lunes, 21 de agosto de 2017

LA LEYENDA DE LOS PECES DE PIEDRA


En realidad estos cuatro peces no eran peces, eran pescadores. Todos los días salían a echar las redes al mar en busca de buenas capturas y llegaban a puerto con el barco cargado. Eran los cuatro pescadores más famosos del pueblo. Así era un día y otro día, hasta que dejó de ser. Una tarde regresaron con el barco vacío, ni una mísera sardina había caído en sus redes. El desastre se repitió a lo largo de varios meses: mientras que otros pescadores atracaban en el puerto con los barcos llenos, ellos seguían sin capturar nada. Un día, algo grande cayó en la red, algo tan grande que los arrastró y acabaron hundidos en el fondo del mar. Pero en lugar de morir, se convirtieron en cuatro peces de las profundidades abisales, de esa zona tan profunda a la que apenas llega la luz. Cuatro peces de enormes bocas y ojos saltones en busca de un débil rayo que iluminase aquella masa de agua negra.

El caso es que no podían soportar tanta oscuridad y rogaron al rey del mar para que los librase de aquel suplicio. Neptuno solo les dio una opción: les cambiaba la vida por la luz. Aceptaron sin pensar: no deseaban seguir viviendo en las tinieblas. Se convirtieron en cuatro peces de piedra pero a plena luz del día y rodeados de gente. Por eso sonríen.


XIV PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, 2017

domingo, 20 de agosto de 2017

EL RASTRO


El Rastro no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mi síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad, y en el que se aglomeran los trastos viejos e inservibles, pues si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por esos trastos filiales. Por eso donde he sentido más aclarado el misterio de la identidad del corazón á través de la tierra, ha sido en los Rastros de esas ciudades por que pasé, en los que he visto resuelto con una facilidad inefable el esquema del mapamundi del mundo natural.

¡Oh, el Mercado de las pulgas de París, en la Avenida Michelet, gran coincidencia de todo París, trágica sama de su historia y su galantería y de aquella calle conmovedora y de aquella noche y de aquello y aquello otro en un revoltijo, en una confusión, en una incongruencia profunda!... ¡Oh, el mercado judío de Londres, en el barrio Whitechapel en Middlesex, rasero común de toda la gran ciudad, descanso y abismamiento de todas las observaciones hechas en caminatas largas y anhelantes! 


El Rastro es siempre el mismo trecho relamido de la ciudad, planicie, costanilla, gruta de mar o tienda de mar, que es lo mismo, playa cerrada y sucia en que la g:an ciudad—mejor dicho—, las grandes ciudades y los pleblecillos desconocidos mueren, se abaten, se laminan como el mar en la playa, tan delgadamente, dejando tirados en la arena los restos casuales, los descartes impasibles, que allí quedan engolfados y quietos hasta que algunos se vuelven a ir en la resaca. El Rastro es un juego de mar, pero no de cualquier mar, sino de un mar aislado como el Mar Negro, el mar de aguas más espesas y más repugnantes, aunque a la vez el de aguas más azules, un mar así, central, cerrado por todo un continente, y que además se comunicase escondidamente con los demás mares. Un mar continental, secreto, salado, que a través de una estrecha bocacalle entrase de vencida en la blanda playa del Rastro para abrir á ras de tierra su mano llena de cosas.

¡Y qué cosas! Cosas carnales, entrañables, desgarradoras, clementes, lejanas, cercanas, distintas: cosas reveladoras en su insignificancia, en su llaneza, en su mundanidad. «¡Maravillosas asociadoras de ideas!...» ¡Actitud la de esas cosas revueltas, desmelenadas y amontonadas, Simplicias y coritas! Todo tiene una templanza única, nada es ya religioso con ese sanguinario y envidioso espíritu de los dioses, ni nada es tampoco pretencioso con esa dura y ensañada pretensión del arte lleno de tan pesado y tan aflictivo orgullo por el estigma de divinidad que obliga á soportar y por los implacables deberes estéticos a que somete. Aquí todo eso perece, se depura y se desautoriza porque es escueta y pura la contemplación como consecuencia de su raíz, de su total, de su completa impureza.

Todo en el Rastro es para el alma una purga ideal que la calma, la despeja, la ablanda, la resuelve, la llena de juicio y para que no la fanatice ni ese juicio le facilita un suave escape.

Las cosas del Rastro no están, como vulgarmente se puede creer, en una situación precaria, no; su momento es el momento de paz y caridad después del éxodo y de la mala vida y todas ellas se ufanan y se orean como en el descanso del fin.

Ramón Gómez de la Serna, El Rastro

viernes, 18 de agosto de 2017

SIEMPRE SERÁ DICIEMBRE


                El libro comienza con un recorte de periódico donde se nos cuenta la muerte de Sam Flynn, tras caer por un acantilado, y las heridas de otro, su amigo, Jay Waller.
                Luego, prosigue con un extraño prólogo, donde nos habla Sam  y nos dice que está vivo, que no está muerto, pero Sam no es Sam, sino que es Samantha, su hermana melliza, quien nos va contando que pertenece a una familia desestructurada, tras la marcha hace años de su madre y la falta de atención de un padre, que se niega a aceptar la realidad y ahoga sus problemas en alcohol.
                Sam está destrozada, pues su mellizo era la persona  que más quería y  que más odiaba, la única persona sin la que no podía vivir. Pero ahora las mentiras la consumen por dentro .
Jay no recuerda lo que pasó aquel día, todo el mundo parece pensar que él mató a su mejor amigo y aunque no quiere creerlo, esas lagunas le hacen dudar. ¿Fue un asesinato, un accidente o un suicidio?
Tras la muerte de Sam, entre la incredulidad, la angustia y la pena empiezan a salir a la luz las mentiras que dejó atrás.
Fátima Embark y M.ª Mercedes Murillo son Wendy Davies, las autoras de esta novela, que propicia una interesante reflexión sobre la pérdida y el duelo, el miedo y la culpa, la violencia y sus consecuencias, la libertad y la homosexualidad, la amistad sin límites y los lazos fraternales. También explora los secretos, las mentiras, las necesidades, las dudas y los verdaderos sentimientos de los protagonistas, además de las diferentes caras del amor: el romántico, el imposible, el platónico, el prohibido, el pasional, el destructivo o el irracional.
No es una novela de acción, sino de personajes, pues gracias a sus sentimientos, recuerdos… el libro va avanzado, ya que hay capítulos en los que narra Jay y en otros Sam, lo que nos permite conocerlos y ver cómo evolucionan. Las autoras ven a los personajes de la siguiente forma:
Samantha es alguien que no sabe quién es, que no se encuentra, que no quiere encontrarse, que tiene miedo. Ha perdido tanto por el camino que siente que se ha quedado detenida en el tiempo mientras observa cómo lo demás sigue avanzando sin esperarla. Y ella no sabe qué hacer. No sabe cómo avanzar, no sabe cómo salir de todas las mentiras que ha creado a su alrededor, ni de lo que se espera de ella. No sabe ser.
Jayden, por el contrario, sabe perfectamente quién es, qué hace aquí y lo que quiere hacer con su vida, pero cuando pierde a su mejor amigo todo lo que ha construido cae como un castillo de naipes y se queda con una única carta que contiene un gran interrogante.
A Samantha y a Jayden los une lo único que siempre les había separado: Sam, el hermano de Samantha y el mejor amigo de Jayden, alguien que ya no está pero que está.
Siempre Será Diciembre trata sobre el frío inundado de recuerdos, trata de un diciembre sin árbol ni regalos, trata de lo que tenías y ya nunca más tendrás. Trata de la pérdida, de las pérdidas. Trata, también, de las mentiras, de lo que pueden hacer contigo y con aquellos que más te importan, de cómo pueden paralizarte y aumentar el frío en tu interior. Trata de la familia, de la que viene de serie y de esa otra que escoges. Trata del amor, de la libertad y, sobre todo, de encontrarnos y aceptarnos a nosotros mismos.

