martes, 12 de diciembre de 2017

ALEXANDRA Y LAS SIETE PRUEBAS


   
             Enviado por María (S4D)

Mi nombres es Alexandra, con "x", tengo once años, y voy a permanecer encerrada una semana en mi colegio. Sin profesores. Sin padres. Sólo los chicos y chicas de mi curso. No sé cómo sonará así dicho. Pero todo lo que voy a contar aquí es verdad.

Mi colegio se llama Armando Muñoz Vaca, que por lo visto fue pionero del siglo XV. Yo no soy una pionera. Sólo soy una niña normal y corriente a la que le gustan los videojuegos. Hay una cosa que todavía no he contado. Mi colegio es famoso por una sola razón: porque aquí estudió hace muchos años Alfonso Giménez Dom. Había una foto suya en el vestíbulo de entrada. Todo el mundo sabe que la compañía Dom Industries es la empresa multinacional de videojuegos más importante del mundo. Y ahora el señor Dom había vuelto al colegio. Con una propuesta revolucionaria: "No vais a jugar a un videojuego. Vais a ser los protagonistas de un videojuego".

Alexandra es una niña de 11 años, normal y corriente, a la que le gusta jugar a los videojuegos. Así que cuándo a su colegio llega Alfonso Giménez Dom (jefe de la compañía Dom Industries, la empresa multinacional de videojuegos más importante del mundo), organizando una especie de concurso a dónde puedes ganar una beca por la universidad que quieres y el primer ejemplar de la videoconsola DOM 5000, ella sabe que tiene que ganar. Pero hay un problema: sus padres no les parece buena idea lo del concurso, y sin su autorización no puede participar. Aún así Alexandra no se rinde y decide falsificar la autorización. Lo consigue, entra al juego y desde aquel momento su vida cambiará para siempre.

Es un libro entretenido con una trama sencilla, escrito de forma ágil y amena, con capítulos cortos (que van marcando una cuenta atrás), donde se alternan los puntos de vista, uno en primera persona, el de Alexandra, la protagonista, el otro en tercera, el de los mayores. Se tratan temas como la amistad, la rivalidad, los abusos, los celos, siempre vistos conforme la edad de los protagonistas, y, afortunadamente, no tenemos una gran historia de amor.

lunes, 11 de diciembre de 2017

CUENTOS PARA NIÑOS MORBOSOS


Hay adjetivos que van y vienen, que se ponen de moda y que de pronto están en boca de todo el mundo y hay que ir buscando otros de repuesto. Es lo que le ha pasado a “viejuno”, por ejemplo, que ha habido que volver al socorrido “rancio” de toda la vida, porque viejuno se estaba quedando viejuno en tiempo récord. Estos días pasados me vino a la boca un adjetivo que estuvo muy en boga en mi adolescencia. Hablo de “morboso”. Hablar de algo o de alguien que tenía “morbo” era sumarle cien puntos a su supuesto atractivo. No se ha desterrado su uso, lo sé, pero ya no tiene el componente tan gustoso de lo secreto que al menos yo tanto saboreé. Porque hay palabras que al pronunciarlas se convierten en indefinidas promesas de felicidad. Las chicas señalábamos a los que tenían morbo, y secretamente nos gustaba que alguien pudiera pensar que nosotras lo desprendíamos. Advierto que este adjetivo está atravesando un momento crítico porque hay un espíritu censor en torno a todo lo referido al sexo que convierte en inmoral lo que en tiempos se llamó “lo prohibido”, otra palabra que amaba mi calenturienta mente juvenil.

Pienso que fui morbosa desde niña y que podría escribir, si es que un día me pongo a trabajar, “Las memorias de una niña morbosa”. Aunque el título incluyera la palabra “niña” habría una faja con una advertencia como la del tabaco: “Prohibido para niños. Leer mata”. A ver si con este reclamo fomentamos la lectura y espantamos a los lectores de piel fina. Queda mucho en mí de aquella niña morbosa. De alguna manera, los cuentos que nos contaban mis tías eran toda una preparación preescolar al morbo. Eran cuentos de hambre y frío, poblados de hijos de puta que se quieren comer a los niños, de madrastras asesinas, padres avaros, enanos que raptan criaturas, hermanastras envidiosas y tipos que al anochecer meten a los niños desobedientes en un saco. Lo increíble es que aunque esos cuentos habían sido inventados para advertir a los inocentes de los peligros que les acechan, a la luz del día los miedos que nos provocaban estas narraciones desaparecían, y volvíamos, morbosos, a pedir más de lo mismo, descubriendo de manera inconsciente que la ficción nos proporcionaba sensaciones negativas y a la vez atractivas.

No es extraño entonces que los Reyes me regalaran, previo pago de su importe, un libro que llevaba esperando hace tiempo: Pentamerón. El cuento de los cuentos, una recopilación de historias populares que el poeta italiano Giambattista Basile recogió en el siglo XVII en el dialecto napolitano. Fue la primera gran antología de narrativa oral y la base en la que se inspiraron los hermanos Grimm. La faja de este libro extraordinario debería advertir: “No apto para los que se asustan con Blancanieves”, porque lo cierto es que las versiones más antiguas de Hansel y Gretel, Cenicienta, Caperucita o la Bella Durmiente son mucho más crudas que las adaptaciones de los hermanos alemanes, que convirtieron en cuentos infantiles lo que eran en muchos casos piezas cómicas para adultos. Si uno es morboso, no lo dude, este es su libro. Podrá asistir a una narración burra, escatológica, descarnada de la Bella Durmiente en la que se cuenta cómo el padre de la Bella, creyéndola muerta, la mete en una urna de cristal. Un caballero encuentra a aquella preciosidad que, a pesar de estar muerta no ha perdido lustre, y yace sobre ella. Sobre ella, he dicho. La consecuencia de ese yacer viene a los nueve meses en forma de dos preciosas criaturas. Los bebés a punto están de morirse de hambre, pero aparece un hada, y despierta a la durmiente, que les da el pecho. La madrastra lo descubre y, temerosa de que la Bella y sus criaturas le arrebaten el cariño de su marido, entrega a las criaturas al matarife y le pide que se los sirva cocinados al padre. El cocinero siente compasión por las criaturas, las oculta, y cocina dos cochinos en su lugar. El padre se relame comiéndose las dos presas. La madrastra se cree por fin librada de aquellos que pueden disputarle dinero y cariño, pero como es lógico obtendrá su castigo: el matarife confesará que tiene a las criaturas y el caballero que yació sobre la Bella (¿violación de una muerta?) aparecerá de nuevo para casarse con esa mujer que tan feliz le hizo mientras la poseía (dormida). Este es sólo un ejemplo, porque Caperucita también se las trae. En el fondo, lo que busca el lobo (un ogro) cuando mata a la abuelita es meterse en la cama con la nieta.

No son, lógicamente, cuentos para niños, pero los que fuimos pequeñas criaturas amantes del miedo, encontramos en estos escabrosos relatos con toques de humor algo de aquellas viejas sensaciones turbulentas. A mí me produce un efecto curativo: cuando salgo de la noche eterna de estos personajes, miro el mundo, y en vez de parecerme amenazante, se me antoja lleno de gente estupenda.

