lunes, 21 de agosto de 2017

LA LEYENDA DE LOS PECES DE PIEDRA


En realidad estos cuatro peces no eran peces, eran pescadores. Todos los días salían a echar las redes al mar en busca de buenas capturas y llegaban a puerto con el barco cargado. Eran los cuatro pescadores más famosos del pueblo. Así era un día y otro día, hasta que dejó de ser. Una tarde regresaron con el barco vacío, ni una mísera sardina había caído en sus redes. El desastre se repitió a lo largo de varios meses: mientras que otros pescadores atracaban en el puerto con los barcos llenos, ellos seguían sin capturar nada. Un día, algo grande cayó en la red, algo tan grande que los arrastró y acabaron hundidos en el fondo del mar. Pero en lugar de morir, se convirtieron en cuatro peces de las profundidades abisales, de esa zona tan profunda a la que apenas llega la luz. Cuatro peces de enormes bocas y ojos saltones en busca de un débil rayo que iluminase aquella masa de agua negra.

El caso es que no podían soportar tanta oscuridad y rogaron al rey del mar para que los librase de aquel suplicio. Neptuno solo les dio una opción: les cambiaba la vida por la luz. Aceptaron sin pensar: no deseaban seguir viviendo en las tinieblas. Se convirtieron en cuatro peces de piedra pero a plena luz del día y rodeados de gente. Por eso sonríen.


XIV PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, 2017

domingo, 20 de agosto de 2017

EL RASTRO


El Rastro no es un lugar simbólico ni es un simple rincón local, no; el Rastro es en mi síntesis ese sitio ameno y dramático, irrisible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad, y en el que se aglomeran los trastos viejos e inservibles, pues si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por esos trastos filiales. Por eso donde he sentido más aclarado el misterio de la identidad del corazón á través de la tierra, ha sido en los Rastros de esas ciudades por que pasé, en los que he visto resuelto con una facilidad inefable el esquema del mapamundi del mundo natural.

¡Oh, el Mercado de las pulgas de París, en la Avenida Michelet, gran coincidencia de todo París, trágica sama de su historia y su galantería y de aquella calle conmovedora y de aquella noche y de aquello y aquello otro en un revoltijo, en una confusión, en una incongruencia profunda!... ¡Oh, el mercado judío de Londres, en el barrio Whitechapel en Middlesex, rasero común de toda la gran ciudad, descanso y abismamiento de todas las observaciones hechas en caminatas largas y anhelantes! 


El Rastro es siempre el mismo trecho relamido de la ciudad, planicie, costanilla, gruta de mar o tienda de mar, que es lo mismo, playa cerrada y sucia en que la g:an ciudad—mejor dicho—, las grandes ciudades y los pleblecillos desconocidos mueren, se abaten, se laminan como el mar en la playa, tan delgadamente, dejando tirados en la arena los restos casuales, los descartes impasibles, que allí quedan engolfados y quietos hasta que algunos se vuelven a ir en la resaca. El Rastro es un juego de mar, pero no de cualquier mar, sino de un mar aislado como el Mar Negro, el mar de aguas más espesas y más repugnantes, aunque a la vez el de aguas más azules, un mar así, central, cerrado por todo un continente, y que además se comunicase escondidamente con los demás mares. Un mar continental, secreto, salado, que a través de una estrecha bocacalle entrase de vencida en la blanda playa del Rastro para abrir á ras de tierra su mano llena de cosas.

¡Y qué cosas! Cosas carnales, entrañables, desgarradoras, clementes, lejanas, cercanas, distintas: cosas reveladoras en su insignificancia, en su llaneza, en su mundanidad. «¡Maravillosas asociadoras de ideas!...» ¡Actitud la de esas cosas revueltas, desmelenadas y amontonadas, Simplicias y coritas! Todo tiene una templanza única, nada es ya religioso con ese sanguinario y envidioso espíritu de los dioses, ni nada es tampoco pretencioso con esa dura y ensañada pretensión del arte lleno de tan pesado y tan aflictivo orgullo por el estigma de divinidad que obliga á soportar y por los implacables deberes estéticos a que somete. Aquí todo eso perece, se depura y se desautoriza porque es escueta y pura la contemplación como consecuencia de su raíz, de su total, de su completa impureza.