PREMIO GRAN ANGULAR 2017 

CATALUÑA, 17 DE AGOSTO DE 2017


… Esa voz de las víctimas,
rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido.
Todos la oímos.
Los niños han gritado.
Su voz está sonando.
¿No oís? Suena en lo oscuro.
Suena en la luz. Suena en las calles.
Todas las casas gritan.
Pasáis, y de esa ventana rota. Sale un grito de muerte
Seguís. De ese hueco sin puerta
sale una sangre y grita.
Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados
gritan ,gritan.  Son niños que murieron.
Por la ciudad, gritando,
un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba.
No lo miréis; sentidlo.
Pequeños corazones,
pechos difuntos,
caritas destrozadas.
No los miréis; oídlos.
Por la ciudad un río de dolor grita y convoca.
Sube y sube y nos llama.
La ciudad anegada se alza por los tejados y alza un brazo terrible.

Vicente Aleixandre

jueves, 17 de agosto de 2017

ÉRASE UNA VEZ UNA CIUDAD ENVUELTA EN NIEBLAS

 

No cabría otra manera de comenzar este relato.

Érase una vez una ciudad envuelta en nieblas que comenzaba a convertirse en la capital del mundo moderno. Érase una vez, en esa ciudad, un teatro antiguo, y cerca de él, una taberna, y en la taberna, un muchacho de corazón luminoso que soñaba con mantener la luz en su interior cuando el tiempo viniera a señalarlo como adulto.

Érase una vez Aurelius Wyllt.

Aurelius era uno de esos niños huérfanos que tanto abundan en los cuentos de hadas. Sin duda, un detalle como ese, y la narración de sus párvulas andanzas en el hospicio de Saint Peter, podrían ayudarle a ganarse la simpatía del lector, lo cual nunca está de más al comienzo de cualquier historia. No obstante, pecaríamos de melodramáticos —puede que de absolutos embusteros— si empezáramos incidiendo de esta manera en su origen, sin añadir ningún comentario más al asunto.

Lo cierto es que Aurelius fue acogido por una nueva familia a los pocos meses de ser abandonado en el hospicio, y jamás llegó a echar de menos a sus progenitores. Podría decirse que aunque fue uno de los muchos niños a los que el destino dejó sin amparo en aquellos tiempos crueles, también fue uno de los pocos que logró sobrevivir a su propia mala suerte.

Aunque para relatar con propiedad los inicios de nuestro protagonista en el mundo, puede que sea necesario remontarnos todavía más atrás en el tiempo. Quizá necesitemos conocer también algunos capítulos, aunque sea de pasada, de la vida del hombre que se convertiría en su padre adoptivo.

José Antonio Fideu, Los Últimos Años de la Magia

PREMIO MINOTAURO 2016

miércoles, 16 de agosto de 2017

MERRION SQUARE, DUBLÍN


Una niña caminaba junto a su padre. No tendría más de once años. Su pelo rojizo recogido en una larga trenza oscilaba mientras miraba alrededor con ojos curiosos.
El sol se colaba a través de las crecientes nubes y sus cálidos rayos parecían insuflar vida a aquel lugar de ensueño.
Habían dejado atrás una hermosa extensión de hierba pulcramente cortada donde serpenteaban diversos parterres de coloridas flores.
La niña había inhalado profundamente para percibir el aroma de las rosas y gardenias y, aunque se había entretenido observando a otros niños jugar a lo lejos, su padre la condujo por un sendero pedregoso, donde la luz jugueteaba al escondite con ellos.
Enormes árboles se alzaban a cada lado del camino y sus nudosas ramas se retorcían hasta casi ocultar el cielo sobre sus cabezas.
La niña señaló uno de ellos, donde diminutas flores rosáceas parecían flotar entre las nubes.
—Es un cerezo —dijo su padre con una sonrisa al tiempo que cogía uno de los brotes para posteriormente entrelazarlo en la trenza de la pequeña.
Al final de la senda, se abrió un claro iluminado suavemente por el sol.
La niña abrió los ojos con estupefacción al ver a un hombre recostado en una gran roca, justo frente a ellos.
Su padre se rio y en su rostro aparecieron los hoyuelos que ella conocía tan bien.


Lo que la niña había tomado por una persona era en realidad una estatua de granito. Él le explicó que representaba al famoso escritor Oscar Wilde y que sus ojos, aparentemente sin vida, habían sido cincelados para que mirasen en dirección a la antigua casa de su familia.
Ella se fijó en la figura inmóvil. Una rodilla flexionada y la otra extendida, como si el escultor hubiera querido capturar un momento de ocio y serenidad. Su rostro sonreía pícaramente, pero sus ojos transmitían cierta tristeza.
Frente a él, se hallaba otra estatua, esta de un verdoso bronce donde se había asentado un ligero musgo. Se trataba de una joven arrodillada que, desnuda, giraba su cabeza como si quisiera observar al escritor.
La niña se imaginó que aquella mujer hierática se había enamorado de Wilde y que en el silencio atormentado de su mirada se hallaba el deseo de ser real y poder abrazarlo.

Sandra Andrés Belenguer, La Noche de tus Ojos

martes, 15 de agosto de 2017

SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA (FOLÍA)


Esta producción de Ron Lalá se puede ver hasta el próximo día 20 en los Teatros del Canal, de Madrid. La obra ha conseguido entre otros los siguientes premios: Premio Max 2013 Mejor empresa / Producción privada de artes escénicas, Premio del Público Festival Olmedo Clásico 2013.
Una compañía de cómicos de la legua desembarca en el escenario para ofrecer su folía: una fiesta de “nuevos entremeses”, piezas cómicas breves originales que juegan con la tradición clásica para arrojar una mirada crítica y mordaz sobre nuestro presente.

Una noche cada siglo,
según cuenta la leyenda,
un barco de comediantes
abordará nuestra tierra.
Su ancla es el Carnaval,
su mascarón es la fiesta,
sus velas las carcajadas
y su cañón la comedia.
Sobre las olas del tiempo
los cómicos de la legua
harán que el Siglo de Oro
siglo de ahora se vuelva.


En este viaje de ida y vuelta desde el Siglo de Oro hasta la actualidad, la folía (“locura”) abre un diálogo entre lo clásico y lo contemporáneo con toda la libertad del humor, la emoción de la música en directo y la belleza del verso. Los textos y la música original se entrelazan con fragmentos, referencias, personajes y versos de la tradición del teatro clásico español e universal. Siglo de Oro, Siglo de Ahora es un homenaje, un juego, un desafío… y un cóctel de carcajadas para todo tipo de espectadores.
Ron Lalá hace “revivir” como género teatral la folía, modalidad que se caracterizaba por la aglutinación de varios géneros y que puede ser considerado el precedente de los sketches. Así, en Siglo de Oro, siglo de ahora, se suceden, a ritmo vertiginoso, los diversos estilos teatrales, textuales y musicales que conformaron las señas de identidad del teatro español, inglés, italiano y francés de aquella época, desde un prisma contemporáneo, se dialoga desde el presente con los clásicos –que lo son porque son intemporales-, se reescribe una tradición que revive gracias a la inteligencia y el humor.

