viernes, 30 de junio de 2017

XENIA, TIENES UN WASAP


                Enviado por Laura (S1C):

Xenia es una adolescente que vive con su abuela desde que sus padres fallecieron en un accidente de tráfico. En el cine, se encuentra con Carlos, un compañero del instituto con el que no había hablado demasiado, y acaban quedando para hacer juntos el trabajo de Literatura. Carlos es un chico guapo del grupo de los populares, y Xenia junto con su amiga Paula suelen pasar desapercibidas en clase.

Xenia espera que Carlos le escriba y por eso está atenta a WhatsApp, abriendo cada dos por tres la conversación que tiene con él. Se guarda el secreto de ese inicio de amistad, o de algo más, y no se lo cuenta ni a su amiga Paula.

Sin embargo, un día comienza a sospechar que quizás Carlos le esté escondiendo algo, y cuando lo encuentra besándose con Julia al lado de su moto, lo comprende: Carlos estaba saliendo con Julia todo ese tiempo y él no le había dicho nada. A Xenia se le rompe el corazón. Su abuela y su amiga Paula la animan y poco a poco va recuperándose.

Gemma Pasqual i Escrivà nos ofrece una historia amena y fácil de leer, donde encontramos amor, literatura (gracias las recomendaciones de Xenia y su abuela, profesora jubilada de literatura) y nuevas tecnologías (Facebook, Wikipedia, WhatsApp…).

                Me atraen sobre todo dos cosas del libro, los emoticonos que acompañan al título de los capítulos y que hacen referencia a lo que ocurre en ellos, y que la autora no cierre la historia y me deje elegir entre dos posibles, ¿adivinas cuáles son?

jueves, 29 de junio de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DEL TEMPLO


