viernes, 20 de octubre de 2017

LA MUSA


Nueve eran las musas, nueve las inspiradoras, las creadoras.

Después de su exitosa y celebrada primera novela, La Casa de las Miniaturas, Jessie Burton ha creado una historia igualmente vibrante sobre las vidas de cuatro mujeres extraordinarias. Así, dos dramáticos episodios ocurridos en épocas muy distintas conducen al lector a un apasionante y vertiginoso recorrido a través del amor y la obsesión, la verdad y la impostura.

Andalucía, 1936. Con la guerra civil a punto de estallar, Olive Schloss, hija de un marchante de arte vienés y una heredera inglesa, vive con sus padres en las afueras de un pueblo apartado. A la muchacha le encanta la pintura, y quiere emular a las grandes artistas de su época. Allí traba amistad con la joven criada, Teresa Robles, y con su hermanastro Isaac, un pintor idealista que da clases en Málaga. Al poco tiempo, Olive consigue burlar la voluntad de sus padres urdiendo un plan que desatará una cadena de mentiras y secretos.

Londres, 1967. Odelle Bastien, una joven llegada de Trinidad, aspirante a escritora, ha conseguido por fin un trabajo de mecanógrafa en el augusto Instituto de Arte Skelton bajo la tutela de la codirectora, Marjorie Quick. A pesar de que ésta le otorga toda su confianza, Odelle percibe en ella cierto halo de misterio, que se intensifica con la aparición de una obra maestra perdida durante la guerra civil española, un enigmático cuadro cuyo autor podría ser el desaparecido Isaac Robles.

                Las dos tramas se unen por un cuadro Rufina y el león, por el tema de la creación del artista, pues tanto Olive como Odelle conciben su obra como una forma de expresión, y por un personaje común a ambas historias, que se desarrollan de forma paralela, pero, para mí, la narración que presenta más peso, desde el punto de vista dramático, es la de Olive, no sólo por la situación sociopolítica que recrea, sino por las relaciones que se establecen entre Isaac, Olive y la madre de ésta, además de los tejemanejes del padre de Olive para rentabilizar lo que él cree que son las pinturas de Isaac. Otro tema que subyace en ambas tramas es la escasa importancia que se da a la mujer como artista.

jueves, 19 de octubre de 2017

NEXUS-6


Rick extrajo un viejo y arrugado sobre de papel de manila. Se echó atrás en su sillón de estilo importante, y hurgó en su contenido hasta que encontró lo que buscaba: los datos existentes sobre el Nexus-6.

Un momento de lectura justificó la afirmación de la señorita Marsten: el Nexus-6 poseía efectivamente los dos trillones de elementos, así como la posibilidad de optar entre diez millones de combinaciones de actividad cerebral. En 45 centésimas de segundo un androide equipado con esa estructura cerebral podía asumir una cualquiera entre catorce actitudes de reacción. En otras palabras, los androides con la nueva unidad cerebral Nexus-6 —desde un punto de vista pragmático y nada disparatado— sobrepasaban a una considerable porción de la humanidad, aunque fueran los del nivel inferior. Para bien o para mal. En algunos casos los criados superaban a los amos. Pero había nuevos criterios, por ejemplo el test de empatía de Voigt-Kampff. Un androide, por dotado que estuviera en cuanto a capacidad intelectual pura, no podía encontrar el menor sentido en la fusión que experimentaban rutinariamente los seguidores del Mercerismo, y que tanto él mismo como prácticamente todo el mundo, incluso los cabezas de chorlito subnormales, lograban sin dificultad.

Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro, por qué precisamente los androides se agitaban impotentes al afrontar el test de medida de la empatía. Era obvio que la empatía sólo se encontraba en la comunidad humana, en tanto que se podía hallar cierto grado de inteligencia en todas las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente la facultad empática exigía un instinto de grupo sin cortapisas. A un organismo solitario, como una araña, de nada podía servirle. Incluso podía limitar su capacidad de supervivencia, al tornarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese caso, todos los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, como los gatos, morirían de hambre.

En una ocasión había pensado que la empatía estaba reservada a los herbívoros o a los omnívoros capaces de prescindir de la carne. En última instancia, la empatía borraba las fronteras entre el cazador y la víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de la fusión con Mercer, todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en el abismo del mundo-tumba. Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico, aunque de doble filo. Si alguna criatura experimentaba alegría, la condición de todas las demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría, ningún otro podía eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario como el hombre podía adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o una cobra sólo podían destruirse.

Evidentemente, el robot humanoide era un cazador solitario.

A Rick le gustaba pensar así: su trabajo se tornaba más aceptable. Si retiraba —o sea, mataba— a un andrillo, no violaba la regla vital establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había dicho Mercer el año en que las cajas de empatía aparecieron en la Tierra. Y en el Mercerismo, a medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de los que matan, los Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un mal absoluto tironeaba el deshilachado manto del anciano que subía, vacilante; pero no se sabía quién ni qué era esa presencia maligna. Un merceriano sentía el mal sin comprenderlo. De otro modo, un merceriano era libre de situar la presencia nebulosa de los Asesinos donde le parecía más conveniente. Para Rick Deckard, un robot humanoide fugitivo, equipado con una inteligencia superior a la de muchos seres humanos, que hubiera matado a su amo, que no tuviera consideración por los animales ni fuera capaz de sentir alegría empática por el éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los Asesinos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

FERNANDO ARAMBURU, PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA 2017


Fernando Aramburu ha recibido por su novela Patria el Premio Nacional de Narrativa 2017 por "la profundidad psicológica de los personajes, la tensión narrativa y la integración de los puntos de vista, así como por la voluntad de escribir una novela global sobre unos años convulsos en el País vasco".

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes?

Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado?

Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.

El libro pronto nos engancha. Son 125 capítulos, cortos todos, sin seguir una cronología lineal (saltos temporales, cambios de punto de vista…) dedicados cada uno de ellos a un personaje (donde la primera persona se entremezcla con el estilo indirecto libre, y a veces puede dificultar comprender quién habla). La novela es el testimonio de un mundo dividido, representado por esas dos familias, que tiempo atrás fueron amigas: la familia del etarra con delitos de sangre, frente a la familia del empresario muerto por ETA.

                Dos familias, mediante las que contemplamos la realidad de la sociedad vasca. Dos familias, donde mandan las madres, Miren y Bittori, amigas desde la infancia y que los hechos van distanciando y enfrentando; sus maridos también son amigos y compañeros, lo mismo ocurre con los hijos, hasta que los acontecimientos se desencadenan. Bittori una mujer dura, que sólo busca que el asesino de su marido le pida perdón. Miren, una apasionada defensora de Euskal Herria. Los hijos: Xavier, el médico; Nerea; Gorka, un escritor homosexual; Joxe Mari, un terrorista encarcelado; Arantxa, que la encontramos inválida...

                El propio autor, cerca del final del libro, nos da la razones que le motivaron a escribir esta novela

Hay libros que van creciendo dentro de uno a lo largo de los años en espera de la ocasión oportuna de ser escritos. El mío, del que he venido a hablarles hoy a ustedes, es uno de ellos. (...)
Y este proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista surge en mi caso de una doble motivación. Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de Derecho. (...)
Escribí, pues, en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes. (...)
Asimismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria donde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias. (...)
Pero también escribí, desde el estímulo por ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano. Y a favor de la dignidad de las víctimas de ETA en su individual humanidad, no como meros números de una estadística donde se pierden el nombre de cada una de ellas, sus rostros concretos y sus señas intransferibles de identidad. (...)
Procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política. Para eso están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico y los foros como este. (...)
Quise responder a preguntas concretas. ¿Cómo se vive íntimamente la desgracia de haber perdido a un padre, a un esposo, a un hermano en un atentado? ¿Cómo afrontan la vida, tras un crimen de ETA, la viuda, el huérfano, el mutilado? (...)

PREMIO DE LA CRÍTICA 2016     
PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA  2017

martes, 17 de octubre de 2017

PASEO


            Enviado por Ángel:


Este libro es un regalo para los sentidos, el particular homenaje que el coreano Jungho Lee rinde a los libros, a la literatura y a su capacidad de transportarnos a mundos imaginarios y poéticos donde expandir nuestros límites.


Aúna lo mejor del surrealismo de artistas como René Magritte y la creación de metaimágenes de Quint Buchholz, todo ello junto con un estilo propio que rebosa elegancia, quietud y significado, incorporando los libros en esas sugerentes imágenes de nuestro entorno.


Imagina ventanas hacia las que asomarnos y tras las que descubriremos un universo onírico y metafórico rebosante de magia.


Son 21 ilustraciones a gran tamaño, dibujadas a mano y posteriormente escaneadas y tratadas digitalmente. Jungho Lee señala que el nexo en común de todas estas ilustraciones es dar una visión surrealista del libro que nos ayude a potenciar nuestra imaginación sobre este objeto.


Encontramos libros escondidos en aviones, en el mar, en la mesa de la cocina… Volúmenes que están esperando a lectores que se atrevan a atravesar sus portadas, oler sus páginas, escuchar sus palabras. Gracias a ellos podemos volver a la infancia, pescar estrellas, huir de la realidad, sentir cosas que creíamos olvidadas… De todo eso y mucho más están impregnadas las sugerentes imágenes, estampas oníricas de gran formato, que componen este paseo.


¿Y si los libros nos recordaran con su presencia física las historias que pusieron en marcha en nuestra imaginación? Porque los libros van de eso, de imaginar, de activar la maquinaria de nuestro cerebro y hacerla trabajar, como si de una habilidad más se tratara. Esto es lo que piensa el artista Jungho Lee, autor de una serie de ilustraciones en las que los libros colonizan paisajes viajeros y de nuestro día a día.


PREMIO WORLD ILLUSTRATION 2016.

lunes, 16 de octubre de 2017

EL CANTO DEL CISNE


El viento susurraba suavemente entre las ramas de los álamos, arrancando de ellas doradas hojas que revoloteaban en su seno hasta caer blandamente sobre el suelo alfombrado de amarillo. El otoño se paseaba por la alameda, cubriendo con su manto áureo todo el paisaje, y llevándose consigo las pocas hojas que retenían los árboles.
Sólo el murmullo del aire, generalmente cálido, pero con algún ramalazo frío, heraldo de la próxima llegada del invierno, turbaba el silencio de aquel atardecer otoñal.
Entonces se escuchó un rítmico crujido que venía por la senda cubierta de hojas secas. El viento calló por un momento, sorprendido. Seguidamente, sopló con un atisbo de rabia, arrancando algunas quejas de los semialetargados árboles, furioso ante tamaña osadía.
Los pasos que así rompían el concierto de otoño de los álamos y el viento pertenecían a un hombre alto, cubierto con un abrigo gris de cuello alzado, que impedía distinguir sus rasgos. Contribuía a ello una bufanda oscura que aleteaba tras él. Sus manos se hundían en la oscuridad de los bolsillos del abrigo. Unas recias botas anunciaban que el visitante estaba próximo.
El viento trató de arrebatarle la bufanda, sin éxito. Exasperados, los árboles iniciaron una irritada sinfonía de hojas tintineantes, a coro con el aire.
Pero en intruso no se inmutó.
El viento expiró con un suave quejido, y los árboles se callaron. El otoño no tenía fuerzas aquella tarde para echar al hombre de la alameda.
Los pasos siguieron oyéndose a lo largo del camino. Una leve brisa levantó algunas hojas del suelo, en un remolino de advertencia que el intruso de la bufanda no escuchó. El sol arrancaba destellos de oro de las hojas caídas, y de las casi desnudas ramas arbóreas que ya no bailaban al son del viento.
El desconocido se detuvo, y alzó la cabeza para mirar a lo alto.
La brisa enmudeció: los hombres siempre miraban al suelo, nunca a lo alto, de modo que tal vez aquél fuera uno especial.
Entonces el intruso se acercó a uno de los álamos, sacó una mano del bolsillo y acarició dulcemente la corteza del árbol, que se estremeció bajo su tacto.
El viento silbó, admirado. No, decididamente, aquél no era un hombre corriente. Las ramas corearon su conclusión, excitadas, y hasta la maleza, de ordinario tan silenciosa, susurró su aprobación; y el otoño asomó su barba dorada por entre el follaje, para averiguar quién era aquel desconocido que miraba a lo alto y acariciaba a los árboles.
El rostro pardo del otoño arrugó la frente al descubrir al hombre de la bufanda sentado bajo el álamo al que había acariciado. Se oyeron risas entre la espesura, y dos pares de ojos rasgados, salvajes, brillaron con admiración bajo las luces del ocaso: una pareja de dríades había acudido al lugar.
Las ramas de los árboles cantaron de nuevo, sacudidas por la impaciencia del viento. Pocos hombres llamaban la atención de los espíritus del bosque, pocos hombres hacían salir a las dríades de sus encinares encantados. El otoño comenzaba a perdonar a aquel  desconocido su interrupción de la melodía del atardecer.
Las dríades asomaron la cabeza, curiosas, para ver qué hacía el intruso sentado bajo el árbol. El viento contuvo el aliento. Los álamos callaron. El otoño frunció el ceño, admirado.
El hombre escribía.
¡Escribía! Las dríades rieron y batieron palmas, regocijadas, porque el desconocido ponía una línea bajo otra, y no todo seguido. La pluma (¡pluma!) rasguñaba el papel delicadamente, engarzando palabras, tejiendo imágenes y sonidos que poca gente era capaz de entender. Las dríades estiraron el cuello para ver mejor y cruzaron una mirada de alegría.
Era un poeta.
El rostro pardo del otoño volvió a arrugarse en una expresión de incredulidad. ¡Qué extraño! El otoño habría jurado que ya no quedaban poetas. O, al menos, no como los que existieron antaño, que atraían a las dríades, y miraban a lo alto, y acariciaban a los árboles. No, aquélla había sido una raza extraña de hombres, dotados de una sensibilidad poco común, que hablaban con el viento y escuchaban a los mares.
Pero de aquellos .... ya no se hablaba.
Habían sido una raza diferente, sí, pero minoritaria, y habían estado desde el principio condenados a lo que eran ahora: una raza extinta.
Quedaban poetas, claro, pero eran poetas engendrados en el seno de los tiempos modernos. Los poetas que existían ahora caminaban con la cabeza gacha y solo escuchaban los múltiples sonidos de la ciudad, respiraban humo y pensaban que todo estaba perdido. Los poetas de hoy vivían con un extraño peso en el corazón.
El otoño les comprendía, en el fondo.
Pero aquel desconocido...
El otoño tuvo la sensación de que aquel poeta tampoco era un poeta de los de antaño. Pero era parecido a ellos.
El viento jugaba ahora con los cabellos del hombre, forcejeando suavemente con la bufanda, para destaparle la cara. Las dríades habían trepado al álamo para ver desde arriba qué era lo que estaba escribiendo. Se taparon la boca para evitar risillas indiscretas que pudieran molestar al poeta en su trabajo.
La brisa trajo hasta los oídos del otoño el parloteo nervioso de las dos habitantes del bosque profundo. Alzó las cejas, desconcertado. ¡De modo que el poeta relataba una historia en verso! Aquello no era posible. Debía de tratarse de un error.
Las dríades decían que el poeta también sabía contar cuentos. Que conocía el lenguaje de la Madre Tierra y del Señor de los Vientos, y que sembraba la semilla de la ilusión en los corazones de los hombres.
El visitante de la bufanda era poeta, cantor, pintor, a veces payaso, y a menudo narrador de cuentos. Viajaba errante por el mundo, llevando su magia a todos los rincones del planeta. Las dríades no recordaban haber visto nunca a nadie así.
Pero el otoño era ya muy anciano, y sí recordaba. Mucho tiempo atrás, tanto que las caprichosas dríades lo habían olvidado, muchos de aquellos hombres vagaban por la tierras. Los había a cientos, pero pocos auténticos. El progreso los había ido diezmando poco a poco. Y ahora, del mismo modo que no quedaban poetas como los de antaño, tampoco quedaban juglares.
Pero aquel hombre parecía ser un superviviente de la desaparecida raza y, sin embargo, no era como los demás que el otoño había visto mucho tiempo atrás. Los juglares traían alegría: aquel hombre parecía infinitamente triste. El otoño se dijo que no era de extrañar, dados los tiempos que corrían. No era época para juglares: nadie los escucharía.
Aquel individuo era como una rara piedra preciosa, de ésas que, si tienes suerte, encuentras una sola vez en la vida. Las dríades lo entendieron así, y guardaron un respetuoso silencio mientras el juglar acababa su composición, un soberbio poema épico titulado "El canto del cisne".
El tiempo pasó sin sentirse hasta que el viento anunció, a través de las ramas de los árboles, que el sol se hundía entre las montañas.
Entonces el poeta entendió y alzó la mirada.
Había terminado de escribir.
Se levantó pues, y leyó su obra en voz alta, con incontrolada emoción, para todas las criaturas que le estaban observando y que sólo él podía sentir. Y las dríades suspiraron al ver una lágrima temblando en sus ojos, y casi gritaron, alarmadas, cuando el juglar, tras echar el último vistazo a su obra, arrojó los papeles por encima de su hombro.
El viento se esforzó por juntarlos de nuevo, sin éxito. En su precipitación no hizo sino esparcirlos aún más entre los álamos.
El poeta caminaba ya por la vereda, abstraído.
El viento abandonó la afanosa búsqueda de los papeles y aprovechó para arrebatarle la bufanda juguetonamente; pero el juglar no hizo nada por recuperarla.  El viento arrastró la prenda de un lado para otro, desconcertado, sin saber muy bien que hacer con ella. Cualquier hombre corriente habría seguido el juego del viento, y habría perseguido la bufanda.
Pero el juglar no era un hombre corriente.
El viento se detuvo, exhausto, y contempló con impotencia cómo el extraño visitante de la alameda se alejaba entre los árboles. Éste alzó de nuevo el rostro mientras caminaba, y las dríades suspiraron más profundamente al ver sus dulces ojos color miel.
El juglar había oído el sonido del río, que lo llamaba, y se encaminaba hacia él. El otoño y el viento lo siguieron, y también las dríades, deslizando sus blancos pies descalzos por sobre el manto de hojas secas.
El poeta llegó al río poco después, guiado por su canto de mil campanillas argénteas. Se quedó un momento contemplando las aguas, hipnotizado, y entonces comenzó a remontar el curso del arroyo. Los rayos de sol que se filtraban entre las hojas rozaron los iris del juglar cuando éste llegó al pie de un pequeño montículo junto a un remanso del río, y las dríades contemplaron entonces unos dulces ojos del color del mar en calma.
Parecía tan, tan triste... las dríades gimieron por él, y el viento se arrepintió de haberle robado la bufanda.
El singular hombre trepaba ya por la falda de la elevación.
Súbitamente el viento adivinó sus intenciones, porque había visto muchas cosas a lo largo y ancho del mundo, y silbó advirtiendo lo que iba a suceder; las hojas de los árboles chillaron "No, no !" y las dríades se cubrieron el rostro con las manos, espantadas. El otoño observaba la  escena con un ligero desconcierto.
Pero el juglar no los escuchaba.
Un fauno tocó, con su flauta de cañas, una breve y triste melodía desde lo más profundo de la espesura. Una de las dríades alargó su etérea mano para coger al juglar, pero éste se zafó con un rápido y elegante movimiento. No, nada podía detenerle.
Alcanzó por fin la cima del montículo y miró a su alrededor, sonriendo. Sus dulces ojos eran ahora de color verde esmeralda, y el bosque se reflejaba en ellos.
Habría querido explicarles a todos qué duro era ser juglar en un mundo civilizado, pero no sabía si lo habrían comprendido porque, excepto el viento y el otoño, las restantes criaturas que lo observaban jamás habían salido de la alameda.
Una de las dríades recuperó una hoja de papel que le traía el viento, orgulloso de su trofeo. Era la última página del "Canto del Cisne".
La dríade leyó cómo el cisne elevaba su canción sobre las aguas, una canción dulcísima, tristísima, una canción de muerte; pero tan increíblemente bella que las dríades habrían llorado, si hubieran podido llorar.
El cisne desplegaba las alas y emprendía el vuelo....
El juglar abrió los brazos y avanzó un paso....
El cisne volaba...
El juglar saltó...
... Y ambos cayeron al vacío.
Y el río se los tragó.
El viento aulló con furia, pero ahora traía un aire gélido; las dríades se estremecieron y gimieron de miedo. Los árboles increpaban al viento porque les arrancaba las hojas demasiado pronto y con demasiada brutalidad.
En el sendero había un reguero de lágrimas pardas. El otoño abandonaba la alameda y probablemente no volvería jamás a ella, porque la escena que había presenciado era demasiado triste como para que quisiera recordarla.
Su rostro pardo y dorado fue sustituido inmediatamente por el semblante pétreo y gris del invierno, que tomó posesión de la alameda mientras las primeras estrellas aparecían en el firmamento, tirando del carro de la noche.
Las dríades escaparon corriendo hacia el corazón del bosque, hacia la eterna primavera.
En el remanso del río donde había desaparecido el hombre de la bufanda, que miraba a lo alto, atraía a las dríades y acariciaba a los árboles, quedó un anillo sobre el agua, como un dulce suspiro. El viento esparció por la tierra las hojas del postrer canto épico del último de los juglares.

Laura Gallego

domingo, 15 de octubre de 2017

ESTO ES AMOR, QUIEN LO PROBÓ, LO SABE


Desmayarse, atreverse, estar furioso, 
áspero, tierno, liberal, esquivo, 
alentado, mortal, difunto, vivo, 
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo, 
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, 
enojado, valiente, fugitivo, 
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño, 
beber veneno por licor suave, 
olvidar el provecho, amar el daño,

creer que un cielo en un infierno cabe, 
dar la vida y el alma a un desengaño, 
esto es amor, quien lo probó, lo sabe.

Felix Lope de Vega

viernes, 13 de octubre de 2017

EL PINTOR DE SOMBRAS


Una trepidante intriga por las calles de una Barcelona modernista en la que se toparán, por extraños azares del destino, Picasso, Jack el Destripador y un extravagante detective inglés obsesionado con atrapar al asesino.

El pintor sin dinero, tras haber perdido el apoyo de su familia y obsesionado sólo con pintar, encontrará cobijo en un burdel situado en la calle Aviñón donde se reencontrará con el amor de su vida. Pero, una a una, las prostitutas que lo amparaban son degolladas y destripadas brutalmente y todas las pistas lo señalan como culpable.

 ¿Cómo demostrar ante la policía su inocencia? ¿Cómo hacerles ver que se enfrentan a uno de los mayores genios del crimen que haya conocido la historia? ¿Cómo convencerles de que él es realmente el único que conoce el rostro del asesino porque lo ha dibujado? ¿Qué puede ocurrir cuando el mayor genio del mal se topa con el más brillante genio del arte? Sólo el amor y el horror pueden explicar el secreto de una de las pinturas más famosas de la historia.

Esteban Martín nos ofrece una interpretación del cuadro de Picasso, Las Señoritas de Aviñon. Para ello nos ofrece una historia con dos partes bien diferenciadas con dos puntos de vista distintos, en tercera persona cuando el punto de vista es el de Picasso, en primera, bajo la óptica del doctor Sherrinford, cuando el protagonista es el detective inglés.

En la primera (Pablo Picasso), nos encontramos en la Barcelona de finales del XIX, donde vemos los primeros años del pintor en esta ciudad, sus primeras obras, sus amigos, su deseo de hacer algo distinto lejos de la pintura académica, cómo se rompe la relación con su familia y se refugia en el burdel de la calle de Aviñón. Aquí el autor nos va introduciendo en la vida bohemia barcelonesa, además de datos de crítica social. Luego dos de las prostitutas son asesinadas de una forma tan brutal que nos recuerda a los crímenes de Jack el Destripador.

La segunda parte del libro lleva el título de Empieza el Juego, lo cual tendría que darnos una pista sobre lo que va a ocurrir: contratan para esclarecer el caso a un detective consultor londinense, Steven Arrow, que ya estuvo implicado en la investigación de Jack el Destripador; vendrá acompañado por el doctor Sherrinford, y, para más señas, vive en el 221 B de Baker Street, y es amigo de Arthur Conan Doyle, quien utiliza sus casos verídicos para el personaje que va a crear. Efectivamente, aparece Sherlock Holmes.

                El estilo de Esteban Martín es cuidado, con un ritmo ágil, más rápido en la segunda parte, con unos diálogos trabajados, unos personajes bien elaborados y trabajados psicológicamente (por ejemplo, las motivaciones de Jack, o la aversión de Arrow hacia su trabajo…).

jueves, 12 de octubre de 2017

EL PILAR NO SE RINDE


Durante la noche no descansamos ni un solo momento, y la mañana del 11 nos vio poseídos del mismo frenesí, ya apuntando las piezas contra la trinchera enemiga, ya acribillando a fusilazos a los pelotones que venían a flanquearnos, sin abandonar ni un instante la operación de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando su horroroso espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, hasta el momento en que dieron el asalto a San José, ya convertido en un montón de ruinas, y con gran parte de su guarnición muerta. Aglomerando contra los dos puntos grandes fuerzas, mientras caían sobre el convento, dirigieron sobre nosotros un atrevido movimiento; y fue que con objeto de hacer practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por el camino de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna de infantería.

En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles muros, y los ladrillos mal pegados se desbarataban en mil pedazos. Acudimos a la brecha que se abría y se abría cada vez más, y nos abrasaron con un fuego espantoso, porque viendo que el reducto se deshacía pedazo a pedazo, cobraron ánimo llegando al borde mismo del foso. Era una locura tratar de tapar aquel hueco formidable; y hacerlo a pecho descubierto era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletadas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque ya parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible; se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados por aquella lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos caído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres, huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara, enterrándonos a todos.

En el puente nos agolpamos con pavor y desorden invencibles. Nada hay más frenético que la cobardía: sus vilezas son tan vehementes como las sublimidades del valor. Los jefes nos gritaban: «¡Atrás, canallas! ¡El reducto del Pilar no se rinde!». Y al mismo tiempo sus sables azotaron de plano nuestras viles espaldas. Nos revolvimos en el puente sin poder avanzar, porque otras tropas venían a contenernos, y tropezamos unos con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su bravura.

-¡Atrás, canallas! -gritaban los jefes abofeteándonos-. ¡A morir en la brecha!

El reducto estaba vacío: no había en él más que muertos y heridos. De repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, y saltando sobre los exánimes cuerpos, y los montones de tierra, y las ruinas, y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica; era una mujer que se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado, marchaba majestuosa ¡hasta la horrible brecha! Pirli, que yacía en el suelo herido en una pierna, exclamó con terror:

-Manuela Sancho, ¿a dónde vas?

Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras de Manuela  Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras la heroica mujer, a punto que los franceses intentaban con escalas el asalto; y sin que tampoco sepa decir la causa, nos sentimos con centuplicadas energías, y aplastamos, arrojándolos en lo profundo del foso, a aquellos hombres de algodón que antes nos parecieron de acero. A tiros, a sablazos, con granadas de mano, a paletadas, a golpes, a bayonetazos, murieron muchos de los nuestros para servir de defensa a los demás con sus fríos cuerpos; defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejando mucha gente al pie de la muralla. Volvieron a disparar los cañones, y el reducto inconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia.

Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamos transfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo de nuestras almas, dándonos una ferocidad inaudita.

Benito Pérez Galdós, Zaragoza

miércoles, 11 de octubre de 2017

INVITACIÓN AL CLUB DE LECTURA


—¡Bex, mira esto!
Cuando escuchó a Andy gritar, se dio cuenta de que había seguido caminando sin él. Tenía la vista fija en el escaparate de una tienda, leyendo un cartel que habían colgado en él.
—¿Qué es? —preguntó.
—Ven a ver —le dijo Andy mientras sonreía abiertamente.
Sin muchas ganas, Rebecca volvió sobre sus pasos. Conociendo como conocía a Andy, seguramente sería el anuncio de una venta de plantas en la parroquia. O que los cines Fénix iban a reponer La guerra de las galaxias.
—A ver, dime qué es —preguntó con indiferencia cuando estuvo junto a él.
Con un gesto triunfal, Andy señaló el cartel en el escaparate del café.

¿Hambre de libros?
¡Únete al club de lectura del café Crumb!
Nos reuniremos todos los jueves para hablar de libros,
de la vida, de todo...
Para más detalles, escribe a: estelle@cafeteriacrumb.co.uk
Café y tarta gratis en la primera reunión

—¿Quieres hacerte de un club de lectura? —preguntó confusa Rebecca. Andy era más bien de leer periódicos y biografías de deportistas famosos. Jamás lo había visto coger una novela.
—¡No es para mí! —exclamó este—. ¡Es para ti!
Rebecca lo miró sorprendida.
—¿Y por qué iba a interesarme eso? —Sentía cómo una nueva oleada de decepción la invadía. Su marido era un caso perdido—. Seguramente es un hatajo de carcamales que se reúnen para hablar de Guerra y Paz —dijo mientras echaba a andar.
Andy parecía herido mientras corría para ponerse a su altura. Se detuvieron a la altura de la carnicería.
—Vaya, pues pensaba que te gustaría. Es una manera de salir de casa y conocer gente nueva. Y a ti te gusta leer, ¿no?
—Eso sí —admitió Rebecca.
No es que tuviera mucho tiempo libre. Desde hacía unos meses lo único que leía eran los trabajos de historia pésimamente escritos de sus alumnos.
—Déjalo, era solo una idea —dijo Andy con su voz cariñosa de siempre. A veces era este tono de voz lo que más le molestaba a Rebecca de él. Le hubiera gustado que mostrara algún tipo de pasión.
Recordó cuando comenzaron a quedar y Andy no parecía cansarse nunca de ella. Se acordaba de que, al salir de un bar o de un club nocturno, la empujaba hacia un callejón para besarla y meterle mano... ¡Había sido tan emocionante, la sensación de estar haciendo algo ilícito! Sentir sus manos sobre la piel y pensar que alguien podía descubrirlos en cualquier momento. Solo con pensar en ello ya se sentía excitada, valoró mientras pasaban por delante de las puertas cerradas del café. Deseaba que Andy volviera a agarrarla con fuerza, la atrajera hacia sí y después... Pero aquellos días parecían haberse quedado atrás y a ella solo le quedaban sus fantasías.
Se detuvo y se giró de nuevo hacia la cafetería. Había una mujer joven en la puerta, llevaba un vestido negro, una chaqueta de pata de gallo, una bufanda roja y zapatos de tacón chupete. Tenía las piernas enfundadas en unas medias negras de red, y el pelo estaba teñido de negro y peinado estilo años cincuenta.
Parecía divertida, interesante y lo mejor de todo es que estaba leyendo el cartel con intensa concentración.
La mujer sacó un iPhone de su bolso (que era rojo y tenía la forma de unos labios) y comenzó a teclear las instrucciones del cartel.
Rebecca sonrió para sus adentros. Después de todo, quizá no fuera un club para carcamales.

Sophie Hart, El Club de Lectura de las Chicas Traviesas

martes, 10 de octubre de 2017

LAS VENTAJAS DE SER UN MARGINADO


Charlie, un chico ingenuo, mordaz y solitario, acaba de empezar el instituto. Vive con sus padres, su popular hermana y un hermano mayor que está a punto de comenzar la universidad. La cosa no pinta demasiado bien el primer día de instituto cuando solo consigue hacer un amigo: un alternativo profesor de Lengua interesado en despertar el genio creativo de Charlie.

Cuando conoce a la bella Sam y al excéntrico Patrick, unos chicos llenos de ganas de exprimir la vida al máximo, empieza a comprender lo que es crecer y hacerse adulto. Junto a ellos recorrerá caminos nuevos e inesperados: descubrirá música nueva, empezará a beber, a fumar, a salir de fiesta, tonteará con las drogas... e incluso se enamorará por primera vez.

Querido amigo:

Te escribo porque ella dijo que escuchas y comprendes y que no intentaste acostarte con aquella persona en esa fiesta aunque hubieras podido hacerlo. Por favor, no intentes descubrir quién es ella porque entonces podrías descubrir quién soy yo, y la verdad es que no quiero que lo hagas. Me referiré a la gente cambiándole el nombre o por nombres comunes porque no quiero que me encuentres. Por la misma razón no he adjuntado una dirección para que me respondas. No pretendo nada malo con esto. En serio.

Solo necesito saber que alguien ahí afuera escucha y comprende y no intenta acostarse con la gente aun pudiendo hacerlo. Necesito saber que existe alguien así.

Creo que tú lo comprenderías mejor que nadie porque creo que eres más consciente que los demás y aprecias lo que la vida significa. Al menos, eso espero, porque hay gente que acude a ti en busca de ánimos y amistad. Por lo menos, eso he oído.

Bueno, esta es mi vida. Y quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que todavía intento descubrir cómo eso es posible.

La novela de Stephen Chbosky es una serie de cartas, a modo de diario, que Charlie dirige a un receptor desconocido durante su primer año de instituto; no importa quién sea, más bien somos nosotros, lectores, a quienes van dirigidas, y, de esa forma, al estar escritas desde el punto de vista del protagonista se nos hacen más cercanas, y vemos sus pensamientos, sueños, problemas, dramas, y cómo reacciona alguien que es bastante simple, y que a veces aparenta una edad mental inferior a sus quince años. La forma que tiene Charlie de contar sus experiencias va mejorando poco a poco (se notan las redacciones de Bill, el profesor de literatura), conforme se va haciendo adulto, y quieres saber qué va contar en la siguiente carta.

A través de sus personajes trata temas muy diversos relacionados con los  adolescentes y con los no tan jóvenes, como los complejos, la amistad, la literatura (las lecturas que le da Bill se relacionan con las experiencias por las que pasa Charlie en ese momento), el amor, las dudas, la homosexualidad, la música, el sexo, las drogas, los malos tratos, los abusos sexuales.

Os dejo con una reseña de Javier Ruescas sobre el libro y el trailer de la película:



lunes, 9 de octubre de 2017

YO ACUSO


Hola chicos y chicas. Soy Hannah Baker. En vivo y en estéreo.
No me lo creo.
Nada de compromisos que me hayan hecho volver. Nada de bises. Y esta vez, nada de peticiones.
No, no me lo puedo creer. Hannah Baker se suicidó
Espero que estén preparados, porque estoy a punto de contarle la historia de mi vida. Más concretamente, por qué se acabó mi vida. Y si estas escuchando estas cintas, tú eres una de las razones
¿Qué? ¡¡¡¡No!!!!
No diré qué cinta te introduce en la historia. Pero no tengas miedo, si has recibido esta adorable cajita, tu nombre aparecerá...te lo prometo.
¿Por qué iba a contar una mentira una chica muerta?
Eh!! suena a chiste ¿Por qué iba a contar una mentira una chica muerta? Respuesta: porque no podría sostenerse.
¿Es esto algún tipo de retorcida nota de suicida?
Venga. Ríete.
Vaya. Me había parecido divertido.
Antes de morir, Hannah había grabado un montón de cintas. ¿Por qué?
Las reglas son muy sencillas. Solo hay dos. Regla número uno: tú escuchas. Número dos: lo pasas. Con suerte, ninguna de las dos será fácil para ti.
Cuando acabes de escuchar las trece caras —porque cada historia tiene trece caras—rebobina las cintas, vuélvelas a colocar en la caja y pásaselas a quien sea que continúe tu pequeña historia. Y tú, el afortunado número trece, puedes llevarte las cintas directamente al infierno. Depende de cuál sea tu religión, quizá nos veamos allí.
En caso de que sientas la tentación de romper las normas, has de saber que he hecho una copia de estas cintas. Esas copias serán emitidas de una forma muy pública en caso de que este paquete no os llegue a todos.
Esta no ha sido una decisión espontánea.
No vuelvas a dar por sentado nada sobre mí... de nuevo.
No. De ninguna forma podía pensar ella eso.
Estás siendo observado.
Estas cintas no deberían estar aquí. No deberían estar conmigo. Tiene que haber un error.
O es una broma terrible.
Casi lo olvido. Si estás en mi lista, deberías haber recibido un mapa.
Estoy en la lista.
A lo largo de las cintas iré mencionando diferentes puntos de nuestra querida ciudad que debes visitar. No te puedo obligar a ir allí, pero si quieres profundizar un poco más, ve a donde están las estrellas. Y si quieres, tira el mapa y nunca me enterare.
O quizá si me entere. La verdad es que no estoy segura de cómo funciona esto de estar muerta. Quién sabe, quizá esté detrás de ti ahora mismo.

Jay Asher, Por Trece Razones

domingo, 8 de octubre de 2017

LA ZARAGOZA DE SENDER


Yo digo que estar en aquella casa y en aquel barrio no era estar en Zaragoza. Tenía yo la impresión de haber regresado al castillo. Ir desde mi casa al centro de la ciudad era una aventura. La ciudad verdadera estaba en el Coso, la Plaza de la Independencia con su paseo del mismo nombre, la calle de Alfonso y la plaza del Pilar. El templo del Pilar tan famoso y tan grande, era moderno y decorado casi como un hotel o un barco de lujo. Todo el barrio del Pilar con excepción de San Juan de los Panetes —que parecía datar del siglo XIII— era moderno. Mis padres veneraban a la Virgen del Pilar, pero no estimaban mucho el templo.


En cuanto a la parte sureste de la ciudad, desde la plaza del Justicia Lanuza hasta Torrero y el Cabezo de Buena Vista, era la parte más moderna y vivían allí los rentistas prósperos. Aquello era el porvenir. Casas con jardín, calefacción y hasta algunas —creo yo— piscina privada.


Como se puede suponer, yo era un gran andarín y en pocos días me recorrí la ciudad entera de arriba a abajo. Lo mismo que en la aldea necesitaba saber lo que en cada barrio sucedía a cada hora del día para poder sentirme a gusto en mi piel. Además, con aquellos paseos compensaba mis encierros en el internado de Reus. Y buscaba aventuras. Es decir, sorpresas, como todos los chicos.

Sabía que a las siete de la mañana, en el Coso asfaltado, los barrenderos regaban el pavimento con largas mangas cuyos chorros se irisaban al sol. Solía haber un perro lobo que jugaba con el agua y el manguero le daba unas duchas terribles. Al perro le gustaban. El manguero me dijo que aquel perro era muy inteligente y que todos sus parientes —los del animal— se dedicaban a las tablas. Con eso quería decir que trabajaban en el teatro o en el circo.


Un poco más abajo, por la calle de Cerdán, se iba al mercado, donde millares de compradores y vendedores hacían cada día sus negocios en frutas, legumbres, carne y pescado, protegidos del sol por un inmenso cobertizo de metal y cemento, complicado como laberinto de Creta. Los olores más diversos se mezclaban allí dentro, pero dominaba la sensación de frescura húmeda. Por el centro del pavimento de ladrillo había arroyuelos de agua circulando como en los alcázares moros. Aquel sitio me parecía terriblemente exótico. Las mujeres discutían de un puesto al otro, sobre todo las verduleras, y se decían las palabras más desvergonzadas que había oído en mi vida. Algunas al verme a mí se callaban como si les diera vergüenza.


Allí mismo comenzaba la calle que me parecía a mí más histórica de Zaragoza. La calle de Predicadores, donde estaba la cárcel. Allí tuvieron preso a Antonio Pérez, el privado de Felipe II, antes de escapar a Francia: era una calle ancha, de edificios altos, con esa pátina entre topacio y rosa que dan los siglos a las viviendas civiles mientras que las piedras de las catedrales y los palacios toman un color oscuro de hierro colado. En aquella calle de Predicadores se solía ver, a veces, algún soldado sentado en el encintado de la acera abriendo con su cuchillo un melón. Había también carritos con su toldilla ofreciendo «galletas americanas» que eran una especie de sandwiches de helado de vainilla. Valían quince céntimos y yo hacía un consumo razonable de ellas.


Detrás del costado norte de la calle de Predicadores se sentía el río con sus tres grandes puentes. Uno el del tren, otro clásico puente de piedra de pilastras romanas, muy amplio. Por él pasaban las dos vías de los tranvías del arrabal y de la estación del Norte. Todavía había otro más abajo, con pilastras de cemento, que debía ser el que usaban los carreteros y labradores de la parte más agrícola del municipio hacia la desembocadura del Gállego.

En sucesivas excursiones fui descubriendo el resto de la urbe. La curiosidad desplazaba todos los demás intereses. Quería sólo ver. Y no perdía detalle.

Ramón J. Sender, Crónica del Alba

viernes, 6 de octubre de 2017

ANTONIO GARCIA TEIJEIRO, PREMIO NACIONAL LITERATURA JUVENIL 2017


Antonio García Teijeiro ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición 2017 por su obra Poemar o mar escrita en lengua gallega.

El Jurado ha decidido premiar al autor y su obra «por ser un libro cargado de emoción, con una brillante elección léxica, donde el mar es el gran protagonista, poblado de criaturas que transitan por originales y sugerentes composiciones poéticas». El galardón lo concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para distinguir una obra de autor español, escrita en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado y editada en España durante el pasado año 2016.

Poemar o mar es un libro de poemas que forma parte de una trilogía compuesta por En la cuna del mar y Palabras do mar. Estas tres obras tienen el mar como gran protagonista. Xan López Domínguez ilustra la obra por la que García Teijeiro ha sido merecedor de este premio.

                Considera que el premio es una reivindicación clara de la poesía en las aulas, en las casas, para los alumnos a los que les gusta la poesía y no tienen la suerte de que un mediador se la acerque. Mucha gente piensa que, para los niños, vale cualquier cosa y estoy totalmente en contra de ese punto de vista. Mi poesía busca que ellos piensen, que sean respetados. Un poema puede cambiar parte del comportamiento de los niños. A mí, me pasó mientras era docente. Tiene que provocar reflexión lejos del panfleto. En el mar, muere gente, lo lleva haciendo toda la vida. Ahora, muere gente que busca un lugar de vida para huir de la barbarie. También está mustio porque cada vez está más lleno de basura. Es el gran protagonista de este libro y se siente triste en momentos porque en él pasan cosas tristes, además de que es un poco traidor.

jueves, 5 de octubre de 2017

KAZUO ISHIGURO, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2017


Nacido el 8 de noviembre de 1954 en Nagasaki (Japón), Kazuo Ishiguro se trasladó a los cinco años con su familia a Surrey, Inglaterra. Estudió literatura inglesa y filosofía en la universidad de Kent. Después cursó un posgrado de escritura creativa en la universidad de East Anglia, donde tuvo de profesores a Malcolm Bradbury y Angela Carter. Su tesis se convirtió en 1982 en su primera novela, Pálida luz en las colinas, recibida con elogios por la crítica. Es autor de siete novelas, además de diversos libros de relatos y guiones para cine y televisión. Junto a Martin Amis, Ian McEwan o Julian Barnes, Kazuo Ishiguro pertenece a la generación de novelistas que renovaron la narrativa británica en los años 80 del siglo XX. Dos de sus novelas han sido llevadas al cine Lo que queda del día (1989) y Nunca me abandones (2005).

El jurado de la academia sueca ha destacado "sus novelas de gran fuerza emocional que han descubierto el abismo bajo nuestro nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo". También indican que “es un escritor de una gran integridad. No mira hacia un lado, ha desarrollado un universo estético propio”. . La literatura de Ishiguro trata temas como la memoria, el tiempo o la autoilusión.

PÁLIDA LUZ EN LAS COLINAS

Después del suicidio de su hija mayor, Etsuko, una japonesa de cincuenta años instalada en Inglaterra, rememora momentos de su vida. Quizá la explicación de esta tragedia familiar se encuentre agazapada en aquel Japón de los años cincuenta que se recuperaba de las heridas de la guerra y del traumatismo de la bomba atómica... En la memoria de Etsuko aparece de forma obsesiva, recurrente la imagen de otra mujer, Sachiko, una amiga y vecina que vivía sola con su hija Mariko. Dos personajes enigmáticos, a cuál más inquietante. La pequeña Mariko parece haber vivido una cruel y dolorosa experiencia, que reduce a la nada, tanto para ella como para su madre, la esperanza de una vida tranquila, lejos de las ataduras de la rígida tradición japonesa. La relación ambigua de Etsuko con Sachiko y Mariko está en el centro del enigma del libro. ¿El examen del pasado conseguirá exorcizar los demonios del presente?

UN ARTISTA DEL MUNDO FLOTANTE

La Segunda Guerra Mundial ha terminado y Japón comienza a levantarse de entre sus cenizas. En los meses que van desde octubre de 1948 a junio de 1950, el tiempo que media entre el comienzo de las negociaciones para casar a una hija y el matrimonio, Ono, un anciano pintor, recuerda su vida y reflexiona sobre su carrera artística, en un intento por comprender una realidad cada día más ajena. 'No sé de ningún colega que pintara su autorretrato con absoluta honestidad', declara Ono, y la pintura que va trazando de sí mismo y de su época es una versión susceptible de múltiples y contradictorias interpretaciones, una trama compleja de instantes perfectos y decisiones erróneas, de heroísmos y traiciones. Los triunfos del pasado de Ono quizá son ahora, como insinúan sus hijas, que esconden sus cuadros, aquello de lo que debería avergonzarse. Ono eligió abandonar las tradiciones pictóricas de sus maestros, los pintores del mundo flotante de los barrios de placer, donde las cosas más bellas se construyen en la noche y se desvanecen en la mañana, para dedicarse a loar un presente más heroico y menos fugaz. Y ahora, el imperio militar que pintó no es más que otro mundo flotante, desvanecido para siempre en la mañana del Japón 'democrático' de la posguerra.

