresivamente el nivel del suelo de la Cité. Pero aun devorando uno a uno esos once peldaños que conferían al monumento una altura majestuosa, el tiempo ha dado a la iglesia más quizás de lo que le ha quitado, pues ha sido precisamente el tiempo el que ha extendido por su fachada esta pátina de siglos que hace de la vejez de los monumentos la edad de su belleza. Pero ¿quién ha echado abajo las dos hileras de estatuas? ¿Quién ha vaciado los nichos? ¿Quién ha tallado en medio del pórtico central esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se ha atrevido a colocar esa pesada a insípida puerta de madera esculpida en estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette? Los hombres, los arquitectos, los artistas de nuestros días.
Y dentro del edificio, ¿quién ha derribado la colosal estatua de San Cristóbal, conocida entre las estatuas como lo es entre las salas la del gran palacio o la flecha de Estrasburgo entre los campanarios? ¿Y los miles de estatuas que existían entre las columnas de la nave central del coro, en las más variadas posturas; de rodillas, de pie, a caballo; hombres, mujeres, niños, reyes, obispos, gendarmes; unas de madera, otras de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre a incluso de cera? ¿Quién las ha barrido brutalmente? Seguro que no ha sido el tiempo.
¿Y quién ha reemplazado el viejo altar gótico, espléndidamente recargado de relicarios y de urnas, por ese pesado sarcófago de mármol con nubes y cabezas de ángeles, que se asemeja a un ejemplar desaparecido del Val-de-Grace o de los Inválidos? ¿Quién ha sellado tan absurdamente ese pesadísimo anacronismo de piedra al pavimento carolingio de Hercandus? ¿No fue acaso Luis XIV, en cumplimiento del voto de Luis XIII? ¿Y quién ha puesto esas frías cristaleras blancas en lugar de aquellos vitrales de «color fuerte» que hacían que los ojos maravillados de nuestros antepasados no supieran decidirse entre el gran rosetón del pórtico y las ojivas del ábside? ¿Y qué diría un sochantre al ver ese embadurnamiento amarillo con el que nuestros vandálicos arzobispos han enjabelgado su catedral?

Víctor Hugo, Nuestra Señora de París