Bello galán como Brad Pitt,
más elegante que James Bond,
más adorado que un cantante pop
y más forrao que un jugador del Barça.
Moderno como el nuevo i phone,
querido como don Pimpón,
con menos curro que cualquier Borbón.
Tener poder, sexo y parné,
es todo nuestro interés.
Eso queremos ver al vernos en el espejo
y en el reflejo somos pobres, feos y viejos.
Ya no hay verdad, todo es fugaz
y cuando hay que quitarse el disfraz
no hay nada debajo del antifaz.


Los versos, pues al igual que el teatro del XVII el espectáculo es en verso, están modelados siguiendo las estrofas clásicas: redondillas, romances, décimas, octavas reales… a la manera del Arte Nuevo de hacer comedias de Lope de Vega.

Estamos juntos hace siglos,
vaya negocio, qué gran inversión.
Tu amor entró en mi caja fuerte
y se me olvidó la combinación.
Eras tan joven y tan rupia,
y yo era un duro sin un michelín.
Dijiste: yo te doy mi escudo
si tú me lo cambias por tu florín.
Seamos francos, hace tiempo
hay una crisis en la relación,
si don Parné metió la plata
se peseta y te pide perdón.
No hagamos un dracma de esto,
acuérdate cuando nos iba yen,
me da penique que lo nuestro
dependa de un pagaré.
Ahora voy a ser sinceuro:
sólo te quiero por el interés.
Qué poderoso caballero
es tu amante don Parné.

lunes, 14 de agosto de 2017

EL VIAJE A LONDRES DE GUILLE


En la mitad de agosto mamá, papá y yo nos fuimos a Londres, que es la capital de Inglaterra porque hablan en inglés y siempre llueve y también porque allí vive Mary Poppins cuando tiene trabajo. Yo no había viajado nunca en avión y como mamá era azafata, conocía a mucha gente y me dejaron sentarme con el piloto, que tenía un bigote rojo y se reía como un pirata porque era australiano, que es como un inglés aunque de más lejos.
Papá estaba de mal humor y a lo mejor triste. Mamá ya no iba a volver a casa, porque se iba a trabajar a Dubái, y no se ponían de acuerdo nunca: papá decía que no y mamá que sí; papá que no quería, mamá que sí, y así todo el rato desde primavera, por eso mamá llevaba tantas maletas y nosotros solo una bolsa de deporte muy pequeña que pusimos en el armario del techo del avión.
Cuando llegamos a Londres ya no había sol y llovía un poco, pero así fue mejor porque no hacía calor y mamá se rio mucho cuando papá empezó a hablar en inglés y la señora de la taquilla del tren no le entendía y puso las cejas así, como los payasos, pero en señora negra con cosas de colores en el pelo. Entonces fuimos al hotel y todo tenía alfombras para que no se manchara el suelo, hasta el ascensor, y papá dijo:
–Desde luego, mira que son estos ingleses con tanta alfombra. Pero si hay alfombras hasta en las paredes.
El hombre que vivía en el ascensor con el uniforme de botones grandes se rio un poco, pero no mucho, porque era argentino como el señor Emilio, y dijo:
–Los ingleses, ya sabe, che.
Y ya está.
Luego fuimos al Big Ben, que es el mismo reloj gordo con agujas que sale en Peter Pan cuando vuelan por la noche, y al museo donde duermen las momias antiguas y donde también pasean muchos japoneses, pero era tan grande y había tantas cosas que al final mamá dijo:
–¿Os apetece que comamos en un vietnamita, chicos?
Papá dijo: «Bueno», pero muy serio, y mamá me miró y también hizo así con los hombros, como cuando la señorita Sonia pregunta algo en clase y no sabemos qué decir aunque no sea culpa nuestra porque todavía no lo hemos dado.
Entonces nos metimos por una calle muy larga y luego torcimos por otra y ya llegamos.
Papá me contó que los vietnamitas son hombres chinos pero más educados y que viven más felices porque cocinan cosas picantes que les queman en la lengua para que coman con la boca cerrada. Mamá se reía mucho todo el rato y yo también, pero papá casi nada. Es que como a él no le sale nunca bien lo de los palillos, tenía un trozo de pescado que se le escapó volando a la mesa de al lado y el señor vecino, que llevaba un turbante naranja como el de Aladino y una barba blanca muy larga, dijo muchas cosas muy rápido como enfadado y luego también se rio, aunque ahora no me acuerdo muy bien, es que como íbamos a montarnos en la noria y se hacía tarde me daba miedo que cerraran, porque mamá siempre dice que los ingleses lo hacen todo muy pronto para poder tomar el té en casa a las cinco con sus gatos.
De ese día solo me acuerdo de la noria con mucha gente y de nada más.
Al día siguiente fuimos al parque donde se conocieron los perros de 101 dálmatas, bueno los padres dálmatas, y comimos pescado con patatas fritas en un puesto de la calle que olía raro. También fuimos en un barco de cristal por el río y cuando nos bajamos mamá le dijo a papá:
–Tenemos que llevar a Guille a tomar el té como buenos ingleses.



Entonces cogimos el autobús rojo de dos pisos como los que salen en las películas pero de verdad y nos bajamos delante de unos grandes almacenes que eran como El Corte Inglés aunque más ricos, con coches de oro en la puerta y un restaurante muy grande con camareras rubias. Cuando terminamos de tomar el té con un pastelito cada uno, papá pidió la cuenta y la señorita rubia se la trajo en una cajita. Papá abrió la cajita y se puso muy rojo, como cuando se enfada mirando el fútbol por la tele. Luego abrió la boca y se le hizo una O muy grande. También dijo, gritando un poco:
–Pero, bueno… ¿se puede saber…?
Mamá le puso la mano en el brazo y torció así la cabeza, a un lado.
–Déjalo, Manu.
–Pero, pero… –dijo papá.
Y entonces mamá le miró muy seria y dijo muy bajito:
–No lo estropees.
Después hicimos más cosas y también dormimos en el hotel y al día siguiente era el último porque era domingo, ¡y por fin fuimos a ver a Mary Poppins!
Yo tenía muchos nervios y se me escapó un poco el pis mientras esperábamos en la puerta llena de luces del teatro, con un cartel muy grande donde estaban Mary con Bert en la escena de los caballitos del tiovivo y también muchos niños y madres y padres, pero en inglés.



