martes, 31 de enero de 2017

LA PALABRA


Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

Pablo Neruda, Confieso que He Vivido

lunes, 30 de enero de 2017

TRAZADO: UN ATLAS LITERARIO

Este libro de Andrew DeGraff (ilustraciones) y Daniel Harmon (textos) es una increíble recopilación gráfica de los escenarios en que se desarrollan obras como la Odisea, Cuento de Navidad, Hamlet, Orgullo y prejuicio o Moby Dick.

En él encontramos mapas llenos de detalles e inspirados en grandes novelas y relatos de la literatura, por lo que podremos seguir los pasos de algunos de nuestros personajes favoritos: acompañaremos a Huck Finn por el río Mississippi; navegaremos con Ulises por el Mediterráneo, lo que nos permitirá conocer a Calipso, Polífemo o las sirenas, entre otros personajes; visitaremos con Borges la Biblioteca de Babel; competiremos con Phileas Phog en su vuelta al mundo; seremos náufragos con Robinson Crusoe en la isla de la Desesperanza; Hamlet nos invitará a recorrer su castillo en Elsinor; el Londres de Dickens en Cuento de Navidad; pasearemos por las campiñas inglesas cogidos de la mano de Lizzy Bennet, emulando al señor Darcy; veremos el “idílico” pueblecito de La lotería, de Shirley Jackson, (¡Juegos del hambre, ja!; por desgracia, se me olvido subir este magnífico relato el último 22 de diciembre, se quedará para otro sorteo);  averiguaremos el secreto de la utópica y feliz Omelas, una ciudad descrita por la Gran Maestra Ursula K. Le Guin.



Ilustración y texto se unen de una manera magnífica: el texto nos acerca y aconseja la obra; las ilustraciones nos desvelan la trama de las historias. 

domingo, 29 de enero de 2017

HA MUERTO EL CUENTACUENTOS

     Esta semana ha fallecido el actor británico John Hurt. 

       Muchos de los personajes que ha encarnado o prestado su voz pertenecen a libros: el vendedor de varitas mágicas Ollivander, en Harry Potter de J. K. Rowling; el sádico Calígula, en Yo, Claudio, de Robert Graves; Control, el jefe del MI6, en El Topo de John Le Carre; el matemático Arthur Seldom, de Los Crímenes de Oxford de Guillermo Martínez; el doctor Iannis de La Mandolina del Capitán Corelli de Louis de Bernieres; Winston Smith, en 1984 de George Orwell; o aporta su voz como narrador en El Perfume, de Patrick Süskind, o Aragorn en la versión de dibujos animados de El Señor de los Anillos de Tolkien. Y puestos a ser frikis ha sido el dictador de Gran Bretaña en V de Vendetta, o El Hombre Elefante; ha trabajado en Indiana Jones, Contact, Alien, o ha encarnado al doctor Who

          Pero uno siempre lo recordará imbuido en una bata y sentado en un sillón junto a una chimenea encendida en un antiguo castillo, siempre acompañado por su perro parlante (algo cínico a veces), introduciéndonos a legendarios cuentos europeos: Juan Sin Miedo, Cenicienta, Hans el niño erizo, etc…

       Él era el Cuentacuentos, en la serie de televisión creada por Jim Henson en 1987, donde se combinaba la actuación de actores reales con marionetas y se recogían historias  propias del folclore y de la tradición de los cuentos de hadas.

viernes, 27 de enero de 2017

UN MAGO LLAMADO DRAGÓN


Nuestro Dragón no devora a las niñas que se lleva, digan lo que digan las historias que cuentan fuera del valle. A veces las oímos en boca de los viajeros que vienen y van. Hablan como si estuviéramos haciendo sacrificios humanos, y como si él fuese un dragón de verdad. Por supuesto que tal cosa no es cierta: por muy mago e inmortal que sea, sigue siendo un hombre, y nuestros padres se unirían y lo matarían si quisiera comerse a una de nosotras cada diez años. Él nos protege contra el Bosque, y nosotros se lo agradecemos, pero no tanto.

No, en realidad no las engulle; sólo da esa sensación. Se lleva a una muchacha a su torre y diez años después la deja marchar, pero para entonces la joven es alguien distinto. Sus ropas son demasiado elegantes, habla como una cortesana y ha estado diez años viviendo con un hombre a solas, así que, por supuesto, se ha echado a perder, por mucho que todas las chicas digan que él jamás les ha puesto la mano encima. ¿Qué otra cosa podrían decir? Y eso no es lo peor... Al final, cuando las deja marchar, el Dragón les entrega una bolsa llena de plata a modo de dote para que cualquiera esté encantado de casarse con ellas, perdidas o no.

Pero ellas no desean casarse con nadie. Ni siquiera se quieren quedar.

Naomi Novik , Un Cuento Oscuro

PREMIO LOCUS 2016

jueves, 26 de enero de 2017

POESÍA EN EL AULA

          Esta mañana ha vuelto a visitarnos y a trabajar con nosotros Eva.  Ha estado con los grupos de 1º y 2º de ESO.

Sigues enseñándonos a ver las palabras con otros ojos, bajo diferentes puntos de vista, muchos de ellos nuevos para nosotros. Esas tarjetas motivadoras bajo la imagen del ojo, como si fuera el ojo de Saurón o de Dios que todo lo ve, para que ellos nos contaran lo que es poesía, mejor dicho, lo que ellos creen que es poesía, y, a partir de allí, que hablaran.

También les has enseñado cómo canciones que ellos escuchan y cantan todos los días, canciones de Marea, Fito, Dani Martín, Clara Lago, Santiago Auserón, Bunbury…,, son en realidad poemas, poemas de grandes autores como Lorca, García Montero, Goytisolo, Panero, Poe… como un poema se puede reinterpretar con distintos ritmos, según la época que vivamos (no es lo mismo un Paco Ibañez que Loquillo, Marea o Tierra Santa). Recuerdo, hace un par de años, en clase leyendo el texto Los Poetas del Heavy Metal, de Santiago Posteguillo, como algunos alucinaban al ver como poemas del Romanticismo eran cantados por grupos como Iron Maiden o Tierra Santa.

Te dejo dos vídeos, el primero, un poema de Luis Alberto de Cuenca, Cuando pienso en los viejos amigos; el otro, la Canción del pirata de Espronceda, en esa versión a ritmo de blues:




Y esas frases motivadoras para decirnos lo que es un poema, versos en realidad entresacados de poemas. Ojala que algún día, como Celaya, vean que la poesía es necesaria como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.


Gracias, Eva, por mostrarnos un curso más tu magia, tu magia con las palabras.

Para ti, este pequeño poema, y que continúe la magia:

EX LIBRIS

Para quien lee,
no existe oscuridad:
el mundo lo ilumina
la luz de las palabras.

