lunes, 29 de junio de 2015

INSTITUTO DE ZORRAS

Enviado por Tania, S3C:

Cansadas de que sus hijas sean expulsadas de los institutos y de que sean tan rebeldes, las madres de Cam y Sam, dos muchachas de 17 años, deciden llevarlas a Londres, al único instituto del que no podrán ser echadas, el instituto "Internship Ladies", donde les enseñarán a ser unas damas, que terminarán unos estudios universitarios, se casarán con un hombre con clase y tendrán hijos. Es eso o el servicio militar

Ellas decidirán hacer un escuadrón. ¿Quedaran algunas sobrevivientes? ¿O están todas condenadas a convertirse en fresitas? 

O lo peor de todo...     ¿Ellas se convertirán en unas verdaderas damas?     Esperemos que no...
            
       Instituto de Zorras es una delirante novela juvenil, con referencias a la cultura de los jovenes de hoy (Avatar, Harry Potter, etc…), de la pareja de escritoras Ro y Ona, que se ocultan bajo el seudonimo Flowers In The Paradise, que sólo podras encontrar en Wattpad, una comunidad virtual para lectores y escritores.

                Es el tipo de libros que me gusta, donde se entremezclan amor y humor (las bromas que gasta Cam), y también encontramos traiciones, desengaños, las relaciones entre jovenes... Es entretenido, y se te pasa muy rápido el tiempo leyéndolo. Mirad este fragmento del primer capítulo:

- ¡Muérete!
- ¡Muérete tú! ¡Avada kedavra!
- ......
- ¿Cam?
- ......
- ¡OH, POR DIOS, TE HE MATADO! Eso quiere decir que soy bruja...
- ......

-¿MAMÁ, POR QUÉ HAS ESCONDIDO MI CARTA DE HOGWARTS TODOS ESTOS AÑOS?

UNA CONFESIÓN

En mi vida me han llamado de muchas maneras: hermana, amante, sacerdotisa, hechicera, reina. Ahora, ciertamente, soy hechicera, y acaso haya llegado el momento de que estas cosas se conozcan. Pero, a decir verdad, creo que serán los cristianos quienes digan la última palabra, pues el mundo de las hadas se aleja sin pausa del mundo en el que impera Cristo. No tengo nada contra Él, sino contra sus sacerdotes, que ven un demonio en la Gran Diosa y niegan que alguna vez tuviera poder en este mundo. A lo sumo, dicen que su poder procede de Satanás. O bien la visten con la túnica azul de la señora de Nazaret (que también, a su modo, tenía poder) y dicen que siempre fue virgen. Pero ¿qué puede saber una virgen de los pesares y tribulaciones de la humanidad?

Y ahora que el mundo ha cambiado, ahora que Arturo (mi hermano, mi amante, el rey que fue y el rey que será) yace muerto (dormido, dice la gente) en la sagrada isla de Avalón, es necesa rio contar la historia tal como era antes de que llegaran los sacerdotes del Cristo Blanco y lo ocultaran todo con sus santos y sus leyendas.

Pues, como digo, el mundo ha cambiado. Hubo un tiempo en que un viajero, si tenía voluntad, conocía algunos secretos, podía adentrarse con su barca por el mar del Estío y llegar, no al Glastonbury de los monjes, sino a la sagrada isla de Avalón, pues en aquellos tiempos las puertas entre los mundos se difuminaban entre las brumas y estaban abiertas, según el viajero pensara y deseara. Y éste es el gran secreto, que era conocido por todos los hombres instruidos de nuestros días: el pensamiento del hombre crea un mundo nuevo a su alrededor, día a día.

Y ahora los .sacerdotes, pensando que esto atenta contra el poder de su Dios, que creó el mundo inmutable de una vez para .siempre, han cerrado esas puertas (que nunca fueron tales, sal vo en la mente de los hombres), y los senderos llevan sólo a la isla de los Sacerdotes, que ellos salvaguardan con el tañido de las campanas de sus iglesias, ahuyentando toda idea de que otro mundo se extienda en la oscuridad. E incluso dicen que ese mundo, si en verdad existe, es propiedad de Satanás y la entrada del Infierno, si no el Infierno mismo.

No sé qué puede o no puede haber creado su Dios. Pese a las leyendas que se cuentan, nunca supe mucho de sus sacerdotes ni vestí el negro de sus monjas esclavizadas. Si los cortesa nos de Arturo, en Camelot, quisieron verme de ese modo (puesto que siempre usé la túnica oscura de la Gran Madre en su función de hechicera), no los saqué de su error. En verdad, hacia el final del reinado de Arturo, hacerlo habría sido peligroso, y yo inclinaba la cabeza ante la conveniencia, algo que no habría hecho nunca mi gran maestra: Viviana, la Dama del Lago, en otros tiempos la mejor amiga de Arturo, exceptuándome a mí, y más tarde su más tenebrosa enemiga... también exceptuándome a mí.

Pero la lucha ha terminado; cuando Arturo agonizaba pude tratarlo, no como a mi enemigo y el de mi Diosa, sino como a mi hermano, como a un moribundo que necesitaba el socorro de la Madre, a la que todos los hombres acaban por acudir. También los sacerdotes lo saben, pues su siempre virgen, María, vestida de azul, se convierte a la hora de la muerte en la Madre del mundo.

Así, Arturo yacía por fin con la cabeza en mi regazo, sin ver en mía la hermana, a la amante o a la enemiga, sino sólo a la hechicera, la sacerdotisa, la Dama del Lago. Y así descansaba en el seno de la Gran Madre, del que salió al nacer y al que tenía que volver al final, como todos los hombres. Y mientras yo conducía la barca que lo llevaba, no va a la isla de los Sacerdotes, sino a la verdadera isla Sagrada que está en el mundo de las tinieblas, más allá del nuestro, tal vez se arrepintió de la enemistad que se había interpuesto entre nosotros.

En esta narración hablaré de sucesos acontecidos cuando yo era demasiado niña para comprenderlos, y de otros que sucedieron cuando yo no estaba presente. Y tal vez mi oyente se distraerá pensando: «He aquí su magia. » Pero siempre he tenido el don de la videncia y el de ver dentro de la mente humana, v en todo este tiempo he estado cerca de hombres v mujeres. Por eso a veces sabía, de un modo u otro, todo lo que pensaban. Y así contaré esta leyenda.

Pues un día los sacerdotes también la contarán, tal como la conocieron. Quizás, entre una y otra versión, se pueda ver algún destello de la verdad.

Porque esto es lo que los sacerdotes no saben, con su único Dios y su única Verdad: que no hay leyenda veraz. La verdad tiene muchos rostros. Es como el antiguo camino hacia Avalón: de la voluntad de cada cual y de sus pensamientos depende el rumbo que tome y que al final se encuentre en la sagrada isla de la Eternidad o entre los sacerdotes, con sus campanas, su muerte, su Satanás, el infierno y la condenación... Pero tal vez soy injusta con ellos. Incluso la Dama del Lago, que detestaba las vestiduras sacerdotales tanto como a las serpientes venenosas (y con sobrados motivos), me censuró cierta vez por hablar mal de su Dios.

«Porque todos los dioses son un solo Dios -me dijo, como había dicho muchas otras veces, como yo he repetido a mis novicias, como lo dirán todas las sacerdotisas que me sucedan-, y todas las diosas son una sola Diosa, y sólo hay un Iniciador. A cada hombre su verdad y el Dios que hay en su interior.» Así, tal vez, la verdad flote entre el camino de Glastonbury, isla de los Sacerdotes, y el camino de Avalón, para siempre perdido en las brumas del mar del Estío.

Pero ésta es mi verdad; yo, Morgana, os la cuento. Morgana, la que en épocas más actuales se llamó Hada Morgana.

Marion Zimmer Bradley, Las Nieblas de Avalón

viernes, 26 de junio de 2015

FIN DE CURSO


             Hemos entregado las últimas notas. Nos hemos entrevistado con los padres.

            Y esta tarde noche hemos despedido-homenajeado a mis alumnos de cuarto de Eso. Tenía que hablaros a vosotros y a vuestros padres, pero, como os he dicho, prefería recordar cómo os he visto crecer y madurar a lo largo de estos cuatro años.

            Pero ahora tengo que recordar las palabras que me habéis dedicado durante el acto; la verdad, me habéis emocionado, tanto que luego no podía leer lo que tenía escrito, y tenía que hacer trabajar a mi memoria e improvisar.