Elvira Lindo

domingo, 10 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD PARA INCRÉDULOS


Hay muchos años atrapados en esta celosía. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de todos los abuelos de la ribera oriental. Hoy, como de costumbre, se abre al mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las gárgolas de aquel santuario en ruinas. Vacilan mucho las manos y la boca, pero siempre que se quiere un grito interno, abre la jaula y nos transforma en cuadros plásticos maquillados a la usanza de aquellas viejas consejas.

Te anaranjeaba la tarde el borde interior de los pómulos y sobre tus dientes se dibujaban las imágenes marinas repletas de estela y serena entrega. Todos recordamos la más dulce triquiñuela de nuestras mocedades; cada merced lleva la suya atada a las lágrimas en la noche de año nuevo. Cada tarantín de la calle retrotrae la mano tierna que roza a hurtadillas la piel de alguna muchacha, en medio de la multitud de nombres que dejan huella tras el pasar del tiempo. Yo siempre me ralentizaba cuando iba a tu encuentro, era el señor de los caramelos y tú montada en tu risa me dabas el asisto matinal de las frutas del mercado.

Aquí estás de nuevo -solía decirme- eres: diciembre. La página en blanco, un trago que fluye por ríos de gentes y secretos hermosos que se pasean por la plaza. Que maravillan el rostro bañado de aceites delineados en la majestuosidad de una mueca pícara por entre miles de ojos que destejen al tiempo. Pintores que añaden sonidos, a estos cuadros vivos de Rafael, en la pulcritud de su atardecer entre nosotros. Las gaitas, sus voces mágicas, Renato fabricando con sus dedos, todo el amor del poeta para acariciar la ciudad. El chino Jung que nos regala el silencio con la paz de su mirada. La tercera siesta, que es bellorín en su asalto al salto y los bardos que recorren los sueños guiados por Blas, quien dispara al cielo versos que regresan en cometas furtivos sobre las paredes que se encienden como cuando amanece en tus ojos. Cada vez que llegas, me retrata profundo el ojo del tigre y tu beduina mirada como luna del desierto.

Si tú ahora quieres comprender por qué los incrédulos abundan  en diciembre, podrás darte perfecta cuenta, que todo se debe precisamente a que los mercaderes no saben hacer otra cosa que vender para comprar tu alegría. Pero no creas que en vano un pesebre es la luz del mundo; porque imagina por un momento que todo se hubiese desarrollado en un hotel cinco estrellas: como le pediría al que solo tiene esperanza que creyera en los milagros, si la última estrella que tenía para vender te la había guardado y, de tanto esperar por ti se murió. Por eso el angelito que me diste, todos los días me pregunta: A dónde se fue la dueña de mi imagen si vos te quedaste solamente con la soledad de mi espacio...A mí también me dolió, pero no te preocupes: Diciembre me dijo que este año me exoneraba del llanto, por lo tanto me das un abrazo y te devuelvo para siempre la alegría, que solamente una vez ensoñamos. ¡Feliz navidad! Saboreo aún tus fresas y a estos incrédulos que nos miran. 

Hans Christian Andersen

viernes, 8 de diciembre de 2017

MISTERIO EN BLANCO

Enviado por Pedro:

En la velada del día de Nochebuena, una gran nevada obliga al tren de las 11:37 procedente de la estación londinense de St. Pancras a detenerse en las proximidades de Hemmersby. Decididos a no pasar la noche en el vagón, un grupo de seis pasajeros (un especialista en temas paranormales, una corista, un oficinista tímido, un sesentón y dos hermanos) decide desafiar las inclemencias del tiempo e intentar llegar al cercano pueblo.

A mitad de camino, se ven obligados a refugiarse en una solitaria casa de campo que, a pesar del fuego encendido en la chimenea, el té para tres dispuesto sobre la mesa y el agua de la tetera todavía hirviendo, parece estar desierta. Atrapados por las circunstancias en ese reducido espacio, los viajeros intentarán desentrañar el enigma de la vivienda deshabitada y, cuando la tormenta finalmente amaine, de las cuatro personas que han sido asesinadas…

                Esta novela de J. Jefferson Farjeon se publicó por primera vez en 1937, y es una espléndida novela de intriga de ambiente navideño. El autor nos introduce en una intriga que nos atrapa desde el primer momento, gracias a la sensación de aislamiento y de que algo extraño ha ocurrido, al estilo del Detection Club. El autor recrea con maestría la sensación de aislamiento y de que algo extraño ha sucedido. Transmite de forma fidedigna el peligro inminente que parece acechar a los personajes que intentan averiguar qué misterio envuelve a la casa y así nos introduce y atrapa en el misterio.

jueves, 7 de diciembre de 2017

¿ME DEJAS LOS LIBROS?


-¿Puedo hacerte yo una pregunta ahora? -te interrumpe, y aunque al principio te molesta, terminas asintiendo-. ¿Lo que hay en el salón... son libros? ¿Libros... reales?
Extrañado, frunces el ceño.
-Claro, ¿qué van a ser si no?
-¿Podemos ir a verlos, por favor? -La emoción reluce en sus ojos,
La petición te resulta tan extraña e inocente que respondes que sí. Abandonáis la cocina y, cuando llegáis a la estancia principal, Fiara corre esquivando los sofás y la mesa principal hasta una de las estanterías de la pared. Es tan inesperada su reacción que te descubres con el puñal en la mano, aunque enseguida vuelves a envainarlo en tu cinturón.
La chica acaricia los cantos polvorientos de los libros con una delicadeza reverencial. Sus labios se mueven casi imperceptiblemente mientras va leyendo en voz baja los títulos de cada uno de ellos. La mayoría son enciclopedias antiguas, tratados históricos de tiempos ya olvidados, atlas de tierras que tú siempre has creído tan lejanas como si pertenecieran a mundos inventados...
-¿Puedo...? -pregunta, señalando uno con el dedo.
-Eh... sí, adelante -contestas, y ella lo libera de su hueco de la estantería.
Después camina hasta la chimenea y se sienta delante del fuego con las piernas cruzadas bajo la falda del vestido. Cuando abre la tapa, se levanta una nube de polvo que, a la luz del fuego, te recuerda las partículas que se desprendían del vuelo de las hadas que aparecían en los cuentos que Padre te leía de niño.
Hojea las primeras páginas por encima, pero sobre todo se entretiene pasando las hojas hacia delante y hacia atrás, con una sonrisa creciente en sus labios.
-¿También es la primera vez que... ves un libro?
-Es la primera vez que veo un libro de papel, sí. Había oído hablar de ellos, claro, pero no existen allí de donde yo vengo.
-Pero sabes leer.
Ella asiente.
-Utilizamos dispositivos con pantallas que...
-¿Dispositivos?
-Sí, ¿no sabes qué son? -te pregunta, tan extrañada como si le hubieras dicho que ignoras qué es una nube-. Es raro que tu padre...
-Mi padre prefirió enseñarme todo lo que necesitaba conocer a este lado del muro -la interrumpes, ofuscado-. ¿Qué son esas cosas?
Si a Fiara le molesta tu desplante, no lo demuestra. Medita unos instantes buscando la manera de explicarse hasta que da con la solución.
-Son... como espejos negros -responde-, Espejos mágicos que te permiten ver lo que desees. Momentos del pasado, lugares lejanos, realidades inventadas... Puedes comunicarte con quienes se encuentran a miles de kilómetros. Llevaba uno en mi bolsa. Si quieres...
-No -la detienes, asustado-. No es necesario.
Todo lo que ella cuenta te parece imposible, como sacado de un cuento, fantasías idénticas a las que aparecen en el...