Entonces entramos y enseguida que el señor indio con gafas nos acompañó a nuestro sitio, se levantó la cortina y empezó a sonar la música. Luego salieron Mary Poppins y la veleta, y el paraguas de cotorra y la casa que se abría por el tejado, y mamá y yo nos pusimos a cantar, ella en inglés y yo no, porque nos sabíamos todas las canciones de tanto ensayarlas en casa. Todo pasó tan rápido que de repente Mary Poppins voló colgada de un cable desde el escenario hasta el techo y se marchó, y todos saltábamos y gritábamos y algunos niños lloraban y otros se reían mucho, y mamá me abrazaba muy fuerte porque nos daba pena que se marchara, y bueno.
Después fuimos a ver a Mary Poppins a su cuarto lleno de espejos. Cuando entramos, olía muy bien. Me dio dos besos y dijo cosas en inglés, que mamá tradujo todo el rato, hasta que Mary me sentó en su falda y dijo:
–Ah, yo adora Espania, me gusta la gentes y Torremolainos y Benalmadena porque todo es mucho alegre en verano y gente ríe siempre muy simpática. –Se calló y se retocó un poco el sombrero. Y también dijo–: Tienes que ser bueno con tus padres, William, muy bueno. Ellos quererte siempre, ¿sí?
Le dije que sí y ella me alborotó el pelo y ya está.
Bueno, no, porque cuando ya nos íbamos, me dijo:
–Y no olvides nunca: cuando tengas problema gordo o pena, acuerda de Mary Poppins, di la palabra mágico muy fuerte para que yo oiga bien y todo, todo, cambia siempre, ¿sí? –Me miró por el espejo y me guiñó el ojo, así, y cantó–: ¡Supercalifragilistikespialidosuuuuus!
Salí del teatro muy contento y cantando de la mano de papá, pero enseguida llegó la parte mala, porque se había hecho tarde y teníamos que darnos prisa para ir al aeropuerto. Es que volvíamos en un avión de noche porque como mamá y papá no son ricos, pues claro. Mamá nos acompañó a la estación. Ella se quedaba en Londres porque al día siguiente se marchaba en su avión pequeño a trabajar a Dubái y durante todo el camino en el metro papá no dijo nada y mamá tampoco, y yo tenía un dolor aquí, como de barriga pero diferente.

Alejandro Palomas, Un Hijo

PREMIO NACIONAL NARRATIVA JUVENIL 2016

domingo, 13 de agosto de 2017

NOTRE DAME


Todavía hoy la iglesia de Nuestra Señora de París continúa siendo un sublime y majestuoso monumento, pero por majestuoso que se haya conservado con el tiempo, no puede uno por menos de indignarse ante las degradaciones y mutilaciones de todo tipo que los hombres y el paso de los años han infligido a este venerable monumento, sin el menor respeto hacia Carlomagno que colocó su primera piedra, ni aun hacia Felipe Augusto que colocó la última.
En el rostro de la vieja reina de nuestras catedrales, junto a cualquiera de sus arrugas, se ve siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior, expresión que yo traduciría muy gustosamente: el tiempo es ciego; el hombre es estúpido (...)
En primer lugar y para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay seguramente en la arquitectura muy pocas páginas tan bellas como las que se describen en esta fachada, en donde al mismo tiempo pueden verse sus tres pórticos ojivales, el friso bordado y calado con los veintiocho nichos reales y el inmenso rosetón central, flanqueado por sus dos ventanales laterales, cual un sacerdote por el diácono y el subdiácono; la grácil y elevada galería de arcos trilobulados sobre la que descansa, apoyada en sus finas columnas, una pesada plataforma de donde surgen las dos torres negras y robustas con sus tejadillos de pizarra. Conjunto maravilloso y armónico formado por cinco plantas gigantescas, que ofrecen para recreo de la vista, sin amontonamiento y con calma, innumerables detalles esculpidos, cincelados y tallados conjuntados fuertemente y armonizados en la grandeza serena del monumento. Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varias a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno (...)
Tres cosas importantes se echan en falta hoy en la fachada: primero, la escalinata de once peldaños que la elevaban antiguamente sobre el suelo; después la serie inferior de estatuas que ocupaban los nichos de los tres pórticos y la serie superior de los veintiocho reyes más antiguos de Francia, que guarnecían la galería del primer piso desde Childeberto hasta Felipe Augusto, que sostenía en su mano «la manzana imperial».
La escalinata ha desaparecido con el tiempo al irse elevando lenta pero progresivamente el nivel del suelo de la Cité. Pero aun devorando uno a uno esos once peldaños que conferían al monumento una altura majestuosa, el tiempo ha dado a la iglesia más quizás de lo que le ha quitado, pues ha sido precisamente el tiempo el que ha extendido por su fachada esta pátina de siglos que hace de la vejez de los monumentos la edad de su belleza. Pero ¿quién ha echado abajo las dos hileras de estatuas? ¿Quién ha vaciado los nichos? ¿Quién ha tallado en medio del pórtico central esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se ha atrevido a colocar esa pesada a insípida puerta de madera esculpida en estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette? Los hombres, los arquitectos, los artistas de nuestros días.
Y dentro del edificio, ¿quién ha derribado la colosal estatua de San Cristóbal, conocida entre las estatuas como lo es entre las salas la del gran palacio o la flecha de Estrasburgo entre los campanarios? ¿Y los miles de estatuas que existían entre las columnas de la nave central del coro, en las más variadas posturas; de rodillas, de pie, a caballo; hombres, mujeres, niños, reyes, obispos, gendarmes; unas de madera, otras de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre a incluso de cera? ¿Quién las ha barrido brutalmente? Seguro que no ha sido el tiempo.
¿Y quién ha reemplazado el viejo altar gótico, espléndidamente recargado de relicarios y de urnas, por ese pesado sarcófago de mármol con nubes y cabezas de ángeles, que se asemeja a un ejemplar desaparecido del Val-de-Grace o de los Inválidos? ¿Quién ha sellado tan absurdamente ese pesadísimo anacronismo de piedra al pavimento carolingio de Hercandus? ¿No fue acaso Luis XIV, en cumplimiento del voto de Luis XIII? ¿Y quién ha puesto esas frías cristaleras blancas en lugar de aquellos vitrales de «color fuerte» que hacían que los ojos maravillados de nuestros antepasados no supieran decidirse entre el gran rosetón del pórtico y las ojivas del ábside? ¿Y qué diría un sochantre al ver ese embadurnamiento amarillo con el que nuestros vandálicos arzobispos han enjabelgado su catedral?

Víctor Hugo, Nuestra Señora de París

viernes, 11 de agosto de 2017

BEL, AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE


Enviado por Laura:

Bel, una adolescente de dieciséis años, no sabe muy bien lo que le ha pasado; de la noche a la mañana su mundo ha sufrido una gran transformación, y sus seres queridos se han convertido en extraños.

No tiene ni idea de qué está pasando, pero está dispuesta a averiguarlo; aunque tenga que soportar las consecuencias de saberlo todo. De otra manera, podría perder a Isma, el amor de su vida, para siempre.

 En su cabeza suena un estribillo: I’ll be ok, la canción del grupo británico McFly.

Esta obra de Care Santos utiliza elementos propios de la novela romántica y de la de fantasía, pues Bel, la protagonista, ha muerto, cuando esta viviendo su primer amor. De esto nos enteramos al principio. La acompañamos en su deambular por Barcelona: la cama en el hospital de su novio Isma, que está en coma; su cuarto vacío; la casa de sus padres, que no pueden asumir su muerte… Al ser un espíritu, puede escuchar las conversaciones de los vivos, sin que se den cuenta, por lo que vamos recogiendo distintos datos de la historia, hasta que Bel vuelve al parque de atracciones y lo recuerda todo.