LOS RESTOS DEL DÍA

Inglaterra, julio de 1956. Stevens, el narrador, durante treinta años ha sido mayordomo de Darlington Hall. Lord Darlington murió hace tres años, y la propiedad pertenece ahora a un norteamericano. El mayordomo, por primera vez en su vida, hará un viaje. Su nuevo patrón regresará por unas semanas a su país, y le ha ofrecido al mayordomo su coche que fuera de Lord Darlington para que disfrute de unas vacaciones. Y Stevens, en el antiguo, lento y señorial auto de sus patrones, cruzará durante días Inglaterra rumbo a Weymouth, donde vive la señora Benn, antigua ama de llaves de Darlington Hall. Y jornada a jornada, Ishiguro desplegará ante el lector una novela perfecta de luces y claroscuros, de máscaras que apenas se deslizan para desvelar una realidad mucho más amarga que los amables paisajes que el mayordomo deja atrás. Porque Stevens averigua que Lord Darlington fue un miembro de la clase dirigente inglesa que se dejó seducir por el fascismo y conspiró activamente para conseguir una alianza entre Inglaterra y Alemania. Y descubre, y también el lector, que hay algo peor incluso que haber servido a un hombre indigno.

CUANDO FUIMOS HUÉRFANOS

Inglaterra, años treinta. Christopher Banks se ha convertido en el más célebre detective de Londres. Pero hay un enigma que es incapaz de resolver y del que él mismo es protagonista: cuando era niño y vivía en Shangai con su familia, sus padres desaparecieron misteriosamente, acaso secuestrados por la mafia china por un asunto relacionado con el tráfico de opio. Él, que creció como un huérfano, tiene recuerdos vagos y contradictorios de lo que realmente sucedió. Pero la ausencia de sus padres, de los que ni siquiera sabe con seguridad si están vivos o muertos, le atormenta. Y por eso decide que ha llegado el momento de enfrentarse al caso de su vida y viaja desde una Europa convulsa en la qué emerge el fascismo y se avecina la guerra a un Shangai convertido en polvorín en el que se enfrentan los chinos comunistas y el ejército japonés invasor. En esta ciudad cosmopolita y caótica Christopher Banks, en busca de las claves de su pasado, se verá inmerso en una pesadilla kafkiana... Cuando fuimos huérfanos se presta a diferentes lecturas. Más allá de la trama detectivesca, de los temas históricos de la corrupción y las guerras en las colonias, se puede leer como un cuento de hadas freudiano... Una novela rica y clara, pese a su complejidad.

LOS INCONSOLABLES

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. "Los inconsolables" es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas.

NUNCA ME ABANDONES

Hailsham aparenta ser un agradable internado inglés, lejos de las influencias de la gran ciudad. La escuela se ocupa bien de sus estudiantes, enseñándoles arte y literatura y todo lo necesario para que se conviertan en el tipo de persona que la sociedad espera. Pero, curiosamente, en Hailsham no se enseña nada sobre el mundo exterior, un mundo con el que casi todo contacto está prohibido. Dentro de Hailsham, Kathy y sus amigos Ruth y Tommy crecen indiferentes ante el resto del mundo, pero será solamente cuando finalmente dejen la seguridad de la escuela que se darán cuenta de lo que Hailsham en realidad esconde.   Nunca me abandones rompe con los limites de la novela literaria. Es un misterio conmovedor, una hermosa historia de amor, una crítica mordaz de la arrogancia humana y también una investigación moral de cómo tratamos a la gente más vulnerable en nuestra sociedad. En su exploración del tema de la memoria y el impacto del pasado en un posible futuro, Ishiguro ha creado su libro más conmovedor hasta la fecha.

EL GIGANTE ENTERRADO

Inglaterra en la Edad Media. Del paso de los romanos por la isla sólo quedan ruinas, y Arturo y Merlín –amados por unos, odiados por otros– son leyendas del pasado. Entre la bruma todavía habitan ogros, y británicos y sajones conviven en unas tierras yermas, distribuidos en pequeñas aldeas. En una de ellas vive una pareja de ancianos –Axl y Beatrice– que toma la decisión de partir en busca de su hijo. Éste se marchó hace mucho tiempo, aunque las circunstancias concretas de esa partida no las recuerdan, porque ellos, como el resto de habitantes de la región, han perdido buena parte de la memoria debido a lo que llaman «la niebla». En su periplo se encontrarán con un guerrero sajón llamado Wistan; un joven que lleva una herida que lo estigmatiza; y un anciano Sir Gawain, el último caballero de Arturo vivo, que vaga con su caballo por esas tierras con el encargo, según cuenta, de acabar con un dragón hembra que habita en las montañas. Juntos se enfrentarán a los peligros del viaje, a los soldados de Lord Brennus, a unos monjes que practican extraños ritos de expiación y a presencias mucho menos terrenales. Pero cada uno de estos viajeros lleva consigo secretos, culpas pendientes de redención y, en algún caso, una misión atroz que cumplir. Sumando el viaje iniciático, la fábula y la épica, Kazuo Ishiguro ha construido una narración bellísima, que indaga en la memoria y el olvido acaso necesario, en los fantasmas del pasado, en el odio larvado, la sangre y la traición con los que se forjan las patrias y a veces la paz. Pero habla también del amor perdurable, de la vejez y de la muerte. Una novela ambientada en un pasado remoto y legendario que vuelve sobre los grandes y eternos temas que inquietan a los seres humanos.

NOCTURNOS

Nocturnos, primer libro de relatos de Kazuo Ishiguro, reúne cinco historias que pueden leerse como estudios y variaciones sobre unos cuantos temas, o como un concierto que los expone en el primer movimiento, los combina en los siguientes y los resuelve en el último. En «El cantante melódico», un guitarrista de oficio que toca en Venecia reconoce a un viejo vocalista americano y juntos viven una aventura musical que da una pequeña lección a ambos sobre el distinto valor del pasado. En «Come rain or come shine», la música es el telón de fondo de la grotesca humillación que sufre un maníaco-depresivo en casa de una pareja de antiguos progres que han pasado a la fase yuppie. El músico de «Malvern Hills» columbra su mediocridad cuando se va a las colinas a preparar un álbum a la sombra de John Elgar. En «Nocturno», donde se intensifica el tema de la inteligencia frustrada, un saxofonista que se opera la cara conoce a una vieja artista de variedades (la ex de «El cantante melódico»). En «Violonchelistas», que también remite a la primera historia, un joven prodigio del chelo encuentra a una mujer misteriosa que le da clases para perfeccionar su técnica. Las cinco, como era de esperar, barajan elementos que son habituales en el autor: la confrontación de las promesas de la juventud y los desengaños del tiempo, el maravilloso y decepcionante misterio del otro, los finales ambiguos y sin catarsis. Y la música, que está íntimamente relacionada con la vida y obra del autor. Por encima de todo percibimos un fuerte sentido del desarraigo en los personajes, que siempre están de paso.