Tampoco soledad:
un libro es muchedumbre.

Pero su magia no se cumple
hasta que alguien lo toma entre sus manos.

Entonces,
sobre la hoja,
en la línea de luz
oscura y sueño,
se juntan las palabras
y alzan el vuelo.

Antonio Manilla

miércoles, 25 de enero de 2017

¿LITERATURA ORAL O ESCRITA?


—¿Tú querías ser soldado?
—Al principio no. —Cato sonrió avergonzado—. Cuando era niño me interesaban mucho más los libros. Quería ser bibliotecario, o tal vez incluso escritor.
—¿Escritor? ¿Y qué hace un escritor?
—Escribe historias, o poesía, u obras de teatro. Tendréis escritores aquí en Britania, ¿no?
Boadicea negó con la cabeza.
—No. Tenemos sólo algunos escritos. Los hemos heredado de los antiguos. Sólo un puñado de personas conocen sus secretos.
—Pero, ¿cómo conserváis las historias? ¿Vuestra historia?
—Aquí. —Boadicea se dio un golpecito en la cabeza—. Nuestras historias se transmiten oralmente de generación en generación.
—Parece un método muy poco fiable de preservar los datos. ¿No existe la tentación de tratar de mejorar la historia cada vez que se cuenta?
—Pero es que se trata de eso precisamente. Lo que importa es la historia. Cuanto mejor se vuelve, cuanto más se adorna, cuanto más cautiva a la audiencia, más se engrandece y más nos enriquecemos nosotros como pueblo. ¿No es así en Roma?
Cato consideró el asunto un momento en silencio.
—La verdad es que no. Algunos de nuestros escritores narran historias, pero muchos son poetas e historiadores y se enorgullecen de contar los hechos, simple y llanamente.
—¡Qué aburrido! —Boadicea hizo una mueca—. Pero debe de haber gente a la que se educa para contar historias como hacen nuestros bardos, ¿no?
—Algunos —admitió Cato—. Pero no se les tiene la misma estima que a los escritores. Son meros intérpretes.
—¿Meros intérpretes? —Boadicea se rió—. Francamente, sois una gente muy rara. ¿Qué es lo que crea un escritor? Palabras, palabras, palabras. Simples marcas en un pergamino. Un narrador de historias, uno bueno, claro, crea un hechizo que obliga a su audiencia a compartir otro mundo. ¿Pueden hacer eso las palabras escritas?
—A veces —dijo Cato, a la defensiva.
—Sólo para aquellos que saben leer. ¿Y cuánta gente de entre un millar de romanos sabe hacerlo? Sin embargo, cualquier persona que oiga puede compartir una historia. De modo que, ¿qué es mejor? ¿La palabra escrita o la oral? ¿Y bien, Cato?
Cato frunció el ceño. Aquella conversación le empezaba a producir desasosiego. Demasiadas verdades eternas de su mundo corrían peligro de ser socavadas si llegaba a considerar la visión que Boadicea le ofrecía. Para él, la palabra escrita era la única manera fiable de poder preservar el patrimonio de una nación. Tales registros podían dirigirse a las diversas generaciones con la misma inmediatez y exactitud que cuando fueron escritos. Pero, ¿de qué les servía tal maravilloso recurso a las masas analfabetas que abarrotaban el Imperio? Para ellos sólo una tradición oral, con todos sus puntos débiles, sería suficiente. El hecho de que ambas tradiciones pudieran ser complementarias le resultaba odioso según su visión de la literatura y no iba a aceptarlo. Los libros eran el verdadero medio por el cual se podía mejorar la mente. Los cuentos y leyendas populares eran un mero paliativo para engatusar y apartar al ignorante del verdadero camino de la superación personal.
Esto lo llevó a considerar la naturaleza de la mujer que tenía ante él. Estaba claro que se enorgullecía de su raza y la herencia cultural de la misma, y además era instruida. ¿Cómo si no había llegado a adquirir semejante dominio del latín?

Simon Scarrow, Las Garras del Águila

martes, 24 de enero de 2017

LA ESTRATEGIA DEL PARÁSITO


Óscar Herrero es un estudiante de periodismo que recibe una carta y un USB de Mario, un antiguo compañero de colegio a quien no ve hace años. Lo extraño es que Mario murió hace unos días en un accidente de tráfico y en la carta le encarga entregar el USB al profesor Figuerola y, en caso de no poder hacerlo, asumir él la misión, pero ¿qué es lo que contiene el USB?, ¿por qué tanto misterio?

Con ayuda de Judit, la exnovia de Mario, descubre que el accidente de Mario fue provocado por alguien o algo capaz de manipular los semáforos y las cámaras de seguridad. Además, no puede acceder a un archivo del USB sin introducir una contraseña que aparentemente debe conocer, pero no recuerda. Todo es muy confuso y Óscar, en su afán de seguir indagando, no sigue las instrucciones de Mario y es rastreado fácilmente por el enemigo. Luego, las cuentas de Óscar son intervenidas y los archivos policiales manipulados para hacerle quedar como un asesino y violador. Ante esto, Óscar y Judit caen en la cuenta de que su enemigo está manipulando todos los sistemas controlados mediante Internet: ¡están rodeados! Pero, ¿quién es el enemigo?

La novela de César Mallorquí tuvo una fuerte campaña de marketing.. En la primera hoja, el título original está tachado, y se ha añadido un segundo título y autor: El asunto Miyazaki, de Óscar Herrero. La usurpación llega hasta la portada. Si movemos el libro cerca de una fuente de luz, podremos leer un aviso sobre Miyazaki, que nos estará vigilando. Además la historia no termina en la última página del libro, pero para descubrirlo tendrás que atreverte primero a conocer a Miyazaki y sus secretos.

La Estrategia del Parásito es una historia llena de misterio y suspense que nos muestra como el mundo actual gira en torno a la tecnología, y cómo esta marca incluso nuestro modo de vivir. Además, nos hace reflexionar un poco sobre qué puede ocurrir si esta se usa sin ética. Nos sorprende con una mezcla de géneros que no esperábamos. Al ser una novela corta, la acción es una constante y siempre habrá una sorpresa a la vuelta de la esquina, lo que da un ritmo rápido al libro.

Con respecto a los personajes, tenemos a Óscar, un joven normal, que poco a poco se  convierte en un personaje más fuerte y decidido. Judit es una joven gótica, fuerte, pero tiene más inseguridades de los que quiere mostrar. El enemigo es un virus informático, que nos recuerda a HAL 9000, el ordenador de la película 2001, Una Odisea en el Espacio.

