jueves, 20 de julio de 2017

LAS CATARATAS DE REICHENBACH


9 de agosto de 1893
Arthur Conan Doyle frunció el ceño, incapaz de pensar en nada que no fuera el asesinato.
—Voy a matarlo —aseveró Conan Doyle, cruzando los brazos sobre su fornido cuerpo.
En lo alto de los Alpes suizos, el aire acariciaba su grueso mostacho y parecía aullarle al oído. Dada la peculiar disposición de sus orejas, en la parte posterior de la cabeza, éstas siempre parecían aguzadas, prestando atención a otra cosa, a algo lejano y situado a sus espaldas. Para ser un hombre tan corpulento, tenía una nariz muy afilada. No hacía mucho que le habían empezado a salir las primeras canas, un cambio en su aspecto que no pudo afrontar sino con resignación. Aunque acababa de cumplir treinta y tres años, ya era un afamado autor. ¿O acaso un hombre de letras de renombre internacional que empezaba a encanecer podría lograr el mismo éxito que otro con los cabellos color ocre?
Los dos compañeros de viaje de Arthur ascendieron hasta el saliente en el que se encontraba, el punto accesible más alto de las cataratas de Reichenbach. Silas Hocking era un clérigo y novelista cuya fama había llegado hasta Londres. Arthur tenía en gran estima su última obra, Her Benny,un texto religioso. Edward Benson, un conocido de Hocking, parecía mucho más reservado que su sociable amigo. A pesar de que Arthur los había conocido esa misma mañana, mientras desayunaban en el hotel Rifel Alp de Zermatt, tenía la sensación de que podía confiar ciegamente en ellos y revelarles los oscuros planes que tenía en mente.
—La cuestión es que ha acabado convirtiéndose en una suerte de lastre —prosiguió Arthur—, y quiero acabar con él.
Hocking resopló al llegar junto a Arthur y se deleitó la mirada con los Alpes, que se extendían ante ellos. Unos cuantos metros más abajo, la nieve se fundía arrastrada por un arroyo que, varios milenios antes, se había abierto camino en la montaña para acabar desembocando estruendosamente en un lago cubierto por una capa de espuma. En silencio, Benson presionó una bola de nieve entre los guantes y la lanzó al abismo. La fuerza del viento fue desgajando los copos mientras la bola caía hasta que desapareció en el aire, convertida en una nube.
—Si no lo hago —dijo Arthur—, acabará conmigo.
—¿No cree que está siendo demasiado duro con ese viejo amigo? —preguntó Hocking—. Le ha dado fama. Fortuna. Forman una buena pareja.
—Y al estampar su nombre en todas esas noveluchas de tres al cuarto, le he concedido una reputación que sobrepasa con creces la mía. ¿Tiene idea de las cartas que recibo? «Mi querida gata ha desaparecido en South Hampstead. Se llama Sherry-Ann. ¿Puede encontrarla?» O «A mi madre le robaron el monedero al bajar de un cabriolé en Piccadilly. ¿Puede deducir quién es el malhechor?». Pero lo más curioso de todo es que no van dirigidas a mí, sino a «él». Creen que es real.
—Sí, esos pobres lectores que tanto lo admiran —intercedió Hocking—. ¿Ha pensado en ellos? La gente lo adora.
—¡Lo quieren más a él que a mí! ¿Sabe que recibí una carta de mi propia madre? Me pedía, a sabiendas de que yo, como no puede ser de otra manera, haría cualquier cosa para satisfacer sus deseos, que firmara un libro con el nombre de Sherlock Holmes para su vecina Beattie. ¿Puede imaginarlo? ¡Que firme con su nombre en lugar de hacerlo con el mío! Mi madre habla como si fuera la madre de Holmes, no la mía. ¡Aaah!
Arthur intentó contener el súbito acceso de ira.
—Mis grandes obras caen en el vacío —prosiguió—. ¿Micah Clarke?¿La compañía blanca? ¿Esa pequeña y deliciosa obra de teatro que creé junto con el señor Barrie? Ha pasado sin pena ni gloria. Peor aún, se ha convertido en una pérdida de tiempo. Elaborar cada una de esas tortuosas tramas me resulta un trabajo agotador: la puerta del dormitorio que siempre está cerrada por dentro, el mensaje final e indescifrable del fallecido, la historia narrada de forma equívoca desde el principio para que nadie pueda adivinar la solución correcta.
Arthur se miró las botas, con el cansancio que lo abrumaba reflejado en la cabeza gacha.
—Si me permite que le sea sincero, lo odio. Y, para no terminar por perder el juicio, pretendo acabar con él.