Javier Ruescas, Al Cruzar el Jardín

miércoles, 6 de diciembre de 2017

APERTURA DE LAS PRIMERAS CORTES CONSTITUYENTES


Una gran novedad, una hermosa fiesta había aquel día en la Isla. Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares yvedificios públicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la mañana y esplendente claridad del sol, todo respiraba alegría. Por el camino de Cádiz a la Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Parecía aquello preliminar de función de toros. Las clases todas de la sociedad concurrían a la fiesta, y los antiguos baúles de la casa del rico y del pobre habíanse quedado casi vacíos. Vestía el poderoso comerciante su mejor paño, la dama elegante su mejor seda, y los muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la multitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rápidos matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros había tanta alegría, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta que unos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perenne decía sin cesar: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de las plazuelas, de la Caleta y la Viña, no querían que la ceremonia estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglándose sus andrajos, emprendían con sus palitos al hombro el camino de la Isla, dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y algazara se distinguía claramente el grito general: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Tronaban los cañones de los navíos fondeados en la bahía; y entre el blanco humo las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájaros de colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares y marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y veneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábanse paisanos y militares congratulándose de aquel día, que todos creían el primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y periodistas, rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por la aparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero de: -¡Las Cortes, las Cortes!
En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba más que en libaciones en honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos, picadores, carniceros y chalanes, habían diferido sus querellas para que la majestad de tan gran día no se turbara con ataques a la paz, a la concordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inundó de mancos, cojos y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la mucha gente, y enseñando sus llagas, no pedían en nombre de Dios y la caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime, diciendo: -¡Por las Cortes, por las Cortes!
Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran. La general alegría me recordó la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril de 1808, después de los sucesos de Aranjuez.
Cuando llegué a la Isla, las calles estaban intransitables por la mucha gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesión. En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a voz en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a la comitiva. Todo el mundo quería ver, y no era posible que vieran todos.
Aquella procesión no era una procesión de santas imágenes, ni de reyes ni de príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamara la atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más. Precedíales el clero con el infante de Borbón de pontifical y los individuos de la Regencia, y les seguía gran concurso de generales, cortesanos antaño de la corona y hoy del pueblo, altos empleados, consejeros de Castilla, próceres y gentileshombres, muchos de los cuales ignoraban qué era aquello.
La procesión venía de la iglesia mayor donde se había dicho solemne misa y cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar ¡Viva la nación!, como pudiera gritar ¡viva el rey!, y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy malo como poesía y música; que decía:
Del tiempo borrascoso
que España está sufriendo
va el horizonte viendo
alguna claridad.
La aurora son las Cortes
que con sabios vocales
remediarán los males
dándonos libertad.
El músico había sido tan inhábil al componer el discurso musical, y tan poco conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veían obligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc. Pero esto no quita su mérito a la inocente y espontánea alegría popular.
Cuando pasó la comitiva encontré a Andrés Marijuán, el cual me dijo:
-Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. ¡Qué gentío! Pero me propuse ver todo y lo vi. Lindísimo ha estado.
-¿Pero ya empezaron los discursos?
-Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los regentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles: -¿Juráis conservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de la nación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey D. Fernando? ¿Juráis desempeñar fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban contestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órgano y canto llano y se acabó. Gabriel, a ver si podemos entrar en el salón de sesiones.
Yo no creí prudente intentarlo; pero fui hacia allá, codeando a diestro y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se agolpaban masas de gente y no pocos coches, sentí que vivamente me llamaban, diciendo:
 -Gabriel, Araceli, Gabriel, señor D. Gabriel, Sr. de Araceli.
Miré a todos lados, y entre el gentío vi dos abanicos que me hacían señas y dos caras que me sonreían. Eran las de Amaranta y doña Flora. Al punto me uní a ellas, y después que me saludaron y felicitaron cariñosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo:
-Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galería reservada (...)
No hablamos más del asunto porque el Congreso Nacional ocupó toda nuestra atención. Estábamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en localidades iguales veíamos a multitud de señoras y caballeros, a los embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario había un trono, ocupado por un obispo y cuatro señores más y delante los secretarios del despacho. Poco habían unos y otros calentado los asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como diciendo: «Ahí queda eso».
-Esta pobre gente -me dijo Amaranta- no sabe lo que trae entre manos. Mírales cómo están desconcertados y aturdidos sin saber qué hacer.
-Se ha marchado el venerable obispo de Orense -dijo doña Flora-. Por ahí se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes.
-Por lo que oigo, están eligiendo quien las presida -dije-. Hay aquí un traer y llevar de papeletas que es señal de votación.
-Buenas cosas vamos a ver hoy aquí -añadió Amaranta con el regocijo que da la esperanza de una diversión.
-Yo lo que quiero es que prediquen pronto -añadió doña Flora-. Prontito, señores. Veo que hay muchos clérigos, lo cual es prueba de que no faltarán picos de oro.
-Pero estos clérigos filósofos son torpes de lengua -afirmó Amaranta-. Aquí hablarán más los seglares, y será tal el barullo, que veremos escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga, preparémonos a reír.
-Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito que está en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel.
-Está conmovido por la majestad del acto -repuso Amaranta-. Me parece que estos señores darían algo ahora porque les mandasen a sus casas. Verdaderamente las fachas no son malas.
-Desde aquí veo al vizconde de Matarrosa -indicó doña Flora-. Es aquel mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morlá, y es chico despejado... Como que sabe inglés.
-Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para que sea diputado -repuso la condesa-. Como que no tiene más años que tú, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aquí tenemos Solones de veinte abriles.
-Querida condesa -dijo la otra- desde aquí veo todas las narices y toda la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Está abajo entre los diputados.
-Sí, allí está. De un bocado se tragará Cortes y Regencia. Es el hombre de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido aquí a reírse de sus compañeros de procuraduría. ¿No es aquel que está a su lado D. Antonio Capmany? ¡Miren qué facha! No se puede estar quieto un instante y baila como una ardilla.
-Ese que se sienta en este momento es Mejía.
-También veo la cara seráfica de Agustinito Argüelles. Dicen que este predica muy bien. ¿Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere Cortes. Pero empiece de una vez la función ¡qué pesados son!
-Aquí como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse.
-Ya está dispuesta la presidencia. ¿Tocarán un pito para empezar?
-Yo tengo una curiosidad por oír lo que digan...
-Y yo.
-Será un disputar graciosísimo -dijo Amaranta- porque cada cual pedirá esto y lo otro y lo de más allá.
-Conque salga uno diciendo: «Yo quiero tal cosa», y otro responda: «Pues no me da la gana», se animará esta desabrida reunión.
-¡Cuándo las habrán visto más gordas! Será gracioso oír a los clérigos gritar: «Fuera los filósofos», y a los seglares: «Fuera los curas». Veo con sorpresa que el presidente no tiene látigo.
-Es que guardarán las formas, amiga mía.
-¿En dónde han aprendido ellos a guardar formas?
-Silencio, que va a hablar un diputado.
-¿Qué dirá? Nadie lo entiende.
-Se vuelve a sentar.
-En el escenario hay uno que lee.
-Se levantarán algunos de sus asientos.
-Ya. Acaban de decir que quedan enterados.
-Nosotros también. Tanto ruido para nada.
-Silencio, señores, que vamos a oír un discurso.
-¡Un discurso! Oigamos. ¡Qué ruido en los palcos! Si no calla el público, el presidente mandará bajar el telón.
-¿Es aquel clérigo que está allí enfrente quien va a hablar?
-Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrás la capa. ¿Le conoce usted?
-Yo no.
-Ni yo. Oigamos qué dice.
-Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene escritas en un papelito.
-Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura.
-Parece que hablará primero.
-¿Pero quién es?
-Parece un santo varón.
En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegó hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero.
Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba en mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias parlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimo sereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principio los murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, poco a poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne el discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto.
-¿Sabe usted, amiga mía -dijo en un momento de descanso doña Flora- que este cleriguito no lo hace mal?
-Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he enterado bien de lo que propone.
-Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Ya sigue. Atendamos.
El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavo había concluido.
El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su última hora, y realizose en España uno de los principales dobleces del tiempo.