Miyazaki te vigila. Internet es Miyazaki



PREMIO CERVANTES CHICO 2015

lunes, 23 de enero de 2017

LIBROS COMO RESPIRADORES ARTIFICIALES


Llevo unas semanas que no se me va de la cabeza la Librería  Pérez de El Tubo. La echo de menos. Me gustaría que todavía siguiera abierta. Me gustaría cruzar su puerta desvencijada de madera. En el lugar en el que estaba la Pérez hay ahora un inmenso solar. La Pérez tenía el suelo de madera. Siempre había unos cuantos gualtrapas mudos husmeando en los libros viejos de la Pérez. Más que libros viejos eran restos, saldos llegados de los almacenes, la última oportunidad. En la Pérez se saldó, hasta agotarse, toda La Gaya Ciencia, la editorial de Rosa Regàs en la que publicaba Benet. A Benet le encantaba Zaragoza, y quizá por eso sus libros fueron a parar a la librería Pérez. Decía Benet a Martínez Sarrión: «Admira el brillo mate de esas cúpulas, con el padre Ebro lamiendo los pies de la recia, de la invicta Diosa».

Un librero de viejo de Madrid me preguntó si había librerías como la suya en Zaragoza. Un cliente suyo se iba a vivir a Zaragoza por motivos laborales y estaba preocupado por si no podía comprar libros viejos. Le dije que sí, y que había dos rastros con libros los domingos. El librero no anotó nada, pero se quedó convencido de que podría consolar a su cliente. Y entonces, mientras el librero me ofrecía libros viejos desmochados, me vino a la cabeza, como un trallazo, el recuerdo de la Pérez.

Me acordé del olor, del ruido de la puerta, de las mesas cargadas y del movimiento de las estanterías, nada estables, de los libros que compré y de cómo los devoraba tumbado en la cama, de los libros de La Gaya Ciencia y del Club Bruguera, tapa dura y colores chillones, que ocupaban una mesa en el fondo y que me hicieron un lector desordenado y apasionado.

Me vi, como si espiara al adolescente que fui, una Sophie Calle retroactiva, caminando por El Tubo de la Pérez a la de Inocencio Ruiz. Llevaba un gabán negro, que rozaba el suelo. En la de Inocencio sufría, porque no sabía nada de cómo eran los libreros de viejo, de sus manías y de sus costumbres. Y no sabía nada de Inocencio. Me gustaban la escalera de su librería y su enorme máquina de escribir, en la que a veces lo encontraba golpeando con fuerza las teclas. A diferencia de José Luis Melero, como relata en Leer para contarlo, apenas aprendí nada con los libros que compré en la librería de Inocencio, porque fueron pocos, y mis recuerdos tienen más que ver con el ambiente, maravilloso, que con la lectura.

Estaba en Madrid, pero realmente estaba en Zaragoza, veinticinco años atrás, en un día de invierno y con lluvia, husmeando en las baldas de la Pérez. Pensando en la mirada torva de Inocencio cuando me viera atravesar la puerta.

No sé cómo describir un olor. No basta con decir húmedo o profundo. Y mucho menos sé cómo describir lo que sentía cuando ojeaba y tocaba un libro: todavía sigo sin saberlo. Sé que en esos instantes me estaba transformando, algo parecido a lo que le sucedió a Peter Parker cuando le picó una araña.

Felix Romeo

domingo, 22 de enero de 2017

EL HOMBRE ILUSTRADO

En una tarde calurosa de principios de setiembre me encontré por primera vez con el hombre ilustrado. Yo caminaba por una carretera asfaltada, recorriendo la última etapa de una excursión de quince días por el Estado de Wisconsin. Al atardecer me detuve, comí un poco de carne de cerdo, unas habas y un bizcocho. Me preparaba a descansar y leer cuando el hombre ilustrado apareció sobre la colina. Su figura se recortó brevemente contra el cielo.
Yo no sabía entonces que era ilustrado; sólo vi que era alto, que alguna vez había sido esbelto, y que ahora, por alguna razón, comenzaba a engordar. Recuerdo que tenía los brazos largos y las manos anchas, y un rostro infantil en lo alto de un cuerpo macizo.
Me habló antes de verme, como si hubiese adivinado mi presencia.
—Señor, ¿sabe usted dónde podría encontrar trabajo?
—Temo que no —le respondí.
—Cuarenta años y nunca he tenido un trabajo duradero —me dijo.
Aunque hacía mucho calor, el hombre ilustrado llevaba una camisa de lana, cerrada hasta el cuello. Los puños de las mangas le ocultaban las anchas muñecas. La transpiración le corría por la cara. Y sin embargo no se abría la camisa.
—Bien —me dijo al fin—, este lugar es tan bueno como cualquiera para pasar la noche. ¿No lo molesto?
—Si usted quiere, me sobra un poco de comida —le invité.
Se sentó pesadamente y lanzó un gruñido.
—Se arrepentir de haberme invitado —me dijo—. Todos se arrepienten. Por eso no paro en ningún sitio. Aquí estamos, a principios de setiembre, en lo mejor de la temporada de las ferias. Tendría que estar ganando montones de dinero en el parque de diversiones de cualquier pueblo, y aquí me tiene, sin ninguna perspectiva.
El hombre ilustrado se sacó un enorme zapato y lo examinó con atención.
—Comúnmente conservo mi empleo diez días. Luego algo ocurre, y me despiden. Hoy ningún hombre, de ninguna feria del país se atrevería a tocarme, ni con una pértiga de tres metros.
—¿Qué le pasa? —le pregunté.
El hombre me respondió desabotonándose lentamente el cuello apretado. Cerró los ojos, y con movimientos muy lentos se abrió la camisa. Luego, con la punta de los dedos, se tocó la piel.
—Es curioso —dijo con los ojos todavía cerrados—. No se las siente, pero están ahí. No dejo de pensar que algún día miraré y ya no estarán. Camino al sol durante horas, en los días más calurosos, cocinándome y esperando que el sudor las borre, que el sol las queme; pero llega la noche, y están todavía ahí.
El hombre ilustrado volvió hacia mí la cabeza, mostrándome el pecho.
—¿Están todavía ahí? —me preguntó.
Durante unos instantes no respiré.
—Si —dije—, están todavía ahí.
Las ilustraciones.
—Me cierro la camisa a causa de los niños —dijo el hombre abriendo los ojos—. Me siguen por el campo. Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.
El hombre se sacó la camisa y la apretó entre las manos. Tenía el pecho cubierto de ilustraciones, desde el anillo azul, tatuado alrededor del cuello, hasta la línea de la cintura.
—Y así en todas partes —me dijo adivinándome el pensamiento—. Estoy totalmente tatuado. Mire.
Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una ilustración. En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello, escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.
—¡Oh! ¡Son hermosas! —exclamé.
¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo. El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.
—Ah, sí —dijo el hombre ilustrado—, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo…
El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este.
—Pues estas ilustraciones —afirmó el hombre—, predicen el futuro.
No dije nada.
—Todo está bien a la luz del sol —continuó—. Puedo emplearme entonces en una feria. Pero de noche… Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian.
Creo que sonreí.
—¿Desde cuándo está usted ilustrado?
—Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.
—Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista?
—La mujer volvió al futuro —dijo el hombre—. Así es. Vivía en una casita en el interior de Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me reí. Pero ahora sé que decía la verdad.
—¿Cómo la conoció?
El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino. ¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.
—He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo —dijo el hombre extendiendo los brazos—. Cuando la encuentre, la mataré.
El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso, y los cuerpos enjutos y alargados del Greco.
—Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda… —El hombre ilustrado se volvió—. ¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.
—Sí.
—Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí, en mi espalda, y ella ve toda su vida… cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando tenga sesenta anos. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a si mismo cayendo en un precipicio, o aplastado por un tren… Entonces me despiden.
El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa, serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa.
—¿Y nunca encontró a la vieja?
—Nunca.
—¿Y cree usted que venía del futuro?
—¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?
El hombre, fatigado, cerró los ojos.
—A veces, de noche —dijo débilmente—, siento las figuras, como hormigas sobre la piel. Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme. No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda cuando se vaya a dormir.
Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter violento, y las ilustraciones eran tan hermosas… Yo me hubiese ido lejos de toda esa charla. Pero las ilustraciones… Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza.
La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:
—Se mueven, ¿no es cierto?
Esperé un minuto. Y luego dije:
—Sí.
Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.
Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos. Los conté uno a uno.