Saban despertó a Derrewyn y ambos acompañaron a Gilan hasta el Viejo Templo. Era la noche más corta del año y Gilan no dejaba de escudriñar el horizonte hacia el noreste, temeroso de que el Sol saliera antes de que él alcanzara el Viejo Templo.
—Tengo que señalar por dónde sale el Sol —explicó conforme pasaban entre los túmulos funerarios. Hizo una reverencia ante los ancestros y continuó a toda prisa hacía donde aguardaban las piedras en sus narrias de madera a este lado de la zanja del Viejo Templo. El cielo del noreste se estaba aclarando a ojos vista, pero los rayos del Sol aún tenían que asomar por detrás de las lejanas colinas boscosas—. Necesitamos algo que sirva de referencia —añadió Gilan, y Saban bajó a la zanja y recogió media docena de buenos trozos de creta. Luego se quedó en el sendero de entrada, mientras Gilan se llegaba hasta la estaca que marcaba el centro del templo. Derrewyn, que tenía prohibida la entrada al santuario por ser mujer, esperó entre las zanjas y los márgenes del sendero sagrado recién construido.
Saban se volvió de cara al noreste. El horizonte estaba brumoso y las colinas que lo ocultaban tenían un tono grisáceo y estaban tamizadas por el humo de las hogueras del solsticio, ya casi extinguidas, que surgía del valle de Ratharryn. Las reses en las laderas más próximas no eran sino blancas siluetas fantasmales.
—Pronto —anunció Gilan—, pronto. —Y rezó para que las nubes dispersas que había en el cielo no ocultaran la salida del Sol.
Las nubes se tornaron de un color rosado y el rosa se hizo más intenso y se propagó convirtiéndose en rojo. Saban, que contemplaba el cielo encendido allí donde entraba en contacto con la tierra de color negro azabache, vio una franja de cielo por encima de los árboles y, de pronto, una intensa luminosidad impregnó aquellos bosques lejanos y el margen superior del Sol se abrió paso entre las hojas.
—A tu izquierda —le indicó Gilan—. A tu izquierda. Un paso. No, atrás. Ahí. ¡Ahí!
Saban colocó una señalización de creta a sus pies y se incorporó para ver al Sol ahuyentar las estrellas. Al principio Slaol apareció como una bola aplastada que rezumaba un cieno ígneo sobre la cadena de colinas boscosas, y la primera luz del nuevo año brilló directamente sobre el flamante sendero sagrado que llevaba hasta la entrada al Viejo Templo. Saban se hizo visera con la mano y observó mermar en los valles las sombras de la noche.
—¡A tu derecha! —le gritó Gilan—. ¡A tu derecha!
Hizo que Saban colocara otra señalización en el punto donde el Sol resultaba por fin completamente visible sobre el horizonte y esperó a que el astro asomara por encima de la cabeza de Saban para hacerle colocar una tercera señalización. Los cánticos de la tribu dieron la bienvenida a la luz del Sol que se acercaba lentamente por encima de la hierba.
Gilan examinó las señalizaciones que había colocado Saban y lanzó un gruñido de satisfacción al ver que algunos de los viejos postes que se habían podrido en sus agujeros marcaban sin lugar a dudas la misma alineación.
—Hemos hecho un buen trabajo —admitió satisfecho.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Saban.
Gilan señaló con un gesto ambos lados de la entrada del templo.
—Vamos a plantar ahí dos de las piedras más grandes a modo de puerta —anunció, y luego señaló hacia donde se encontraba Derrewyn en el sendero sagrado—, y otras dos allí para enmarcar la salida del Sol en el solsticio de verano.
—¿Y las cuatro piedras más pequeñas? —inquirió Saban.
—Señalarán el ciclo de Lahanna —respondió el sacerdote, y apuntó hacia el otro lado del valle fluvial—. Señalaremos su punto de aparición más al sur —explicó, y acto seguido se volvió y señaló en dirección opuesta—, y donde desaparece hacia el norte. —El rostro de Gilan resplandecía de felicidad iluminado por la primera luz del día—. Será un templo sencillo —continuó en voz queda—, pero hermoso. Muy hermoso. Una línea para Slaol y dos para Lahanna como indicación de un lugar en el que pueden reunirse bajo el cielo.
—Pero si están enemistados —señaló Saban.
Gilan se echó a reír. Era un hombre amable, calvo y corpulento, que nunca había albergado el miedo de Hirac a ofender a los dioses.
—Tenemos que honrar a Slaol y Lahanna por igual —explicó—. Ya tienen un templo cada uno en Ratharryn. ¿Cómo le sentaría a Lahanna que construyéramos un segundo templo únicamente para Slaol? —Dejó la pregunta en el aire—. Y creo que no hemos hecho bien al mantener separados a Slaol y Lahanna. En Cathallo usan un templo para todos los dioses, así que, ¿por qué no habríamos nosotros de honrar a Slaol y Lahanna en un mismo lugar?
—Pero sigue siendo un templo en honor a Slaol, ¿no? —preguntó Saban con inquietud, recordando cómo le había ayudado el dios del Sol al inicio de su prueba.
—Sigue siendo un templo en honor a Slaol —asintió Gilan—, pero ahora también reconocerá la presencia de Lahanna, igual que el santuario de Cathallo. —Sonrió—. Y en la inauguración te casaremos con Derrewyn como anticipo de la reconciliación de Slaol y Lahanna.
Cuando los tres regresaban camino del asentamiento, el Sol estaba lo bastante alto como para proporcionar calor. Gilan hablaba de sus esperanzas y Saban cogía de la mano a su prometida. El humo de las hogueras del solsticio de verano se había desvanecido, y todo iba a pedir de boca en Ratharryn.
Galeth era el constructor del templo y Saban se convirtió en su ayudante. Colocaron primero los cuatro mojones más pequeños. Gilan había previsto la posición de las piedras y había que colocarlas más por cálculo que por observación, porque las cuatro piedras constituían dos pares y cada uno de esos pares señalaba hacia Lahanna. En su devenir por el cielo, permanecía dentro del mismo amplio cinturón un año tras otro, pero una vez en la vida de un hombre se alejaba hacia el norte y otra se alejaba hacia el sur. Los postes en su templo erigido dentro del asentamiento señalaban los límites de esos errabundeos hacia el norte y el sur, y si un hombre trazara una línea entre los puntos en el horizonte donde salía y se ponía la Luna en los extremos más alejados de su devenir, cruzaría en ángulo recto la trayectoria del Sol al salir el día del solsticio de verano, cosa que facilitaba la tarea de Gilan.
—No ocurre lo mismo en todas partes —le explicó a Saban—. Las trayectorias sólo se cruzan en ángulo recto aquí en Ratharryn. Ni en Drewenna, ni en Cathallo, ni en ninguna otra parte. ¡Sólo aquí! —El hecho infundía temor y respeto a Gilan—. Eso demuestra que los dioses nos consideran especiales —dijo en tono suave—. Demuestra, según creo, que éste es el centro del mundo entero.
—¿De veras? —preguntó Saban, impresionado.
—De veras —afirmó Gilan—. En Cathallo, como es natural, dicen lo mismo sobre su Montículo Sagrado, pero me temo que están en un error. El centro del mundo es éste —confirmó al tiempo que señalaba con un gesto el Viejo Templo—, el lugar en el que cobró vida el primer hombre. —Aguijoneado por la dicha que le producía, se estremeció al pensarlo.
El sumo sacerdote tendió una cuerda de ortiga sobre la trayectoria de la salida del Sol en el solsticio, desde la señalización de creta que marcaba dónde salía el Sol hasta el terraplén del sudeste, atravesando el mismo centro del templo. Galeth había unido dos finas tablas de madera en un ángulo recto de modo que, apoyando la madera sobre la cuerda para luego extender otra cuerda a lo largo de la tabla cruzada, marcaran una línea que cortase la trayectoria del Sol formando un ángulo recto. Esa nueva línea señalaba hacia los puntos más alejados del itinerario de la Luna, pero Gilan quería dos líneas paralelas, una que apuntara al extremo más septentrional y otra al más meridional, así que trazó la segunda línea y le dijo a Galeth que las cuatro piedras más pequeñas debían colocarse dentro del terraplén en los puntos exteriores de las dos líneas que había trazado en el suelo. Una piedra de cada dos iba a ser el pilar y la otra la losa, de forma que por el procedimiento de colocarse junto al pilar y mirar hacia la losa opuesta un sacerdote pudiese ver dónde salía o se ponía Lahanna y calcular su aproximación al extremo más distante de su trayectoria.
Galeth había puesto a trabajar a una treintena de hombres que al principio se limitaron a cavar los agujeros para las piedras. Retiraron la hierba, golpearon la dura creta con picos y la rompieron en pedazos que pudieran retirar con palas. Excavaron profundos hoyos y Galeth les hizo convertir uno de los lados del agujero en una rampa por la que deslizar las piedras hasta sus fosas. Según le dijo a Saban, no era distinto de levantar uno de los grandes postes del templo. Cuando estuvieron abiertos los cuatro agujeros, se llamó a más hombres del asentamiento, y la primera piedra, el pilar de menor tamaño, se arrastró sobre su narria a través de la entrada del Sol. Saban estaba convencido de que se celebraría alguna clase de ceremonia al llevar la piedra a su nuevo hogar sagrado, pero no se siguió otro ritual que la silenciosa oración ofrecida por Gilan con los brazos extendidos hacia el cielo. Los patines de la narria dejaron cicatrices en la hierba. Galeth alineó la piedra con el hoyo e hizo que los hombres siguieran tirando hasta que la punta de la narria asomó a la rampa en la que Saban había colocado tres tablas pulidas y lubricadas con grasa de cerdo de forma que hicieran las veces de tobogán.
Hicieron falta doce hombres provistos de largas palancas de roble para alzar la piedra de la narria. Saban creyó que las palancas se quebrarían, pero en vez de eso la piedra se fue desplazando poco a poco, una acometida tras otra, y cada embate alzaba y hacía avanzar la piedra otro dedo. Los hombres acompañaban sus esfuerzos de cánticos y sudaban a raudales, pero, al cabo, el propio peso de la piedra la hizo caer de la narria a la rampa. Los hombres se dispersaron temerosos de que la piedra se desplomara hacia atrás y los aplastara, pero, tal como había planeado Galeth, se deslizó pesadamente sobre las tablas engrasadas para quedar encajada al fondo de la rampa. Galeth se enjugó el sudor de la frente y dejó escapar un suspiro de alivio.
Cuando erigiera los grandes postes del templo, Galeth los izaría tirando de su extremo superior hacia el cielo por medio de un gran trípode sobre el que pasaría una serie de cuerdas, pero calculó que este pilar de piedra era lo bastante pequeño como para incorporarlo sin necesidad de apoyo semejante. Escogió a los doce hombres más fuertes, que tomaron posiciones junto a la cúspide de la piedra que ahora asomaba del extremo de la rampa. Los trabajadores metieron los hombros bajo la piedra y aunaron esfuerzos. «¡Empujad!», gritó Galeth. «¡Empujad!»; y así lo hicieron, pero la piedra seguía estancada a medio camino. «¡Levantadla!», les urgió Galeth, y sumó su imponente fuerza a la de sus hombres, pero la piedra seguía sin moverse. Saban echó un vistazo dentro del agujero y vio que la piedra se había quedado trabada encima de unos cascotes de creta. Galeth también reparó en ello, lanzó una maldición y cogió un hacha de piedra con la que golpeó la superficie de la creta para dejar espacio a la piedra.
La docena de hombres no tuvieron problema para sostener el peso de la piedra y, una vez eliminada la obstrucción, la pusieron el pie. El pilar, que ahora sobresalía un poco por debajo de la estatura de un hombre, tenía un tramo de igual longitud enterrado en el hoyo, y lo único que quedaba por hacer era volver a llenar la rampa y comprimir la tierra y la creta en el agujero en torno al mojón. Galeth había recogido unas cuantas piedras de río de gran tamaño que se colocaron alrededor de la base del pilar.
Después se echaron unas paletadas de cascotes de creta acompañados de las cuernas que se habían roto al excavar el agujero y se aplastó y pisoteó el amasijo hasta que por fin quedaron colmados el agujero y la rampa y la primera piedra del templo estuvo en pie. Los hombres, a pesar de la fatiga, estallaron en gritos de júbilo.
Las otras tres piedras lunares no estuvieron en pie hasta la época de la cosecha, pero, al cabo, quedaron instaladas y los cuatro mojones grises se alzaron formando un rectángulo. Galeth había montado un trípode no muy elevado de tablas de roble para izar las losas, pues eran más pesadas que los pilares, pero lo que facilitó en gran medida el alzamiento de esas piedras fue la idea de Saban de revestir la parte superior del agujero con tablas lubricadas, de modo que, en el momento de penetrar en la tierra, el canto de la piedra no quedara alojado en la creta. La cuarta piedra que levantaron, a pesar de ser una de las losas más pesadas, no les. llevó ni la mitad de tiempo que el primer pilar (...)
Caminaron hasta el templo, y una vez allí las dificultades que planteaba el levantamiento de las piedras restantes ahuyentaron los miedos ante una incursión de los extranjeros. Dos de los mojones iban a levantarse a ambos lados de la entrada del Sol, y esos dos eran el doble de largos, el doble de gruesos y, al parecer, muchas veces más pesados que los pilares lunares. Les llevó cuatro días levantar el primero, sin contar los días que costó cavar el agujero, y otros tres días colocar el segundo. Las últimas dos piedras, las piedras solares que iban a servir como puerta en el sendero para el Sol naciente del solsticio de verano, eran más grandes todavía. La piedra de mayor tamaño la dejaron para el final, y el agujero que cavaron era tan profundo que un hombre podía ponerse de pie en su interior sin alcanzar a ver por encima del borde. Construyeron la rampa, la revistieron de tablas y murió otro cerdo para que su grasa lubricara la madera. Entonces, cuando todo estuvo listo, se dispusieron a colocar la piedra.
Hicieron falta sesenta hombres para levantar la enorme piedra solar de la narria en que había sido transportada. Galeth ató cuerdas en torno al mojón, sujetó a ellas con arneses a cuarenta hombres e hizo que tiraran con todas sus fuerzas mientras los demás se servían de palancas para alzar la gran piedra de su lecho de madera. Les llevó todo un día levantar la piedra de la narria y la mayor parte del siguiente colocarla debidamente en la rampa, ya que había quedado torcida y tuvieron que enderezarla con las palancas; pero al cabo, tras dos jornadas de trabajo, quedó tumbada sobre la rampa.
Galeth había construido un nuevo trípode de roble para levantar las piedras de mayor altura. El trípode alcanzaba cuatro veces la altura de un hombre y, temeroso de que las cuerdas de cuero que pasaban por encima de la cúspide quedaran atascadas, colocó una pieza pulida de olmo en la horcajadura y la lubricó con grasa. Rodeó con las cuatro cuerdas la parte superior de la piedra, las pasó por encima de la cuña de olmo y las aseguró a una viga de roble a la que enganchó, por medio de arneses, dieciséis bueyes. Entonces los hombres azuzaron y dieron latigazos a las bestias y la piedra empezó a moverse, aunque con una lentitud agónica; de modo que se ataron más cuerdas a la viga de roble y se dispusieron más hombres con arneses al lado de las bestias. De nuevo restallaron los látigos y acometieron las aguijadas, y los hombres buscaron apoyo en la hierba y lenta, muy lentamente, la enorme piedra fue irguiéndose. Cuanto más se alzaba, más sencilla resultaba la operación, porque ahora las cuerdas tiraban en línea recta de la parte superior de la piedra hacia la cúspide del trípode y no como al principio del alzamiento, cuando las cuerdas formaban un cerrado ángulo entre sí mismas y la piedra. La base del mojón aplastó e hizo astillas las tablas lubricadas que revestían el agujero, y de pronto Galeth empezó a gritar a los hombres que azuzaban a los bueyes que contuvieran los látigos. «Ahora con cuidado», les ordenó. «¡Con cuidado!» La piedra casi estaba vertical. «¡Tirad de nuevo!» Galeth se desgañitaba, las cuerdas crujían, el trípode se estremecía y Saban se temió que la piedra hubiera quedado alojada contra alguna obstrucción oculta en la base del agujero, pero entonces se precipitó hacia el costado del agujero forrado de madera y Galeth gritó a los hombres que dejasen de tirar, no fuera que derribasen la piedra hacia el otro lado del agujero. Las cuerdas se aflojaron, pero la gran piedra solar no cayó. Se quedó donde estaba, enorme y gris, con una altura superior a dos veces la de un hombre.
Calzaron la base del mojón con cascotes, llenaron el agujero, soltaron las cuerdas y así se concluyó el trabajo. Ya no existía el Viejo Templo y Ratharryn tenía su santuario de piedra. Tenían el Templo del Cielo.