                Bel ha muerto al caerse de la montaña rusa, tras ser empujada por Amanda, su mejor amiga, pues está encaprichada de Isma y le tiene celos a Bel. Y Bel pedirá venganza; venganza por la amistad traicionada, venganza por el coma que está sufriendo su novio, venganza por su muerte.

Todo esto ocurre en la primera parte del libro, donde Bel es la narradora. En las otras dos, los distintos personajes nos irán ofreciendo su punto de vista, conforme avance la historia: Amanda, la supuesta mejor amiga de Bell, que ha tenido una vida dura que la ha marcado (el abandono de su madre y las palizas de su padre), por lo que solo le importa lo que ella desea; Alma, la médium que intentará ayudar a Bel, y por ello pide ayuda a su antiguo novio, Hyeróminus; Blanca, su madre, en una profunda depresión esperando que algún día vuelva a casa; Carlos, su padre, que investiga la muerte de su hija pues no se cree la versión de los testigos; Bruno, ese huérfano pequeño que… De esta forma, Care Santos nos ofrece los sentimientos y  emociones de cada personaje.

jueves, 10 de agosto de 2017

CUENTO DE AGOSTO


Aquel agosto los incendios forestales empezaron pronto. Todas las tormentas que tendrían que haber humedecido el mundo se desplazaron hacia el sur y se llevaron la lluvia consigo. Cada día veíamos pasar los helicópteros por encima de nosotros, preparados para soltar sobre las llamas sus cargamentos de agua del lago.

Peter, que es australiano y propietario de la casa en la que vivo a cambio de cocinar para él y ocuparme de todo lo demás, dijo:

—En Australia, los eucaliptos utilizan el fuego para sobrevivir. Algunas semillas de eucalipto no germinan a menos que antes un incendio forestal haya eliminado todos los matorrales. Necesitan el calor intenso.

—Qué concepto más extraño —dije —. Algo que nace de las llamas.

—No es raro —dijo Peter—. Es muy normal. Probablemente fuera más habitual cuando la Tierra era más caliente.

—Cuesta imaginar un mundo más cálido que éste.

Resopló.

—Esto no es nada —dijo, y luego me habló del calor extremo que había experimentado en Australia cuando era más joven.

La mañana siguiente las noticias de la televisión dijeron que se aconsejaba que las personas de nuestra zona evacuaran sus casas: estábamos en una zona de alto riesgo de incendio.

—¡Menuda tontería! —exclamó Peter, enfadado—. A nosotros no nos afectará. La casa está sobre una elevación del terreno y nos rodea el arroyo.

Cuando el nivel del agua estaba alto, el arroyo podía tener entre un metro veinte y un metro cincuenta de profundidad. En ese momento tendría como mucho sesenta centímetros de agua.

A última hora de la tarde, el aire olía mucho a humo, y tanto por la televisión como por la radio nos decían que nos marcháramos de inmediato, si podíamos. Nosotros nos sonreímos y seguimos bebiendo cerveza, y nos felicitamos mutuamente por saber comprender una situación difícil, por no ceder al pánico, por no huir.

—Somos presuntuosos, la humanidad —dije—. Todos nosotros. La gente. Vemos cómo se queman las hojas de los árboles un día caluroso de agosto y seguimos sin creer que vaya a cambiar nada. Nuestros imperios seguirán siempre en pie.

—Nada dura para siempre —dijo Peter.

Se sirvió otra cerveza y me habló de un amigo que tenía en Australia que había evitado que un incendio acabara con la granja de su familia vertiendo cerveza sobre los incendios pequeños que se iban declarando.

El fuego descendió por el valle hacia nosotros como si fuera el fin del mundo, y entonces nos dimos cuenta de la poca protección que nos proporcionaría el arroyo. Hasta el aire quemaba.

Nos marchamos, por fin; tuvimos que esforzarnos mucho, tosíamos al respirar el humo asfixiante, corrimos colina abajo hasta que llegamos al arroyo, nos tumbamos en su interior y
sólo asomamos las cabezas por encima del agua.

Desde el infierno los vimos nacer de las llamas y elevarse y volar. Me parecía que eran pájaros que picoteaban las ruinas en llamas de la casa de la colina. Vi cómo uno de ellos levantaba la cabeza y graznaba en actitud triunfante. Pude oírlo por encima del chisporroteo de las hojas en llamas, por encima del rugido del fuego. Oí el canto del fénix y comprendí que nada dura para siempre.

Cien pájaros de fuego ascendieron a los cielos mientras el agua del arroyo empezaba a hervir.

Neil Gaiman

miércoles, 9 de agosto de 2017

CHARLESTON FARMHOUSE


El autobús que nos llevó desde la estación hasta la granja se detuvo al comienzo de un camino lleno de baches, flanqueado por sendas hileras de imponentes álamos.
Mi madre y Duncan habían decidido irse de Londres. En la capital había demasiada gente, las casas eran demasiado sombrías y los talleres, demasiado pequeños, agobiantes y oscuros.
–Quiero luz y espacio a mi alrededor –decía mi madre–. Y caminar descalza por el césped.
–Y yo quiero pintar al aire libre –la secundaba Duncan–. Y tener un jardín en el que los niños puedan perderse.
Por eso estábamos allí. La tía Virginia había encontrado una casa que, según ella, era justo lo que andaban buscando.
Mi padre nos había acompañado, pero él de momento seguiría viviendo en Londres, donde tenía su propio apartamento y su trabajo en el periódico. No obstante, nos había prometido que vendría con frecuencia. Papá tenía una novia a la que Julian y yo llamábamos «tía Margaret». Margaret también vivía en Londres y de vez en cuando nos compraba regalos, uno de los motivos por los que a mi hermano y a mí nos daba pena irnos de la ciudad.
Puck, nuestro spaniel marrón, echó a correr camino abajo. Julian y yo lo seguimos saltando por encima de los charcos, como si fueran profundos barrancos por los que podíamos despeñarnos.
Al final del camino, había una granja con vacas, ovejas y un pajar. Una cerdita asomó el hocico entre los barrotes de una valla. La casa que íbamos a ver pertenecía al granjero y estaba justo al lado. Era un caserón enorme con muros amarillos cubiertos de hortensias trepadoras. Tenía muchísimas ventanas y un jardín con un pequeño estanque. Los inquilinos podían hacer con ella lo que quisieran, nos explicó el granjero, con tal de que no la destrozaran y pagaran el alquiler a tiempo.
–Lleva dos años vacía, señor Grant –le dijo a Duncan–. Hay que hacerle algún que otro arreglillo. Echadle un vistazo con calma y, si os interesa, no tenéis más que decírmelo.
Lo de hacerle «algún que otro arreglillo» tenía que ser una broma, porque no había nada en aquella casa que no necesitase una profunda restauración. El jardín era un barrizal con unos cuantos árboles frutales medio decaídos. La casa, fría y húmeda, no tenía corriente eléctrica. Había que ir a coger el agua a un pozo de la granja, y el baño era un cuartito de madera situado en el jardín, con un cubo metido en un agujero en el suelo. Tanto la fachada como las paredes interiores necesitaban una buena mano de pintura.


