viernes, 26 de mayo de 2017

EL GIGANTE ENTERRADO


Inglaterra en la Edad Media.

Del paso de los romanos por la isla sólo quedan ruinas, y Arturo y Merlín –amados por unos, odiados por otros– son leyendas del pasado. Entre la bruma todavía habitan ogros, y británicos y sajones conviven en unas tierras yermas, distribuidos en pequeñas aldeas.

En una de ellas vive una pareja de ancianos –Axl y Beatrice– que toma la decisión de partir en busca de su hijo. Éste se marchó hace mucho tiempo, aunque las circunstancias concretas de esa partida no las recuerdan, porque ellos, como el resto de habitantes de la región, han perdido buena parte de la memoria debido a lo que llaman «la niebla».

En su periplo se encontrarán con un guerrero sajón llamado Wistan; un joven que lleva una herida que lo estigmatiza; y un anciano Sir Gawain, el último caballero de Arturo vivo, que vaga con su caballo por esas tierras con el encargo, según cuenta, de acabar con un dragón hembra que habita en las montañas. Juntos se enfrentarán a los peligros del viaje, a los soldados de Lord Brennus, a unos monjes que practican extraños ritos de expiación y a presencias mucho menos terrenales. Pero cada uno de estos viajeros lleva consigo secretos, culpas pendientes de redención y, en algún caso, una misión atroz que cumplir.

 Sumando el viaje iniciático, la fábula y la épica, Kazuo Ishiguro ha construido una narración bellísima, que indaga en la memoria y el olvido acaso necesario, en los fantasmas del pasado, en el odio larvado, la sangre y la traición con los que se forjan las patrias y a veces la paz. Pero habla también del amor perdurable, de la vejez y de la muerte. Una novela ambientada en un pasado remoto y legendario que vuelve sobre los grandes y eternos temas que inquietan a los seres humanos.

                Un extraño y, a veces, irónico narrador (al final descubrimos que es quien menos pensábamos) nos cuenta el viaje de dos ancianos que parten de viaje con la excusa de visitar a su hijo en su pueblo. Digo excusa porque al haber perdido la memoria, sus recuerdos, no saben con exactitud dónde vive ese hijo. A lo largo del viaje irán recobrando atisbos de lo que han olvidado, y querrán, con la ayuda o sin ella de sus curiosos compañeros de viaje, recuperar su memoria, pues necesitamos nuestros recuerdos para saber lo que hemos hecho, pues nuestros hechos nos hacer ser quienes somos, y, sin nuestros recuerdos, no seriamos nada. Para ello, deberán matar a  la dragón hembra Querig, cuyo aliento alienta el olvido. Lo malo es que el olvido oculta las rencillas, las traiciones, las venganzas, los castigos inmisericordes, el odio…

Mediante un lenguaje claro y un estilo sobrio, Ishiguro va transmitiéndonos su historia con unos personajes bien construidos. La pareja de ancianos, Axl y Beatrice: ella es para él su princesa, a la que ama y a la que siempre va a proteger; él, como descubriremos a lo largo de la novela, un viejo caballero de Arturo que ha sufrido una doble traición. Wistan, el guerrero sajón, que oculta sus secretos, que aparece como salvador en ese pueblo sajón (nos recuerda a Beowulf, aunque su final marcado por el destino no será trágico); sus hazañas nos las contarán otros, pues a él sólo le veremos desenvainar su arma tres veces, tres veces que preferiríamos que no lo hiciera. Sir Gawain, el sobrino de un rey Arturo ya muerto, un viejo caballero con una armadura vieja y oxidada, que tiene una misión que cumplir; misión, que, si nos fijamos en sus parlamentos, le ha llevado a un estado próximo a la locura. Y en medio de todos, la niebla, la niebla producida por el aliento de Querig, que alimenta el olvido, pues los recuerdos no sólo nos traen los momentos agradables, sino también aquello que nos gustaría que permaneciera oculto en nuestro interior.

¡HASTA SIEMPRE!

                
            
          Hace dos años nos reunimos en este mismo lugar: estabais pletóricos, habíais terminado una etapa de vuestra vida e ilusionados estabais a punto de comenzar otra. A lo largo de estos dos años he visto cómo ha dado fruto vuestro trabajo y esfuerzo (el de unos más que otros).

                Este año me he quedado con las ganas de deciros “nos vemos en septiembre”.
                
              Nunca fue una amenaza, aunque alguno así lo entendiera, ¿verdad, Pablo y Javi? ¡Qué cinco
años hemos pasado juntos.
                
            Ahí estáis las triunfadoras de las Olimpiadas científicas, Patricia y Ángela, qué puedo decir de vosotras, ¡arrasasteis campeonas! Si os lo proponéis nada os podrá detener.

            Juan Diego, me sigo acordando “cómo caigas conmigo el curso que viene…”, ¿aún te sigue asustando la mala bestia del de lengua?

            Noelia, mi pequeña hormiguita, qué trabajazo el tuyo este curso. Me descubro ante ti, cual
caballero de pasados siglos ante las damas.

         Antonio y Jorge, siempre queriendo pasar desapercibidos como si la cosa no fuera con vosotros, yéndoos al final.

                Nerea, Lourdes y Cari, cómo os habéis crecido este año, dando lo mejor de vosotras; en dos palabras, im-presionante; simplemente, seguid así.

               Juan Alfonso, un pajarito me ha comentado el texto que os va a caer en la EVAU, un poema de Rafael Albertí: Balada del que nunca fue a Granada

           María, María Martín-Maestro Almansa (en tu caso los apellidos completos para diferenciaros), eres viva, inquieta, con ganas de comerte el mundo.

   Alicia, si no te sale lo de veterinaria, en la guardia de la noche necesitan personal; las condiciones parecen buenas: clima excelente, sobre todo en invierno, el trabajo, poco y sencillo, la paga buena, si llega y… sobrevives

                Rodolfo, tú y tu música, creyendo que lo tienes todo bajo control.

         Laura y Almudena, siempre juntas, inseparables, tanto que durante una temporada os confundía y no sabía quién era quién.

                Andrea, a principio de curso creías que no ibas a poder llegar, ¿te has dado cuenta de cómo estabas equivocada?

                Mado, ahí atrás, siempre agazapada, queriendo pasar desapercibida, pero eres como una princesa siempre escoltada por tu caballero andante

                Manuel, casi siempre con esa eterna sonrisa en labios y ojos; ¿a cuántas te habrás ligado así?

                Me queda otra María, María Fiel, que debería sumar al pelotón de los que “que no me vea, que no estoy aquí, que pregunte a otro”

                Isa, parecías en un principio, tímida, de mal genio; la verdad… ¡has sido una agradable sorpresa!

                Se me ha quedado uno en el tintero; lo siento, Lale, pero como ni se te ve, ni se te oye… Gracias por estar ahí.

Espero no haberos defraudado durante todo el tiempo que hemos estado juntos.

¡A vosotros, chicos, hasta siempre!                 


jueves, 25 de mayo de 2017

miércoles, 24 de mayo de 2017

ZARA Y EL LIBRERO DE BAGDAD


Enviado por María

Max y Zara provienen de guerras distintas, la guerra de Irak y la guerra civil española, acaecidas en tiempos diferentes; pero son igualmente víctimas de la violencia y el dolor. Un escritor se cruza en su camino y se embarca en una emocionante historia que engloba casi todo el siglo veinte y recorre de punta a punta el planeta. Él hace de nexo de unión entre Max, el anciano cuya autobiografía revela las últimas palabras de Machado antes de morir en Colliure, y Zara, la sobrina de su vecino iraquí.

Un periodista recibe un e-mail de un extraño personaje, Max Barreras Gautier, que le cita por un artículo suyo que tenía como protagonistas a Goya y a Machado. Max afirma que conoció a Machado durante su último mes de vida, y que escuchó las cinco últimas palabras que pronunció el poeta antes de morir. Max sufre una recaída y el periodista se lo lleva a su casa, pues no piensa abandonarlo en la calle. Además, siente una gran curiosidad por las últimas palabras del poeta, por lo que pasa la noche en vela leyendo la biografía de Max, que tiene que corregir para su posterior publicación. Unas páginas que le transportan en el tiempo a la Barcelona de la Guerra Civil, donde un inspector de policía persigue a un peligroso asesino, el asesino de las horas. Esa misma noche y en el mismo edificio, el destino querrá que los dos hombres conozcan también la historia de un librero iraquí y de su hija, Zara, que han huido de su país en guerra y de la amenaza que se ceba en su familia, en particular, debido a ciertos delitos que cometió el padre de la joven para sobrevivir y una mala amistad que quiere cobrarle factura. Pero el pasado del librero lo ha seguido hasta Madrid, y un ambicioso asesino lo busca por las calles pidiendo venganza    
       
Con esta novela, Fernando Marías nos hace conscientes del sufrimiento de las víctimas de cualquier guerra y de la soledad de los protagonistas de cualquier exilio, época y país, sea cual sea su ideología. Mediante una narración ágil, te empuja a seguir leyendo para descubrir el pasado que rodea a Max, Zara y su padre. Juega con los saltos temporales alternando el encuentro entre el periodista, Max y Zara y su padre, con las voces de los tres últimos personajes sobre cómo la guerra cambia sus vidas empujándoles a hacer cosas que nunca antes se habían planteado y arrebatándoles de la noche a la mañana todo cuanto tenían, entrelazando las dos tramas mediante los sentimientos y las reacciones que la guerra provoca en los personajes, y con ellas el exilio de Machado.

PREMIO GRAN ANGULAR 2008

martes, 23 de mayo de 2017

PRUEBAS DE IMPRENTA


—Mira esto antes de nada. —El padre se llevó la mano al regazo, sacó varias hojas plegadas y las dejó sobre la mesa—. Tú míralo y ya verás cómo me entiendes.
La mano —cinco hojas plegadas y anidadas— era de un pergamino de calidad media. Parte de un libro escolar, a juzgar por la forma cuadriculada. Peter reconoció al instante la gramática latina de Donato: había copiado miles de veces esas declinaciones. Un trabajo ordinario y mal hecho; alzó la vista horrorizado.
—Tócalo —le urgió el padre, que pasó hasta la última página en blanco.
Le cogió el dedo a Peter y le hizo repasar el espacio vacío. Notó un relieve, una especie de rugosidad sobre el pellejo, como si el pergaminero no hubiera frotado bien la piel. Pasó otro dedo, y luego otro, y de pronto sintió una extraña y notoria simetría. Volvió la página para ver la parte escrita. La sangre le bulló por dentro y se le humedecieron las palmas de las manos. Los caracteres repujados eran achaparrados y feos, pero el flujo de letras tenía una regularidad increíble, a lo largo de toda la línea; a su vez cada línea acababa con una armonía absoluta y escalofriante, a justo la misma distancia del margen. ¿Qué mano podía escribir una línea tan recta y que acabara justamente debajo de la de arriba? ¿Qué mano humana podía lograr semejante rareza? Sintió que se le atenazaba el corazón y que un pavor abrumador le invadía el alma.
—¿Ves ahora por qué he tenido que llamarte? —Fust hablaba en un tono alto.
—¿Quién ha hecho esto? ¿Qué mano lo ha escrito?
—Ninguna. —El padre volvió a cogerle la yema del dedo—. ¿Notas cómo se hunde?, ¿que la tinta no está por encima sino en un hueco de la piel?
Peter cerró los ojos para sentirlo con más claridad. Era tal y como decía Fust: el pergamino parecía ceder, no estaba suave bajo la tinta, como al escribir con su pluma.
—¿Quién ha hecho esto? —repitió.
La gruesa cara de Fust estaba radiante.
—Ese hombre, al que llaman Gutenberg, ha encontrado una manera de hacer letras de metal. Les pone tinta encima y luego las estampa en la página.
Peter se acercó la hoja a los ojos, tanto que logró ver la fina depresión, una inclinación tan ligera que era casi imperceptible: desde la superficie hasta el surco de cada trazo. El espacio en que los ángeles —o seguramente el Diablo— bailaban sobre la cabeza de un alfiler. Se quedó sin palabras, tal era su conmoción.
—Me abordó un hombre que sabía que comerciaba con libros. —El padre se enjugó la frente, como si lo aliviara compartir por fin la experiencia—. Me dijo que Gutenberg estaba buscando un inversor, así que fui a verlo y me enseñó esto (…). Pensé, al igual que tú —dijo apretando la mano de Peter— que no era más que una de tantas gramáticas cutres. Pero el tal Gutenberg me dijo entonces que lo había hecho con una técnica nueva. «Ars impressoria», la llama. Y pensar que ha estado trabajando en esto, en secreto, a un par de calles de aquí… Tú conoces la casa. —Peter apenas oía las palabras en el rumor de su cerebro convulsionado—. El Hof zum Gutenberg, en la calle de los remendones.
—Yo tengo un oficio —dijo pesaroso, y dejó los pliegos en la mesa.
Para entonces Fust, sin embargo, estaba de pie, yendo de un lado a otro, sin dar la menor señal de haberlo escuchado.
—No es solo la uniformidad, ¡eso no es nada! —Hablaba en voz alta y se le habían encendido las mejillas. Tenía la mirada ladina inherente a su cara de comerciante, aunque se le unía una expresión extraña que Peter no creía haberle visto nunca, una especie de embeleso, de exaltación. Fust se volvió y le lanzó una pregunta—: ¿Cuánto tiempo te llevaría: una semana, dos…, copiarlo?
—Cuatro días como mucho. —Peter era rápido, joven y orgulloso.
—En cuatro días el amigo Gutenberg puede, «imprimiendo», como él lo llama, hacer media docena de ejemplares, todos idénticos entre sí. —El mercader rodeó la mesa y le cogió la muñeca a Peter—. Sin necesidad de desollarse los dedos.
El hijo estaba paralizado, inmóvil. Fust parecía cernirse sobre él, tapando las estrellas brillantes del cielo.
—¡Figúrate! Dios mío, tienes que entender lo que esto significa. Podemos multiplicar por diez, por veinte, el número de copias de un libro: en el mismo tiempo y por el mismo coste. —El padre estaba haciendo aspavientos con las manos—. Un libro así…, o uno más grande. No tiene límites. —La mirada alucinada pasó a ser de triunfo. Dejó caer una mano sobre el hombro de Peter y se lo sacudió con fuerza—. En cuanto lo vi, lo tuve claro: es el milagro para el que el Señor lleva preparándonos todo este tiempo.
—Una blasfemia, más bien, o un truco de mal gusto. —Peter se zafó de la mano de su padre y volvió a coger las hojas impresas.
El libreto era realmente rudimentario, sin alma. Las letras eran tan bastas como las de las tallas de madera baratas que pregonaban los holandeses; las líneas estaban emborronadas y los márgenes manchados de tinta.

Alix Christie, El Discípulo de Gutenberg

lunes, 22 de mayo de 2017

MI PADRE Y LOS POLÍTICOS


                Excuso decir que era vegetariano. Una vez más, su ética particular lo impulsaba a razonar, que si tenía derecho a comerse un cerdito inofensivo, que nunca le había hecho daño, no veía por qué no podía comerse a alguno de los políticos que tanto fatigaban el televisor: ellos sí que le producían un deterioro irreparable. Primero, por haber derrumbado una inocencia y una fe tan laboriosamente construidas; más tarde, por las repetidas ofensas a su inteligencia. Y así, detestaba las “pretensiones artísticas” de la política, que según él se había convertido en el arte de engañar de modo más o menos convincente, sonsacar y esquilmar al pueblo, y desde luego no cumplir nunca las promesas electoralmente vociferadas.

Emilio Pascual, Días de Reyes Magos 

domingo, 21 de mayo de 2017

ERA EL MEJOR DE LOS TIEMPOS



era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En período tan favorecido como aquél, habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.

Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.

Francia, menos favorecida en asuntos de orden espiritual que su hermana, la del escudo y del tridente, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándoselo. Bajo la dirección de sus pastores cristianos, se entretenía, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a un joven a que se le cortaran las manos, se le arrancara la lengua con tenazas y lo quemaran vivo, por el horrendo delito de no haberse arrodillado en el fango un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó ante su vista, aunque a la distancia de cincuenta o sesenta metros. Es muy probable que cuando aquel infeliz fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya, en los bosques de Francia y de Noruega, los añosos árboles que la sierra había de convertir en tablas para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia. Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución. Bien es verdad que si el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse ateo y traidor.

Charles Dickens, Historia de dos Ciudades