Todo en el Rastro es para el alma una purga ideal que la calma, la despeja, la ablanda, la resuelve, la llena de juicio y para que no la fanatice ni ese juicio le facilita un suave escape.

Las cosas del Rastro no están, como vulgarmente se puede creer, en una situación precaria, no; su momento es el momento de paz y caridad después del éxodo y de la mala vida y todas ellas se ufanan y se orean como en el descanso del fin.

Ramón Gómez de la Serna, El Rastro

viernes, 18 de agosto de 2017

SIEMPRE SERÁ DICIEMBRE


                El libro comienza con un recorte de periódico donde se nos cuenta la muerte de Sam Flynn, tras caer por un acantilado, y las heridas de otro, su amigo, Jay Waller.
                Luego, prosigue con un extraño prólogo, donde nos habla Sam  y nos dice que está vivo, que no está muerto, pero Sam no es Sam, sino que es Samantha, su hermana melliza, quien nos va contando que pertenece a una familia desestructurada, tras la marcha hace años de su madre y la falta de atención de un padre, que se niega a aceptar la realidad y ahoga sus problemas en alcohol.
                Sam está destrozada, pues su mellizo era la persona  que más quería y  que más odiaba, la única persona sin la que no podía vivir. Pero ahora las mentiras la consumen por dentro .
Jay no recuerda lo que pasó aquel día, todo el mundo parece pensar que él mató a su mejor amigo y aunque no quiere creerlo, esas lagunas le hacen dudar. ¿Fue un asesinato, un accidente o un suicidio?
Tras la muerte de Sam, entre la incredulidad, la angustia y la pena empiezan a salir a la luz las mentiras que dejó atrás.
Fátima Embark y M.ª Mercedes Murillo son Wendy Davies, las autoras de esta novela, que propicia una interesante reflexión sobre la pérdida y el duelo, el miedo y la culpa, la violencia y sus consecuencias, la libertad y la homosexualidad, la amistad sin límites y los lazos fraternales. También explora los secretos, las mentiras, las necesidades, las dudas y los verdaderos sentimientos de los protagonistas, además de las diferentes caras del amor: el romántico, el imposible, el platónico, el prohibido, el pasional, el destructivo o el irracional.
No es una novela de acción, sino de personajes, pues gracias a sus sentimientos, recuerdos… el libro va avanzado, ya que hay capítulos en los que narra Jay y en otros Sam, lo que nos permite conocerlos y ver cómo evolucionan. Las autoras ven a los personajes de la siguiente forma:
Samantha es alguien que no sabe quién es, que no se encuentra, que no quiere encontrarse, que tiene miedo. Ha perdido tanto por el camino que siente que se ha quedado detenida en el tiempo mientras observa cómo lo demás sigue avanzando sin esperarla. Y ella no sabe qué hacer. No sabe cómo avanzar, no sabe cómo salir de todas las mentiras que ha creado a su alrededor, ni de lo que se espera de ella. No sabe ser.
Jayden, por el contrario, sabe perfectamente quién es, qué hace aquí y lo que quiere hacer con su vida, pero cuando pierde a su mejor amigo todo lo que ha construido cae como un castillo de naipes y se queda con una única carta que contiene un gran interrogante.
A Samantha y a Jayden los une lo único que siempre les había separado: Sam, el hermano de Samantha y el mejor amigo de Jayden, alguien que ya no está pero que está.
Siempre Será Diciembre trata sobre el frío inundado de recuerdos, trata de un diciembre sin árbol ni regalos, trata de lo que tenías y ya nunca más tendrás. Trata de la pérdida, de las pérdidas. Trata, también, de las mentiras, de lo que pueden hacer contigo y con aquellos que más te importan, de cómo pueden paralizarte y aumentar el frío en tu interior. Trata de la familia, de la que viene de serie y de esa otra que escoges. Trata del amor, de la libertad y, sobre todo, de encontrarnos y aceptarnos a nosotros mismos.