            Gracias a vosotros, chicos. Gracias a Nuria, Ángela, Pablo, Paqui, Mª Jose, Joseda, Irene, Cari, David, Paolo, Rodolfo, Franja, Juan Alfonso, Andrea, Lina, Javi, Elena, Adrián, Amando y Katy. Gracias.

            Esta noche es vuestra, os la habéis ganado, pero antes que comience vuestra juerga, me gustaría dedicaros un par de brindis

            Hasta el curso que viene.


BRINDIS
GERARDO DIEGO


Debiera ahora decir: “Amigos,
muchas gracias”; y sentarme, pero sin ripios.
permitid que os lo diga en tono lírico;
en verso, sí; pero libre y de capricho.
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo y frío.
Y les hablaré de versos y hemistiquios,
y de Dante y de Shakespeare y de Moratín hijo,
y de pluscuamperfectos y participios.
Y el uno bostezará, y el otro me hará un guiño,
y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y pasarán así muchos cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y ahora, yo os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo;
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo
y por que siga su camino
intacto y limpio.
Porque éste, mi discípulo
que inmortalizará mi nombre y mi apellido
sea el hijo…
el hijo de uno de vosotros, amigos.

Y os dejo con dos versiones del Brindis de la Traviata



miércoles, 24 de junio de 2015

LA MONEDA DE PLATA

                El horror, como todas las sensaciones no contaminadas por el discernimiento, desafía la disciplina del lenguaje. Y así, por más que el primer recuerdo que conservo esté grabado en mi mente con la nitidez de las líneas sobre la palma de mi mano, sólo me es dado evocarlo como una sucesión de impresiones momentáneas: el relincho lejano de un caballo, la mano cercenada que todavía aferraba una cimitarra, el hedor de un charco de sangre hirviendo bajo el sol del mediodía, el sabor del hierro en mi garganta.

                Mi primer recuerdo es de un campo de batalla. Mi nombre no importa, o aún no importa.

                Cuando abrí los ojos me encontré sepultado bajo una pila de cadáveres, y durante un instante de pavor me pensé uno de ellos. A mi alrededor, los cirujanos abreviaban con sus dagas la agonía de los moribundos. Le supliqué a mi cuerpo, esa doliente llaga que tan sólo codiciaba la muerte fulminante del cuchillo, que reptara hacia el río. Apagué mi sed y reparé en mi reflejo sobre la corriente. Una magia extraña hizo que las aguas discurrieran río arriba y mostraran imágenes pretéritas: un grupo de ménades danzando con serpientes enroscadas en torno a sus brazos, un niño que oraba ante la figura de un leopardo, un muchacho abatiendo su primer jabalí y a su primer enemigo, un hombre joven que depositaba una ofrenda en un templo adornado con un friso de centauros. Después, la fuente de mi memoria se secó por completo y las imágenes dieron paso al intolerable presente y al dolor. Por último, sólo quedó el dolor.

                El miedo me mantuvo oculto tras unos arbustos hasta que el último soldado hubo cruzado el río, hasta que el último estandarte y la última lanza se perdieron en el temeroso horizonte. Me puse en pie y aguardé en silencio la acometida del recuerdo, pero el recuerdo no llegó. Detrás de mí, un sol fatigado declinaba lentamente; delante, mi sombra se proyectaba trémula hacia los indefinidos confines del paisaje. «Un hombre sin memoria que lo ancle en el tiempo —razoné— vale menos que un cadáver.» Abrumado por la desdicha de no ser, herido y desnudo, emprendí mi camino con rumbo incierto.

                Fatigué durante días la cóncava planicie, que era el mundo y era más grande que el mundo. De noche, la bóveda se poblaba de constelaciones desconocidas que contaminaban mis sueños de locura; de día, el horizonte reverberaba con espejismos: vi una deslumbrante ciudad edificada de mármol y geometría, rica en baluartes y anfiteatros y templos, en cuyo centro se alzaba desmesurada una biblioteca; vi una avenida infinita flanqueada por esfinges de piedra; vi un intrincado palacio custodiado por una bestia, que no era un toro ni era un hombre; vi un tigre en cuya piel un dios había trazado, con secretos caracteres, la sentencia mágica que por sí sola serviría para conjurar, no ya mis males, sino todos los males del mundo.

Bebí el agua inmunda de las charcas que encontré a lo largo del camino, me alimenté de la carne aborrecible de las serpientes. Un día, saciado de penurias y apariencias, me dejé caer dentro de una hendidura y supliqué a mis dioses, cuyos nombres había olvidado, que sobrevinieran breves la noche y el olvido. Allí me encontraron unos mercaderes de ojos oblicuos cuyas palabras no entendí. Uno de ellos, quien se dijo conocedor de las lenguas de occidente, me aseguró que me encontraba más allá del río Yaxartes, que riega la ilimitada estepa de los escitas. Hacia el sur, de donde yo venía, un rey bárbaro llegado de poniente libraba grandes guerras de conquista. Ellos se encaminaban hacia el este, de regreso a su país, que llamaron la tierra de Shang.

Aquellos hombres saciaron mi sed y untaron ungüento en mis heridas. Mi carne restaurada volvió a apetecer la vida. Me uní a su caravana en un viaje que llegué a pensar sin final, y que nos condujo, a través de cordilleras de nombre incierto y desiertos extenuados, hasta un país cuyos habitantes hablaban en las lenguas de los pájaros, una tierra cuya inconcebible vastedad se miraba en los cielos. Allí, obediente a un destino que presentí guerrero, vendí mi espada como mercenario.

En ésta mi historia —acaso en todas las historias de los hombres— tan sólo el principio y el final revisten importancia, ya que el resto se reduce a un brevísimo intervalo en el vacío. Baste, pues, con decir que sobreviví a muchas otras batallas y que numerosas fueron las ocasiones en que mis armas se tintaron de sangre y de victoria. El inevitable desenlace no ocurrió hasta muchos años después, cuando, tras regresar de una expedición contra el reino de Chou, recibí con mi parte del botín una bolsa llena de monedas. Entre ellas había una extraña pieza de plata, una moneda extranjera de la cual no pude apartar la vista. En su anverso vi representado a un hombre joven de rizados cabellos; dos cuernos de carnero brotaban de sus sienes. Al cabo, noté el calor de las lágrimas sobre mi rostro.

                —¿Qué te ocurre? —preguntó mi capitán—. ¿Te atormenta alguna antigua herida?

                Negué con la cabeza y le mostré mi hallazgo.

                —Contempla esta moneda —repuse con la voz empañada por el llanto—. Es un tetradracma de plata que yo mismo ordené acuñar para celebrar mi victoria sobre el Gran Rey en Gaugamela, cuando todavía era Alejandro de Macedonia y el Asia entera se estremecía al oír mi nombre.

Eloy M. Cebrián

martes, 23 de junio de 2015

NO SONRÍAS QUE ME ENAMORO

            Enviado por Andrea, S3C

               Segunda parte de la saga El Club de los Incomprendidos, de Blue Jeans

Hasta hace unos meses, Eli, Valeria, Bruno, Raúl, María y Ester formaban El Club de los Incomprendidos. Cada uno con su personalidad y su carácter, eran los mejores amigos del mundo. Se conocieron dos años atrás en el instituto, y el haber pasado por similares y dolorosas circunstancias les acercó. Pero ahora, superados sus obstaculos: celos, dudas, amores secretos, relaciones complicadas con los padres… nuevos acontecimientos han separado sus caminos. ¿Lograrán las nuevas amistades como Alba, Paloma o Marcos volverlos a unir o todo lo contrario?

Eli conoce a Alba en el hospital, y la convence para que se acerque a sus antiguos amigos y haga todo lo posible para que Valeria y Raúl corten. Al principio, le hará caso, pero luego buscaré el perdón de la pareja.

Valeria corta con Raul al enterarse que se ve a escondidas con Eli. Además Valeria intenta hablar con Eli, pero esta le ataca. Más tarde,  aparece Marcos, un locutor de radio, que conoce a Valeria y la engaña diciéndole mentiras para acostarse con ella pero ésta llega a enterarse que es un farsante, de sus mentiras y deja de hablarle.

Bruno sigue enamorado de Esther, pero al final salen con Alba. Esther se da cuenta de que siente algo más por Bruno, pero, cuando decide decirselo, Alba le confiesa sus sentimientos hacia Bruno. Esther va a casa de Bruno, le da un beso y sale corriendo

Meri es lesbiana y tras el beso que le dio a Ester ellas dejan de ser amigas y se queda sola; decide meterse en un chat de lesbianas y alli conoce a Paloma, que se convertirá en su novia.