-Atención, que van a leer el papelito.
D. Manuel Luxán leyó.
-¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?
-¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberanía de la Nación.
-Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...
-Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos ha dicho.
-Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste juramento.
-Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con decirlo, sobraba lo demás.
-Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.
-Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito. ¿Cómo se llama?...
-D. Diego Muñoz Torrero.
-Parece que vuelve a hablar.
En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de sus proposiciones.
-Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa -dijo la de Cisniega-. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable lo que ha dicho?
-Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.
-De modo, que según la Soberanía de la Nación, el gobierno del reino está dentro de este teatro.
-Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?
-Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer acto.
-Ahora habla Argüelles.
-¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y el oído?
-¡Cosa incomparable es esta! -expresó con entusiasmo doña Flora-. Diga usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad. Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y el número de los tunantes tendrá que ser menor.
-Sospecho que esto va a ser más brillante que útil -repuso la condesa-. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien; ¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?
Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día! ¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo! Procura que sea lo mismo el último.

Benito Pérez Galdós, Cádiz

martes, 5 de diciembre de 2017

EXCALIBUR


Enviado por Juan:

Gwen, hija de la reina Igraine, se halla en un Londres asediado por los sajones que  quieren conquistar el reino. El mago Merlín y Uriens trazan un plan para que la princesa escape sana y salva, y Lance será el  caballero encargado de esta tarea.

En la huida, Lance y Gwen se sienten atraídos. Tras su noche de pasión, Lance piensa que él es un simple mercenario y que no puede ofrecerle nada a ella, que lo puede tener todo. Por ello, se mostrará frío y distante el resto del viaje, mientras que el mosqueo de Gwen crece.

                Una vez que llegan a las tierras del rey Pellinor, cada uno tomará caminos diferentes. Lance partirá a la inminente batalla, mientras que Gwen, acompañada de su primo Gawain, Arturo y Tristan, se embarca rumbo al palacio de su madre.

                Con Excalibur, comienza Britannia, uns saga de cuatro libros donde Ana Alonso y Javier Pelegrín recrean el mito artúrico. Aunque en algunos aspectos se apartan del canon (luego iremos con ellos), los autores han concebido una magnifica historia para acercar el mito a un público juvenil, sobre todo a partir del triángulo amoroso entre Gwen, Arturo y Lance. Los personajes están bien trazados, con sus defectos y virtudes, y vemos como a lo largo de los libros evolucionan y se van confirmando sus personalidades.

                Nos encontramos en un mundo medieval, parecido al del mito con sus magos y alquimistas, pero encontramos algunas cosas extrañas o anacronismos: Arturo para hacer un pago entrega un reloj de pulsera, o entran en una sala y se encienden unas luces, o la manzana mordida como símbolo del gremio de los alquimistas, o cuando ven en un espejismo unos edificios altos hechos con un metal desconocido y cristal, o esa magia, la magia de Britannia, el velo, una especie de realidad virtual a la que, en el primer libro, los protagonistas acceden mediante unas gemas, en las que en realidad se esconde un código informático. Todo esto se nos irá aclarando y explicando conforme avanza la saga (aunque en el último libro me queda una duda no resuelta).

                Los cambios con respecto al mito artúrico, en cierta forma son mínimos: Arturo es el heredero espiritual de Utrhed, no biológico; Lance es un simple mercenario, con un pasado que ocultar; Gwen (a la que posteriormente se le conocerá tanto como Ginebra o como Morgana, según como actúe) es hija de Ygraine y Uriens y la heredera del trono; Mordred es hijo de Ygraine y Uthred, y, por lo tanto, hermanastro de Gwen; Merlin, el mago Merlin, en realidad, es… Mejor, leedlo, vale la pena.

lunes, 4 de diciembre de 2017

CUENTO DE DICIEMBRE


 Pasar el verano en la calle es duro, pero en verano puedes dormir en un parque sin morirte de frío. El invierno es diferente. El invierno puede ser letal. Y aunque no lo sea, el frío te toma por su amigo vagabundo especial y se cuela en todos los aspectos de tu vida.

Donna había aprendido de los veteranos. El truco, le explicaron, era dormir donde pudiera durante el día —la línea Circle está bien, compra un billete y viaja todo el día mientras
dormitas en el vagón, y también sirven esas cafeterías baratas donde no les importa que una chica de dieciocho años pague quince céntimos por una taza de té, y luego se quede dormida en una esquina una hora, o tres, siempre que tenga un aspecto más o menos respetable—, y no dejar de moverse durante la noche, cuando caen las temperaturas y los sitios calientes cierran, echan el cerrojo y apagan las luces.

Eran las nueve de la noche y Donna estaba paseando. Se quedaba en las zonas bien iluminadas y no la avergonzaba pedir dinero. Ya no. La gente siempre podía negárselo, y era lo
que hacía la mayoría.

La mujer de la esquina no le resultaba familiar. Si le hubiera sonado de algo, Donna no se habría acercado.

Era su peor pesadilla, que alguien de Biddenden la viera así: la vergüenza y el temor de que se lo dijeran a su madre (que nunca hablaba mucho, que sólo dijo «¡por fin!» cuando se enteró de que la abuela había muerto), y entonces su madre se lo contaría a su padre, y él quizá fuera a buscarla e intentara llevarla a casa. Y eso la destrozaría. No quería volver a verlo nunca más.

