martes, 24 de enero de 2017

LA ESTRATEGIA DEL PARÁSITO


Óscar Herrero es un estudiante de periodismo que recibe una carta y un USB de Mario, un antiguo compañero de colegio a quien no ve hace años. Lo extraño es que Mario murió hace unos días en un accidente de tráfico y en la carta le encarga entregar el USB al profesor Figuerola y, en caso de no poder hacerlo, asumir él la misión, pero ¿qué es lo que contiene el USB?, ¿por qué tanto misterio?

Con ayuda de Judit, la exnovia de Mario, descubre que el accidente de Mario fue provocado por alguien o algo capaz de manipular los semáforos y las cámaras de seguridad. Además, no puede acceder a un archivo del USB sin introducir una contraseña que aparentemente debe conocer, pero no recuerda. Todo es muy confuso y Óscar, en su afán de seguir indagando, no sigue las instrucciones de Mario y es rastreado fácilmente por el enemigo. Luego, las cuentas de Óscar son intervenidas y los archivos policiales manipulados para hacerle quedar como un asesino y violador. Ante esto, Óscar y Judit caen en la cuenta de que su enemigo está manipulando todos los sistemas controlados mediante Internet: ¡están rodeados! Pero, ¿quién es el enemigo?

La novela de César Mallorquí tuvo una fuerte campaña de marketing.. En la primera hoja, el título original está tachado, y se ha añadido un segundo título y autor: El asunto Miyazaki, de Óscar Herrero. La usurpación llega hasta la portada. Si movemos el libro cerca de una fuente de luz, podremos leer un aviso sobre Miyazaki, que nos estará vigilando. Además la historia no termina en la última página del libro, pero para descubrirlo tendrás que atreverte primero a conocer a Miyazaki y sus secretos.

La Estrategia del Parásito es una historia llena de misterio y suspense que nos muestra como el mundo actual gira en torno a la tecnología, y cómo esta marca incluso nuestro modo de vivir. Además, nos hace reflexionar un poco sobre qué puede ocurrir si esta se usa sin ética. Nos sorprende con una mezcla de géneros que no esperábamos. Al ser una novela corta, la acción es una constante y siempre habrá una sorpresa a la vuelta de la esquina, lo que da un ritmo rápido al libro.

Con respecto a los personajes, tenemos a Óscar, un joven normal, que poco a poco se  convierte en un personaje más fuerte y decidido. Judit es una joven gótica, fuerte, pero tiene más inseguridades de los que quiere mostrar. El enemigo es un virus informático, que nos recuerda a HAL 9000, el ordenador de la película 2001, Una Odisea en el Espacio.

Miyazaki te vigila. Internet es Miyazaki

lunes, 23 de enero de 2017

LIBROS COMO RESPIRADORES ARTIFICIALES


Llevo unas semanas que no se me va de la cabeza la Librería  Pérez de El Tubo. La echo de menos. Me gustaría que todavía siguiera abierta. Me gustaría cruzar su puerta desvencijada de madera. En el lugar en el que estaba la Pérez hay ahora un inmenso solar. La Pérez tenía el suelo de madera. Siempre había unos cuantos gualtrapas mudos husmeando en los libros viejos de la Pérez. Más que libros viejos eran restos, saldos llegados de los almacenes, la última oportunidad. En la Pérez se saldó, hasta agotarse, toda La Gaya Ciencia, la editorial de Rosa Regàs en la que publicaba Benet. A Benet le encantaba Zaragoza, y quizá por eso sus libros fueron a parar a la librería Pérez. Decía Benet a Martínez Sarrión: «Admira el brillo mate de esas cúpulas, con el padre Ebro lamiendo los pies de la recia, de la invicta Diosa».

Un librero de viejo de Madrid me preguntó si había librerías como la suya en Zaragoza. Un cliente suyo se iba a vivir a Zaragoza por motivos laborales y estaba preocupado por si no podía comprar libros viejos. Le dije que sí, y que había dos rastros con libros los domingos. El librero no anotó nada, pero se quedó convencido de que podría consolar a su cliente. Y entonces, mientras el librero me ofrecía libros viejos desmochados, me vino a la cabeza, como un trallazo, el recuerdo de la Pérez.