Bernard Cornwell, Stonehenge

miércoles, 28 de junio de 2017

EN EL AEROPUERTO


A David, los aeropuertos le provocaban zozobra. Las tramas inimaginables de las vidas ajenas, la voz en off constante, el aire opaco —compuesto de pachulí, exsalas de fumadores, cafés de franquicia, anhelos sofisticados de duty-free—, las listas que enumeraba en su cabeza. Infinidad de lugares a los que no había ido y le gustaría ir, infinidad de tareas vitales aún pendientes.

A través de las cristaleras, se veía una mañana clara de invierno, y las limpiadoras terminaban de quitar las guirnaldas rezagadas que, tras sus días de alborozo y adeste fideles, ya hoy carecían de sentido. Los aeropuertos eran zonas de stand-by, en el más amplio sentido de la palabra. ¿Se podría escribir un artículo al respecto? David sacó un cuaderno Moleskine de la bolsa de tela que siempre llevaba consigo. Se la había traído su exnovia, la periodista, de… ¿Fráncfort, era? Daba igual. Pasó las páginas hasta llegar a la encabezada con «ideas». Se dispuso a escribir, pero un aliento de desidia le quitó las ganas, de repente. ¿Para qué otra línea sin continuación? La voz del altavoz pareció contestarle. Primero, la mujer: «Por favor, tengan cuidado con sus objetos personales»; después, el hombre: «Please, take care of your personal belongings». David había organizado este viaje para crear, para hacer algo. Así que apuntó, con su letra fea y angulosa, «El aeropuerto como no-lugar: nuevos mundos paralelos del siglo XXI», cerró el cuaderno y alzó la vista orgulloso. O, al menos —pensó David—, eso habría parecido desde los ojos de otro (...)