La mujer de la esquina se había parado, desconcertada, y estaba mirando a su alrededor como si se hubiera perdido. A veces las personas perdidas le daban algo cuando les indicaba el camino para llegar a donde querían ir.

Donna se acercó y le preguntó:

—¿Tienes algo suelto?

La mujer la miró. Y entonces la expresión de su cara cambió y se pareció a… En ese momento Donna entendió el cliché, comprendió por qué la gente dice «parecía que hubiera visto un fantasma». Y así era. La mujer dijo:

—¿Eres tú?

—¿Yo? —dijo Donna.

Si hubiera reconocido a la mujer quizá se habría marchado, tal vez incluso habría salido corriendo, pero no la conocía. La mujer se parecía un poco a la madre de Donna, pero era más
agradable y cariñosa, y más gordita que su madre, que era escuálida. Resultaba difícil ver el aspecto que tenía en realidad, porque llevaba gruesas ropas negras de invierno y un sombrero de lana gordo, pero el pelo que asomaba por debajo del gorro era tan naranja como el de Donna.

—Donna —dijo la mujer.

Donna habría salido corriendo, pero no lo hizo, se quedó donde estaba porque aquello era demasiado absurdo, inverosímil y ridículo.

—Oh, Dios —dijo la mujer—. Donna. Eres tú, ¿verdad? Me acuerdo.

Entonces se quedó callada. Parecía que estuviera conteniendo las lágrimas.

Donna miró a la mujer mientras una idea inverosímil y ridícula le venía a la cabeza, y preguntó:

—¿Eres quien creo que eres?

La mujer asintió.

—Soy tú —dijo—. O lo seré. Algún día. He venido por aquí recordando cómo eran las cosas cuando yo…  cuando tú… —Volvió a guardar silencio—. Escucha. Esto no será siempre así. Ni siquiera durará mucho. Tú no hagas ninguna estupidez. Y no hagas nada irremediable. Te prometo que todo saldrá bien. Como los vídeos de YouTube, ¿sabes? It Gets Better.

—¿De qué tubo me hablas? —preguntó Donna.

—Oh, qué maravilla —dijo la mujer.

Y rodeó a Donna con los brazos, la estrechó y la abrazó con fuerza.

—¿Me llevas a tu casa? —preguntó Donna.

—No puedo —contestó la mujer—. Tu casa todavía no está aquí. Aún no has conocido a las personas que te van a ayudar a dejar las calles, o a conseguir un trabajo. No has conocido a la persona que se convertirá en tu pareja. Y juntos construiréis un hogar seguro, tanto para
vosotros como para vuestros hijos. Un hogar cálido.

Donna notó que empezaba a enfadarse.

—¿Por qué me estás contando todo esto? —le preguntó.

—Para que sepas que las cosas mejorarán. Para darte esperanza.

Donna dio un paso atrás.

—Yo no quiero esperanza —le dijo—. Quiero ir a un sitio cálido. Quiero una casa. Y la quiero ahora. No dentro de veinte años.

Una expresión dolida apareció en el rostro plácido.

—Es antes de vein…

—¡Me da igual! No es esta noche. No tengo adónde ir. Y tengo frío. ¿Tienes suelto?

La mujer asintió.

—Toma —le dijo.

Abrió el monedero y sacó un billete de veinte libras. Donna lo cogió, pero no se parecía a ninguno que hubiera visto antes. Volvió a mirar a la mujer para preguntarle algo, pero había
desaparecido, y cuando Donna volvió a mirarse la mano, el dinero también se había esfumado.

Permaneció allí temblando. El dinero había desaparecido, si es que alguna vez había estado allí. Pero se quedó con una cosa: sabía que algún día todo saldría bien. Al final. Y sabía que no debía hacer ninguna estupidez. No debía comprar un último billete de metro para poder saltar a las vías cuando viera aproximarse el tren y ya estuviera demasiado cerca como para detenerse.

El viento del invierno era amargo: le mordía y le calaba hasta los huesos, pero, aun así, vio algo que volaba contra la puerta de una tienda, y alargó el brazo para cogerlo: era un billete de cinco libras. Tal vez el día siguiente fuera más fácil. Ya no tenía que hacer ninguna de
las cosas que se había imaginado haciendo.

Diciembre podía ser letal cuando vivías en las calles. Pero no ese año. Ni esa noche.

Neil Gaiman



domingo, 3 de diciembre de 2017

LAS EDADES DEL HOMBRE


Surgió primero la edad de oro, que, sin autoridad ninguna, de forma espontánea, sin leyes, practicaba la lealtad y la rectitud .No existía el castigo, ni el miedo, ni se leían amenazas en placas de bronce expuestas en público, ni la masa en actitud suplicante temía la mirada de su juez, sino que estaba protegida sin que nadie la defendiera. El pino aún no había sido derribado en sus montes de origen, ni había descendido hasta las aguas transparentes para recorrer el universo desconocido, y los seres humanos no conocían más riberas que las propias. Los escarpados fosos no rodeaban aún las ciudades; no existían rectas trompas de bronce, ni cuernos en espiral, ni cascos, ni espadas; los pueblos, sin necesidad de guerreros, disfrutaban tranquilamente la dulzura de la paz. La propia tierra, libre, sin que la azada la tocase ni la desgarrase el arado, lo ofrecía todo espontáneamente; contentos con los alimentos que nacían sin que nadie los obligase, cogían los frutos del madroño, las fresas silvestres, los frutos del cornejo, las moras adheridas a las ásperas zarzas y las bellotas que caían del copudo árbol de Júpiter. Era una eterna primavera, y los suaves Céfiros acariciaban con sus brisas templadas las flores que nacían sin semilla. Enseguida, la tierra producía cosechas sin ser arada, y el campo amarilleaba de espigas cargadas de grano sin que lo dejasen en barbecho; corrían ríos de leche, ríos de néctar y de las encinas de verde follaje brotaban doradas gotas de miel.

Cuando el mundo quedó bajo el dominio de Júpiter, tras ser arrojado Saturno al tenebroso Tártaro, apareció la estirpe de plata, inferior a la de oro, más preciosa que la de amarillo bronce. Júpiter acortó el tiempo de la antigua primavera y distribuyó el año en cuatro épocas con inviernos, veranos, otoños variables y una breve primavera. Entonces el aire refulgió por vez primera, agostado por la sequedad del calor, y colgaron los carámbanos congelados por los vientos. Entonces empezaron a refugiarse en casas (casas fueron las cuevas, y la espesura de los arbustos, y las estacas unidas con corteza de árbol). Entonces fueron enterradas en los surcos alargados las primeras semillas de Ceres, y los novillos empezaron a gemir, oprimidos por el yugo.

A aquélla le sucedió una tercera estirpe, de bronce, de naturaleza más cruel, y más inclinada a las espantosas armas, pero no perversa.