Me acordé del olor, del ruido de la puerta, de las mesas cargadas y del movimiento de las estanterías, nada estables, de los libros que compré y de cómo los devoraba tumbado en la cama, de los libros de La Gaya Ciencia y del Club Bruguera, tapa dura y colores chillones, que ocupaban una mesa en el fondo y que me hicieron un lector desordenado y apasionado.

Me vi, como si espiara al adolescente que fui, una Sophie Calle retroactiva, caminando por El Tubo de la Pérez a la de Inocencio Ruiz. Llevaba un gabán negro, que rozaba el suelo. En la de Inocencio sufría, porque no sabía nada de cómo eran los libreros de viejo, de sus manías y de sus costumbres. Y no sabía nada de Inocencio. Me gustaban la escalera de su librería y su enorme máquina de escribir, en la que a veces lo encontraba golpeando con fuerza las teclas. A diferencia de José Luis Melero, como relata en Leer para contarlo, apenas aprendí nada con los libros que compré en la librería de Inocencio, porque fueron pocos, y mis recuerdos tienen más que ver con el ambiente, maravilloso, que con la lectura.

Estaba en Madrid, pero realmente estaba en Zaragoza, veinticinco años atrás, en un día de invierno y con lluvia, husmeando en las baldas de la Pérez. Pensando en la mirada torva de Inocencio cuando me viera atravesar la puerta.

No sé cómo describir un olor. No basta con decir húmedo o profundo. Y mucho menos sé cómo describir lo que sentía cuando ojeaba y tocaba un libro: todavía sigo sin saberlo. Sé que en esos instantes me estaba transformando, algo parecido a lo que le sucedió a Peter Parker cuando le picó una araña.