Ray Bradbury

viernes, 20 de enero de 2017

PALMIRA: ¡VIVA EL TEATRO!

              

            Esta mañana, al levantarme, me he encontrado con la barbarie que ha llevado a cabo un grupo de energumenos. Testigo del execrable acto, una imagen vía satélite.


                Primero convirtieron su escenario en un matadero; ahora lo han destruido.

             Tras esto, no he dejado de pensar en mis viejas traducciones de Esquilo, Sófocles, Arístofanes, Plauto… Despues en una pieza teatral que José Luis Alonso de Santos escribió para críos, ¡Viva el teatro!. Esta obra escenifica una puesta en escena teatral llevada a cabo por un grupo de niños, que ensayan, con su profesora, una pieza infantil como si de un apasionante juego se tratase y desarrolla una intriga compleja, cuajada de canciones y sorpresas, convierte el teatro en un excelente recurso lúdico y pedagógico para transmitir valores como la amistad y la solidaridad, la alegría o la generosidad.

                Os dejo con su escena final

                ¡Muy bien…! Ha estado estupendo. Ahora todos al escenario para ensayar la canción final y hemos terminado. Poneros en una fila frente al público, como os marqué el otro día. Ana y Jonathan en el centro y de la mano, los demás a los lados… ¡Y alegres! ¡A ver esas caras! En el teatro no puede parecer que estamos cansados, o aburridos… Tenemos que ofrecer al público la mejor de nuestras sonrisas… Nos tienen que ver felices y dichosos de hacer teatro para ellos.

Los niños se colocan en una fila en el fondo del escenario, y avanzarán después despacio hacia primer plano, mientras cantan. Entra una brillante y festiva música, y empieza la CANCIÓN FINAL:

¡Viva el teatro, que nos enseña a jugar,
y a interpretar, a cantar y a bailar!
¡Viva el teatro, que es un arte milenario
y hace salir la imaginación en el escenario!
¡Viva el teatro, lleno de fiesta, amor y fantasía
que se repiten en escena cada día!
¡Viva el teatro, compuesto de sueños y verdad
que lleva siglos divirtiendo a la humanidad!
¡Viva el teatro, y los que lo hacen: actores
y autores músicos, técnicos y directores!
¡Y digamos ahora juntos a gritos, y mucho rato,
también los espectadores: ¡Qué viva! ¡Viva el teatro!

José Luis Alonso de Santos, ¡Viva el teatro!

jueves, 19 de enero de 2017

FALCÓ

La Europa turbulenta de los años treinta y cuarenta del siglo XX es el escenario de las andanzas de Lorenzo Falcó, ex contrabandista de armas, espía sin escrúpulos, agente de los servicios de inteligencia. Durante el otoño de 1936, mientras la frontera entre amigos y enemigos se reduce a una línea imprecisa y peligrosa, Falcó recibe el encargo de infiltrarse en una difícil misión que podría cambiar el curso de la historia de España. Un hombre y dos mujeres -los hermanos Montero y Eva Rengel- serán sus compañeros de aventura y tal vez sus víctimas. Su misión, introducirse en la zona roja, preparar desde Cartagena el asalto a la cárcel de Alicante y liberar a un ilustre prisionero, José Antonio Primo de Rivera.

                La última novela de Arturo Pérez-Reverte es ágil, con una prosa sencilla, sin adornos, dando prioridad a la acción sobre la reflexión, siguiendo las pautas de la novela clásica de aventuras o la de espías, lo que hace que algún momento la trama sea previsible (recordad, que por historia, sabemos el final), pero no nos importa, queremos saber lo que va a ocurrir a continuación y cómo se va a torcer la misión (¿hay un traidor? ¿quién es? ¿quién no quiere que se lleve a cabo la operación? ¿por qué?).

                Falcó, en cierta manera, nos recuerda a Alatriste, pues sobrevive aceptando encargos en la España de los años 30 e intenta mantener sus reglas a toda costa (este trabajo sería insoportable si no hubiera en él ciertas retorcidas reglas. Quizá no sean reglas convencionales, ni siquiera dignas, pero son las nuestras. Aunque la principal de todas sea, precisamente, la aparente ausencia de reglas), pero también  es un personaje que se acerca a esos detectives de los puips o de la novela negra clásica estadounidense por su amoralidad (el único comentario de Falcó al plantearle lo del golpe militar había sido: «¿Estamos a favor o en contra?»).  

                Os dejo con la entrevista con la entrevista que le hicieron a Arturo Pérez-Reverte en el programa Página Dos de TVE2

miércoles, 18 de enero de 2017

ESCALA DEL FRÍO

+24° C – En Sevilla se ponen una mantita para dormir.
+19° C – Los canarios encienden la calefacción central y acaparan víveres por si se quedan aislados.
+8° C – Los coches italianos no arrancan.
0° C – El agua se congela.
-1° C – Haces como que fumas con tu aliento. Los de Albacete están en la playa tomando helado y bebiendo cerveza fría.
-4° C – El gato se mete en tu cama.
-10° C – Los coches franceses no arrancan.
-12° C – Telecinco pone las imágenes tradicionales de camiones volcados por el hielo.
-15° C – Los coches alemanes no arrancan.
-24° C – El gato se mete dentro de tu pantalón de pijama.
-29° C – Los coches japoneses no arrancan.
-30° C – No hay ningún puto coche normal que arranque.
-36° C – Los coches rusos no arrancan.
-39° C – Los de Albacete se abrochan todos los botones de la camisa.
-50° C – Un coche italiano se mete en tu cama.
-60° C – Los rusos están congelados. Los de Albacete se empiezan a abrochar los abrigos.
-70° C – El infierno está congelado.
-120° C – Todo el alcohol se congela. Los rusos se ponen nerviosos.
-273° C – Cero absoluto. Las moléculas dejan de moverse. Los rusos empiezan a lamer el vodka congelado. Los de Albacete se levantan de las mesas de la terraza y se meten dentro del bar...

martes, 17 de enero de 2017

UNA CARICIA DELICADA Y MUY FRÍA


Se dirigió hacia la puerta principal, pero notó un cosquilleo que le erizó la piel y la hizo detenerse.