En el duty-free, David se roció con un perfume carísimo de Dolce & Gabbana y se mareó ligeramente con la fragancia, la de un impostor. Caminó con paso firme hacia la puerta de embarque C53 del aeropuerto de Barajas, mirando a los ojos a cualquiera que se cruzara con él. Nadie sabía quién era Barrie, igual que nadie sabía quién era David. Pero eso iba a cambiar muy pronto.


Una vez en su asiento, sin compañero de viaje alguno, contempló la ciudad por la ventanilla del avión. Primero, en tierra, a tamaño real; luego, ya en el aire, como una maqueta de museo; finalmente, entre las nubes, poco más que una fruslería: tan minúscula que Madrid entera le cabía en un puño cerrado. Se sintió tan poderoso como cuando había marchado a la universidad de Edimburgo —ante la oposición de su padre, evidentemente— para estudiar un máster en literatura comparada. Dos años, para su madre, tan profética ella, como de «mundo paralelo». «Pues claro que estás contento, no te fastidia —le decía cuando hablaban por teléfono, una vez al mes—. Estar en el extranjero es vivir otra vida que, en realidad, no es la tuya». De eso nada, pensaba David: esos dos años, de hecho, habían supuesto lo que tendría que ser su vida: una vorágine de intelectualidad, bohemia, ímpetu y tormenta, igual que en el Sturm und Drang alemán, como decía su mejor amigo de la época,

Silvia Herreros de Tejada, La Mano Izquierda de Peter Pan

martes, 27 de junio de 2017

VERNE Y LA VIDA SECRETA DE LAS MUJERES PLANTA


El 21 de mayo de 1884, Julio Verne llega con su barco a Vigo, pues, en secreto, desea visitar una pequeña botica y conocer a su dueño, Philipot, porque cree que tiene relación con las mujeres planta. Verne, a pesar de las negativas y reticencias del boticario, pronto descubre que Violeta y Melisa, la nieta y la mujer de Philipot, pertenecen a esa antigua y extraña estirpe.

Las visitas de Verne a Vigo han inspirado a Ledicia Costas para crear una historia llena de misterio, magia, amistad y amor, en la que se desvela un secreto que se remonta al origen de los tiempos, En ella introduce a personajes históricos: Verne, con sus libros y viajes, o Antonio Sanjurjo, con sus inventos e innovaciones técnicas, junto con otros ficticios que rebosan ternura: Pierre, Violeta, Melisa (curioso que ellas tengan nombres de plantas o flores)...

                La novela es un pequeño homenaje a Julio Verne (y especialmente a sus 20.000 Leguas de Viaje Submarino), a ese Verne al que le fascinan las ganas de saber, como nos ha demostrado en su obra, por eso quiere desentrañar el secreto de las mujeres planta y no dudará en ayudar a la familia de Philipot.

                Entre los personajes destacan: Violeta, una muchacha curiosa, que no dudaré en revelar el secreto con tal de conseguir la ayuda que su abuela necesita; Pierre, quien ve en el escritor una figura paterna, pues sus padres le vendieron, y por el cual daría su vida;  pero, tal vez, uno de los personajes más entrañables sea Ne, la nepheas, esa pequeña criatura que vive entre las hojas de la planta que nace a la vez que las mujeres planta, y que contiene su alma.

                El libro se lee rápidamente, y tiene las dosis justas de distintos género: el fantástico, con la leyenda de las mujeres planta; el romántico, con la relación entre Philipot y Melisa, a cuya relación se oponen las familias de ambos; el steampunk, con Antonio Sanjurjo y su máquina (recordemos que estamos en 1884, y hasta cuatro años después Isaac Peral no botará el primer submarino); o ese narrador misterioso que hasta la última página no sabemos quién es.

PREMIO LAZARILLO DE CREACIÓN LITERARIA 2015.

lunes, 26 de junio de 2017

EL GRAN COMEDOR DE HOGWARTS


HOY SE CUMPLEN 20 AÑOS DE LA PRIMERA EDICIÓN

Con la extraña sensación de que sus piernas eran de plomo, Harry se puso detrás de un chico de pelo claro, con Ron tras él. Salieron de la habitación, volvieron a cruzar el vestíbulo, pasaron por unas puertas dobles y entraron en el Gran Comedor.


Harry nunca habría imaginado un lugar tan extraño y espléndido. Estaba iluminado por miles y miles de velas, que flotaban en el aire sobre cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. En las mesas había platos, cubiertos y copas de oro. En una tarima, en la cabecera del comedor, había otra gran mesa, donde se sentaban los profesores. La profesora McGonagall condujo allí a los alumnos de primer año y los hizo detener y formar una fila delante de los otros alumnos, con los profesores a sus espaldas. Los cientos de rostros que los miraban parecían pálidas linternas bajo la luz brillante de las velas. Situados entre los estudiantes, los fantasmas tenían un neblinoso brillo plateado. Para evitar todas las miradas, Harry levantó la vista y vio un techo de terciopelo negro, salpicado de estrellas. Oyó susurrar a Hermione: «Es un hechizo para que parezca como el cielo de fuera, lo leí en la historia de Hogwarts».


Era difícil creer que allí hubiera techo y que el Gran Comedor no se abriera directamente a los cielos.

J K Rowling, Harry Potter y la Piedra Filosofal

domingo, 25 de junio de 2017

LAS MENINAS


Durante siglos, el cuadro que representa a la familia de Felipe IV ha sido el centro de atracción del Museo del Prado y ha inspirado a artistas y escritores, convirtiéndose en un verdadero icono cultural. Sin embargo, Diego Velázquez es uno de los pintores más misteriosos de su época, y Las meninas, su obra maestra, cumbre de la pintura barroca española, es quizás también el más extraño de los grandes cuadros de la pintura occidental.


Después de toda una vida en la corte al servicio de Felipe IV, Velázquez por fin fue nombrado caballero en 1658, alcanzando una dignidad insólita para un pintor en aquel momento. En torno a este acto de ennoblecimiento cortesano, Santiago García (guión) y Javier Olivares (dibujo) construyen en la novela gráfica Las meninas una fantasía de largo alcance inspirada en hechos históricos. Por sus páginas pasan desde el conde-duque de Olivares hasta Foucault, desde el Greco hasta Buero Vallejo.


Ésta no es sólo la historia de una obra de arte, sino la historia de cómo una obra de arte se transforma en un símbolo. Y al final, también, un nuevo intento de contestar a la pregunta que se han hecho generaciones de artistas, historiadores, estudiosos y aficionados: ¿cuál es el secreto de Las meninas? Un secreto oculto a plena vista.


Los autores han logrado el Premio Nacional de Cómic, según el jurado, por “ser una obra que asume un riesgo en la estructura narrativa y en el planteamiento gráfico que se resuelve con brillantez, y por constituir un buen acercamiento a la figura de Velázquez, su época y su influencia en otros artistas”. Persiguen que el lector quiera saber más sobre el cuadro, que apenas aparece en el cuadro y cuyo secreto se va perfilando con las historias intercaladas de otros autores (Dalí, Goya, Picasso…), y el pintor con sus obsesiones: por una parte, el ser aceptado en la orden de Santiago obteniendo un nuevo y mejorado status social (de ahí el funcionario que busca testimonios para conceder o denegar el acceso a la orden de Santiago, mediante conversaciones con aquellos que le conocen) y su deseo de inmortalidad, de ser recordado por esa obra maestra que aún no ha pintado.


PREMIO NACIONAL DE CÓMIC 2015

sábado, 24 de junio de 2017

CUENTO DE JUNIO: COMIENZAN LAS VACACIONES


                Terminadas las evaluaciones, noche de San Juan, podemos inaugurar oficialmente ya las vacaciones. Os dejo el siguiente cuento:

Mis padres discrepan. Se dedican a eso. No sólo discrepan. Discuten. Sobre cualquier cosa. Aún no estoy segura de entender que en algún momento dejaran de discutir el tiempo suficiente como para casarse, por no hablar de tenernos a mí y a mi hermana.

Mi madre cree en la redistribución de la riqueza y considera que el problema del comunismo es que no es lo bastante radical. Mi padre tiene una fotografía enmarcada de la reina en su lado de la cama y vota al partido más conservador que haya. Mi madre quería llamarme Susan. Mi padre quería ponerme Henrietta, como su tía. Ninguno de los dos cedió ni un ápice. Soy la única Susietta de mi colegio y, probablemente, del mundo. Mi hermana se llama Alismima, por motivos parecidos.

Nunca se ponen de acuerdo en nada, ni siquiera en la temperatura. Mi padre siempre tiene demasiado calor, y mi madre, demasiado frío. Cada vez que el otro sale de la habitación encienden y apagan los radiadores, y abren y cierran las ventanas. Mi hermana y yo nos pasamos todo el año acatarradas, y creemos que es muy probable que ése sea el motivo.

Ni siquiera se ponían de acuerdo acerca del mes en que nos iríamos de vacaciones. Papá decía que definitivamente en agosto, y mamá opinaba que sin duda alguna en julio. Y eso significaba que tendríamos que acabar haciendo las vacaciones en junio, lo cual no le iría bien a nadie.

Luego no se decidían con el destino. Papá estaba empeñado en hacer trekking con ponis en Islandia, mientras que mamá sólo estaba dispuesta a aceptar una caravana de camellos por el Sáhara, y ambos nos miraron como si fuéramos un poco tontas cuando sugerimos que nos gustaría mucho sentarnos en una playa del sur de Francia o en cualquier otra parte. Dejaron de discutir el tiempo suficiente para decirnos que eso no ocurriría, y que tampoco iríamos a Disneylandia, y a continuación volvieron a discutir entre ellos.

Pusieron fin al debate sobre el destino de nuestras vacaciones de junio dando muchos portazos y gritándose muchas cosas como «¡pues muy bien!» desde el otro lado de la puerta.

Cuando llegaron las inconvenientes vacaciones, mi hermana y yo sólo estábamos seguras de una cosa: no íbamos a ir a ninguna parte. Cogimos un montón de libros de la biblioteca, tantos como pudimos entre las dos, y nos preparamos para oír muchas peleas durante los diez días siguientes.

Entonces llegaron los hombres en furgonetas y trajeron cosas a casa y empezaron a colocarlas.

Mamá hizo instalar una sauna en el sótano. Esparcieron un montón de arena por el suelo. Colgaron una lámpara solar en el techo. Ella extendió una toalla en la arena bajo la lámpara solar y se tumbó encima. Tenía fotografías de dunas de arena y camellos pegadas a las paredes del sótano, pero acabaron despegándose por culpa del calor extremo.

Papá hizo que los hombres instalaran el refrigerador en el garaje (el refrigerador más grande que encontró, era tan grande que podías meterte dentro). Ocupaba tanto espacio en el garaje que tuvo que empezar a aparcar el coche en el camino. Se levantaba por la mañana, se abrigaba con un jersey de lana islandesa, cogía un libro, un termo lleno de chocolate caliente y bocadillos de pepino y Marmite, se metía allí por la mañana con una enorme sonrisa en la cara y no salía hasta la hora de cenar.

Me pregunto si habrá alguien más que tenga una familia tan rara como la mía. Mis padres nunca se ponen de acuerdo en nada.

—¿Sabías que mamá se pone el abrigo y se cuela en el garaje por las tardes? —me dijo mi hermana de repente, mientras estábamos sentadas en el jardín leyendo nuestros libros de la biblioteca.

Yo no lo sabía, pero esa mañana había visto a papá con el bañador y un albornoz bajando al sótano para estar con mamá, con una enorme sonrisa boba en la cara.

No entiendo a los padres. Sinceramente, no creo que nadie los comprenda.

Neil Gaiman

viernes, 23 de junio de 2017

CERRARON SUS OJOS


Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz, que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día,
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos! 
De la casa en hombros
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.
De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba,
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos! 
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo:
allí la acostaron,
tapiáronle luego
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto.
Perdido en las sombras
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos! 
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos!...
¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna,
aunque es fuerza hacerlo,
¡a dejar tan tristes,
tan solos los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer

martes, 20 de junio de 2017

EL COLOR DEL SILENCIO


16 de julio de 1936, Islas Canarias. Un asesinato desencadena el golpe de Estado de Franco y el inicio de la Guerra Civil española.

20 de julio de 1969, Rabat, Marruecos. Una familia española celebra el aterrizaje de Armstrong en la Luna en el jardín de una antigua mansión. Un asesinato tendrá lugar esa misma noche, destrozando el destino de la familia.

Madrid, época actual. Helena Guerrero es una artista de renombre internacional, conocida por las sombras que invaden sus cuadros y que, aparentemente, reflejan un misterio de su pasado que nadie ha sabido nunca explicar. Ahora, después de muchos años viviendo en el extranjero, en Australia, tres sucesos conspiran para traerla de vuelta a Madrid, tres episodios que reconfigurarán su pasado y su futuro: una terapia psicológica llamada «constelación», una boda en su familia y un correo electrónico de su distanciado cuñado le darán las pistas para descubrir qué sucedió realmente con su hermana Alicia, en 1969.

 Junto con Carlos, su pareja actual, Helena irá en búsqueda de respuestas a las terribles preguntas que la han acechado durante toda su vida. Viajará a Rabat, a la antigua mansión de su familia, La Mora, y se adentrará de nuevo en los frondosos jardines que han resguardado, durante años, con recelo, un oscuro y silencioso secreto familiar, el mismo secreto que parecía hablar, desde hace mucho tiempo, a través del color y de las sombras de sus cuadros.

                Esta novela de Elia Barceló nos presenta la historia de una familia, los secretos que se van escondiendo sus miembros (el padre, la madre, las dos hermanas, el cuñado) y la culpa que arrastran. Por una parte, se nos cuenta la historia de la familia Guerrero, cómo se conocieron los padres, por qué fueron a vivir a Marruecos, el nacimiento de sus tres hijos, así hasta el asesinato y violación de Alicia, la hija mayor. Por otra parte, vemos las indagaciones que va a hacer Helena, que ronda los setenta años, en la actualidad, aunque sea en contra de su voluntad, y sus relaciones familiares casi inexistentes pues hace años que rompió con la familia. Entrecruzando ambas historias, tenemos las cajas que le ha legado Blanca, su madre; cajas que contienen cartas y fotografías para que Helena halle la verdad que se oculta tras todos los secretos.  

Según la autora, el germen de la obra surge de una lectura: la del libro del que el historiador Ángel Viñas teorizó sobre el asesinato del general Amado Balmes, La Conspiración del General Franco. A partir de aquí, Elia Barceló creará los dos personajes principales de su novela; Goyo, Gregorio Guerrero, ese militar convencido de que lo que hace lo hace por el bien de la patria, que, a regañadientes, acepta convertirse en espía ocultando su condición y rango, que se comporta de forma entrañable con su mujer e hijas, que se sentirá abandonado por los suyos (pues todos creen que ya hace tiempo no es militar) y con él que llegamos a empatizar fácilmente, a pesar de sus ideas políticas. Helena, que se casó embarazada, se divorciaría pronto y posteriormente abandonará a su hijo y toda su familia para recorrer Asia con objeto de sentirse libre y encontrarse a sí misma; cómo ha luchado por su independencia, cómo ha tenido que luchar para ganarse el prestigio de ser una de las mejores pintoras a nivel mundial y ser reconocida como tal.

lunes, 19 de junio de 2017

¡VIVA EL TEATRO!, POR PECATA MINUTA


                Hoy, en doble sesión (es decir, mañana y tarde), el grupo de teatro del IES Octavio Cuartero  Pecata Minuta, dirigido por Francisca Peinado, ha representado la obra ¡Viva el teatro! del conocido dramaturgo José Luis Alonso de Santos, en la Casa de la Cultura.

                Para aquel que no conozca esta comedia, su argumento es el siguiente: la obra escenifica una puesta en escena teatral llevada a cabo por un grupo de niños (en nuestro caso, no tan niños), que ensayan con su profesora una historia de piratas, como si de un apasionante juego se tratase y desarrolla una intriga compleja, cuajada de canciones a ritmo de rap y sorpresas, convierte el teatro en un excelente recurso lúdico y pedagógico para transmitir valores como la amistad y la solidaridad, la alegría o la generosidad. ¿Estarán listos para el estreno?. Una obra de teatro dentro de otra, que trata de enseñar que lo más importante para que las cosas salgan bien es tener ganas de que así sea.


                Y, efectivamente, todas, perdón, todas y él han querido que saliera bien este pequeño entretenimiento, que a ellos les ha llevado horas, días, semanas y meses de trabajo. Espero, que a estas alturas de curso hayan aprobado todo (de acuerdo, María y Ariadna, demasiado bien sé que vosotras ya estáis en la universidad), pero el resto no, y en la representación decís:

Pues ha dicho mi padre que como me suspendan alguna por estar perdiendo el tiempo con esto del teatro me la cargo. Y que le van a oír los del APA del colegio.


PREMIO NACIONAL DE ESCRITURA TEATRAL INFANTIL 2006

domingo, 18 de junio de 2017

EL SUDOR CONTENÍA HISTORIAS


En nada se parecía el sudor de una mujer que se tiraba catorce horas con el espinazo encorvado mientras recogía cebollas en los cultivos, bajo un sol de justicia, al del hombre que le rezaba a la Santa Muerte para que los enemigos de los que huía no tuvieran en nómina a los federales que lo aguardaban en uno de los puestos de control en la frontera con México. El sudor de un niño de diez años tras el cañón de una SIG Sauer era distinto del de la mujer que se arrastraba por el desierto, elevando plegarias a la virgen para que la reserva de agua que buscaba resultara estar exactamente donde indicaba el mapa que le había proporcionado un coyote.

El sudor contenía la historia del cuerpo comprimida en forma de gemas, perlada en la frente, condensada en manchas salobres en las camisas. Conocía todos los detalles que explicaban por qué alguien había acabado en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno, y si ese alguien iba a llegar con vida al día siguiente.

Paolo Bacigalupi, Cuchillo de Agua

ÁNGELA LÓPEZ ROJO, GANADORA DE LA OLIMPIADA AGROALIMENTARIA, MEDIOAMBIENTAL Y FORESTAL


Este sábado, 17 de junio, Ángela López Rojo, nuestra alumna de 2º de Bachillerato Ciencias y una de las mejores notas en la  EvAU de la Universidad de Castilla la Mancha, ha conseguido el Primer Premio en la Fase Nacional de la Olimpiada Agroalimentaria, Medioambiental y Forestal, celebrada en Valencia, en la asignatura de Biología.

Hay que recordar que ya en la fase regional, Patricia Jerez Sánchez, también alumna de 2º de Bachillerato Ciencias del IES Octavio Cuartero, fue la primera clasificada en el área de Ciencias de la Tierra y Medioambientales, obteniendo una beca equivalente al pago de la matrícula si se matricula en alguna de las titulaciones de primer curso de Grado de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Albacete; que Ángela, en esa fase, se clasificó  en segundo lugar de la asignatura de Biología; y que el  IES Octavio Cuartero, por ser el centro cuyos participantes han obtenido mayor cuantía de premios, también resultó premiado.

 La Olimpiada Agroalimentaria, Medioambiental y Forestal pretende llamar la atención de los estudiantes de Bachillerato sobre la relevancia económica, social y ambiental del sector agroalimentario y del vinculado a la naturaleza y el medio ambiente, así como sobre la importancia de la formación universitaria que en este campo se imparte.

      Pero Ángela no solo destaca en la rama de ciencias. Hace tres años, ganó con su relato Partitura Obligada la XXI Edición de Cuentos del Alma.

        ¡Enhorabuena, Ángela, sigue así con tus nuevos estudios de Medicina!

viernes, 16 de junio de 2017

EL LIBRO DE LOS ROSTROS


            Enviado por María (S4D):

Esta novela de Ana Alonso y Javier Pelegrín, nos presenta a Eva, una joven insegura y sin amigos, que decide abrirse al mundo creando un perfil falso en Facebook y el nombre de usuario que elige resulta ser el de una bloguera comprometida que se dedica a denunciar casos de corrupción.

La admiración por esta activista hará que Eva se deje llevar por la mentira y descubra la amistad y el primer amor; pero también tendrá que asumir las consecuencias de destapar un secreto oculto bajo el yugo del miedo y el chantaje.

Este libro, fácil de leer, sencillo y corto, nos presenta a una protagonista antisocial, una madre cristiana, una hermana alocada y un padre pasota.

Cuando Eva crea su perfil falso en Facebook, comienzan las críticas, las amenazas, las polémicas, etc… A duras penas saldrá de todos estos problemas gracias a David, Carlos y Beatriz.

Lo primero que me llamó la atención fue la portada, y después el resumen de la contraportada. Pensaba que iba a ser un libro relacionado con el mal uso de las redes sociales, pero no es así del todo. Te muestra la triste realidad de los medios de comunicación y de las redes sociales, en donde no puedes expresarte libremente (tal y como te gustaría hacerlo a veces), si no quieres recibir alguna amenaza, algún tipo de acoso o cualquier tipo de represión.

Otra de las razones por las que me gusta el libro , es porque nos hace ver de alguna forma a los adolescentes los problemas que conllevan internet y las redes sociales, y el mal uso que se da muchas veces por no informarnos como es debido. 

jueves, 15 de junio de 2017

YO, HORACE RUMPOLE,


abogado, a punto de cumplir sesenta y ocho años, letrado de poca monta en el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales, comúnmente conocido como Old Bailey, marido de la señora Hilda Rumpole (para mí es «Ella, la que Ha de Ser Obedecida») y padre de Nicholas Rumpole (profesor de Sociología en la Universidad de Baltimore, siempre he estado muy orgulloso de Nick); yo, cuya mente rebosa de antiguos crímenes, anécdotas jurídicas y fragmentos memorables del Oxford Book of English Verse (en la edición de sir Arthur Quiller-Couch), además de un amplio conocimiento sobre manchas de sangre, grupos sanguíneos, huellas dactilares y falsificaciones mecanografiadas; yo, en la actualidad el miembro de mayor edad de mi bufete, tomo la pluma a mi avanzada edad en un momento de calma en el trabajo (no hay mucho delincuente por aquí, parece que los más notables villanos de Inglaterra se encuentran de vacaciones en la Costa Brava), a fin de intentar reconstruir por escrito algunos de mis triunfos más recientes (y ciertos desastres no menos recientes) acontecidos en los juzgados, y de paso conseguir algún dinero que no caiga de inmediato en manos de Hacienda, en las de mi ayudante Henry ni en las de Ella, la que Ha de Ser Obedecida, y quizá también de entretener un poco a los que, como yo, han encontrado en la justicia británica una fuente inagotable de diversión inofensiva.

Cuando se me ocurrió por primera vez que merecería la pena plasmar sobre el papel esta parte de mi vida, pensé que lo más lógico habría sido empezar por los grandes casos en los que participé en mi juventud, como el de los asesinatos del búngalo Penge, en el que conseguí la absolución yo solo, sin ayuda de nadie, o el de la falsificación del Club Benéfico de Brighton, del que, tras un exhaustivo estudio de los diferentes modelos de máquinas de escribir, también salí victorioso. Gracias a estos casos, durante un corto período de tiempo, me situé en el punto de mira del News ofthe World, o al menos mi nombre comenzó a aparecer de modo destacado en sus páginas. Pero cuando echo la vista atrás y recuerdo esa época de mi vida en los tribunales, me invade la sensación de que todo eso le hubiera sucedido a otro Rumpole, a un abogado joven y entusiasta a quien apenas hoy reconozco y que ni siquiera tengo muy claro que me guste, al menos lo suficiente como para pasar un libro entero en su compañía.

Ahora no soy una figura pública, he de reconocerlo, pero algunos de los casos que puedo describir, como el escabroso asunto del Excelentísimo Señor Parlamentario, por ejemplo, o el cargo por asesinato contra el más joven (y chiflado) de los desagradables hermanos Delgardo, me situaron, al menos puntualmente, en la portada del News of the World (e incluso me procuraron unas cuantas líneas en The Times). Pero supongo que los lugares donde en verdad soy muy conocido, por no decir que me he convertido en una especie de leyenda, son el Old Bailey, el bar Pommeroy de Flat Street, la sala de togas de los juzgados centrales de Londres y las celdas de la prisión de Brixton. Allí soy famoso por no declararme nunca culpable, por fumar un purito detrás de otro y por citar a Wordsworth a la menor oportunidad. Aunque dicha notoriedad no sobrevivirá a mi cada vez más cercano viaje al crematorio de Golders Green. Los discursos de los abogados se esfuman más deprisa que la comida china en el plato, y ni siquiera la mayor de las victorias ante un tribunal perdura más allá de los periódicos del domingo siguiente.

John Mortimer, Rumpole y las Jóvenes Generaciones

miércoles, 14 de junio de 2017

MATERIA CONTRA ANTIMATERIA


De repente, una extraordinaria fuerza lo empujó hacia atrás y lo arrojó al suelo. Fue como si una bomba hubiera estallado dentrode la pequeña caja.
Niko vio ante sí un minúsculo punto de luz.

LA LUZ MÁS INTENSA QUE JAMÁS HUBIERA VISTO.
UN SEGUNDO DESPUÉS, LA HABITACIÓN ENTERA
TEMBLÓ CON UNA GRAN EXPLOSIÓN.

Era una explosión algo extraña, pues no se oía absolutamente nada. Un abrumador silencio rodeaba a Niko. Entonces, el punto de luz empezó a crecer. De la nada surgieron unas diminutas bolitas.
—Son los leptones y los quarks —dijo una voz suave—, las primeras partículas de la materia.
Niko dio un brinco al oír aquello. Aprovechando el resplandor de la explosión, pudo ver que había un chico. Era pequeño. Le llegaba más o menos al hombro, y eso que él no era de los más altos de la clase.
El espectáculo que se desarrollaba ante él volvió a captar su atención. Aparecieron más bolitas, o «partículas», como las había llamado aquel extraño ser.
Se creaban de repente, como las palomitas en la sartén de casa de su abuela.
A Niko siempre le había encantado ver cómo los granos de maíz, tras ese peculiar sonido de petardo, se convertían en deliciosas palomitas. La diferencia con las partículas que acababa de ver era que éstas no surgían de granos, sino de un espacio aparentemente vacío.
Las partículas no eran todas iguales. Las había de distintos tamaños y colores. Algunas se juntaban entre sí, fundiéndose y creando otras mayores.
Cuatro grandes focos se encendieron de golpe, uno en cada esquina de la habitación. Iluminaban lo que parecía un campo de rugby.
Niko estaba boquiabierto. Si lo sucedido hasta entonces ya era raro, lo que estaba viendo se pasaba de la rosca.
Aquellas caprichosas bolitas cobraron vida y se repartieron en dos grupos. Se enfundaron unas camisetas: un grupo blancas y el otro negras. Acto seguido, empezaron a calentar para el partido que estaba a punto de iniciarse.
En los laterales, los focos iluminaban unas gradas abarrotadas de personitas pequeñas, muy parecidas al personaje que estaba al lado de Niko.
Los de la grada izquierda llevaban camisetas blancas con la palabra MATERIA escrita en ellas.
Al otro lado del campo, en las gradas de la derecha, los hinchas llevaban camisetas negras con la palabra ANTIMATERIA.
Las dos aficiones seguían atentamente el espectáculo mientras animaban a sus equipos a pleno pulmón. ¡Incluso había un hincha regordete que marcaba el ritmo con un bombo!
—¿Tú de qué equipo eres? —le preguntó el chico que estaba de pie a su lado.
Niko se encogió de hombros.
—Me llamo Eldwen —se presentó.
Haciendo un esfuerzo, Niko consiguió cerrar su boca, que permanecía abierta desde que había empezado aquella loca escena.
Esta vez observó más detalladamente al recién llegado. No levantaba más de un metro del suelo, era flaco y sus ojos, tras unas gafas de montura redonda, tenían un color verde brillante. Sus pupilas negras, en vez de redondas, eran ovaladas como las de un felino. El pelo liso y cobrizo le caía sobre los hombros.
Parecía un elfo sacado de un cuento nórdico.
—Yo soy Niko —se presentó.
Tal vez ese personaje fuera el único que podía dar respuesta a las mil preguntas que bullían en su cabeza. Antes de que pudiese iniciar el interrogatorio, el elfo empezó a hablar:
—Estás presenciando la lucha entre la materia y la antimateria. Lo que acabas de ver es la creación de las partículas y las antipartículas en el

Big Bang,

el estallido que dio origen al universo.
Niko recordó que la caja que tenía la etiqueta de:

UNIVERSO POR ESTRENAR

había explotado al levantar la tapa.
—Las partículas y las antipartículas surgen de la nada, como si dos equipos de fútbol aparecieran en el campo de repente. Cuando la materia choca contra la antimateria, ambas pueden destruirse entre sí.
—Pero entonces no quedará nada —lo interrumpió Niko.
—No será así. Uno de los dos debe ganar. ¿Cómo podría empezar un universo, si no?
Niko se acordó de algo que le había contado su abuela, que había estudiado filosofía. Decía que, según un mito mencionado por Platón, toda persona tiene su doble negativo, un «hermano oscuro» o «anti-yo». Si tienes la mala fortuna de encontrarlo, uno de los dos tendrá que morir. No hay sitio en el universo para ambos.
Antes de que Niko pudiera seguir preguntando, el partido que enfrentaba a la materia y la antimateria comenzó.
Las bolitas —las partículas de blanco y las antipartículas de negro— corrían por todo el campo. Los jugadores de cada equipo eran muy diferentes entre sí: los había de todos los tamaños. Los pequeños eran mucho más ágiles que los grandes y se dedicaban a driblar a los del equipo contrario. Sin embargo, cuando las partículas se encontraban con las antipartículas, se producía una colisión tremenda. Justo después desaparecían ambas en medio de un fogonazo de luz.
Era hermoso y realmente entretenido.
Niko no quería perderse ni un detalle del partido. En las gradas, los hinchas-elfos animaban sin cesar a sus respectivos equipos.
Se fijó en que cuando partículas y antipartículas de distintos tamaños chocaban entre sí, se creaban muchas otras bolitas. Las recién nacidas corrían hacia los laterales para ponerse las camisetas de su equipo e incorporarse rápidamente al juego.
Sobre uno de los laterales había un marcador que sumaba los puntos, casi sin parar, de ambos equipos. En aquel momento, el equipo de la materia ganaba al de la antimateria por goleada.
En la grada de los vencedores se notaba ya una gran agitación. Aunque el partido no había terminado, ya celebraban la victoria y daban saltos, abrazándose unos a otros.
Al otro lado, los seguidores de la antimateria estaban cada vez más cabizbajos. Se daban cuenta de que el partido llegaba a su fin.
Finalmente, un silbato anunció el final del partido. ¡El equipo Materia había vencido! Tres elfos periodistas retransmitían el partido por televisión desde el campo. Algunas partículas de materia se acercaron para ser entrevistadas.
—¡Enhorabuena! —las felicitó la reportera—. Hacía tiempo que esperabais celebrar una gran victoria como ésta, ¿no es así?
—Efectivamente —contestó entusiasmada una de las partículas—. Hacía eones que esperábamos la oportunidad de jugar un partidazo como éste. ¡Ha sido atómico!
—¿Y ahora cuáles son vuestros planes?
—Queda aún mucha liga por delante. Tenemos que ponernos manos a la obra para crear los átomos, los planetas y las galaxias. Habrá que trabajar duro.
—Muchas gracias, Up, por tus declaraciones para nuestra audiencia —dijo la periodista a la pequeña partícula—. Acabamos de retransmitir en directo el partido entre Materia y Antimateria para Quantum TV. Les dejo ahora con nuestra compañera del teleuniverso, que nos informará de las preocupantes noticias que llegan desde los confines de nuestro mundo.
La partícula llamada Up, que debía de ser el capitán, corrió para celebrar la victoria con el resto de su equipo.
El equipo de la materia celebraba el triunfo danzando en el centro del campo. Empezaron a quitarse las camisetas y a tirarlas hacia el público.
De repente, las luces de los cuatro focos se atenuaron. Sólo se veía la silueta de las gradas. Los gritos de felicidad de los hinchas habían cesado. Todos guardaban un respetuoso silencio mientras observaban el trabajo que las partículas habían empezado a realizar.
Con cada danza en el centro del campo, el número de partículas crecía y crecía. Se unían entre sí formando figuras cada vez más grandes.
A partir de entonces, todo sucedió muy rápido.
Niko pudo ver cómo se creaban estrellas extremadamente brillantes y hermosas. Un instante después se formaron los redondos planetas, algunos azules, otros verdes y morados. Pudo ver muchos de esos planetas, quizá la Tierra entre ellos, colocarse en sus órbitas alrededor de las estrellas.
Las estrellas y los planetas se agrupaban a su vez en galaxias que tomaban diversas formas: espirales, circulares, nubes cuajadas de estrellas...
Niko las reconocía por documentales de la televisión que había visto. En aquellas imágenes, las galaxias parecían estáticas, como si hubiesen existido desde siempre, inamovibles y eternas. Pero en el universo que estaba viendo, las estrellas y las galaxias cambiaban constantemente. Crecían y se expandían sin dejar de danzar armónicamente con el resto del cosmos.
Aquel universo se estaba expandiendo sin parar. Niko temió que acabara aplastándoles a él y a Eldwen, como a los demás hinchas que aún celebraban la victoria de su equipo.
Retrocedieron hasta tocar las cortinas con sus espaldas.
—Esto se pone feo —le dijo Niko a su nuevo compañero—. Si sigue creciendo de este modo, acabaremos espachurrados.
Estas últimas palabras las dijo con un tono de gravedad en la voz. Eldwen lo miró a los ojos y le contestó:
—Llegados a este punto, tan sólo pueden pasar tres cosas...

Sonia Fernández-Vidal, La Puertade los Tres Cerrojos