PREMIO GRAN ANGULAR 2017 

CATALUÑA, 17 DE AGOSTO DE 2017


… Esa voz de las víctimas,
rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido.
Todos la oímos.
Los niños han gritado.
Su voz está sonando.
¿No oís? Suena en lo oscuro.
Suena en la luz. Suena en las calles.
Todas las casas gritan.
Pasáis, y de esa ventana rota. Sale un grito de muerte
Seguís. De ese hueco sin puerta
sale una sangre y grita.
Las ventanas, las puertas, las torres, los tejados
gritan ,gritan.  Son niños que murieron.
Por la ciudad, gritando,
un río pasa: un río clamoroso de dolor que no acaba.
No lo miréis; sentidlo.
Pequeños corazones,
pechos difuntos,
caritas destrozadas.
No los miréis; oídlos.
Por la ciudad un río de dolor grita y convoca.
Sube y sube y nos llama.
La ciudad anegada se alza por los tejados y alza un brazo terrible.

Vicente Aleixandre

jueves, 17 de agosto de 2017

ÉRASE UNA VEZ UNA CIUDAD ENVUELTA EN NIEBLAS

 

No cabría otra manera de comenzar este relato.

Érase una vez una ciudad envuelta en nieblas que comenzaba a convertirse en la capital del mundo moderno. Érase una vez, en esa ciudad, un teatro antiguo, y cerca de él, una taberna, y en la taberna, un muchacho de corazón luminoso que soñaba con mantener la luz en su interior cuando el tiempo viniera a señalarlo como adulto.

Érase una vez Aurelius Wyllt.

Aurelius era uno de esos niños huérfanos que tanto abundan en los cuentos de hadas. Sin duda, un detalle como ese, y la narración de sus párvulas andanzas en el hospicio de Saint Peter, podrían ayudarle a ganarse la simpatía del lector, lo cual nunca está de más al comienzo de cualquier historia. No obstante, pecaríamos de melodramáticos —puede que de absolutos embusteros— si empezáramos incidiendo de esta manera en su origen, sin añadir ningún comentario más al asunto.

Lo cierto es que Aurelius fue acogido por una nueva familia a los pocos meses de ser abandonado en el hospicio, y jamás llegó a echar de menos a sus progenitores. Podría decirse que aunque fue uno de los muchos niños a los que el destino dejó sin amparo en aquellos tiempos crueles, también fue uno de los pocos que logró sobrevivir a su propia mala suerte.

Aunque para relatar con propiedad los inicios de nuestro protagonista en el mundo, puede que sea necesario remontarnos todavía más atrás en el tiempo. Quizá necesitemos conocer también algunos capítulos, aunque sea de pasada, de la vida del hombre que se convertiría en su padre adoptivo.

José Antonio Fideu, Los Últimos Años de la Magia

PREMIO MINOTAURO 2016

miércoles, 16 de agosto de 2017

MERRION SQUARE, DUBLÍN


Una niña caminaba junto a su padre. No tendría más de once años. Su pelo rojizo recogido en una larga trenza oscilaba mientras miraba alrededor con ojos curiosos.
El sol se colaba a través de las crecientes nubes y sus cálidos rayos parecían insuflar vida a aquel lugar de ensueño.
Habían dejado atrás una hermosa extensión de hierba pulcramente cortada donde serpenteaban diversos parterres de coloridas flores.
La niña había inhalado profundamente para percibir el aroma de las rosas y gardenias y, aunque se había entretenido observando a otros niños jugar a lo lejos, su padre la condujo por un sendero pedregoso, donde la luz jugueteaba al escondite con ellos.
Enormes árboles se alzaban a cada lado del camino y sus nudosas ramas se retorcían hasta casi ocultar el cielo sobre sus cabezas.
La niña señaló uno de ellos, donde diminutas flores rosáceas parecían flotar entre las nubes.
—Es un cerezo —dijo su padre con una sonrisa al tiempo que cogía uno de los brotes para posteriormente entrelazarlo en la trenza de la pequeña.
Al final de la senda, se abrió un claro iluminado suavemente por el sol.
La niña abrió los ojos con estupefacción al ver a un hombre recostado en una gran roca, justo frente a ellos.
Su padre se rio y en su rostro aparecieron los hoyuelos que ella conocía tan bien.