Miró a su alrededor para ver de qué se trataba.

Hacía muchísimo frío. El cielo estaba muy oscuro, tan nublado que no se veía ni una estrella, y un silencio denso envolvía los árboles y los setos de la plaza. Irene se acercó al estanque y vio en el fondo a una de las carpas que nadaba en círculos rápidos, como si quisiera entrar en calor. Pensó que era un milagro que aquel bicho siguiera vivo, ya que una fina capa de hielo empezaba a cubrir los bordes de la fuente.

Y entonces volvió a notarlo. Alzó el rostro hacia el cielo y sintió una caricia delicada y muy fría que rodaba por sus mejillas como una lágrima.

¡Era nieve!

Extendió los brazos y empezó a dar saltos de alegría alrededor de la plaza. No sabía por qué estaba tan contenta por una simple nevada, pero no podía resistir el impulso de celebrar aquel acontecimiento con una alegría infantil.

Le entraron unas ganas locas de llamar a la puerta de todas las habitaciones para que la gente saliera y pudiera contemplar aquella maravilla blanca. Pero se recordó a sí misma que todo el colegio estaba de fiesta —su fiesta— y que Heather, Martha y los demás todavía debían de estar bebiendo real ale en el Dog & Bone a aquellas horas.

Los copos caían lenta y parsimoniosamente, e Irene se dio cuenta de que el manto blanco iba a cuajar.

Nunca había visto nevar sobre el mar, así que decidió hacer una pequeña excursión nocturna.

Rocío Carmona, La Gramática del Amor

lunes, 16 de enero de 2017

HISTORIA DE UNA GAVIOTA Y DEL GATO QUE LE ENSEÑO A VOLAR


Enviado por María:

Luis Sepúlveda prometió un día a sus hijos escribir una historia sobre lo mal que gestionamos los humanos nuestro entorno, lesionando la naturaleza y lesionándonos a nosotros mismos.

Así nació esta historia, que cuenta las aventuras de Zorbas, un gato "grande, negro y gordo", cuyo inquebrantable sentido del honor le conduce un día a comprometerse a criar un polluelo de gaviota. La madre, una hermosa gaviota, atrapada por una ola de petróleo vertido en el mar por un buque varado, le deja en prenda a Zorbas, justo antes de morir, el huevo que acaba de poner. Zorbas, que es gato de palabra, cumplirá sus dos promesas: no sólo criará al polluelo, sino que le enseñará a volar. Los amigos de Zorbas, Secretario, Sabelotodo, Barlovento y Colonello, le ayudarán en una tarea que, como se verá, no es tan fácil como parece, y menos para una banda de gatos más acostumbrados a hacer frente a la dura vida en un puerto como el de Hamburgo que a ejercer de padres de una cría de gaviota...

Relato entrañable y  brillante, donde los valores de amistad, respeto, lealtad y compañerismo se hace patente en el cariño y compromiso que toma Zorbas con Afortunada, que en algún momento se creyó gato. Sepúlveda nos muestra y enseña todos estos valores en  poco más de 100 páginas. Su fácil lectura, con ritmo muy ágil y vocabulario muy sencillo, hace que el libro te atrape y no te deje indiferente.

Tal vez no sepa volar con alas de pájaro, pero al escucharlo, siempre he pensado que vuelo con sus palabras

domingo, 15 de enero de 2017

SHANGRI-LA


Conversaban aún, cuando al ascender una pendiente pronunciadísima, aunque corta, tuvieron que contener el aliento. Caminaron así durante varios pasos. Tres minutos después salieron de la niebla y se encontraron en pleno aire soleado. Doblaron un recodo y vieron que a poca distancia de ellos se alzaba el monasterio de Shangri-La.

A Conway, al verlo por primera vez, le pareció una visión producida por la falta de oxígeno que estaba padeciendo y que, probablemente, había embotado sus facultades.

Era, verdaderamente, una vista extraña y casi inverosímil. Un grupo de pabellones coloreados colgaban de la montaña sin la tristeza gris de un castillo de la Renania, pero sí con la delicadeza de los pétalos de una flor silvestre que emergen pálidos de una roca. Era soberbio y exquisito. Una austera emoción hacía levantar la vista desde los techos de un color azul lechoso al gris bastión rocoso de allá arriba tremendo como el Wetterhorn sobre el Grindewald.

Más allá, en una pirámide asombrosa, se remontaban las vertientes nevadas del Karakal. Era posible que fuese, pensó Conway, la vista montañosa más terrorífica del universo, y se imaginaba la enorme tensión de la nieve y los glaciares, contra los cuales la roca desempeñaba el papel de un muro de contención gigantesco. Algún día, tal vez, toda la montaña se derrumbaría, y la mitad del frígido esplendor del Karakal se extendería por el valle.

Al otro lado, la pared montañosa continuaba descendiendo casi perpendicularmente en una hendedura que debía haber sido el resultado de un terrible cataclismo ocurrido muchos cientos de años antes. El piso del valle, confuso en la distancia, les daba la bienvenida con su exuberante verdor; abrigado de los vientos y vigilado, mejor que dominado, por el monasterio, le pareció a Conway un lugar deliciosamente favorecido, aunque, si estaba habitado, su comunidad debía estar completamente aislada por las elevadísimas e inescalables cimas del otro lado. Para llegar al monasterio sólo había un camino practicable. Conway experimentó al contemplarlo un ligero estremecimiento y pensó que los temores de Mallinson estaban bien fundados pero aquel sentimiento fue sólo momentáneo y no tardó en triunfar sobre él la profunda sensación, mitad mística, mitad visual, de haber alcanzado al fin un lugar que era el término eventual de sus desdichas.

Jamás recordó exactamente cómo llegaron él y sus compañeros al monasterio, ni con que formalidades fueron recibidos, desatados e introducidos en el recinto. El aire finísimo tenía una contextura de ensoñación, que armonizaba con el azul porcelana del cielo; a cada inhalación, a cada mirada sentía una tranquilidad anestésica que contrastaba extrañamente con la irascibilidad de Mallinson, el ingenio humorístico de Barnard y el estoicismo de la señorita Brinklow, que había adoptado el papel de una princesa de los cuentos de niños, resignada a ser devorada por un dragón.