La última es de duro hierro; inmediatamente, en esa edad de metal inferior surgió todo el mal; huyeron el pudor, la verdad y la lealtad, y ocuparon su lugar el engaño y la trampa, la insidia y la violencia, y el deseo perverso de poseer. Daba el marino su vela a los vientos sin conocerlos aún, y la madera de las quillas, que había permanecido largo tiempo en lo alto de los montes, brincaba sobre mares desconocidos, y un agrimensor precavido marcó con una larga linde la tierra, antes común como la luz del sol y las brisas. Y no sólo reclamaron al suelo pródigo las cosechas y el alimento necesario, sino que penetraron en las entrañas de la tierra y excavaron lo que provoca desgracias, las riquezas que ella había ocultado situándolas junto a la tenebrosa Estigia.

El pernicioso hierro y el oro más pernicioso que el hierro ya habían aparecido; aparece la guerra, que utiliza a ambos para luchar, y agita en su mano ensangrentada las resonantes armas. Se vive del saqueo; el huésped no está a salvo de su anfitrión, ni el suegro de su yerno; incluso entre hermanos escasea la buena disposición. El hombre ansía la muerte de su esposa, ésta, la de su marido; malvadas madrastras mezclan brebajes de acónito que hacen palidecer, el hijo pregunta antes de tiempo por la edad de su padre. El amor filial yace derrotado, y la virgen Astrea abandona, la última de los inmortales, la tierra empapada en sangre.

Ovidio, Metamorfosis

viernes, 1 de diciembre de 2017

CUENTOS DE NAVIDAD DE LOS HERMANOS GRIMM A PAUL AUSTER


La Navidad, siempre muy presente en la literatura, ha inspirado relatos magníficos, y son muchos los grandes escritores que se han acercado a ella. En esta antología se refleja la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la oportunidad de cambio, los deseos, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, porque, si bien es cierto que la tradición invita a los buenos sentimientos, no lo es menos que se presta a una variedad sorprendente de estilos y de tonos: no faltan aquí ni el humor, ni la oscuridad, ni la crítica social, ni la fantasía, ni la tragedia. De Berlín a Brooklyn, de un pueblecito sardo a un rancho del Lejano Oeste, de la Provenza a Nueva Zelanda, de un aristocrático salón a un pueblo de mineros, de Dublín a un cohete espacial…: en todos esos lugares veremos celebrar la Nochebuena, la Navidad, el día de San Esteban, la Nochevieja o el día de Reyes, y en todos ellos ocurrirá algo que ilustre el espíritu navideño… o bien lo desmienta.

Los 38 Cuentos de Navidad seleccionados por Marta Salís proceden de distintas tradiciones occidentales (anglosajona, germánica, nórdica, mediterránea, eslava). De los hermanos Grimm y E. T. A. Hoffmann hasta Joyce, Capote o Auster, y alternando clásicos con piezas poco conocidas e inéditas, este volumen abarca dos siglos de literatura navideña desde los ángulos más distintos y con las más diversas intenciones.

Veamos algunos de los cuentos que ha publicado  Alba Editorial en esta antología.

Encontramos cuentos clásicos, como Canción de Navidad de Dickens o La Niña de los Fósforos de Andersen. Arthur Conan Doyle nos trae un relato de Holmes: La Aventura del Carbunclo Azul.  De Robert Louis Stevenson tenemos Markheim, un relato inquietante sobre la predestinación y la libertad humana para evitar el mal ambientado día de Navidad. Fiódor M. Dostoievski nos trae Un Árbol de Navidad y una Boda, donde el espíritu social de las fiestas navideñas destaca las diferencias de clase y propicia ocasiones para los más mezquinos cálculos. ¿Qué decir de Ray Bradbury con El Regalo? Simplemente, muchas noches me asomó a la ventana para contemplar su  fascinante árbol de Navidad. O. Henry nos habla del sacrificio personal en El Regalo de los Magos. O el inolvidable Los Muertos de James Joyce. También tenemos a tres autores españoles: Emilia Pardo Bazán, Valle Inclán y Clarín.

jueves, 30 de noviembre de 2017

LA DAGA DEL DRAGÓN


Bregan era un buen herrero y en todas las aldeas de la vecindad de Aquae Sulis nadie le superaba en la confección de las mejores hojas para guadañas y hoces. Pero hasta hoy, el forjador nunca había expuesto su vena artística en ninguno de los instrumentos agrícolas elaborados por sus manos.
Sin saber cómo, el herrero había diseñado y logrado un dragón de hierro. Esta criatura no tenía nada que ver con el pequeño y malevolente juguete que Llanwith tenía en su daga, ésta era una criatura de tal poder que parecía haber saltado por sí misma desde las vetas de hierro de las montañas. El cuerpo y la cabeza de la bestia formaban la empuñadura que estaba hábilmente calculada para que pudiese asirse con firmeza, con la boca rugiente del dragón al final del vástago. Las alas metálicas semidesplegadas se curvaban hacia atrás de tal forma que ofrecían su protección a la mano que la empuñase. La cola del dragón se doblaba hacia adelante en una extraña espiral hasta entrar por la boca del dragón al final del pomo y así, la mano del dueño quedaba acunada en un puño de hierro.
La empuñadura estaba tapizada con piel de pescado, que envolvía el cuerpo del dragón, brindando un suave acolchado a la mano del dueño. Las fauces abiertas y el hueso en la frente de la cabeza enredada formaban dientes de sierra en el pomo, ideal para golpear a corto alcance. La empuñadura imitaba las escamas de un gran dragón, creando una daga que era a la vez tan extraña como exótica e inigualable.
Bregan había fabricado un arma muy distinta a las simples empuñaduras rectas de las espadas cortas romanas o incluso a las hojas celtas que poseían tan bella decoración doble. Aquí, se trataba de una hoja que no era ni daga ni espada, confeccionada tanto para atacar como para proteger, de tal manera que su dueño no debiera temer que una estocada inesperada del enemigo lastimara sus dedos o la hicieran saltar de su mano. Esta daga era un milagro de funcionalidad y belleza.
Artorex quedó tan boquiabierto, con la mandíbula caída, que provocó la mofa de Gallia, porque le recordaba la cabeza de uno de los pescados que vendía su hermano.
—He rechazado varios pretendientes porque parecían bacalaos —se rió, pero sus ojos no se apartaban del extraño instrumento de muerte.
—Nunca he visto nada parecido —se maravilló Artorex—. ¿Veis? Las alas del dragón protegen mis nudillos, mientras que la cola resguarda el dorso de mi mano y mis dedos. Bregan ha creado una obra maestra.
—Lo merecíais —insistió Gallia con convencimiento.
—No —murmuró él—. No tengo ningún tótem y menos un dragón. Hombres como el príncipe Llanwith merecen la protección de esta bestia. ¿Pero quién soy yo para llevar la serpiente alada de los reyes celtas?
—Sois mi esposo. Sois heroico y noble y no estoy dispuesta a escuchar vuestras tonterías. ¿Lo oís, Licia? Vuestro padre pretende ser sólo un hombre más… ¡el muy tonto! Nosotras sí sabemos que no es así, ¿verdad, mi dragoncilla?
Cuando Targo vio el arma por primera vez, la acarició con sus dedos encallecidos, como si fuera el cuerpo de una mujer.
—Bregan ha estado trabajando más de un año en esta arma. Durante muchos días pensó en cómo diseñarla, buscando un tótem que os hiciese justicia. Finalmente eligió el dragón, porque lo llevaban las legiones romanas y también porque es una criatura que nace del fuego. Os ha hecho un arma distinta a todas las que he visto, una que sirve para equilibrar la espada. Está fuera del alcance largo, pero es mortal si encuentra una abertura. En verdad os envidio el regalo.
Los hombres de la villa se quedaron estupefactos ante el diseño de la daga del dragón y muchos la cogieron en sus manos para apreciar su perfecto equilibrio. El regalo de Bregan llevó a muchos otros guerreros a su forja en los años siguientes, pero ninguna de las armas que diseñó llegaron a igualar la belleza del cuchillo de hierro. Más tarde, Artorex recibiría armas con empuñaduras de oro, plata y oro blanco y guarniciones decoradas con gemas de gran valor, pero el dragón de hierro de Bregan nunca dejaría de estar al alcance de su mano.
Con estas cosas se forjan las leyendas.