Lo que la niña había tomado por una persona era en realidad una estatua de granito. Él le explicó que representaba al famoso escritor Oscar Wilde y que sus ojos, aparentemente sin vida, habían sido cincelados para que mirasen en dirección a la antigua casa de su familia.
Ella se fijó en la figura inmóvil. Una rodilla flexionada y la otra extendida, como si el escultor hubiera querido capturar un momento de ocio y serenidad. Su rostro sonreía pícaramente, pero sus ojos transmitían cierta tristeza.
Frente a él, se hallaba otra estatua, esta de un verdoso bronce donde se había asentado un ligero musgo. Se trataba de una joven arrodillada que, desnuda, giraba su cabeza como si quisiera observar al escritor.
La niña se imaginó que aquella mujer hierática se había enamorado de Wilde y que en el silencio atormentado de su mirada se hallaba el deseo de ser real y poder abrazarlo.

Sandra Andrés Belenguer, La Noche de tus Ojos

martes, 15 de agosto de 2017

SIGLO DE ORO, SIGLO DE AHORA (FOLÍA)


Esta producción de Ron Lalá se puede ver hasta el próximo día 20 en los Teatros del Canal, de Madrid. La obra ha conseguido entre otros los siguientes premios: Premio Max 2013 Mejor empresa / Producción privada de artes escénicas, Premio del Público Festival Olmedo Clásico 2013.
Una compañía de cómicos de la legua desembarca en el escenario para ofrecer su folía: una fiesta de “nuevos entremeses”, piezas cómicas breves originales que juegan con la tradición clásica para arrojar una mirada crítica y mordaz sobre nuestro presente.

Una noche cada siglo,
según cuenta la leyenda,
un barco de comediantes
abordará nuestra tierra.
Su ancla es el Carnaval,
su mascarón es la fiesta,
sus velas las carcajadas
y su cañón la comedia.
Sobre las olas del tiempo
los cómicos de la legua
harán que el Siglo de Oro
siglo de ahora se vuelva.


En este viaje de ida y vuelta desde el Siglo de Oro hasta la actualidad, la folía (“locura”) abre un diálogo entre lo clásico y lo contemporáneo con toda la libertad del humor, la emoción de la música en directo y la belleza del verso. Los textos y la música original se entrelazan con fragmentos, referencias, personajes y versos de la tradición del teatro clásico español e universal. Siglo de Oro, Siglo de Ahora es un homenaje, un juego, un desafío… y un cóctel de carcajadas para todo tipo de espectadores.
Ron Lalá hace “revivir” como género teatral la folía, modalidad que se caracterizaba por la aglutinación de varios géneros y que puede ser considerado el precedente de los sketches. Así, en Siglo de Oro, siglo de ahora, se suceden, a ritmo vertiginoso, los diversos estilos teatrales, textuales y musicales que conformaron las señas de identidad del teatro español, inglés, italiano y francés de aquella época, desde un prisma contemporáneo, se dialoga desde el presente con los clásicos –que lo son porque son intemporales-, se reescribe una tradición que revive gracias a la inteligencia y el humor.

Bello galán como Brad Pitt,
más elegante que James Bond,
más adorado que un cantante pop
y más forrao que un jugador del Barça.
Moderno como el nuevo i phone,
querido como don Pimpón,
con menos curro que cualquier Borbón.
Tener poder, sexo y parné,
es todo nuestro interés.
Eso queremos ver al vernos en el espejo
y en el reflejo somos pobres, feos y viejos.
Ya no hay verdad, todo es fugaz
y cuando hay que quitarse el disfraz
no hay nada debajo del antifaz.


Los versos, pues al igual que el teatro del XVII el espectáculo es en verso, están modelados siguiendo las estrofas clásicas: redondillas, romances, décimas, octavas reales… a la manera del Arte Nuevo de hacer comedias de Lope de Vega.

Estamos juntos hace siglos,
vaya negocio, qué gran inversión.
Tu amor entró en mi caja fuerte
y se me olvidó la combinación.
Eras tan joven y tan rupia,
y yo era un duro sin un michelín.
Dijiste: yo te doy mi escudo
si tú me lo cambias por tu florín.
Seamos francos, hace tiempo
hay una crisis en la relación,
si don Parné metió la plata
se peseta y te pide perdón.
No hagamos un dracma de esto,
acuérdate cuando nos iba yen,
me da penique que lo nuestro
dependa de un pagaré.
Ahora voy a ser sinceuro:
sólo te quiero por el interés.
Qué poderoso caballero
es tu amante don Parné.