Recordaba vagamente su sorpresa al encontrar el interior del edificio, extraordinariamente espacioso, tibio, acogedor y perfectamente limpio; pero no tuvo tiempo más que para observar estas cualidades.

James Hilton, Horizontes Perdidos

viernes, 13 de enero de 2017

ACERCA DE ODISEO

           

       Este miércoles fuimos con alumnos de 3º y 4ª de ESO a la Casa de la Cultura para ver la obra de teatro Odiseo.

             Un grupo de alumnos de S3B ha hecho los siguientes comentarios:

           Nos ha gustado la obra, y hay algunos aspectos que queríamos comentar.

Nos ha llamado la atención la escenografía y las luces, como éstas iban cambiando conforme Ulises u Odiseo pasaba a contarnos otra de sus aventuras. También le ha ayudado mucho al actor (creo que se llama Jordi Ballester; al menos eso nos ha dicho el profesor) ese decorado sencillo:  con unos palos, cuerdas y plásticos se han creado todos los  escenarios que requería la obra: la playa, el barco de Ulises, la cueva de Polífemo, las habitaciones del palacio, etc… Había que imaginar un poco, pero nos ha parecido fascinante.

El que un solo actor hiciera toda la obra nos ha extrañado al principio, pues estamos acostumbrados a ver y oir el diálogo de varios personajes. No lo lamentamos, ya que el actor ha interpretado muy bien su papel, sus gestos, el tono de su voz, cómo iba cambiándose de vestuario en el escenario según el papel que quería interpretar (el actor naufrago, el guerrero, el refugiado, el marino…); en algunos momentos nos ha recordado a los juglares medievales que iban de pueblo en pueblo contando historias.


Luego las dos historias que se entremezclan. Por una parte, la de Ulises, la historia de Homero que vimos en clase, como un hombre se enfrenta a tantas penalidades y adversidades y al poder de los dioses sólo para regresar a su hogar para estar con su mujer y su hijo; un héroe como dijo el actor, algo más que un hombre normal. La otra, cuando nos dice que es un actor que viene huyendo desde Siria, que en su viaje ha actuado en el teatro de Palmira, la antigua Petra, actualmente escenario de sangrientos hechos por desgracia del Ejercito Islámico, cómo ha representado esa misma obra en su huida ante sus compañeros refugiados, haciéndonos sentir miedo, desesperación, hambre…

Nos ha gustado, y queremos más, queremos volver al teatro, en el pueblo o fuera.

jueves, 12 de enero de 2017

DIEZ MIRADAS, PARA QUIENES NOS ENSEÑAN A AMAR LOS LIBROS


Esta semana he recibido este libro del sello Loqueleo de la editorial Santillana  que pretende ser un homenaje a todos los maestros, en su sentido más afectivo e integro de la palabra, que con su dedicación, creatividad y entusiasmo hacen posible que tantos niños y jóvenes crezcan confiando en sus propias capacidades. Y muy especialmente, está dedicado a todos esos docentes que han transmitido su amor por la Literatura…

Lo cierto es que ha sido una gozada ver esas Diez Miradas, mejor dicho, leer esos diez relatos de esos  magos de las palabras y maestros en el arte de contar historias: Maite Carranza, Jordi Sierra ¡ Fabra, César Mallorqui, Concha López Narváez, Rafael Salmerón Alfredo Gómez Cerdá, Mª Isabel Molina, Fernando J López, Care Santos, Joan Manuel Gisbert y mi paisano Fernando Lalana.

Algunos de ellos inciden más en el aspecto docente en general o la influencia del maestro en el alumno: delicioso ese Blanca y los Plátanos, de Maite Carranza, donde de forma sorprendente se reencuentran la vieja maestra y un viejo discípulo (por cierto, que sentimientos tan contradictorios cuando ves que tienes un discípulo: alegría, al ver que alguien ha seguido tus pasos; por otra parte, te sientes viejo, se te cae el mundo encima); la búsqueda de ese reconocimiento, que todos anhelamos (y quien diga lo contrario, miente cual bellaco) lo podemos ver en El Cerebro del Profesor Vázquez, de César Mallorqui, donde irónicamente el profesor no recuerda a su antiguo alumno. Emotivo me ha resultado el de Alfredo Gómez Cerdá, El Único Trabajo de mi Vida, tal vez por la reciente jubilación de una amiga y compañera. Jordi Sierra ¡ Fabra, con su Un Mundo bajo el Cielo, a través de ese maestro sudamericano nos recuerda a nuestros viejos maestros de escuela que iban a un pueblo cargados de sueños.  Concha López Narváez y Rafael Salmerón, con En busca del Tesoro, nos hacen ver lo que disfrutamos cuando un alumno coge un libro motu proprio o nos pide nuestra opinión sobre una novela. La flamante Premio Nadal Care Santos nos emociona con ese homenaje a Shakespeare (si, también los grandes tuvieron maestros, ¿qué os pensabais?) en Tarde de Teatro. Fernando Lalana, con Fin del Luto, nos trae al alumno enamorado de su profesora (podéis pensar mal, pero os vais a equivocar). La influencia sobre el futuro del niño nos la presentan en sus relatos tanto Mª Isabel Molina como Fernando J López que sigue trabajando su línea temática sobre el suicidio en adolescentes, pero muy logrado ese acercamiento al muchacho mediante el poema de Luis Cernuda en El Mar no Tiene Sueño; si queréis leer este relato, lo tenéis aquí.

De Joan Manuel Gisbert, ¿qué podemos decir?. Mejor le dejamos hablar con este microcuento que nos trae en su cuento:

EL GRAN ANFITRIÓN

Uno de sus mayores placeres es ir abriendo los espacios de su inmensa casa a sus invitados y dejarlos moverse libremente por ellos. Es entonces cuando lo invisible sale a la luz. Del silencio brotan ríos de palabras, seres muy diversos pueblan las estancias, mundos cercanos y remotos toman forma, asombrosos lugares se desarrollan y se producen en ellos vivencias de muchas clases.