M. K. Hume, El Rey Arturo: El Hijo del Dragón

miércoles, 29 de noviembre de 2017

¿FILOSOFÍA? ¿QUÉ ES ESO?


Nos pasamos la vida haciendo preguntas: ¿qué hay esta noche para cenar?, ¿cómo se llama esa chica?, ¿cuál es la tecla del ordenador para «borrar»?, ¿cuánto son cincuenta por treinta?, ¿cuál es la capital de Honduras?, ¿adónde iremos de vacaciones?, ¿quién ha cogido mi móvil?, ¿has estado en París?, ¿a qué temperatura hierve el agua?, ¿me quieres?
Necesitamos hacer preguntas para saber cómo resolver nuestros problemas, o sea, cómo actuar para conseguir lo que queremos. En una palabra, hacemos —y nos hacemos— preguntas para aprender a vivir mejor. Quiero saber qué voy a comer, adónde puedo ir, cómo es el mundo, qué tengo que hacer para viajar en el menor tiempo posible a casa o a donde viven mis amigos, etcétera. Si tengo inquietudes científicas, me gustaría saber cómo hacer volar un avión o cómo curar el cáncer. De la respuesta a cada una de esas preguntas depende lo que haré después: si lo que quiero es ir a Nueva York y pregunto cómo puedo viajar hasta allí, será muy interesante enterarme de que en avión tardaré seis horas, en barco dos o tres días y a nado aproximadamente un año, si los tiburones no lo impiden. A partir de lo que aprendo con esas respuestas tan informativas, decidiré si prefiero comprarme un billete de avión o un traje de baño.
¿A quién tengo que hacer esas preguntas tan necesarias para conseguir lo que quiero y para actuar del modo más práctico posible? Pues deberé preguntar a quienes saben más que yo, a los expertos en cada uno de los temas que me interesan: a los geógrafos si se trata de geografía, a los médicos si es cuestión de salud, a los informáticos si no sé por qué se me bloquea el ordenador, a la agencia de viajes para organizar lo mejor posible mi paseo por Nueva York, etcétera. Afortunadamente, aunque uno ignore muchas cosas, estamos rodeados de sabios que pueden aclararnos la mayoría de nuestras dudas. Lo importante es acertar con la persona a la que vamos a preguntar. Porque el carpintero no nos servirá de nada en cuestiones informáticas ni el mejor entrenador de fútbol sabrá quizá aclararnos cuál es la ruta más segura para escalar el Everest. De modo que la primera pregunta, anterior a cada una de las demás, es: ¿quién sabe más de esta cuestión que me interesa?, ¿dónde está el experto que puede darme la información útil que necesito? Y en cuanto lo tengamos localizado —sea en persona, en un libro, en Wikipedia o como fuere—, ¡a por él sin contemplaciones, hasta que suelte lo que quiero saber!
Como normalmente pregunto para saber qué debo hacer, en cuanto conozco la respuesta me pongo manos a la obra y la pregunta en sí misma deja de interesarme. ¿A qué temperatura hierve el agua?, pregunto, porque resulta que quiero cocerme un huevo para desayunar. Cuando lo sé, pongo el microondas a esa temperatura y me olvido de lo demás. ¡Ah, y luego me como el huevo! Sólo quiero saber para actuar: cuando ya sé lo que debo hacer, tacho la pregunta y paso a otra cuestión urgente. Pero… ¿y si de pronto se me ocurre una pregunta que no tiene nada que ver con lo que voy a comer, ni con mis viajes, ni con las prestaciones de mi móvil, ni siquiera con la geografía, la física o las demás ciencias que conozco? Una pregunta con la que no puedo hacer nada y con la que no sé qué hacer… ¿entonces, qué?
Vamos con otro ejemplo, para entendernos… o liarnos un poco más. Supón que le preguntas a alguien qué hora es. Se lo preguntas a alguien que tiene un buen reloj, claro. Quieres saber la hora porque vas a coger un tren o porque tienes que poner la tele cuando empiece tu programa favorito o porque has quedado con los amigos para ir a bailar, lo que prefieras. El dueño del reloj estudia el cacharro que lleva en su muñeca y te responde: «Las seis menos cuarto». Bueno, pues ya está: el asunto de la hora deja de preocuparte, queda cancelado. Ahora lo que te importa es si debes apresurarte para no llegar tarde a tu cita, al partido o al tren. O si aún es pronto y puedes echarte otra partidita de play station… Pero imagínate que en lugar de preguntar «¿qué hora es?» se te ocurre la pregunta «¿qué es el tiempo?». Ay, caramba, ahora sí que empiezan las dificultades.
Porque, para empezar, sea el tiempo lo que sea vas a seguir viviendo igual: no saldrás más temprano ni más tarde para ver a los amigos o para tomar el tren. La pregunta por el tiempo no tiene nada que ver con lo que vas a hacer sino más bien con lo que tú eres. El tiempo es algo que te pasa a ti, algo que forma parte de tu vida: quieres saber qué es el tiempo porque pretendes conocerte mejor, porque te interesa saber de qué va todo este asunto —la vida— en el que resulta que estás metido. Preguntar «¿qué es el tiempo?» es algo parecido a preguntar «¿cómo soy yo?». No es una cuestión nada fácil de responder…
Segunda complicación: si quieres saber qué es el tiempo… ¿a quién se lo preguntas?, ¿a un relojero?, ¿a un fabricante de calendarios? La verdad es que no hay especialistas en el tiempo, no hay «tiempólogos». A lo mejor un científico te habla de la teoría de la relatividad y del tiempo en el espacio interplanetario; un antropólogo puede explicarte las diferentes formas de medir el paso del tiempo que han inventado las sociedades; y un poeta te cantará en verso la nostalgia del tiempo que se fue y de lo que se llevó con él… Pero tú no te conformas con ninguna de esas opiniones parciales porque lo que te gustaría saber es lo que el tiempo realmente es, sea en el espacio interplanetario, en la historia o en tu biografía. ¿De qué va el tiempo… y por qué se va? No hay expertos en este tema, pero en cambio la cuestión puede interesarle a cualquiera como tú, es decir, a cualquier otro ser humano. De modo que no hace falta que te empeñes en encontrar a un sabio para que te resuelva tus dudas: mejor será que hables con los demás, con tus semejantes, con otros preocupados como tú. A ver si entre todos encontráis alguna respuesta válida.
Te señalo otra característica sorprendente de esta interrogación que te has hecho (a estas alturas, a lo mejor ya te has arrepentido de ello, caramba). A diferencia de las demás preguntas, las que dejan de interesarte en cuanto te las contesta el que sabe del asunto, en este caso la cuestión del tiempo te intriga más cuanto más te la intentan responder unos y otros. Las diversas contestaciones aumentan cada vez más tu curiosidad por el tema en lugar de liquidarla: se te despiertan las ganas de preguntar más y más, no de renunciar a preguntar.
Y no creas que se trata sólo de la pregunta por el tiempo; si quieres saber qué es la libertad, o la muerte, o el Universo, o la verdad, o la naturaleza o… algunas otras grandes cosas así, te ocurrirá lo mismo. Como verás, no son ni mucho menos temas «raros»: ¿acaso es una cosa extravagante o insólita la muerte o la libertad? Pero tampoco son preguntas corrientes, o sea que no son prácticas, ni científicas: son preguntas filosóficas. Llamamos «filosofía» al esfuerzo por contestar esas preguntas y por seguir preguntando después, a partir de las respuestas que has recibido o que has encontrado tú mismo. Porque una característica de ponerse en plan filosófico es no conformarse fácilmente con la primera explicación que tienes de un asunto, ni con la segunda, ni siquiera con la tercera o la cuarta.
Encontrarás gente que para todas estas preguntas te va a prometer una respuesta definitiva y total, ya verás. Ellos saben la verdad buena y garantizada sobre cada duda que tengas porque se la contó una noche al oído Dios, o quizá un mago tipo Gandalf o Dumbledore, o un extraterrestre de lo más alucinante con ganas de hacer favores. Los conocerás enseguida porque te dirán que no preguntes más, que no te empeñes en pensar por tu cuenta, que tengas fe ciega y que aceptes lo que ellos te enseñan. Te dirán —los muy… en fin, prefiero callarme— que no debes ser orgulloso, sino dócil ante los misterios del Universo. Y sobre todo que tienes que creerte sus explicaciones y sus cuentos a pies juntillas, aunque no logren darte razones para aceptarlos. Las cosas son así y punto, amén. Incluso algunos intentarán convencerte de que lo suyo es también filosofía: ¡mentira! Ningún filósofo auténtico te exigirá que creas lo que no entiendes o lo que él no puede explicarte. Voy a contarte un ejemplo que muchos me juran que sucedió de verdad, aunque como yo no estaba allí, no puedo asegurártelo.
Resulta que, hace unos pocos años, se presentó en una pequeña ciudad inglesa un gran sabio hindú que iba a dar una conferencia pública nada menos que sobre el Universo. ¡El Universo, agárrate para no caerte! Naturalmente, acudió mucho público curioso. La tarde de la conferencia, la sala estaba llena de gente y no cabía ni una mosca (bueno, una mosca sí que había, pero quiso entrar otra y ya no pudo). Por fin llegó el gurú, una especie de faquir de lujo que llevaba un turbante con pluma y todo, túnica de colorines, etcétera (una advertencia: desconfía de todos los que se ponen uniformes raros para tratar con la gente: medallas, gorros, capas y lo demás; casi siempre lo único que pretenden es impresionarte para que les obedezcas). El supuesto sabio comenzó su discurso en tono retumbante y misterioso: «¿Queréis saber dónde está el Universo? El Universo está apoyado sobre el lomo de un gigantesco elefante y ese elefante pone sus patas sobre el caparazón de una inmensa tortuga». Se oyeron exclamaciones entre el público —«¡Ah! ¡Oh!»— y un viejecito despistado exclamó piadosamente: «¡Alabado sea el Señor!». Pero entonces una señora gordita y con gafas, sentada en la segunda fila, preguntó tranquilamente: «Bueno, pero… ¿dónde está la tortuga?».
El faquir dibujó un pase mágico con las manos, como si quisiera hacer desaparecer del Universo a la preguntona, y contestó, con voz cavernosa: «La tortuga está subida en la espalda de una araña colosal». Hubo gente del público que sintió un escalofrío, imaginando a semejante bicho. Sin embargo, la señora gordita no pareció demasiado impresionada y volvió a levantar la mano para preguntar otra vez: «Ya, claro, pero naturalmente me gustaría saber dónde está esa araña». El hindú se puso de color rojo subido y soltó un resoplido como de olla exprés: «Mi muy querida y… ¡ejem!… curiosilla amiga, je, je —intentó poner una voz meliflua pero le salió un gallo—, puedo asegurarle que la araña está encaramada en una gigantesca roca». Ante esa noticia, la señora pareció animarse todavía más: «¡Estupendo! Y ahora sólo nos falta saber dónde está la roca de marras». Desesperado, el faquir berreó: «¡Señora mía, puedo asegurarle que hay piedras ya hasta abajo!». Abucheo general para el farsante.
¿Era un filósofo de verdad ese sabio tunante con turbante? ¡Claro que no! La auténtica filósofa era la señora preguntona, que no se contentaba con las explicaciones que se quedan a medio camino, colgadas del aire. Hizo bien en preguntar y preguntar, hasta dejar claro que el faquir sólo trataba de impresionar a los otros con palabrería falsamente misteriosa que ocultaba su ignorancia y se aprovechaba de la de los demás. Te aseguro que hay muchos así y casi todos se las dan de santones y de adivinos profundísimos: ¡Ojalá nunca falten las señoras preguntonas y filósofas que sepan ponerles en ridículo!