                Me gustan mucho los libros basados en problemas adolescentes: amor, celos… Es un libro fácil y entretenido de leer; te engancha mucho, cada capítulo te deja con ganas de más y no puedes parar de leer, aunque hay capítulos en lo que no ocurre nada interesante y te aburres, pero a mí en ningú momento se me ha hecho pesado y aburrido.

                Lo recomiendo porque te hace pensar y reflexionar sobre los verdaderos valores de la vida, como tienes que luchar por lo que quieres y por lo que te gusta. Aprendes que el tiempo pone a cada persona en su lugar y que no hay que dejar que nadie te diga lo que tienes que hacer. También aprendes que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

PREMIO CERVANTES CHICO 2013

lunes, 22 de junio de 2015

ABRACADABRA

A las ocho y media de la tarde, el Gran Prince Magic se encontraba en el paseo de la Castellana, cerca del Museo Sorolla. Momentos antes; mientras viajaba en el autobús, el viejo mago había experimentado una transformación. Una especie de energía fluía ahora en su interior, una corriente, una fuerza capaz de desplazar de su cabeza los pensamientos más negativos. Tenía que demostrar al mundo quién era él, quería hacerlo, y para ello volvería a realizar magia, la verdadera magia, la que solo unos pocos privilegiados dominaban. Él no era un ilusionista, un simple tramposo que engañaba a la gente con trucos baratos. Él era mago, un auténtico mago capaz de burlar las leyes físicas y de convertir lo sobrenatural en natural. Así lo había demostrado cientos de veces en sus distintas actuaciones a lo largo de los años. Sentía que tenía que hacer algo grande, que la energía se le escapaba por la punta de los dedos.

Hizo una pequeña prueba. Metió la mano derecha en el bolsillo vacío de su chaqueta, el mismo que había alojado el cuerpo inerte de Blanquita, y cuando la sacó portaba un llamativo balón de colores que de ningún modo hubiese cabido en un espacio tan pequeño. «Toma niño, es para ti», le dijo a un chavalin que caminaba solo y que tenía toda la pinta de ser un indigente.

«¡Gracias!», exclamó el niño con una amplia sonrisa. Y el Gran Prince Magic se sintió el hombre más feliz de la Tierra.

Comenzaba a apagarse el día y el viejo mago tomó el paseo del General Martínez Campos para dirigirse a la vieja pensión donde pernoctaba, en la callé de Santa Engracia. Al pasar ante el museo que tantas veces había visitado comprobó que estaba abierto. «Horario especial: abierto ininterrumpidamente de 9:30 a 21:30 h», leyó en un cartel. Sabía que el museo cerraba a las ocho de la tarde de manera habitual, pero siempre había jornadas especiales en las que ampliaba su horario para deleite de los visitantes, que podían dedicar más tiempo a admirar las obras de su pintor favorito. No lo dudó. El acceso para mayores de sesenta y cinco años era gratuito y su reloj marcaba las nueve de la noche. Todavía podía disfrutar durante media hora de las pinturas de un genio como Sorolla, un genio como él mismo, porque al fin y al cabo lo que el artista valenciano había conseguido plasmar en los lienzos era magia. Siempre había sido uno de los pintores preferidos de su madre, junto con los impresionistas Monet y Van Gogh, y en una ocasión, cuando su brillante carrera como mago se lo permitió, compró para ella una de las más bellas obras del artista valenciano, que más tarde, a la muerte de la anciana, fue donada al Museo d' Orsay, en París.

Sorolla había sido capaz de atrapar la luz, la energía, la misma energía que en aquel momento recorría el cuerpo del Gran Prince Magic con la fuerza de un volcán. El pintor la había sabido retener en cientos de lienzos, y el viejo mago la iba a liberar solo en uno. Un solo cuadro seria el elegido para demostrar al mundo su poder. Así lo había decidido, y con esa idea martilleándole la cabeza, y una sonrisa escondida entre los labios, se adentró en el museo.

Atravesó los tres jardines de inspiración andaluza sin apenas entretenerse en su contemplación; ya los conocía demasiado. Cruzó el patio y accedió a la sala de dibujos.

Observó algunas de las acuarelas y gouaches, pero no eran aquellas obras de arte las que buscaba. El Gran Prince Magic ya tenía claro cuál sería el cuadro en el que volcaría toda su magia.

Subió a la planta principal, dividida en tres salas, que constituyeron en su día la zona de trabajo del pintor. Un grupo de visitantes, precedidos de un guía, abandonaban en ese momento la Sala 11 y era de suponer que accederían a la III, justo la que el viejo mago necesitaba vacía y sin testigos para llevar a cabo su plan. Anduvo un tanto nervioso de sala en sala contemplando la belleza de los lienzos, el brillo del mar, la luz cegadora que parecía escapar de aquellas pinturas mágicas, como si en vez de observar cuadros estuviera mirando a través de ventanas abiertas.

Se fijó en su reloj. El tiempo transcurría demasiado deprisa y él tenía álgo importante que hacer. Apenas contaba con diez minutos. La visita guiada abandonó la Sala III y el viejo mago accedió a ella con el pulso acelerado. Todavi quedaban algunos visitantes que iban por libre; pero. no fue óbice para que el Gran Prince Magic se detuviera ceremoniosamente ante aquel enorme cuadro. Toda la energía flotaba a su alrededor y un halo de luz envolvía al anciano. Podía haber sido apreciado por cualquiera que se hubiese fijado en él, pero la gente estaba demasiado absorta en la contemplación de las pinturas, y nadie reparó en un hombre vestido de negro. El personal del museo comenzó a pedir al público que desalojarán las salas; faltaban cinco minutos para la hora de cierre. El Gran Prince Magic seguía como hipnotizado ante el cuadro Paseo a orillas del mar, una de las obras del pintor valenciano más conocidas a nivel mundial. Reparó en las dos mujeres, la blancura de sus trajes, la sombrilla abierta que portaba la de la izquierda y que parecía querer arrebatarle el viento, la arena cálida bajo sus pies, las pamelas de paja con adornos florales que portaban ambas damas, la de la izquierda cubriendo su cabeza, con una gasa que volaba sobre el rostro, la de la derecha en la mano, permitiendo que el sol y la brisa del mar acariciaran la belleza de sus facciones. Era una hermosa estampa. La madre y la hija paseando junto al mar, un mar límpido y azul en un espléndido día de verano.

Un empleado del museo reiteró el aviso de que las salas fueran desalojadas, y el Gran Prince Magic, nervioso, miró de reojo a derecha e izquierda para cerciorarse de que estaba solo. Giró la cabeza con disimulo y escudriñó tras él. Los últimos visitantes habían abandonado la Sala III. Era su oportunidad; debía actuar rápido.

Colocó su mano derecha en el corazón y miró fijamente al cuadro. Primero se detuvo un instante en la contemplación de la madre, pero entonces fijó toda su atención en la joven de la derecha, la muchacha morena de la mirada perdida. Un resplandor sobrenatural envolvía al viejo mago y lo hacía levitar, ascendía lentamente hasta quedar a la altura de las dos mujeres. «Esto no lo olvidará nadie», se dijo. Del lienzo emanaba la misma luz cegadora que de su cuerpo, y ambas se fundieron en un espectáculo extraordinario. El Gran Prince Magic no escuchó el último aviso para desalojar la sala. El viejo mago en realidad no estaba allí, había alcanzado una dimensión desconocida. Separó la mano del corazón yla dirigió a la muchacha del cuadro. Potentes rayos luminosos salieron de sus dedos. Todo estaba preparado para la magia.

«Escaparás de aquí por un año, abandonarás el cuadro y el museo y entrarás en el mundo de los vivos». Después, la luz se fue tornando cada vez más potente y el mago gritó: «¡Ahora!».