El Gran Anfitrión, propicio y acogedor, los guía y acompaña por un tiempo y, luego, muy despacio, va retirándose a sus aposentos y los deja a su aire, creciendo y disfrutando por sí mismos.

miércoles, 11 de enero de 2017

SIEMPRE ME HA GUSTADO OÍR HABLAR A LA GENTE,


se tratase o no de palabras dirigidas a mí. Pero oír hablar a una persona es también verla hablar, descubrir las huellas del cuento en el rostro que lo emite. Esto lo observé desde muy niña y me resultaba un incomparable aliciente -que no he perdido- mirar a la cara de quien estaba contando algo, porque las transformaciones que acarreaba lo dicho en la expresión del hablante era como un segundo texto sin cuyo complemento se desvanecía y oscurecía el primero, hasta el punto de que a veces, si no había asistido como testigo presencial a la gestación de una perorata, narración o recado que otro me transmitía, solía preguntar casi indefectiblemente: “¿Con qué cara te lo dijo?”, como si ese dato de la expresión del rostro afectara no sólo al acontecimiento verbal mismo, sino a mis capacidades para descifrarlo y entenderlo correctamente. Pero la expresión oral que se plasmaba en el decir y el contar, además de ser un acontecimiento en el sentido de hecho que acontecía -y para mí uno de los más apasionantes- era también, como comprendí muy pronto, sustancia primordial que alimentaba los cuentos y conversaciones mismos, ya que en el seno de ellos se venían a reflejar continuamente, como en una perspectiva intrincada de espejos, otros cuentos y conversaciones anteriormente acontecidos y que el narrador rescataba.

Carmen Martín Gaite, El Cuento de Nunca Acabar.

martes, 10 de enero de 2017

EL CALLEJÓN DIAGON


Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

—Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry

Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

—Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.

Sonrió ante el asombro de Harry Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse. El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

—Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.

Harry deseó tener ocho ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».


Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.» Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...

J.K. Rowling, Harry Potter y la Piedra Filosofal

lunes, 9 de enero de 2017

MALDITAS MATEMÁTICAS: ALICIA EN EL PAÍS DE LOS NÚMEROS

Enviado por Pedro:

Alicia es una niña que detesta las matemáticas y piensa que no sirve para nada… hasta que un día, mientras estaba estudiando en el parque, un extraño personaje se le presenta. Este resulta ser Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas quien la invita a dar una vuelta por el País de los Números. Él será su acompañante en este fantástico viaje, en el que se enfrentará al monstruo del laberinto. Encontraremos personajes conocidos como La Reina de Corazones, La Liebre de Marzo y El Sombrerero Loco, y otros desconocidos como La Minovaca o el Matemago que le enseñarán que las matemáticas además de prácticas, pueden ser muy divertidas.

Carlo Frabetti intenta demostrarnos que el aprendizaje de las matemáticas no sólo es útil, sino también divertido. Con la introducción de personajes de ficción, protagonistas de Alicia en el País de las Maravillas, aborda numerosos contenidos matemáticos presentes en el currículo de los primeros cursos de la ESO, sobre todo asociados a los bloques de Números y Álgebra. Parte de este libro está dedicado, además, al análisis de ciertos conceptos o procedimientos matemáticos con los que, tradicionalmente, surgen dificultades. En este sentido se presenta al cero como un personaje con cierto poder “mágico”, a los números negativos como algo que surge de forma natural y a la simplificación de fracciones como un procedimiento muy útil en la vida cotidiana. También se hace una pequeña incursión en el planteamiento de diferentes estrategias de resolución de problemas.


Es un libro corto y entretenido, una excelente opción para regalar a cualquiera que piense que las matemáticas son aburridas y que no sirven para nada.