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La filosofía es una forma de buscar verdades y denunciar errores o falsedades que tiene ya más de dos mil quinientos años de historia. Este libro intenta contar con sencillez y brevedad algunos de los momentos más importantes de esa historia. Cada uno de los filósofos de los que hablaremos pensó sobre asuntos que también te interesan a ti, porque la filosofía se ocupa de lo que inquieta a todos los seres humanos. Pero ellos pensaron según la realidad en que vivieron, que no es igual a la tuya: o sea, las preguntas siguen vigentes en su mayor parte (¿qué es la verdad, la muerte, la libertad, el poder, la naturaleza, el tiempo, la belleza?, etcétera), aunque no conocieron, ni siquiera imaginaron la bomba atómica, los teléfonos móviles, Internet ni los videojuegos. ¿Qué significa esto? Pues que pueden ayudarte a pensar pero no pueden pensar en tu lugar: han recorrido parte del camino y gracias a ellos ya no tienes que empezar desde cero, pero tu vida humana en el mundo en que te ha tocado vivirla tienes que pensarla tú… y nadie más. Esto es lo más importante, para empezar y también para acabar: nadie piensa completamente solo porque todos recibimos ayuda de los demás humanos, de quienes vivieron antes y de quienes viven ahora con nosotros… pero recuerda que nadie puede pensar en tu lugar ni exigir que te creas a pies juntillas lo que dice y que renuncies a pensar tú mismo.

Fernando Savater, Historia de la Filosofía sin Temor ni Temblor