Simultáneamente, en una playa de Valencia, una muchacha morena ataviada con extrañas vestimentas apareció paseando por la orilla del mar…

Maribel Romero Soler, El Último Truco de Magia

TAREAS ESCOLARES PARA VERANO


El profesor Cesare Catà, de la Escuela de Humanidades del Centro Escolar Paritario Don Bosco de Fermo (Italia), ha revolucionado el final de curso en las redes sociales tras publicar una curiosa nota personal en su muro de Facebook. En la publicación, que se ha compartido ya miles de veces, lista los deberes que ha asignado a sus alumnos para este verano. Se trata de 15 tareas muy especiales que no solo son válidas para los niños, sino que tal vez deberían ser obligatorias también para muchos adultos. Estas son las tareas veraniegas de este profesor italiano:

  1. Por la mañana, de vez en cuando, ve a caminar por la orilla del mar en total soledad. Fíjate en cómo se refleja el sol, piensa en las cosas que más amas de la vida y siéntete feliz.
  2. Trata de utilizar todas las nuevas palabras que has aprendido este año. Cuantas más cosas puedas decir, más cosas podrás pensar y, cuantas más cosas puedas pensar, más libre te sentirás.
  3. Lee tanto como puedas. Pero no porque debas. Lee porque el verano inspira aventuras y sueños, y leyendo te sentirás como una golondrina en pleno vuelo. Lee porque es la mejor forma de rebeldía que existe.
  4. Evita todas las cosas, situaciones y personas que te generen negatividad o vacío. Busca situaciones estimulantes y la compañía de amigos que te enriquezcan, te comprendan y te aprecien por lo que eres.
  5. Si te sientes triste o asustado, no te preocupes; el verano, como todas las cosas maravillosas, agita el alma. Prueba a escribir un diario para reflejar tus sentimientos.
  6. Baila. Sin vergüenza. En la calle debajo de casa o en tu habitación. El verano es un baile y sería absurdo no participar.
  7. Al menos una vez, ve a ver la salida del sol. Quédate en silencio y respira. Cierra los ojos, agradecido.
  8. Haz mucho deporte.
  9. Si encuentras a una persona que te encanta, díselo con toda la sinceridad y la gracia que puedas. No importa si lo entiende o no. Si no lo hace, no era la persona predestinada para ti; si lo hace, el verano de 2015 os ofrecerá una oportunidad de oro para caminar juntos.
  10. Revisa los apuntes de nuestras clases, hazte preguntas y relaciona cada autor y cada concepto con lo que te sucede.
  11. Sé alegre como el sol e indomable como el mar.
  12. No digas palabrotas, sé siempre educadísimo y amable.
  13. Ve películas con diálogos conmovedores, preferiblemente en inglés, para mejorar tus habilidades lingüísticas y tu capacidad de soñar. No dejes que la película se termine en los créditos, revívela en tu verano.
  14. A plena luz del día o en las noches cálidas, sueña cómo puede y debe ser tu vida. Busca en el verano la fuerza para no renunciar nunca y haz todo lo que puedas para perseguir ese sueño.
  15. Sé bueno.

domingo, 21 de junio de 2015

PARTITURA OBLIGADA

         

Aprovechando que hoy es el Día de la Música, os subo este cuento de Angela López Rojo, alumna de nuestro instituto; es el relato ganador de la XXI edición de Cuentos del Aula.
Porque la nada puede ser el todo y un todo puede no ser nada, porque atroces reminiscencias del pasado percutían con fuerza en su mente, porque una pesadumbre invadía irremediablemente su cuerpo y, lo que es peor, su alma.

Era un atardecer plácido y solemne cuando Margot se recreaba en el banal hecho de trasplantar unas delicadas dalias en un inhóspito rincón de su jardín, poniendo todo su esmero y empeño para que esas flores pudiesen desarrollarse sin ningún límite, posponiendo el irrefutable instante en el que se marchitasen. A ella le gustaba el crepúsculo, pues sentía en su interior una extraña sensación de tranquilidad: todo volvía a su lugar al final del día. No obstante, en aquella vespertina situación, Margot sentía en su interior un cierto malestar. Al contrario que las dalias a las cuales les había proporcionado tierra nueva para expandirse y crecer, ella notaba que se ahogaba en una cruenta pelea, que podría desvanecerse y desaparecer en cualquier momento. Tan solo la fuerza y sensibilidad del sonido del violonchelo en el concierto de Elgar que estaba escuchando mientras llevaba a cabo las labores de jardinería, le permitió dilucidar lo que era real y lo que no.

Terminada la tarea, se dirigió a la puerta trasera de su casa, pues comunicaba directamente con su acogedora y amplia cocina. Abrió la nevera y revisó si disponía de todos los ingredientes necesarios para la cena. Ella jamás hubiese imaginado que algún día acabaría limitándose a mantener su hogar, es más, lo hubiera repudiado. Ahora se odiaba a sí misma por haber sido tan estúpida y haber estado tan sumamente ciega. Margot siempre había sido muy ambiciosa en sus perspectivas de futuro; tener una brillante carrera como concertista, viajar y aprender idiomas, emprender alguna disparatada aventura y luego reírse años más tarde contando alguna anécdota junto a sus amigos… En definitiva, vivir plenamente, sin límite alguno. No obstante, pudo comprobar que, a veces, planes que se erigen magnánimos ante nuestros ojos, pueden quedar como un humillante fracaso plasmado en papel mojado. Su hermana y su madre le sermoneaban sobre aspectos como la suerte, el destino, la búsqueda de sentido a la propia existencia. Margot, aburrida, asentía para no disgustar a dos de las pocas personas que aún se preocupaban por ella. Intentaba sonreír para aparentar ser feliz. Eso sí que no podría lograrlo jamás. Entre corte y corte de verduras, meditaba acerca de todos estos asuntos que siempre rondaban por su complicada cabeza. Cuando parecía que el guiso ya estaba preparado, avisó a su marido para que acudiese a cenar.

Sentada a la mesa con Jack, sentía punzadas de odio en su estómago. En otras ocasiones había sido admiración, felicidad, simple indiferencia e incluso, en un tiempo remoto, del cual ya no podía ni siquiera atisbar a recordar, amor. Al fin y al cabo, puede que esos dos sentimientos extremos, amor y odio, fueran dos caras distintas de una misma moneda que se lanza a traición. En cierto modo, culpaba a Jack de su fracaso. Con sus prósperas promesas de una vida juntos, en armonía, la había obligado a elegir entre renunciar a sus aspiraciones o a él. Era definitivamente un ser inseguro y desconfiado, pues había aborrecido secretamente a una joven Margot por continuar con sus programas de estudio, sus giras de conciertos. Puede que se sintiese insatisfecho con él mismo y no quisiera ser eclipsado por su deslumbrante compañera. En su ignorancia, había intentado convencerse de que su adorado Jack siempre trataría de pensar en el bienestar de ambos, claro. Creyó que era ella la que estaba errada al centrarse tanto en su carrera, su violonchelo, por lo que decidió tomarse una temporada de descanso. Además, le ayudaría a comenzar otra etapa con fuerzas renovadas. Pero ese ansiado momento nunca regresó. Por un motivo u otro, siempre se iba postergando, y ella, se engañaba con argumentos que de ningún modo podrían haber tenido un ápice de verosimilitud. Con los años, se empezaba a dar cuenta de que era Jack el que estaba formado por una maraña enredada de hilos y fibras que solo conocían el egoísmo como único componente: le había arrebatado tantos pedazos de su alma y ahora le parecía tan difícil recuperarlos
Se limitaban a esquivarse la mirada y a saborear la comida con parsimonia, intentando ignorar la presencia del otro. Definitivamente, si alguna vez existió un hilo que los hubiese mantenido unidos, se había esfumado. Los últimos años habían transcurrido sin que Margot se percatase del vacío que paradójicamente inundaba todo debido a la presencia de Inés, su hija muerta, su otra también parte de espíritu perdida. Había sido definitivamente el motivo por el cual había podido soportar lo absurdo de su matrimonio. La niña fue un ser humano puro y libre. Nació con otro talento distinto al de su madre, pero seguro que ambos procedían de una fuente común, de un mundo inimaginable donde reinase el arte en todas sus manifestaciones posibles, donde cada espíritu estuviese libre de ataduras mundanas y banales, donde fuesen almas danzando en un paraíso habitado por las más hermosas e inocentes criaturas. Jamás podría nada borrar en su memoria los días de verano en los que tocaba su carismático chelo, mientras que la pequeña Inés daba rienda suelta a su imaginación, dibujando fantasiosas mariposas volando en un cielo azul, abarrotado con agitadas golondrinas en los albores de la primavera. ¡Qué horas más adorables y preciadas, cuando la esencia de la vida era palpable en el aire que ambas respiraban!