domingo, 8 de enero de 2017

EL CEMENTERIO DEL CASTILLO DE IF


Sobre la cama, tendido a lo largo a iluminado débilmente por la claridad de la luz nebulosa que penetraba por la ventana, se veía un saco de grosera tela, cuyos informes pliegues dibujaban los contornos de un cuerpo humano: aquél era el sudario del abate, aquél era el sudario que, según decían los carceleros, costaba tan poco. Todo había terminado. La separación material existía ya entre Dantés y su anciano amigo. Ya no podría ver aquellos ojos que habían quedado abiertos como para mirar más allá de la muerte, ni podría estrechar aquella mano industriosa que descorriera el velo a tantos misterios para que él los penetrase. Faria, su útil y buen compañero, a cuya presencia tanto se había acostumbrado, no existía ya más que en su memoria. Entonces se sentó a la cabecera de la cama, dominado de una triste y lúgubre melancolía.
¡Solo! ¡Había vuelto a quedarse solo! ¡Había vuelto al silencio y la nada!
¡Solo! ¡Sin compañía y hasta sin la voz del único ser amigo que le quedaba en la tierra!
¿No sería mejor que fuera a resolver con Dios el problema de la vida, como había hecho el abate Faria, aun pasando por tantos dolores como él?
La idea del suicidio, desterrada por la presencia y la amistad del abate, vino entonces a colocarse como un fantasma al lado del cadáver de éste.
-Si pudiera morir iría adonde él va -dijo-, y volvería a encontrarle seguramente. Pero ¿cómo morir? Bien fácil es -añadió sonriendo-. Me quedo aquí, me abalanzo al primero que entre, lo ahogo y me guillotinan.
Sin embargo, como ocurre siempre, así en los grandes dolores como en las grandes tempestades, que damos con el abismo al dar en los extremos, horrorizó a Dantés la idea de esta muerte infamante, y de súbito pasó de esta desesperación a una sed ardiente de libertad.
-¡Morir! ¡Oh!, no -exclamó-, no valdría la pena de haber vivido tanto y sufrido tanto, para morir así. Ahora sería verdaderamente conspirar en favor de mi destino miserable. No, quiero vivir, quiero luchar hasta el fin, quiero recobrar la dicha que me han robado. Con la idea de la muerte me olvidaba de que tengo verdugos que castigar, y quién sabe si recompensar amigos. Pero, ¡ay!; ahora van a olvidarme, y no saldré ya de aquí sino como el abate Faria.
Al pronunciar estas palabras quedó petrificado, como aquel a quien se le ocurre una idea aterradora. De pronto se incorporó, llevóse la mano a la frente como si le diera un vértigo, dio dos o tres vueltas por la habitación, y fue a detenerse delante de la cama.
-¡Oh!, ¡oh! -murmuró-. ¿Quién me envía este pensamiento? ¿Sois vos, Dios mío? Pues que sólo los muertos salen de aquí, ocupemos el lugar de los muertos.
Y sin vacilar un momento siquiera, por no cambiar aquella resolución desesperada, inclinóse sobre el nauseabundo saco, lo abrió con el cuchillo que Faría había hecho, sacó el cadáver, lo llevó a su propio calabozo, lo acostó en su cama, poniéndole en la cabeza el pañuelo de hilo que él acostumbraba llevar puesto, lo cubrió con su cobertor, besó por última vez aquella frente helada, pugnó por cerrar aquellos ojos rebeldes que seguían abiertos y horribles en su inmovilidad, le puso el rostro vuelto a la pared, para que el carcelero al traerle la cena creyese que estaba acostado como solía, volvió al subterráneo, sacó de su escondite la aguja y el hilo, se quitó sus harapos para que se sintiera por el tacto la carne desnuda, metióse en el saco embreado, se colocó en la misma situación que el cadáver tenía, y sujetó por dentro la costura. Si por desgracia hubiesen entrado en este momento, hubieran podido oír los latidos de su corazón.
Habíale sido posible esperar que pasase la visita de la noche, pero temía que el gobernador cambiase de idea, mandando sacar el cadáver. Con esto perdería su última esperanza. Ahora lo que tenía que temer era muy poco. He aquí su plan:
Si por el camino los enterradores conocían que llevaban un vivo en lugar de un muerto, no les daba tiempo para nada, con una cuchillada vigorosa abría de arriba abajo el saco, y se aprovechaba de su terror para escaparse. Si querían apoderarse de él, ¿no llevaba un cuchillo? Si lo conducían hasta el cementerio y le metían en una fosa, dejábase cubrir de tierra, y apenas los enterradores volviesen la espalda, se abría paso a través de la tierra removida, y como era de noche, escapaba. Pensaba que el peso no sería tan grande que no lo pudiera resistir.
Si se equivocaba, si, por el contrario, la tierra le pesaba mucho y le ahogaba, ¡tanto mejor para él!, todo concluiría entonces.
No había comido desde la víspera, pero ni aquella mañana había pensado en el hambre, ni ahora pensaba tampoco. Era demasiado precaria su situación para que pudiera ocuparse de otra cosa.
El primer peligro a que estaba expuesto era que el carcelero, al llevarle su comida a las siete, echase de ver la sustitución verificada. Por fortuna, veinte veces había recibido Dantés acostado al carcelero, ya fuese por misantropía, ya por cansancio, y en este caso generalmente aquel hombre dejaba sobre la mesa el pan y la sopa y se iba sin hablarle.
Pero esa vez el carcelero podía hablarle y como Dantés no le respondería, acercarse a la cama y descubrirlo todo.
Hacia las siete de la noche fue cuando empezaron, a decir verdad, las agonías de Dantés. Con una mano apoyada en el pecho trataba de ahogar los latidos de su corazón mientras enjugaba con la otra el sudor de su frente, que corría hasta por sus mejillas. De vez en cuando todo su cuerpo se estremecía con un temblor convulsivo, oprimiéndosele el corazón como si estuviese sometido a la presión de un torno. Transcurrían las horas sin que en el castillo se notase ningún movimiento por lo que comprendió que se había librado del primer peligro. Esto era de buen agüero. Por último, a la hora señalada por el gobernador, se oyeron pasos en la escalera. Edmundo conoció que el momento había llegado, y llamó en su ayuda todo su valor, conteniendo su aliento. Feliz él si hubiera podido contener de igual modo los violentos latidos de su corazón.
Los pasos, que iban en aumento, se detuvieron a la puerta. Dantés supuso que eran dos los enterradores que iban a buscarle. Esta sospecha se trocó en certidumbre cuando oyó el ruido que hacían al poner en el suelo las parihuelas.
Abrióse la puerta y una luz confusa hirió los ojos de Edmundo. A través del lienzo que le envolvía, vio acercarse dos sombras a su cama, en tanto que otra, con un farol en la mano, se quedó a la puerta. Cada uno de los que se acercaron a la cama cogió el saco por uno de sus extremos.
-Para ser viejo y tan flaco, pesa bastante –dijo uno de ellos levantando la cabeza de Dantés.
-He oído decir que el peso de los huesos aumenta media libra todos los años -contestó el otro asiéndole por los pies.
-¿Has hecho el nudo? -preguntó el primero.
-Buena tontería fuera añadir un peso inútil. Allá lo haré.
-Tienes razón. Vamos.
« ¿Pare qué será ese nudo? », se preguntaba Dantés.
Desde la cama trasladaron a las angarillas al falso muerto. Edmundo se puso todo lo rígido que pudo para desempeñar mejor su papel de cadáver. Pusiéronle, pues, en las angarillas, y alumbrados por el del farol, que iba delante, empezaron a subir la escalera.
De súbito, el aire fresco de la noche, en el que Dantés reconoció al mistral, azotó su cuerpo. Esta súbita sensación fue a la vez angustiosa y dulcísima.
A unos veinte pasos detuviéronse los que le llevaban, y pusieron en el suelo las angarillas. Uno de ellos debió de alejarse un tanto, porque Edmundo oyó sus pisadas en las losas.
« ¿Dónde estoy? », se preguntó.
-¿Sabes que no pesa poco? -dijo el que había permanecido junto a Dantés, sentándose al borde de las angarillas.
La primera idea de Dantés fué escaparse entonces, pero por fortuna se contuvo.
-Alúmbrame, animal -dijo el que se había separado-, alúmbrame o no podré encontrar lo que busco.
El hombre de la linterna obedeció a la demanda del enterrador, aunque, como se ha visto, no tenía nada de cortés.
«¿Qué buscará? -dijo para sí Dantés-,sin duda un azadón.»
Una exclamación dio a entender que el enterrador había encontrado al fin lo que buscaba.
-Menudo trabajo ha costado -dijo el otro.
-Sí, pero nada se ha perdido por esperar -contestó el primero.
Y dicho esto se acercó a Edmundo, que oyó poner a su lado una cosa pesada y sonora. Al mismo tiempo una cuerda atada a sus pies le causó viva y dolorosa impresión.
-¿Está ya hecho el nudo? -preguntó el enterrador que no se había movido de allí.
-Y bien hecho -respondió el otro.
-Pues en marcha.
Y volviendo a coger las angarillas siguieron su camino.
A los cincuenta pasos sobre poco más o menos hicieron alto para abrir una puerta, y volvieron a proseguir su camino.
El rumor de las olas, estrellándose en las peñas que sirven de base al castillo, iba llegando más distintamente a Dantés a medida que iban avanzando.
-¡Mal tiempo hace! -dijo uno de los hombres-. No está el mar pare bromas esta noche.
-El abate corre peligro de fondear.
Y ambos soltaron una carcajada.
Aunque Dantés no los comprendió, sus cabellos se erizaron.
-Bien. Ya hemos llegado -dijo el primero.
-Más allá, más allá -repuso el otro-. ¿No te acuerdas que el último muerto se quedó en el camino, destrozado entre las rocas, y que el gobernador nos regañó al día siguiente?


Subiendo constantemente, dieron cuatro o cinco pasos más, luego sintió Edmundo que le cogían por los pies y por la cabeza y que le balanceaban.
-¡A la una! -dijeron los enterradores.
-¡A las dos!
-¡A las tres!
Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso vacío, hendiendo los aires como un pájaro herido de muerte, y bajando, bajando a una velocidad que le helaba el corazón. Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que precipitaba su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída durase un siglo, hasta que, por último, con un ruido espantable, se hundió en un agua helada que le hizo exhalar un grito, ahogado en el mismo instante de sumergirse. Edmundo había sido arrojado al mar con una bala de treinta y seis atada a sus pies. El cementerio del castillo de If era el mar.

Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo