martes, 29 de septiembre de 2015

GÉNESIS DE UNA NOVELA

Los descubrí al fondo de la biblioteca, sin buscarlos: veintiocho volúmenes en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo, maltratada por dos siglos y medio de uso. No sabía que estaban allí —buscaba otra cosa y había estado curioseando en los estantes—, y me sorprendió leer en su lomo: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné. Se trataba de la primera edición. La que empezó a salir de la imprenta en 1751 y cuyo último volumen vio la luz en 1772. Yo conocía la obra, por supuesto. Al menos, razonablemente. Hasta había estado a punto de comprársela a mi amigo el librero anticuario Luis Bardón cinco años atrás, quien me la ofreció en caso de que otro cliente que la tenía apalabrada se echara atrás. Para mi desgracia —o fortuna, porque era muy cara—, el cliente había cumplido. Era Pedro J. Ramírez, entonces director del diario El Mundo. Una noche, cenando en su casa, la vi orgullosamente expuesta en su biblioteca. El propietario conocía mi episodio con Bardón y bromeamos sobre ello. «Más suerte la próxima vez», me dijo. Pero no hubo una próxima vez. Es una obra rara en el mercado del libro antiguo. Muy difícil de conseguir completa.
El caso es que allí estaba esa mañana, en la biblioteca de la Real Academia Española —ocupo el sillón de la letra T desde hace doce años—, parado frente a la obra que compendiaba la mayor aventura intelectual del siglo XVIII: el triunfo de la razón y el progreso sobre las fuerzas oscuras del mundo entonces conocido. Una exposición sistemática en 72.000 artículos, 16.500 páginas y 17 millones de palabras que contenía las ideas más revolucionarias de su tiempo, que llegó a ser condenada por la Iglesia católica y cuyos autores y editores se vieron amenazados con la prisión y la muerte. Me pregunté cómo esa obra, que durante tanto tiempo había estado en el Índice de libros prohibidos, había llegado hasta allí. Cuándo y de qué manera. Los rayos de sol, que al penetrar por las ventanas de la biblioteca formaban grandes rectángulos luminosos en el suelo, creaban una atmósfera casi velazqueña en la que relucían los añejos lomos dorados de los veintiocho volúmenes en sus estantes. Alargué las manos, cogí uno de ellos y lo abrí por la portadilla interior:

Encyclopédie,
ou
dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers,
par une société de gens de lettres.
Tome premier
MDCCLI
Avec approbation et privilege du roy

Las dos últimas líneas me suscitaron una sonrisa esquinada. Cuarenta y dos años después de aquel MDCCLI, en 1793, el nieto del roy que había concedido su aprobación y privilegio para la impresión de ese primer volumen era guillotinado en una plaza pública de París, precisamente en nombre de las ideas que, desde aquella misma Encyclopédie, habían incendiado Francia y buena parte del mundo. La vida tiene esas bromas, concluí. Su propio sentido del humor.
Hojeé algunas páginas al azar. El papel, inmaculadamente blanco pese a su edad, sonaba como si estuviera recién impreso. Buen y noble papel de hilo, pensé, resistente al tiempo y a la estupidez de los hombres, tan distinto a la ácida celulosa del papel moderno, que en pocos años amarillea las páginas y las hace quebradizas y caducas. Acerqué la nariz, aspirando con placer. Hasta su olor era fresco. Cerré el volumen, lo devolví al estante y salí de la biblioteca. Tenía otras cosas de que ocuparme, pero el recuerdo de aquellos veintiocho volúmenes situados en un rincón discreto del viejo edificio de la calle Felipe IV de Madrid, entre otros miles de libros, no se me iba de la cabeza. Lo comenté más tarde con Víctor García de la Concha, el director honorario, con quien me encontré en los percheros del vestíbulo. Éste me había abordado con motivo de otro asunto —quería pedirme un texto sobre el habla de germanías de Quevedo para no sé qué obra en curso—, pero llevé la conversación a lo que en ese momento me interesaba. García de la Concha acababa de escribir una historia de la Real Academia Española y debía de tener las cosas frescas.
—¿Cuándo consiguió la Academia la Encyclopédie?
Pareció sorprendido por la pregunta. Luego me cogió del brazo con esa exquisita delicadeza suya que, durante su mandato, lo mismo abortaba cismas de academias hermanas en Hispanoamérica —disuadir a los mejicanos cuando pretendieron hacer su propio Diccionario fue encaje de bolillos—, que convencía a una fundación bancaria para financiar siete volúmenes de Obras completas de Cervantes con motivo del cuarto centenario del Quijote. Quizá por eso lo habíamos reelegido varias veces, hasta que se le pasó la edad.
—No estoy muy al corriente —dijo mientras caminábamos por el pasillo hacia su despacho—. Sé que lleva aquí desde finales del siglo dieciocho.
—¿Quién puede orientarme?
—¿Para qué te interesa, si no es mostrarme indiscreto?
—Todavía no lo sé.
—¿Una novela?
—Es pronto para decir eso.
Clavó en mi pupila su pupila azul, un punto suspicaz. A veces, para inquietar un poco a mis colegas de la Academia, hablo de una novelita que en realidad no tengo intención de escribir, pero en la que amenazo con meterlos a todos. El título es Limpia, mata y da esplendor: una historia de crímenes con el fantasma de Cervantes, que vagaría por nuestro edificio haciéndose visible sólo a los conserjes. La idea es que los académicos vayan siendo asesinados uno tras otro, empezando por el profesor Francisco Rico, nuestro más conspicuo cervantista. Ése moriría el primero, ahorcado con el cordón de una cortina de la sala de pastas.
—No estarás hablando de esa polémica novela de crímenes, ¿verdad? La de...
—No. Tranquilo.
García de la Concha, que a menudo es un caballero, se guardó de suspirar aliviado. Pero se le notaba el alivio.
—Me gustó mucho la última tuya. El bailarín murciano. Fue algo, no sé...
Ése era el director honorario. Siempre buen muchacho. Dejó el final de la frase en el aire, dándome una generosa oportunidad para encoger los hombros con la adecuada modestia.
—Mundano.
—¿Perdón?
—Se llamaba El bailarín mundano.
—Ah, sí. Claro. Ésa... Hasta el presidente del gobierno salió el verano pasado en el Hola con un ejemplar encima de la hamaca, en Zahara de los Atunes.
—Sería de su mujer —objeté—. Ése no ha leído un libro en su vida.
—Por Dios... —García de la Concha sonreía evasivo, escandalizado sólo hasta el punto conveniente—. Por Dios.
—¿Alguna vez lo has visto en un acto cultural?... ¿En un estreno teatral? ¿En la ópera? ¿Viendo una película?
—Por Dios.
Eso último lo repitió ya en su despacho, mientras nos acomodábamos en unos sillones. El sol seguía entrando por las ventanas, y pensé que era uno de esos días en que las historias por contar se apoderan de ti y ya no te sueltan. Quizá, me dije, aquella conversación estaba hipotecando mis próximos dos años de vida. A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas. Elegir una implica dejar morir otras. Por eso es necesario escoger con cuidado. Equivocarse lo justo.
—¿No sabes nada más? —pregunté.
Encogió los hombros mientras jugueteaba con la plegadera de marfil que suele tener sobre la mesa, en cuyo mango están grabados el mismo escudo y lema que figuran esmaltados en las medallas que usamos en los actos solemnes. Desde su fundación en 1713, la Real Academia Española es una casa de tradiciones, y eso incluye usar corbata en el edificio, tratarnos de usted en momentos oficiales, y cosas así. La costumbre absurda de que no hubiera mujeres se rompió hace tiempo. Cada vez hay más de ellas sentadas en los plenos de los jueves. El mundo ha cambiado, y nuestra institución también. Ahora es una factoría lingüística de primer orden, de la que los académicos no somos sino el consejo rector. La vieja imagen de un club masculino de eruditos abuelos apolillados no es hoy más que un cliché rancio.
—Creo recordar que don Gregorio Salvador, nuestro académico decano, me habló de ello alguna vez —dijo García de la Concha tras pensarlo un poco—. Un viaje a Francia, o algo así... Para traer esos libros.
—Qué raro —no me salían las cuentas—. Si fue a finales del dieciocho, como dijiste antes, la Encyclopédie estaba prohibida en España. Y aún lo estuvo durante cierto tiempo.
García de la Concha se había inclinado hasta apoyar los codos en la mesa y me observaba por encima de los dedos entrelazados. Como de costumbre, sus ojos transmitían una exhortación entusiasta a la acción ajena, siempre que no le complicara a él la vida.
—Quizá Sánchez Ron, el bibliotecario, pueda ayudarte —sugirió—. Él maneja los archivos, y allí están las actas de todos los plenos, desde la fundación. Si hubo viaje para traer los libros, habrá constancia.
—Si se hizo de forma clandestina, lo dudo.
El adjetivo lo hizo sonreír.
—No creas —opuso—. La Academia siempre mantuvo una independencia real respecto al poder, y eso que le tocó vivir varios tiempos difíciles. Acuérdate de Fernando VII, o de los intentos del dictador Primo de Rivera por controlarla... O de cuando, tras la guerra civil, Franco ordenó cubrir las plazas de académicos republicanos que estaban en el exilio, la Academia se negó a ello, y los sillones se mantuvieron sin ocupar hasta que los propietarios exiliados murieron o regresaron a España.
Reflexioné sobre las implicaciones del asunto, en su momento. Las posibles y complejas circunstancias. Aquélla, decía mi instinto, era una buena historia.
—Sería un bonito episodio, ¿verdad? —comenté—. Que esos libros hubieran llegado aquí en secreto.
—No sé. Nunca me ocupé de eso. Si tanto te interesa el asunto, vete a ver al bibliotecario y prueba suerte con él... También puedes acudir a don Gregorio Salvador.
Lo hice. A esas horas tenía picada la curiosidad. Empecé por Darío Villanueva, el director. Que, como gallego en ejercicio que es, me hizo treinta preguntas y no respondió a ninguna de las mías. También él se interesó por la novela de los crímenes, y cuando le dije que en ella moría el profesor Rico me pidió ser el asesino. Igual le daba cuerda de cortina que cuerda de guitarra.
—No puedo prometerte nada —respondí—. Hay cola para lo de Paco: todos quieren serlo.
Me miró persuasivo, con una mano en mi hombro.
—Haz lo que puedas, anda. Me hace ilusión. Te prometo devolver las tildes a los demostrativos pronominales.
Después fui a ver a José Manuel Sánchez Ron, el bibliotecario: un tipo alto, delgado, con el pelo cano y una mirada inteligente que proyecta sobre el mundo con fría lucidez. Fuimos elegidos académicos casi al mismo tiempo, y somos muy amigos. Él cubre la parte Científica de la Academia —es catedrático de historia de la Ciencia— y en esas fechas todavía se ocupaba de nuestra biblioteca. Eso incluía responsabilidad sobre joyas como una primera edición del Quijote, valiosos manuscritos de Lope o de Quevedo, y cosas así que tenemos abajo, en una caja fuerte del sótano.
—La Encyclopédie llegó a finales del siglo dieciocho —me confirmó—. Eso es seguro. Y, desde luego, estaba prohibida tanto en Francia como en España. Allí sólo nominalmente, y aquí de forma absoluta.
—Me interesa saber quién la trajo. Cómo pasó los filtros de la época... Cómo lograron meterla en nuestra biblioteca.
Lo pensó un instante balanceándose en el sillón, medio oculto al otro lado de las pilas de libros que cubrían su mesa de trabajo.
—Supongo que, como todas las decisiones de la Academia, se aprobó en un pleno —dijo al fin—. No creo que algo de tanta trascendencia se hiciera sin el acuerdo de todos los académicos... Así que debe de haber un acta que recoja eso.
Me erguí como un perro de caza que olfatea en el aire un buen rastro.
—¿Podemos buscar en los archivos?
—Claro. Pero las actas no están digitalizadas del todo. Se conservan los originales, tal cual. En papel.
—Si localizamos esas actas, podremos situar el momento. Y las circunstancias.
—¿Por qué te interesa tanto? ¿Otra novela?... ¿Histórica esta vez?
—De momento es curiosidad.
—Pues me pongo a ello. Hablo con la encargada del archivo y te cuento... Y oye, por cierto. ¿Qué es eso de Paco Rico?... ¿Cuentas conmigo para ser el asesino?
Me despedí de él y regresé a la biblioteca. A su añejo olor a papel y cuero antiguos. Los rectángulos de sol de las ventanas habían cambiado de lugar, estrechándose hasta casi desaparecer, y los veintiocho volúmenes de la Encyclopédie estaban ahora en penumbra, en sus estantes. El antiguo dorado de las letras de los lomos ya no relucía cuando pasé los dedos por ellos, acariciando la vieja y ajada piel. Entonces, de pronto, supe la historia que deseaba contar. Ocurrió con naturalidad, como a veces suceden estas cosas. Pude verla nítida, estructurada en mi cabeza con planteamiento, nudo y desenlace: una serie de escenas, casillas vacías que estaban por llenar. Había una novela en marcha, y su trama me aguardaba en los rincones de aquella biblioteca. Esa misma tarde, al regresar a casa, empecé a imaginar. A escribir.

Arturo Pérez Reverte, Hombres Buenos

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