Felix Romeo

domingo, 22 de enero de 2017

EL HOMBRE ILUSTRADO

En una tarde calurosa de principios de setiembre me encontré por primera vez con el hombre ilustrado. Yo caminaba por una carretera asfaltada, recorriendo la última etapa de una excursión de quince días por el Estado de Wisconsin. Al atardecer me detuve, comí un poco de carne de cerdo, unas habas y un bizcocho. Me preparaba a descansar y leer cuando el hombre ilustrado apareció sobre la colina. Su figura se recortó brevemente contra el cielo.
Yo no sabía entonces que era ilustrado; sólo vi que era alto, que alguna vez había sido esbelto, y que ahora, por alguna razón, comenzaba a engordar. Recuerdo que tenía los brazos largos y las manos anchas, y un rostro infantil en lo alto de un cuerpo macizo.
Me habló antes de verme, como si hubiese adivinado mi presencia.
—Señor, ¿sabe usted dónde podría encontrar trabajo?
—Temo que no —le respondí.
—Cuarenta años y nunca he tenido un trabajo duradero —me dijo.
Aunque hacía mucho calor, el hombre ilustrado llevaba una camisa de lana, cerrada hasta el cuello. Los puños de las mangas le ocultaban las anchas muñecas. La transpiración le corría por la cara. Y sin embargo no se abría la camisa.
—Bien —me dijo al fin—, este lugar es tan bueno como cualquiera para pasar la noche. ¿No lo molesto?
—Si usted quiere, me sobra un poco de comida —le invité.
Se sentó pesadamente y lanzó un gruñido.
—Se arrepentir de haberme invitado —me dijo—. Todos se arrepienten. Por eso no paro en ningún sitio. Aquí estamos, a principios de setiembre, en lo mejor de la temporada de las ferias. Tendría que estar ganando montones de dinero en el parque de diversiones de cualquier pueblo, y aquí me tiene, sin ninguna perspectiva.
El hombre ilustrado se sacó un enorme zapato y lo examinó con atención.
—Comúnmente conservo mi empleo diez días. Luego algo ocurre, y me despiden. Hoy ningún hombre, de ninguna feria del país se atrevería a tocarme, ni con una pértiga de tres metros.
—¿Qué le pasa? —le pregunté.
El hombre me respondió desabotonándose lentamente el cuello apretado. Cerró los ojos, y con movimientos muy lentos se abrió la camisa. Luego, con la punta de los dedos, se tocó la piel.
—Es curioso —dijo con los ojos todavía cerrados—. No se las siente, pero están ahí. No dejo de pensar que algún día miraré y ya no estarán. Camino al sol durante horas, en los días más calurosos, cocinándome y esperando que el sudor las borre, que el sol las queme; pero llega la noche, y están todavía ahí.
El hombre ilustrado volvió hacia mí la cabeza, mostrándome el pecho.
—¿Están todavía ahí? —me preguntó.
Durante unos instantes no respiré.
—Si —dije—, están todavía ahí.
Las ilustraciones.
—Me cierro la camisa a causa de los niños —dijo el hombre abriendo los ojos—. Me siguen por el campo. Todo el mundo quiere ver las imágenes, y sin embargo nadie quiere verlas.
El hombre se sacó la camisa y la apretó entre las manos. Tenía el pecho cubierto de ilustraciones, desde el anillo azul, tatuado alrededor del cuello, hasta la línea de la cintura.
—Y así en todas partes —me dijo adivinándome el pensamiento—. Estoy totalmente tatuado. Mire.
Abrió la mano. En la mano se veía una rosa recién cortada, con unas gotas de agua cristalina entre los suaves pétalos rojizos. Extendí la mano para tocarla, pero era sólo una ilustración. En cuanto al resto, no sé cómo pude quedarme quieto y mirar. El hombre ilustrado era una acumulación de cohetes, y fuentes, y personas, dibujados y coloreados con tanta minuciosidad que uno creía oír las voces y los murmullos apagados de las multitudes que habitaban su cuerpo. Cuando la carne se estremecía, las manitas rosadas gesticulaban, los labios menudos se movían, en los ojitos verdes y dorados se cerraban los párpados. Había prados amarillos y ríos azules, y montañas y estrellas y soles y planetas, extendidos por el pecho del hombre ilustrado como una vía láctea. Las gentes se dividían en veinte o más grupos, instalados en los brazos, los hombros, las espaldas, los costados, las muñecas y la parte alta del vientre. Se los veía en bosques de vello, escondidos en una constelación de pecas, o hundidos en las cavernas de las axilas, con ojos resplandecientes como diamantes. Cada grupo parecía dedicado a su propia actividad; cada grupo era toda una galería de retratos.
—¡Oh! ¡Son hermosas! —exclamé.
¿Cómo podría describir las ilustraciones? Si en lo mejor de su carrera el Greco hubiese pintado miniaturas, no mayores que tu mano, infinitamente detalladas, con sus colores sulfurosos y sus deformaciones, quizá hubiera utilizado para su arte el cuerpo de este hombre. Los colores ardían en tres dimensiones. Eran como ventanas abiertas a mundos luminosos. Aquí, reunidas en un muro, estaban las más hermosas escenas del universo. El hombre ilustrado era un museo ambulante. No era ésta la obra de esos ordinarios tatuadores de feria que trabajan con tres colores y un aliento que huele a alcohol. Era el trabajo de un genio; una obra vibrante, clara y hermosa.