Mientras que los adultos iban de una habitación a otra negando con la cabeza, Julian, Puck y yo nos pusimos a inspeccionar el jardín. En el estanque había ranas, pero en cuanto Puck dio un ladrido, todas desaparecieron bajo el agua.
–Mira, ahí vamos a construir una cabaña –dijo Julian señalando dos árboles de troncos robustos cuyas copas formaban un único entramado–. Así le podremos tirar manzanas a la cerdita y, cuando la hayamos domesticado, a lo mejor mamá nos deja quedárnosla como mascota.
Julian tenía nueve años, tres más que yo, y siempre se le ocurrían ideas geniales. Mi admiración por él no conocía límites.
–Y también podemos enseñarle trucos –sugerí yo.
El cielo se encapotó y descargó un desapacible chubasco otoñal. Julian y yo entramos en la casa. Nos peleamos por la mejor habitación, discutimos dónde debía dormir el bebé –lo más lejos posible de nosotros– y buscamos un sitio para la cerdita. Subimos por una escalera pegando gritos, y luego por otra que conducía al ático, donde estaban los mayores. Mi madre y Duncan se habían sentado en dos sillas destartaladas y mi padre miraba por la ventana. Empecé a tiritar. Hacía más frío dentro que fuera.
–Jamás había visto una casa en peor estado –suspiró Duncan.
–Las paredes están llenas de humedades –observó mi madre–. Y en todas las habitaciones hay corriente.
–Y no está muy cerca de Londres, que digamos –añadió mi padre.
Los miré preocupado. ¿No querían la casa? ¿Íbamos a volver a la capital? ¡Yo no quería separarme de la lechoncita! Justo le había encontrado un nombre –decidí llamarla Pigling en honor al cerdito del cuento de Beatrix Potter– y me había propuesto hacer todo lo posible para que me quisiera más a mí que a mi hermano. Julian también parecía decepcionado, bastaba verle la cara…
Pero de pronto, mi madre dijo:
–Creo que aquí vamos a ser muy felices.
Duncan asintió con la cabeza.
–Yo también, Vanessa. No me cabe la menor duda.
Mi padre sonrió.
Nuestra nueva casa se llamaba Charleston y estaba en las colinas de Sussex, al suroeste de Inglaterra. Para venir desde Londres, tenías que viajar casi dos horas en tren hasta Lewes, la ciudad más próxima, y luego media hora más en autobús, que paraba al comienzo de nuestro camino de álamos.

Rindert Kromhout, Los Soldados no Lloran

martes, 8 de agosto de 2017

ARCADIA


Oxford. Década de los sesenta.

El profesor de literatura Henry Lytten, antiguo miembro del servicio secreto británico, intenta escribir una nueva historia de fantasía que supere la obra de sus predecesores, J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis. Y encuentra una confidente en su vecina Rosie, una adolescente de quince años.

 Un día, mientras persigue al gato del profesor, Rosie encuentra una puerta en su bodega que le llevará a un mundo idílico, conocido como Anterworld (el universo creado por Lytten en su historia), una tierra bañada por el sol de los narradores, las profecías y los rituales. Pero ¿es este acaso un mundo real? ¿Y qué pasa si ella decide quedarse?

A la vez, en un futuro, más o menos lejano, una científica rebelde está tratando de probar que el tiempo (pasado, presente y futuro) no existe, con consecuencias potencialmente devastadoras.

La novela de Iain Pears tiene lugar en tres épocas, mundos o situaciones bien diferenciadas (tanto por la ambientación, como por la forma de hablar), que le permiten ir mezclando géneros: novela de ciencia ficción, novela de fantasía, novela de espías, novela de intriga, novela de tesis mostrando diversas posturas políticas y económicas, junto a homenajes a diferentes autores, pero todo ello bien engarzado, y, conforme avanzamos en la historia, se nos va ampliando cada situación y vemos como se relacionan.

Cada capítulo está narrado desde la perspectiva de cada uno los diferentes personajes, con lo cual fácilmente accedemos a los diferentes puntos de vista. Es curioso que la figura de Henry aparezca en los tres momentos. Y son constantes las referencias literarias de todo tipo.

Por una parte, tenemos ese mundo futuro, donde los científicos son la clase dominante (y con ellos, las grandes corporaciones), y donde las emociones son reprimidas. Un mundo con problemas de población y falta de recursos. Aquí, la matemática Angela Meerson trabaja en un proyecto que permitiría viajar o bien en el futuro o bien a universos paralelos. Ante el temor de que una gran corporación se apodere de su trabajo, decide huir en un prototipo viable con todos los dato. Termina en la Alemania anterior a la II Guerra Mundial.

Por otra parte, nos encontramos en la Inglaterra de 1960. Allí, el profesor de literatura Henry Lytten quiere escribir una historia de fantasía que supere la de sus amigos Lewis y Tolkien; para ello crea un mundo nuevo, Anterworld. A Lytten, que perteneció al servicio secreto británico, se le pide que averigüe quién es el topo de la organización; a través de sus recuerdos, vemos como conoce en 1939 a Angela, cuya amistad perdura en esos momentos. Gracias a esa amistad, Angela guarda en el sótano de Henry unos viejos trastos y armatostes, que, en realidad, constituyen un portal de entrada a Anterworld.

Por ultimo, Anterworld, una sociedad parecida a la medieval, donde el poder lo tienen los señores y los narradores. A este mundo van a parar Rosie, esa adolescente vecina de Henry, por accidente, y Alex Chang, antiguo subordinado de Angela en el futuro, que llega aquí huyendo de Scotland Yard, pues le confunden con un espía ruso.

Todo esto, y mucho más lo encontramos en la primera mitad de la novela y vemos como se unen estas tramas. ¿Cómo se va a resolver? Leed la novela.

lunes, 7 de agosto de 2017

EL PATIO DE LOS LEONES



Pasaba el mediodía, no mucho antes del tercer llamamiento a la oración, cuando Ammar ibn Khairan cruzó la puerta de las Campanas y entró en el palacio de Al-Fontina, en Silvenes, para matar al último de los califas de Al-Rassan.

Al entrar en la Corte de los Leones, se topó con los tres juegos de puertas dobles y se detuvo frente a las que conducían a los jardines. Había eunucos guardando esas puertas. Conocía sus nombres, ya había tratado con ellos. Uno asintió discretamente hacia él; el otro mantuvo la mirada apartada. Prefería al segundo. Abrieron las pesadas puertas y entró. Las oyó cerrarse tras él.

En el calor del día los jardines estaban desiertos. Todos aquellos que aún permanecían dentro del decadente esplendor del Al-Fontina habrían buscado la sombra de las estancias más recónditas. Estarían dando sorbos a vinos dulces fríos o utilizando las cucharas exageradamente largas diseñadas por Ziryani para degustar los sorbetes que se mantenían congelados en las profundas bodegas con nieve bajada de las montañas. Lujos de otros tiempos destinados a hombres y mujeres muy distintos de los que ahora ahí vivían.

Mientras pensaba en ello, Ibn Khairan caminaba silenciosamente por el Jardín de las Naranjas y atravesaba el arco de herradura en dirección al Jardín del Almendro, para luego pasar bajo otro arco que daba al Jardín del Ciprés, con su árbol, único y perfecto, reflejado en tres albercas. Cada jardín era más pequeño que el anterior, y todos ellos de una belleza desgarradora. Como una vez había dicho un poeta, el Al-Fontina se había construido para romper el corazón.

Al final del largo recorrido llegó al Jardín del Deseo, el más pequeño de todos y el que más se asemejaba a una joya. Y allí, vestido de blanco y sentado solo y en silencio sobre el ancho borde de la fuente estaba Muzáfar, según lo convenido.

Ibn Khairan hizo una reverencia bajo el arco, un hábito profundamente arraigado. El anciano ciego no pudo verla. Tras un instante, dio un paso adelante y pisó deliberadamente el camino que conducía a la fuente.

Guy Gavriel Kay, Los Leones deAl-Rassan

domingo, 6 de agosto de 2017

LOS ESPOSOS ETRUSCOS


En el museo romano de Villa Giulia el guardián de la Sección Quinta continúa su ronda. Acabado ya el verano y, con él, las manadas de turistas, la vigilancia vuelve a ser aburrida; pero hoy anda intrigado por cierto visitante y torna hacia la saleta de Los Esposos con creciente curiosidad. «¿Estará todavía?», se pregunta, acelerando el paso hasta asomarse a la puerta.

Está. Sigue ahí, en el banco frente al gran sarcófago etrusco de terracota, centrado bajo la bóveda: esa joya del museo exhibida, como en un estuche, en la saleta entelada en ocre para imitar la cripta originaria.

Sí, ahí está. Sin moverse desde hace media hora, como si él también fuese una figura resecada por el fuego de los siglos. El sombrero marrón y el curtido rostro componen un busto de arcilla, emergiendo de la camisa blanca sin corbata, al uso de los viejos de allá abajo, en las montañas del Sur: Apulia o, más bien, Calabria.

«¿Qué verá en esa estatua?», se pregunta el guardián. Y, como no comprende, no se atreve a retirarse por si de repente ocurre algo, ahí, esta mañana que comenzó como todas y ha resultado tan distinta. Pero tampoco se atreve a entrar, retenido por inexplicable respeto. Y continúa en la puerta mirando al viejo que, ajeno a su presencia, concentra su mirada en el sepulcro, sobre cuya tapa se reclina la pareja humana.

La mujer, apoyada en su codo izquierdo, el cabello en dos trenzas cayendo sobre sus pechos, curva exquisitamente la mano derecha acercándola a sus labios pulposos. A su espalda el hombre, igualmente recostado, barba en punta bajo la boca faunesca, abarca el talle femenino con su brazo derecho. En ambos cuerpos el rojizo tono de la arcilla quiere delatar un trasfondo sanguíneo invulnerable al paso de los siglos. Y bajo los ojos alargados, orientalmente oblicuos, florece en los rostros una misma sonrisa indescriptible: sabia y enigmática, serena y voluptuosa.

Focos ocultos iluminan con dinámico arte las figuras, dándoles un claroscuro palpitante de vida. Por contraste, el viejo inmóvil en la penumbra resulta estatua a los ojos del guardián. «Como cosa de magia», piensa este sin querer. Para tranquilizarse, decide persuadirse de que todo es natural: «El viejo está cansado y, como pagó la entrada, se ha sentado ahí para aprovecharla. Así es la gente del campo». Al rato, como no ocurre nada, el guardián se aleja.

José Luis Sampedro, La Sonrisa Etrusca

viernes, 4 de agosto de 2017

BALZAC Y LA JOVEN COSTURERA CHINA


Luo y el narrador, cuyo nombre no llegamos a conocer, son dos adolescentes chinos enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado por Mao Zedong a finales de los años sesenta.

 Soportando unas condiciones de vida infrahumanas, con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia cuando, al descubrir que nadie en el pueblo ha visto una película, Luo, un experto narrador, les cuenta diferentes películas que ha visto. As, o las que el jefe del poblado les encarga ver en la ciudad más cercana que está a dos días de camino. Así saldrán de la aldea y conocerán a Sastrecilla, una joven hermosa, de la que se enamoran.

Más tarde robaran a otro joven que se está reeducando una maleta llena de libros prohibidos, de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla.

Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso testimonio histórico, Balzac y la Joven Costurera China es un conmovedor homenaje al poder de la palabra escrita y al deseo innato de libertad.

                Podemos considerar la novela de Dai Sijie como una novela de iniciación, pues vemos como los protagonistas van madurando, conocen el amor y a través de los libros podrán superar los estrechos límites fijados por la política de reeducación: Durante todo el mes de septiembre, tras el éxito de nuestro robo, fuimos tentados, invadidos, conquistados por el misterio del mundo exterior, sobre todo el de la mujer, el del amor, el del sexo, que los escritores occidentales nos revelaban día tras día, página tras página, libro tras libro.

                Con respecto a los personajes, destacan tres: el narrador, que poco a poco va adquiriendo protagonismo en la novela, sobre todo a partir del robo de los libros. Luo, su amigo, posee unas dotes excepcionales para relatar historias y, enamorado de La Sastrecilla, será quien, a través de las historias que le va contando, haga que tome conciencia del valor de su belleza. Sastrecilla, cuya belleza la convierte en el objeto de deseo de todos los jóvenes de la comarca; las historias de Luo harán que tome conciencia del valor de su belleza; reveladora es su última entrevista con Luo, cuando se va de casa, pues ella le dice que Balzac le ha hecho comprender algo: la belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio.