Cuando ambos habían saciado su apetito, Jack se levantó de su silla y, sin mostrar siquiera un humilde gesto de agradecimiento hacia su esposa, cogió un paquete de cigarrillos y salió al porche un rato. Siempre le había gustado disfrutar de un momento de relajación contemplando el cielo nocturno, sobre todo en verano, mientras que fumaba empedernido. Quizás fuese para hallar la inspiración literaria que nunca fue capaz de encontrar. Margot sospechaba que el motivo por el cual le prohibía tocar el violonchelo en su presencia y se había irritado en más de una ocasión al ver a la pequeña dibujar, fuese llanamente la envidia. Intrincada en la condición humana desde tiempos inmemorables, la envidia se esconde como un ser macabro que se regocija al encontrar un escondrijo en algún alma insegura, haciendo que aflore a la superficie lo peor que cada persona lleva en sus entrañas. Los tiempos en los que los gritos y la furia eran justificados por el estrés o la tensión a la que estaba sometido su marido en el mediocre periódico local en el que ocupaba el puesto de redactor jefe, tenían un inminente final.

Aquella noche Margot no pudo apenas conciliar el sueño. Todo eran recuerdos nefastos en su abrumada memoria: gritos, lágrimas, culpabilidad, remordimientos, pesadillas, somníferos, desesperación, angustia… Vivió de nuevo, nítidamente, el episodio de la muerte de Inés. Ocurrió durante un radiante día primaveral, por lo que esta estación del año le parecería, los días que le quedasen de vida, tediosa. Por aquel entonces sentía algo similar a la felicidad, aunque nunca había estado del todo segura de que este sentimiento realmente existiera. Había sido la mejor época en la vida laboral de Jack. Además, había sido invitado a la fiesta en la que se celebraría el auge del periódico. Naturalmente, decidió pedirle a Margot que le acompañase. El resto de sus compañeros debían conocer que él, Jack Murray, había sido capaz de conquistar y, en su fuero interno, dominar, a aquella mujer de exótica belleza. Ella siempre tuvo el temor de que sus expresivos ojos pardos, su rojiza melena ondulante, su esbelto cuerpo, hubiesen sido el único motivo por el que algún día Jack se enamorase de ella. Le asaltaban tantas dudas y tantos pensamientos atroces. Margot decidió (o fue obligada) a asistir a aquella gala. Se vistió con un elegante y sencillo vestido de gasa de un rosa pálido, con su cabellera suelta reposando sobre sus hombros. Dejaron durmiendo a Inés en su cuarto, plácidamente, sumida en un sueño envidiable.

Las fiestas habían supuesto un aspecto desconcertante para Margot. Un sinsentido en el cual gente que apenas se conoce, hace alarde de los aspectos más superfluos de sus vidas. Por otro lado, qué sentido tiene compartir inquietudes, sueños, proyectos, lo más íntimo y personal, con completos desconocidos. En fin, todo una maldita paradoja sin ninguna posibilidad de ser desentrañada. Aunque esbozara una encantadora sonrisa con sus delicados labios y asintiese asiduamente, a Margot le importaba lo más mínimo el parloteo de aquellos desconocidos acerca de las noticias que llegaban de Wall Street y las subidas y bajadas en la bolsa, de sus insignificantes inversiones en algún fondo alentador, de los más sonados escándalos entre los iconos de entonces, de las últimas novedades en el mercado automovilístico… Era insufriblemente aburrido y giraba en torno al detestable dinero. No entendían que todo aquello les confería una personalidad vacía, al menos ante los ojos de Margot. De pronto, mientras Jack se emborrachaba y se dejaba llevar por todos esos cretinos, Margot intuyó que algún fatídico suceso se cernía sobre ella. Pasada ya la medianoche, el matrimonio llegó a su casa. Ella agarró la llave e intentó encajarla en la cerradura, pues de ningún modo podría haber sido él capaz de hacerlo en su estado. Abrió lentamente la puerta para no hacer demasiado ruido y fue la escena que se presentó ante su campo de visión la que perturbó el transcurso de los acontecimientos. Dejaron de girar los cuerpos celestes para ella: su hija yacía bajo las escaleras presentando una fuerte contusión en su pequeño cráneo. La niña que era el principal motivo para seguir viviendo cada día, la persona que, a pesar de sus seis años de edad, era la que mejor la comprendía, la que compartía sus ensoñaciones y sus fantasías, estaba muerta, inerte, sin ninguna chispa de vida presente en su angelical rostro. Margot rompió en un colérico ataque de rabia e impotencia frente a ese trágico y desgraciado giro en el destino. Empezó a romper jarrones, platos, cerámicas, cuadros, intentando encajar en sus esquemas mentales la muerte de Inés. Jack la abofeteó incesantemente hasta que él mismo cayó abatido en el portal, incapaz de poder derramar ni una sola lágrima.

En la mente de Margot también se arremolinaban difusos recuerdos del funeral de su hija. Un ataúd, un cuerpo inerte. No podía ser, no era posible que su enérgica niña fuese a descomponerse como una simple manzana. No era justo, era inconcebible. No, se negaba a creerlo, debía estar delirando, no. Inés debería estar jugando con las coloridas mariposas en el jardín, no enterrada en un mísero terreno. ¿Por qué ella? ¿No había pasado toda su vida intentando complacer a los demás, siendo amable, cordial, generosa? ¿No era lo que se supone que debía hacer, renunciar a su talentosa carrera musical y trasladarse desde su querida California al corazón de Texas, lugar que siempre le había disgustado, para vivir en la casa que Jack había comprado? Robarle a su pequeña, herirle en lo más profundo de su alma… Que su hija Inés, en un intento de bajar a la cocina a por un vaso de agua, se hubiese tropezado y caído por las escaleras, era algo tremendamente ruin por parte de quien lo hubiese dispuesto de ese modo. Lo peor era que por mucho que implorase o se lamentase, jamás nadie se la devolvería de nuevo. Ni pasado un año Margot era capaz de dormir profundamente. La culpa la devoraba por dentro; si no hubiese acompañado a Jack a la fiesta de esos estúpidos periodistas, ¿seguiría Inés viva? Nunca lo sabría certeramente.

        Algunas horas más tarde, Margot se despertó, si así podía considerarse, pues apenas había conseguido dormir. Giró la cabeza y comprobó que Jack se había ido ya al trabajo. En las últimas semanas, debido al desdén que sentía hacia ella, habían dejado de compartir el típico café matutino. Tal era el deseo de esquivarse el uno al otro. Inmediatamente, Margot Sullivan tomó una decisión inamovible: huiría. Partiría hacia Europa, más concretamente a Londres. Allí le sería posible encontrar algún empleo y podría retomar sus estudios de violonchelo. No tendría siquiera que vivir en un entorno donde el idioma fuese desconocido para ella. Además, podría intentar localizar a algunos antiguos amigos que se habían trasladado a la capital británica hacía unos años. De pronto, vio todo con una clarividencia que le impulsó a sacar fuerzas para poder afrontar esta nueva etapa en su vida. Al fin y al cabo, se lo merecía.

Minutos más tarde, Margot preparaba frenéticamente lo indispensable para el viaje. Cogió lo estrictamente necesario, pues tampoco le convenía llamar la atención en el vecindario. Mientras elegía las prendas de ropa que llevaría consigo, le invadió una extraña sensación. No podía parar de conjeturar acerca de la reacción de Jack cuando advirtiera que ella había decidido abandonar la vida que teóricamente compartían. Tal vez sentiría rabia por dejar de poseer la pieza más valiosa de toda su colección. Quizá humillación por verse rechazado. A lo mejor incluso sentía alivio por no tener que pensar lo más mínimo en otra persona que no fuera él mismo. En cualquiera de los casos, Margot se percató de que en su alma no había espacio para más perdón. A lo largo de los años, había sido misericordiosa en reiteradas ocasiones. Como consecuencia, sentía en su interior profundas hendiduras que iban perforándola lenta y dolorosamente. Todo tiene un límite y ella estaba segura de que el suyo hacía tiempo que rebosaba. No obstante, tenía una gran duda que giraba en torno a escribir o no una nota de despedida a Jack. Siempre había sido muy devota a comunicar explícitamente cualquier imprevisto que le pudiese haber surgido. Sin embargo, esto era mucho más que una reunión inesperada en el colegio de la niña o una urgente visita al dentista. ¿Cómo podría expresar en una hoja de papel todo lo catastrófico de su matrimonio, la soledad que le afligía, el fracaso que sentía, las esporádicas, pero cada vez más frecuentes, punzadas de odio hacia Jack que afloraban en su piel? Definitivamente no tenía ánimo para escribir, no podía. No deseaba tampoco que él se diese cuenta del abundante rencor que tenía almacenado en su pecho.

Con su funda del chelo colgada en la espalda, una maleta pendida de una de sus manos y un mapa en la otra, Margot estaba totalmente preparada para emprender una nueva vida. Debido a que siempre encontró un cierto encanto en viajar en tren, escogió este medio de transporte para dirigirse a Tennessee y, posteriormente, a Virginia. Entonces sería el momento de embarcar en un avión rumbo a Londres. Durante el trayecto, tomó un té negro con canela, pues siempre le había resultado esta especia un tanto mágica y, lo más importante, le recordaba a los momentos más felices de su infancia. Su abuela , que junto a Inés conformaban la pareja de personas más excepcionales que jamás había conocido Margot, acostumbraba a cocinar postres que rociaba con canela a la vez que inventaba historias, no sin un notable cariz mitológico, para disfrute de su nieta. Esa calidez embriagadora de los fogones mezclada con el olor a canela y la placidez que se nos otorga en los más tempranos años de nuestras vidas, era algo que Margot añoraba. De pronto se dio cuenta de que la chica del asiento que se situaba justamente enfrente del suyo, leía La señora Dalloway. De nuevo estalló en su memoria con intensidad una nube de recuerdos, pues había leído ese enigmático libro a los catorce años, durante las calurosas tardes de verano que pasaba junto a su hermana en el lago cercano a su casa.

A Margot le parecía francamente increíble lo poderosa e intrigante que puede ser la mente humana en comparación con la fragilidad de nuestros cuerpos. Definitivamente, asombroso. Mientras cavilaba sobre esta certeza, el tren llegó a Tennessee. Optó por quedarse en su asiento intentando conciliar el sueño en lugar de bajar a una cafetería cercana a la estación. Cuando todos los pasajeros hubieron subido al vagón, el tren emprendió de nuevo la marcha hacia Virginia. El final del trayecto se aproximaba.

Llegó el momento de apearse y a Margot se le ocurrió la idea de pasar el resto del día en la playa hasta que fuese la hora de dirigirse al aeropuerto. A su parecer, la perspectiva de pasar unas horas sola junto al mar era bastante atractiva. Culminarían allí todos sus pensamientos más oscuros, sus temores, sus angustiosas reflexiones. Además, el mar, extendiéndose en el intento de alcanzar el horizonte, lleno de vida y, al mismo tiempo, rezumando ese sosiego tan apaciguador, conformaban un entorno idílico para organizar todas sus ideas.


Una vez tumbada cerca de la orilla, sintiendo que sus pies se hundían en la húmeda arena y su piel rozaba algún áspero guijarro, Margot sintió que se derrumbaba, que era engullida por un tornado de emociones, que se ahogaba durante una tempestad en un océano enfurecido. No entendía ni ella misma si la fuerza de ánimo con la que contaba hacía un par de horas se había evaporado o si había sido una simple ilusión, un arma de defensa contra el abatimiento. Vislumbró unos escarpados acantilados y no dudó un solo instante. Escaló sintiendo que se quedaba sin aliento, con el corazón bombeando trabajosamente su sangre. Cuando se situó en el borde de éstos, habiendo ascendido la máxima altura de aquellos fatídicos acantilados, Margot Sullivan se precipitó ofuscada. Ya nada tenía sentido, ni Londres, ni su música, ni la posibilidad de comenzar otra vida distinta junto a un nuevo hombre… La razón era muy sencilla de comprender: ella no quería. Ni tampoco deseaba ser presa de sus tretas para aparentar ser una persona que no era. Margot se golpeó su perturbada cabeza con una afilada roca y, esta vez sí, se ahogó entre las oscuras aguas del mar y las olas que llevaban su cuerpo muerto hacia las intrincadas profundidades del océano.

Todo quedó en calma, un silencio impenetrable envolvía aquella playa.

Su violonchelo quedó presenciando aquel misterioso y, a su vez, bello atardecer.

Angela López Rojo

jueves, 18 de junio de 2015

EL VIRUS DE LAS PALABRAS

Alena Graedon nos sitúa en un mundo en el que los libros, las bibliotecas y los periódicos son parte del pasado, panorama tristemente creíble a la vez que aterrador. Las palabras han desaparecido de la faz de la tierra para siempre.

A lo largo de la compleja trama vamos conociendo las características de un mundo original, un futuro alternativo y distópico en el que el papel se ha convertido en una reliquia para nostálgicos, y el lenguaje y la escritura han sido sustituidos por unos dispositivos portátiles a los que las personas viven pegados, unos memes que son algo más que un instrumento para comunicarse, son tan intuitivos que toman decisiones y se anticipan a las necesidades de cada ser humano, piensan por él. nos encontramos en un mundo donde el lenguaje pierde su sentido y hace enfermar a sus usuarios hasta casi llevarlos a la muerte.

 Anana Johnson se encuentra ayudando a su padre, Douglas Samuel Johnson, en la confección del Diccionario Norteamericano de la Lengua Inglesa, un diccionario que nunca se imprimirá. Pero un día, Doug desparece sin dejar rastro.

Douglas había sido la única persona en advertir sobre el peligro de la desaparición de todo lo relacionado con la escritura: notas de agradecimiento, caligrafía, periódicos, bibliotecas, archivos, sellos, etc. Ni gobiernos, ni medios de comunicación ni la industria editorial hicieron caso de sus advertencias sobre las consecuencias de “la enfermedad de descomprensión que pudiera provocarnos el progreso”.
Anana creía que su padre siempre había actuado solo en su cruzada, pero después de su desaparición comprueba que había otras personas que compartían sus extrañas convicciones, además de descubrir un código secreteo de su padre para advertirla de una situación de peligro.

Comienza así una peligrosa aventura, una búsqueda que la lleva irremediablemente a sótanos oscuros, pasajes subterráneos, reuniones secretas y los sagrados recintos del hogar espiritual de la palabra escrita.

El virus de las palabras es una original e inquietante novela de Alena Graedon que nos invita a reflexionar sobre hacia dónde nos dirigimos con la invasión tecnológica, qué ventajas tiene, cuáles son sus inconvenientes y peligros, y qué capacidades y valores estamos sacrificando por el camino, si algún centro de poder utilizara esa tecnología para su propio beneficio sin pensar en las consecuencias. Nos muestra los aspectos más controvertidos del avance tecnológico en nuestra sociedad, y nos advierte sobre la excesiva dependencia de las nuevas tecnologías.

El punto de partida es muy simple: la práctica desaparición de los diccionarios y la simultánea comercialización por parte de una compañía de dispositivos móviles de sus definiciones que pasan a ser de propiedad privada, y si las máquinas pueden llegar a transmitir un virus informático a los humanos. Se van alternando dos narradores en primera persona, Anana y Bart (mediante  fragmentos de su diario). Junto a ello encontramos textos "infectados" que pueden resultar pertubadorores. Su ritmo de lectura es bueno, lo que facilita el interés del lector por el relato

Los temas que subyacen son los mecanismos de creación del lenguaje y su influencia en la sociedad, junto a la dependencia de los dispositivos informáticos que favorecen la pérdida de comprensión lectora e impiden la comunicación. Como la propia autora dice: “El final de las palabras significaría el final de la memoria y del pensamiento. En otras palabras, de nuestro pasado y futuro”.

miércoles, 17 de junio de 2015

VIAJE DE FIN DE CURSO

- ¿María, llevas todo para la excursión?
- Creo que sí, mamá; vamos, ve a por el coche, que no llegamos.
- Voy, hija, voy
Una vez que estuvimos en  la estación de autobuses, le di un beso a mi madre y me subí al autobús con Ana.
Este era un viaje de fin de curso del instituto, íbamos a ir a las lagunas de Ruidera a pasar una semana todos juntos. Lo peor del viaje es que se viene Rosa; es la típica chica que se cree superior a los demás, y, además, me odia. Tuvimos un problemilla cuando éramos pequeñas y, desde entonces, no cruzamos palabra.
El viaje se hizo bastante largo, ya que tenía tantas ganas de llegar que  los minutos me parecían horas. Cuando llegamos nos asignaron las habitaciones y, como era de temer, me habían puesto con Rosa, a pesar de que los profesores saben cómo nos llevamos. ¡En fin, va a ser una semana muy dura!
Eran las ocho de la tarde, así que nos dejaron una hora para instalarnos, y a las nueve teníamos que estar en el comedor para la cena.
Por la noche, no podía dormir, no sólo porque la presencia de Rosa me inquietaba sino porque estaba nerviosa: al día siguiente, íbamos a ir a una cueva muy famosa, y yo estaba llena de expectativas, intrigada, pero, a la vez, me daba miedo porque soy un poco claustrofóbica. Hice el juego de contar ovejitas y, poco a poco, fui durmiéndome.
- ¡¡¡Vamos arribaaa!!!
- Cállate ya -dijo Rosa.
- ¿Qué pasa? -dije algo aturdida.
- ¡En cinco minutos abajo, es hora del desayuno!
Yo no quería tener problemas con Rosa, aunque ella no parara de pincharme, yo no respondía y, cuando estuve lista, bajé para encontrarme con mis amigas y empezar esta maravillosa semana.
Desayunamos, nos preparamos y salimos para la cueva.
Esto era el colmo, encima que tengo que estar con ella en la habitación, tengo que ir también en la canoa. ¡Eso sí que me daba miedo! No sabía que había que pasar a la cueva en canoa, no sé nadar.
La cosa no iba bien, estaban ya todos fuera, esperándonos, pero no nos poníamos de acuerdo y nos estábamos peleando, una cosa llevó a la otra y, cuando me di cuenta, me estaba cayendo de la canoa. ¡Qué horror!
Estaba intentando salir, pero no conseguía subir a la superficie, intenté agarrarme a las paredes y toqué un pomo, espera, ¿un pomo? ¡Eso significa que hay una puerta! ¿Qué hace una puerta en la pared de una cueva? Noté que alguien me agarraba y me olvide de aquello tan extraño que me acababa de ocurrir.
Ya me había tranquilizado un poco y me acordé de la puerta, tenía muchas ganas de volver allí, así que hice un plan, se lo conté a mis amigas y fuimos por la noche.

Cogimos unas mascarillas de buceo para aguantar debajo del agua, también ropa cómoda, un par de linternas  y salimos. A Lucía le daba un poco de miedo pero como íbamos todas se vino.
Bajamos todas juntas y conseguimos ver de nuevo la puerta, tras mucho esfuerzo la conseguimos abrir. A pesar de que llevábamos linternas no se veía bien, lo suficiente para ver un baúl.
Abrimos el baúl y había unos papeles aparentemente muy viejos, así que los metí en una bolsa y luego en mi mochila para que se mojasen lo menos posible y no se estropeasen.
Al día siguiente, les enseñamos los papeles a nuestros profesores, aunque sabíamos que nos iban a castigar por escaparnos, no podíamos quedarnos calladas, tenía pinta de ser muy importantes.
Los estuvimos leyendo todos juntos y era un final alternativo del famoso libro El Quijote, firmado por Cervantes, ¡no me lo podía creer, había otro final de El Quijote y yo la había encontrado!
Mis profesores llamaron a unos especialistas de Madrid para que verificasen esos documentos. Tras unos días de espera, nos confirmaron que eran verdaderos, ¡qué eran de Cervantes!
Nuestro instituto fue galardonado con la insignia del Real Instituto de la Academia de la Lengua Española; es una mención muy importante, y pocos institutos en España lo tienen.
Vino la prensa, la radio, la televisión a hacernos entrevistas por este maravilloso descubrimiento.
Por lo visto, Cervantes tuvo que esconder este final por las persecuciones que sufría.
HEMOS MARCADO UN ANTES Y UN DESPUÉS EN LA HISTORIA LITERARIA ESPAÑOLA.
María Navarro Carreto

VIAGRA


martes, 16 de junio de 2015

HOY ES EL DÍA MÁS HERMOSO DE NUESTRA VIDA


Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la bueno conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén.

(Cita atribuida a Miguel de Cervantes)

El sol salió por el horizonte, como siempre; los rayos del sol atravesaban la fina cortina del dormitorio rompiendo la penumbra de la habitación. Adrián, en su cama pero despierto, contemplaba como los objetos de la habitación parecían cobrar vida con la luz del amanecer. Sí, el sol salió por el horizonte, como siempre, pero no era un día cualquiera.
A pesar de ser muy temprano Adrián no podía dormir, así que decidió levantarse y darse una ducha para espabilarse del todo. Era un chico joven, o al menos con veinticincoaños a mi me lo parecía, tenla el pelo moreno y rizado, y unos enormes ojos grises... o azules... o verdes, no sabría deciros. Era delgado y alto, de piel muy blanca, casi pálida, y portaba una sonrisa encantadora. Se duchó rápido y sin hacer mucho ruido, no quería despertar a su madre, aunque tenía claro que ella se levantaría enseguida, siempre lo hacía, y más si él estaba en casa, pues le encantaba prepararle el desayuno a su "pequeño". Con el albornoz puesto y el pelo todavía húmedo, volvió a su habitación y abrió el armario, ¿Qué me pongo?, pensó para sí mismo, cogió unos vaqueros y una camisa para luego volver a dejarlo todo en su sitio otra vez y decidirse finalmente por un pantalón de tergal azul y un jersey de hilo gris, que hacia juega con sus ojos, y comenzó a vestirse.
- Adrián - dijo su madre desde la habitación contigua - ¿Te hago el desayuno?
- Déjalo, mamá, mejor sigue durmiendo y ahora me preparo yo un café.
- ¿No quieres que te haga algo, unas tostadas, un zumo…?
- Que no, mamá... duérmete
Su madre ya no contesto, sabía muy bien que si su hijo decía que no a algo, era que no; de manera que prefirió dejarlo y seguir durmiendo un poco más, aún a sabiendas de que ya no podría dormirse y se levantaría en cuanto este se marchara.
Adrián por su parte, una vez vestido, se fue a la pequeña cocina del apartamento y se calentó una taza del café que había hecho el día anterior. Se comió un par de galletas María sin llegar a sentarse en una silla y volvió de nuevo a su habitación para coger un par de cosas. Debía de irse pronto, no quería llegar tarde.
Ahora, con el sol más alto, la habitación aparentaba ser mayor, y los lomos dorados de los libros de las estanterías parecían diminutos soles a punto de estallar. Adrián cogió su cartera de piel y metió dentro unos folios unos lápices, un borrador, un sacapuntas y una pluma, que era un regalo de su madre. Se quitó las zapatillas, se puso sus mejores zapatos, los negros de cordón fino, limpios y brillantes, y salió hacia la puerta de la casa donde en la entrada estaba colgado su abrigo negro y su bufanda de cuadros. Se lo puso todo y salió del piso sin hacer apenas ruido. Cuando iba a cerrar la puerta escuchó una voz que le decía:
- Abrígate, no vayas a coger frío .
-Si, mamá... y duérmete, por Dios.
Sonriendo para sus adentros, bajó los dos pisos que le separaban de la calle, por la estrecha escalera, una escalera antigua, como el edificio, con un pasamano de hierro negro y el suelo de terrazo, pintada de un blanco impoluto y con un fuerte olor a lejía.
Abrió la pesada puerta, también de hierro negro, y respiró el aire de la calle, ese aire plomizo de ciudad, con olor a gasolina, a polución, vamos, a ciudad, a su ciudad. Pero a él le encantaba; de hecho, no había respirado otra cosa en toda su vida, salvo cuando se iba una semana de vacaciones a la playa con sus tíos, pero enseguida la echaba de menos.
Con pasos largos y firmes avanzó por la acera en busca de la estación de cercanías que había a pocas calles de allí, la misma estación donde años antes solía ir con sus amigos a poner monedas en las vías, ¡qué recuerdos...!
- ¡Adiós, Adrián! -dijo la señora de la panadería que estaba barriendo la entrada de su local- ¡que guapo vas esta mañana! ¿quieres un bollo? Los acabo de sacar del horno.
- No, Doña Luisa, muchas gracias, pero tengo prisa .
Doña Luisa era la panadera de aquel lugar desde antes de que naciera Adrián y lo había visto crecer, lo quería como a un hijo, aunque lo cierto es que tenia edad para ser su abuela. Adrián siguió caminando por la acera, conocía bien aquellas calles, se sabía de memoria cada rincón de aquel barrio, cada casa, cada lugar, la peluquería, la tintorería, el bar de Paco, el colegio... Hoy estaba nervioso, como aquellos días en los que tenía un examen y había estudiado poco, pero no podía permitírselo, no, ¡debía de estar tranquilo! Esa mañana era muy importante, y la ilusión era mayor que su miedo; recordó las palabras de aquel viejo profesor que le daba historia, "los grandes hombres nunca se dejan vencer por sus miedos", tal vez hoy era el momento de poner en práctica aquella frase. No     había mas remedio y al pensar en ello no pudo evitar tocarse la cruz que llevaba colgada al cuello. Era un recuerdo de su abuelo que llevaba encima desde que era muy pequeño.
- Adrián, chiquillo, ¿a dónde vas? Pasa a tomar un café.
Un hombre de unos sesenta años con el pelo canoso y una generosa barriga, asomó por la puerta del bar al verlo. Era Paco, el dueño. Adrián habla trabajado para él de camarero en la terraza algunos veranos, tiempo atrás, y se había ganado su cariño.
- No puedo, Paco, gracias, tengo prisa, luego te lo cuento todo más despacio.
- Eso espero, niño, .le dijo sonriendo y volviendo a meterse adentro.
En apenas cinco minutos ya estaba en la estación, la vieja estación de ferrocarril donde tantos días había cogído el tren para ir a la Universidad cuando decidió estudiar una carrera. Aquel viejo edificio le traía tantos recuerdos, sus paredes viejas y grisáceas, sus desgastadas bancos en la sala de espera, ese aroma tan peculiar en el ambiente, mezcla del café de la cafetería, los perfumes de las mujeres y el propio olor de los trenes que allí paraban. Adrián saludó con la mano al empleado de la taquilla, lo conocía de tantas veces que lo había atendido y salió al andén, Su cercanías estaba haciendo la entrada, por eso tenia tanta prisa. La gente se agolpaba en las puertas de los vagones para subir, y, aunque no iba lleno, era previsible que se llenaría antes de llegar a su destino: todo el mundo quería ir a trabajar a la misma hora. A pesar de las prisas de la gente, cuando él subió, todavia quedaban asientos libres. Se fue al centro del vagón, donde dicen que se mueven menos los trenes, y se sentó junto a la ventanilla. El tren se puso en marcha y la estación desapareció de la ventana, dejando a la vista el paisaje urbano que a Adrián tanto le gustaba contemplar. La ciudad era un ser vivo ante sus ojos, por sus venas, personas y vehículos iban de un lado para otro, transportándolos a a ellos mismos, sus mercancías o sus sueños, igual que él en ese instante.