—Ah, sí —dijo el hombre ilustrado—, mis ilustraciones. Me siento tan orgulloso de ellas que me gustaría destruirlas. He probado con papel de lija, con ácidos, con un cuchillo…
El sol se ponía. La luna se levantaba ya por el este.
—Pues estas ilustraciones —afirmó el hombre—, predicen el futuro.
No dije nada.
—Todo está bien a la luz del sol —continuó—. Puedo emplearme entonces en una feria. Pero de noche… Las pinturas se mueven. Las imágenes cambian.
Creo que sonreí.
—¿Desde cuándo está usted ilustrado?
—Desde el año 1900. Yo tenía entonces veinte años y trabajaba en un parque de diversiones. Me rompí una pierna. No podía moverme. Tenía que hacer algo para no perder el empleo, y entonces decidí tatuarme.
—Pero ¿quién lo tatuó? ¿Qué pasó con el artista?
—La mujer volvió al futuro —dijo el hombre—. Así es. Vivía en una casita en el interior de Wisconsin, no muy lejos de aquí. Una vieja bruja que en un momento parecía tener cien años y poco después no más de veinte. Me dijo que ella podía viajar por el tiempo. Yo me reí. Pero ahora sé que decía la verdad.
—¿Cómo la conoció?
El hombre ilustrado me lo dijo. Había visto el letrero al lado del camino. ¡ILUSTRACIONES EN LA PIEL! ¡Ilustraciones, y no tatuajes! ¡Ilustraciones artísticas! Y allí había estado, toda la noche, mientras las mágicas agujas lo mordían y picaban como avispas y abejas delicadas. A la mañana parecía un hombre que hubiese caído bajo una prensa multicolor: tenía el cuerpo brillante y cubierto de figuras.
—He buscado a esa bruja todos los veranos, durante casi medio siglo —dijo el hombre extendiendo los brazos—. Cuando la encuentre, la mataré.
El sol se había ido. Brillaban ya las primeras estrellas y la luna iluminaba los pastos y las espigas. Las imágenes del hombre ilustrado resplandecían en la sombra como carbones encendidos, como esmeraldas y rubíes con los colores de Rouault y de Picasso, y los cuerpos enjutos y alargados del Greco.
—Cuando las imágenes empiezan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos minutos, le contarán una historia. Si las mira tres horas, las narraciones serán treinta o cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel; no hay más que mirar. Pero sobre todo, hay cierto lugar de mi espalda… —El hombre ilustrado se volvió—. ¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.
—Sí.
—Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se cubre de sombras, y se convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí, en mi espalda, y ella ve toda su vida… cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando tenga sesenta anos. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato aparece también en mi espalda. Y el hombre se ve a si mismo cayendo en un precipicio, o aplastado por un tren… Entonces me despiden.
El hombre hablaba y al mismo tiempo movía las manos sobre las ilustraciones, como para ajustar los marcos y sacarles el polvo, con los ademanes de un conocedor, de un aficionado al arte. Al fin se tendió de espaldas, a la luz de la luna. Era una noche calurosa, serena y sofocante. Nos habíamos sacado la camisa.
—¿Y nunca encontró a la vieja?
—Nunca.
—¿Y cree usted que venía del futuro?
—¿Cómo, si no, podría conocer estas historias que me pintó sobre la piel?
El hombre, fatigado, cerró los ojos.
—A veces, de noche —dijo débilmente—, siento las figuras, como hormigas sobre la piel. Sé lo que pasa entonces y lo que tiene que pasar. Yo nunca las miro. Trato de olvidarme. No debemos mirarlas. No las mire usted tampoco, se lo advierto. Vuélvame la espalda cuando se vaya a dormir.
Yo estaba acostado no muy lejos. El hombre no tenía, aparentemente, un carácter violento, y las ilustraciones eran tan hermosas… Yo me hubiese ido lejos de toda esa charla. Pero las ilustraciones… Dejé que los ojos se me llenaran de imágenes. Con esos cuadros sobre el cuerpo, cualquiera podía perder la cabeza.
La noche era serena. Yo podía oír la respiración del hombre ilustrado, bañado por la luna. Los grillos cantaban dulcemente en las hondonadas lejanas. Me puse de costado para ver mejor las ilustraciones. Pasó, quizá, una media hora. Yo no sabía si el hombre ilustrado se había dormido, pero de pronto lo oí respirar:
—Se mueven, ¿no es cierto?
Esperé un minuto. Y luego dije:
—Sí.
Las imágenes se movían, Una por vez, uno o dos minutos. Allí, a la luz de la luna, con el menudo tintineo de los pensamientos y las voces distantes como voces del mar, se desarrollaron los dramas. No sé si esos dramas duraron una hora o dos. Sólo sé que me quedé allí, inmóvil, fascinado, mientras las estrellas giraban en el cielo.
Dieciocho ilustraciones, dieciocho cuentos. Los conté uno a uno.