jueves, 3 de agosto de 2017

LOS AMANTES DE TERUEL


El suceso acaeció en el año 1217, cuando era juez de Teruel Domingo Celada. Un joven llamado Juan Martínez de Marcilla (más adelante se le llamó Diego, equivocadamente, así como Marsilla en vez de Marcilla, también por error), que tenía veintidós años, se enamoró de Isabel Segura, hija de Pedro Segura; el padre no tenía otra hija y era muy rico. Los jóvenes se amaban desde niños y veíanse continuamente, pues las casas eran vecinas. Ya mayores, el joven dijo que deseaba tomarla por mujer y ella respondió que su deseo era el mismo pero que nunca lo haría sin que su padre y su madre se lo mandasen. Pidió el joven a Pedro Segura la mano de su hija y la respuesta fue que, si bien era de buena familia, no tenia bienes de fortuna, pues era segundón y el padre tenía otros hijos con derecho a la herencia. Pedro Segura añadió que daría a su hija treinta mil sueldos de dote y la casa en que vivía.
El joven dijo a Isabel que pues su padre no le despreciaba sino por el dinero, que esperase cinco años en que él se iría a la guerra, ya por mar ya por tierra, hasta tener el dinero necesario. Ella consintió en el plazo, y Juan se ausentó por espacio de cinco años y luchando contra los moros ganó empleos y dinero.
Durante este tiempo la doncella fue muy acosada por el padre para que tomase marido; la respuesta de ella fue que había votado virginidad hasta los veinte años diciendo que las mujeres no debían casarse sin que pudiesen y supiesen regir su casa. El padre, como quiera que la amaba, la quiso complacer, pero cumplidos los cinco años le dijo:
—Hija mía, es mi deseo que tomes esposo.
Y ella, viendo que los cinco años habían pasado y que en este tiempo nada había sabido del enamorado, decidió obedecer a su padre y éste la desposó con Azagra y a poco tiempo hicieron las bodas.
Los desposorios antes del matrimonio eran cosa corriente y normal en aquellos tiempos, figuraban como sacramental y precedían al auténtico matrimonio y no podían romperse fácilmente. Por otro lado, el nombre de Azagra figura en relaciones posteriores a la auténtica que existía en un papel llamado «De letra antigua», en el que se basaron los siguientes narradores de la historia.
La novia dio en estar de allí en adelante melancólica y pensativa; no trataba ya de nada sino ponerse de negro. Y, por fin, se celebró el matrimonio. A esta sazón entró por la sala donde estaba Segura un paje con un recado y dice que Marcilla el viejo le da noticias de que su hijo viene con salud y muy rico, de lo que tuvieran gran regocijo. Llegó el joven Marcilla a su casa y le dieron la noticia de haberse desposado Isabel; con todo, disimuló delante de su padre porque su gozo no se enturbiase con su pena.
Acostose Marcilla pero no reposó; dejó la cama y embozado se pasó al convite o danza del casamiento de Isabel y, en cuanto comenzaron los instrumentos a tocar, salió Isabel a danzar pero Marcilla, con más dolor que si viera un cuchillo en su garganta, dando rienda al furor dejó aquel sitio y se metió dentro del aposento que estaba aparejado para el tálamo de los novios, que como la casa andaba tan revuelta lo pudo hacer sin que lo vieran.
Concluye el festín al tiempo que aunque quisiera salir no pudo. Oye que las visitas se van y a su aposento se recogen los novios y queriendo el marido usar del derecho que el matrimonio le concede, Isabel le ruega que se abstenga de ello por aquella noche porque es la única que le falta para cumplir un voto prometido. Azagra insiste pero ella vuelve a negarse replicando que no es justo gozar contra su gusto a ninguna mujer, principalmente siendo la propia, y se lo ruega vertiendo lágrimas y entre sollozos. Acostáronse con eso entrambos juntos y él, de cansado, se quedó dormido mientras ella despierta, aunque estaba casada con Azagra, tenía en su pecho a Martilla.
Juan, en este punto muy osado y atrevido como amante, salió silenciosamente de detrás de las cortinas y cogiendo a Isabel con entrambas manos le dijo quién era y cómo había llegado allí. Isabel quedó muda de espanto y temor, no sabiendo si gritar o estarse callada, momento que aprovechó Juan diciéndole:
—Escúchame, Isabel, no te espantes que no es mi intento atentar contra tu honor. Tu padre no me quiso por ser pobre y te casas con un hombre rico, pero te digo que es imposible que él te quiera como yo te quiero pues sabes que por ti padezco y muero. Prefiero morir a perderte. Sólo te pido un beso en premio a mi fe y mis servicios por el presente dolor y el bien pasado.
—Te confieso, Juan, que del mismo modo que te amaba te amo ahora, pero puesto que ya me casé ya no soy mía, estoy, aunque no muerta, ya enterrada y no te puedo dar lo que es de otro. Besándote te daría lo que pertenece ya a mi esposo, haciéndole agravio y padeciendo mi castidad.
En este sentido siguió la breve conversación que en voz baja sostenían los dos enamorados, él insistiendo y ella negando, y dando un suspiro Juan dijo:
—Bésame, que sin remedio me muero.
Y negándoselo ella, él dijo:
—Adiós, Isabel.
Y dio consigo en el suelo. Isabel le llama y viendo que no contesta se da cuenta de que no respira y ha muerto. Quedó la muchacha sin habla y sin aliento y llamando a su marido le dice:
—Perdona, estaba soñando que una amiga siendo pequeña quiso bien a un galán y no quisieron sus padres que se casasen por no tener igual hacienda, con lo que él partió a la guerra prometiéndose mi amiga que estaría cinco años esperándole y, sea por lo que fuere, casó con otro, y cumplido el término llegó el galán, que pudo verse con ella a solas antes que el esposo lograse el fruto del matrimonio. Él, desesperado, pidió a mi amiga un solo beso y ella se lo niega diciendo que ha de guardar a su esposo la fe de puro honrada. Por tres veces él se lo suplica y ella firme se lo niega diciendo que antes prefiere morir que faltar a la fe del matrimonio y en diciendo esto ve con espanto que su enamorado cae al suelo entregando su alma a Dios. Esta tragedia vi entre sueños cuando tú oíste las voces que daba, y ahora dime, pues te precias de discreto, si la dama pudiera darle el beso al galán sin faltar a su deber o bien permitir que muriera.
Azagra se rió y le dijo:
—Esta dama fue necia, impertinente y melindrosa sobre ser muy cruel con quien la amaba, y ya que en vida no le dio el beso al galán en peligro de muerte debía darle uno y dos mil de sentimiento. Éste es mi parecer.
A esta respuesta se deshizo Isabel en lágrimas y suspiros y llevándole al lugar donde Martilla estaba muerto le dijo:
—Yo soy la impertinente, la necia y la melindrosa, pero honrada.
El marido se quedó pasmado viendo un espectáculo tan lastimoso; perplejos no acertaban a resolver el conflicto; por un lado temían la justicia si hallaban el muerto en su casa, por otro lado el temor a que la familia de Marcilla pudiese creer en una muerte alevosa. Al fin se resolvieron a llevarlo y ponerlo delante de la puerta de la casa de su padre, lo que hicieron sin ser vistos pues ambas casas eran vecinas.
Llegó el día y las gentes que por allí pasaban conocieron que era el joven Marcilla el que estaba cadáver frente a su domicilio; avisaron a su padre, que vio a su hijo rodeado de amigos y deudos llorando todos el desgraciado acontecimiento. El padre, sin que nadie lo pudiese estorbar, se arrojó sobre el difunto bañándole con lágrimas el rostro y estando abrazado con él a ambos juntos les entraron en la casa.
Acudió la justicia y también Azagra haciendo ver que no conocía el hecho. Y determinaron todos a hacerle las exequias y darle sepultura y por su alma mil sufragios.
El entierro fue solemne, porque Teruel era entonces plaza de armas en la empresa que el rey don Jaime quería hacer contra los moros de Valencia, y había diez banderas de soldados.
Como la casa estaba próxima a la de Isabel de Segura, ésta oyó el lamentoso canto del entierro y desde una ventana vio al difunto metido en unas andas y un sudor frío le invadió el cuerpo. Presurosamente se despojó de sus galas y vistió un traje monjil de basta tela y bajó apresurada y afligida a la calle y se metió en medio de las mujeres.
La procesión con el cuerpo llegó a la parroquia de San Pedro en donde colocaron el cuerpo de Martilla sobre un grande túmulo y, empezando el oficio, Isabel, muy cubierta, se llegó a donde estaba el féretro suspirando:
—¿Es posible que estando tú muerto tenga yo vida? No tengas de mi fe duda que pueda vivir un solo punto, perdona mi tardanza que al instante contigo me tendrás.


E inclinándose sobre el difunto le besó en los labios quedando inmóvil. Los asistentes quieren retirarla del féretro y al hacerlo se dan cuenta de que había muerto y reconocen en la mujer difunta a Isabel de Segura.
Azagra, al contemplar el espectáculo, no pudo contenerse y relató lo que había sucedido en su casa la noche anterior y, de acuerdo con la familia de Martilla, decidieron que supuesto era verdad cierta que Juan e Isabel desde niños se tuvieron entrañable amor y los dos habían muerto de puro enamorados, era razón que se enterrasen los dos en un sepulcro. Lo que hicieron solemnemente.

Carlos Fisas, Historia de las Historias de Amor