Hipnotizado por el sonido de las vías apenas se dio cuenta de que hacían su primera parada, pero al hacerlo miró instintivamente hacia las puertas del vagón. Un puñado de personas entró en tromba, y, conforme fueron disolviéndose, apareció una chica menuda y rubia, de ojos pardos como el lomo de un visón. Llevaba una falda larga y un chaquetón de cuero, ambos negros; por arriba, asomaba un jersey rojo de cuello vuelto. Se quedó mirando y enseguida lo vio. Grácil, sutil, liviana, caminó hacía él, mientras este le ofrecía la mejor de sus sonrisas. Sin preguntar nada se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
- Hola Adrián, me alegro de verte, aunque tampoco me sorprendes Tino me dijo lo que había y esperaba verte por aquí cualquier mañana. Hoy es el gran día, ¿verdad?
Adrián la contempló con la serenidad del que disfruta de una puesta de sol. Lorena, su antigua novia de la universídad, a pesar de los años seguía poniéndolo nervioso. Posiblemente era algo que no se le pasaría nunca, ¡qué se le iba a hacer!
- Yo también me alegro de verte Lorena... Estas increíble - dijo tras unos instantes- Pues, la verdad es que si, hoy es el gran día.
- ¿Y qué, estás nervioso? Yo lo estaría -dijo cogiéndole la mano.
- No es como cuando tentamos un examen con don Severino, pero, sí, la verdad es que sí, un poco. -dijo mirándola a los ojos fijamente.
Al decir aquello Lorena soltó una carcajada y comenzó a hablar de aquellos años en los que iban juntos al colegio. En la mente de Adrián los recuerdos empezaron a aflorar como pequeñas margaritas. Sin darse cuenta ninguno de los dos, el vagón se abarrotó de gente, gente ajena a ellos, a sus risas y a sus miradas. Su estación de destino llegó pronto, muy pronto; para Adrián, quizás demasiado pronto. El tren comenzó a detenerse y la mayoría de los viajeros fueron poco a poco abandonando sus asientos en busca de las puertas de salida. Ellos se levantaron los últimos, sabiendo que tenían tiempo de sobra para bajar, y se pusieron al final del pelotón de viajeros. Al salir del tren el frio atacó sus rostros y comenzaron a exhalar aire caliente por la boca en forma de vapor.
- ¡Caray! - dijo Lorena - hace ahora más frío que cuando subimos, ¿no te parece?
- Ya lo creo, y encima parece que va a llover -contestó Adrián- será mejor que nos demos prisa.
Escoltados por un tumulto de desconocidos, cruzaron el interior del vestíbulo y salieron  por fin a la calle, a la ciudad, y allí ambos se detuvieron.
- Bueno, supongo que aquí nos separamos -dijo Adrián- por cierto, no te he preguntado, ¿Qué tal tu trabajo?
- Bien, un poco aburrido, pero bien. El típico trabajo de una gestoría, ya sabes -dijo Lorena ofreciendo una de sus discretas sonrisas.
Un abrazo, un beso, y poco más. Lorena se dio la vuelta y se marchó perdiéndose entre las personas que abarrotaban aquella acera, y Adrián se quedo unos instantes contemplándola marcharse como una flor en un río arrastrada por la corriente, "¡Adiós, Lorena!", pensó para sí mismo. Una fina lluvia comenzó a caer. Se subió el cuello del abrigo y, con su cartera bajo el brazo y las manos en los bolsillos, se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta. Se hacía tarde.
Resulta curioso cómo puede ser posible que a pesar de estar rodeado de gente, a veces uno puede sentirse solo. Tal vez fuera por la lluvia, por el frío día o simplemente por sus nervios, pero le daba la impresión de que la gente no lo veía, se sentía como un fantasma al que nadie puede ver, aunque él podía verlo todo. Las aceras comenzaban a estar mojadas y le daban al paisaje un cierto aspecto de postal, pero él, a pesar de sus nervios,ahora era capaz de recordar donde se había dejado el paraguas que en esos momentos tan bien le habría venido. Se puso la cartera en la cabeza y aceleró el paso.


El edificio al que iba ya podía verse, y conforme avanzaba, los nervios iban atenazando su estómago. No era miedo, era incertidumbre, y aunque no dudaba de sí mismol, no sabía muy bien lo que iba a pasar a partir de ese día. De no haber sido el hijo de una madre soltera, podría haber hablado antes con su padre de algunas cosas que le preocupaban, y habría obtenido respuestas menos protectoras que las que le daba su madre, ¡qué contenta se puso cuando se lo dijo! ¡Cuánto le debía, cuánto la quería!
Se detuvo frente a un enorme edificio con la parte inferior de la tachada en piedra, pero sólo la parte de abajo, todo lo demás eran enormes ventanas con cristales tintados: era un edificio de oficinas. Respiró profundo y cruzó la enorme puerta de acero, y al pasar miró a todos lados como buscando a alguien, pero no lo encontró. En su lugar, un tipo alto y de cara agria, vestido de conserje, abandonó el mostrador del enorme vestíbulo y se acercó hasta él.
- Buenos días -dijo aquel hombre con voz áspera- ¿se ha perdido usted? El edificio de Hacienda está más adelante, si es lo que está buscando.
Adrián miró al conserje algo intimidado pero, antes de que pudiera contestar nada, la voz de un señor elegantemente vestido surgido de la nada se introdujo entre los dos.
- El señor no se ha perdido, Sebastián -dijo el elegante caballero al conserje- El señor es Don Adrián Blázquez, un nuevo miembro de nuestra firma de abogados y al que a partir de ahora vas a ver por aquí todos los días.
- Por supuesto -dijo el conserje al darse cuenta de la metedura de pata- Bienvenido, señor.
Y escoltado por el recién llegado, que lo llevaba cogido con una mano en el hombro, ambos se dirigieron al sobrio ascensor que abría sus puertas cuando ellos llegaban hasta él. Se metieron dentro, y todos los miedos que Adrián había traído consigo se quedaron en el vestíbulo de aquel edificio, junto con la mirada impávida de aquel conserje que lo observaba mientras se cerraban las puertas. Aquel era un día especial, aquel era su primer día de trabajo como abogado.

Inés Herrera Mesas