Ray Bradbury

viernes, 20 de enero de 2017

PALMIRA: ¡VIVA EL TEATRO!

              

            Esta mañana, al levantarme, me he encontrado con la barbarie que ha llevado a cabo un grupo de energumenos. Testigo del execrable acto, una imagen vía satélite.


                Primero convirtieron su escenario en un matadero; ahora lo han destruido.

             Tras esto, no he dejado de pensar en mis viejas traducciones de Esquilo, Sófocles, Arístofanes, Plauto… Despues en una pieza teatral que José Luis Alonso de Santos escribió para críos, ¡Viva el teatro!. Esta obra escenifica una puesta en escena teatral llevada a cabo por un grupo de niños, que ensayan, con su profesora, una pieza infantil como si de un apasionante juego se tratase y desarrolla una intriga compleja, cuajada de canciones y sorpresas, convierte el teatro en un excelente recurso lúdico y pedagógico para transmitir valores como la amistad y la solidaridad, la alegría o la generosidad.

                Os dejo con su escena final

                ¡Muy bien…! Ha estado estupendo. Ahora todos al escenario para ensayar la canción final y hemos terminado. Poneros en una fila frente al público, como os marqué el otro día. Ana y Jonathan en el centro y de la mano, los demás a los lados… ¡Y alegres! ¡A ver esas caras! En el teatro no puede parecer que estamos cansados, o aburridos… Tenemos que ofrecer al público la mejor de nuestras sonrisas… Nos tienen que ver felices y dichosos de hacer teatro para ellos.

Los niños se colocan en una fila en el fondo del escenario, y avanzarán después despacio hacia primer plano, mientras cantan. Entra una brillante y festiva música, y empieza la CANCIÓN FINAL:

¡Viva el teatro, que nos enseña a jugar,
y a interpretar, a cantar y a bailar!
¡Viva el teatro, que es un arte milenario
y hace salir la imaginación en el escenario!
¡Viva el teatro, lleno de fiesta, amor y fantasía
que se repiten en escena cada día!
¡Viva el teatro, compuesto de sueños y verdad
que lleva siglos divirtiendo a la humanidad!
¡Viva el teatro, y los que lo hacen: actores
y autores músicos, técnicos y directores!
¡Y digamos ahora juntos a gritos, y mucho rato,
también los espectadores: ¡Qué viva! ¡Viva el teatro!

José Luis Alonso de Santos, ¡Viva el teatro!

jueves, 19 de enero de 2017

FALCÓ

La Europa turbulenta de los años treinta y cuarenta del siglo XX es el escenario de las andanzas de Lorenzo Falcó, ex contrabandista de armas, espía sin escrúpulos, agente de los servicios de inteligencia. Durante el otoño de 1936, mientras la frontera entre amigos y enemigos se reduce a una línea imprecisa y peligrosa, Falcó recibe el encargo de infiltrarse en una difícil misión que podría cambiar el curso de la historia de España. Un hombre y dos mujeres -los hermanos Montero y Eva Rengel- serán sus compañeros de aventura y tal vez sus víctimas. Su misión, introducirse en la zona roja, preparar desde Cartagena el asalto a la cárcel de Alicante y liberar a un ilustre prisionero, José Antonio Primo de Rivera.

                La última novela de Arturo Pérez-Reverte es ágil, con una prosa sencilla, sin adornos, dando prioridad a la acción sobre la reflexión, siguiendo las pautas de la novela clásica de aventuras o la de espías, lo que hace que algún momento la trama sea previsible (recordad, que por historia, sabemos el final), pero no nos importa, queremos saber lo que va a ocurrir a continuación y cómo se va a torcer la misión (¿hay un traidor? ¿quién es? ¿quién no quiere que se lleve a cabo la operación? ¿por qué?).

                Falcó, en cierta manera, nos recuerda a Alatriste, pues sobrevive aceptando encargos en la España de los años 30 e intenta mantener sus reglas a toda costa (este trabajo sería insoportable si no hubiera en él ciertas retorcidas reglas. Quizá no sean reglas convencionales, ni siquiera dignas, pero son las nuestras. Aunque la principal de todas sea, precisamente, la aparente ausencia de reglas), pero también  es un personaje que se acerca a esos detectives de los puips o de la novela negra clásica estadounidense por su amoralidad (el único comentario de Falcó al plantearle lo del golpe militar había sido: «¿Estamos a favor o en contra?»).  

                Os dejo con la entrevista con la entrevista que le hicieron a Arturo Pérez-Reverte en el programa Página Dos de TVE2

miércoles, 18 de enero de 2017

ESCALA DEL FRÍO

+24° C – En Sevilla se ponen una mantita para dormir.
+19° C – Los canarios encienden la calefacción central y acaparan víveres por si se quedan aislados.
+8° C – Los coches italianos no arrancan.
0° C – El agua se congela.
-1° C – Haces como que fumas con tu aliento. Los de Albacete están en la playa tomando helado y bebiendo cerveza fría.
-4° C – El gato se mete en tu cama.
-10° C – Los coches franceses no arrancan.
-12° C – Telecinco pone las imágenes tradicionales de camiones volcados por el hielo.
-15° C – Los coches alemanes no arrancan.
-24° C – El gato se mete dentro de tu pantalón de pijama.
-29° C – Los coches japoneses no arrancan.
-30° C – No hay ningún puto coche normal que arranque.
-36° C – Los coches rusos no arrancan.
-39° C – Los de Albacete se abrochan todos los botones de la camisa.
-50° C – Un coche italiano se mete en tu cama.
-60° C – Los rusos están congelados. Los de Albacete se empiezan a abrochar los abrigos.
-70° C – El infierno está congelado.
-120° C – Todo el alcohol se congela. Los rusos se ponen nerviosos.
-273° C – Cero absoluto. Las moléculas dejan de moverse. Los rusos empiezan a lamer el vodka congelado. Los de Albacete se levantan de las mesas de la terraza y se meten dentro del bar...

martes, 17 de enero de 2017

UNA CARICIA DELICADA Y MUY FRÍA


Se dirigió hacia la puerta principal, pero notó un cosquilleo que le erizó la piel y la hizo detenerse.

Miró a su alrededor para ver de qué se trataba.

Hacía muchísimo frío. El cielo estaba muy oscuro, tan nublado que no se veía ni una estrella, y un silencio denso envolvía los árboles y los setos de la plaza. Irene se acercó al estanque y vio en el fondo a una de las carpas que nadaba en círculos rápidos, como si quisiera entrar en calor. Pensó que era un milagro que aquel bicho siguiera vivo, ya que una fina capa de hielo empezaba a cubrir los bordes de la fuente.

Y entonces volvió a notarlo. Alzó el rostro hacia el cielo y sintió una caricia delicada y muy fría que rodaba por sus mejillas como una lágrima.

¡Era nieve!

Extendió los brazos y empezó a dar saltos de alegría alrededor de la plaza. No sabía por qué estaba tan contenta por una simple nevada, pero no podía resistir el impulso de celebrar aquel acontecimiento con una alegría infantil.

Le entraron unas ganas locas de llamar a la puerta de todas las habitaciones para que la gente saliera y pudiera contemplar aquella maravilla blanca. Pero se recordó a sí misma que todo el colegio estaba de fiesta —su fiesta— y que Heather, Martha y los demás todavía debían de estar bebiendo real ale en el Dog & Bone a aquellas horas.

Los copos caían lenta y parsimoniosamente, e Irene se dio cuenta de que el manto blanco iba a cuajar.

Nunca había visto nevar sobre el mar, así que decidió hacer una pequeña excursión nocturna.

Rocío Carmona, La Gramática del Amor