—¿Cómo piensa hacerlo? —preguntó Hocking en tono burlón—. ¿Cómo se mata al gran Sherlock Holmes? ¿De una puñalada en el corazón? ¿Degollado? ¿Lo ahorcará?
—¡Un ahorcamiento! Esas palabras me suenan a música celestial. Pero no, no, debería ser un momento magnífico. A fin de cuentas, es un héroe. Haré que se enfrente a un último caso y a un villano. Esta vez necesita un villano de verdad. Será un combate a muerte entre caballeros; Holmes se sacrifica por el bien común y ambos hombres perecen. Algo en esa línea.
Benson hizo otra bola de nieve y la lanzó al aire. Arthur y Hocking observaron la amplia parábola que trazó al desaparecer en el cielo.
—Si quiere ahorrarse los gastos del funeral —dijo Hocking, riéndose entre dientes—, siempre puede arrojarlo por un acantilado.
Miró a Arthur a la espera de alguna reacción, pero no vio atisbo de sonrisa alguno. Una profunda arruga surcó el ceño fruncido del escritor, absorto en sus pensamientos.
Arthur dirigió la mirada hacia el abismo que se abría a sus pies. Oía el rugido del agua y el violento estruendo que producía al chocar contra el lecho salpicado de rocas del río. Imaginó su propia muerte y, de pronto, se sintió horrorizado. Gracias a su formación médica, conocía la fragilidad del cuerpo humano. Una caída desde esa altura... El cadáver que se golpeaba y rebotaba contra las rocas durante el fatal descenso... El espantoso grito reprimido en la garganta... El cuerpo hecho pedazos sobre la tierra, las briznas de hierba manchadas de sangre... Entonces, la visión de su cuerpo se desvaneció para dejar paso a otro más delgado. Más alto. Un hombre destrozado, desnutrido y escuálido, con su gorra de cazador y su abrigo largo. Su rostro adusto e irreconocible, ensartado en la piedra plomiza.
Asesinato.

Graham Moore, El Hombre Que Mató A Sherlock Holmes

miércoles, 19 de julio de 2017

A ZARAGOZA …. O AL CHARCO


De mi pueblo salí un día
pa ir a Zaragoza a ver
a un primo de mi mujer
que estaba con pulmonía.
Eché al cesto p´almorzar
un ocho y un chorizico
y amontao en mi burrico
ala, ala, principié andar.
No había andau tan siquiera
dos horas cuando de pronto
se quedó el burro hecho un tonto
parau en la carretera.
Como era cosa muy rara
que el animal de improviso
y sin pedirme permiso
tan en seco se parara
me dije el burro ha barruntao
que por aquí cerca hay gente
miré, y efectivamente
había un hombre a mi lao.
Era un viejo setentón
barbudo, coloradote,
buen mozo y con un cogote
más afeitao que un melón.
Yo al verlo dí atrás un paso
y me eche mano a la faja
y sacando la navaja
me preparé por si acaso.
Sin movérseme miró
y yo fuí y le pregunté
tío gueno ¿ Quién es usté?
soy San Pedro, contestó
¿San Pedro?. El mismo Colás
pues ¿a que ha venido aquí?
Vengo pa verte a ti
quiero saber ande vas.
Pues pa que uste se entere
A Zaragoza me voy
¿y cuando piensas llegar? ¡hoy !
eso será si Dios quiere
¿si Dios quiere? pregunté
Es natural añadió
Ni que quiera ni que no
le contesté, llegaré
Tengo mu duro el tozuelo
Y ni todos los santos del cielo
harán que me vuelva atrás.
Respeto tu tozudez
me dijo con retintín
sigue tu viaje hasta el fin,
pero si vuelvo otra vez
a encontrarme en mi camino
y ande vas te preguntara
de un modo cortés y fino
si no quieres que me altere
y te castigue Colás,
después de icir ande vas,
añadirás si Dios quiere
¿Prometes hacerlo así?
Veremos, le contesté
y mi camino seguí.
Llegué a Zaragoza bien
y estuve allí una semana
y un día por la mañana
me dije: me vuelvo a Mallén.
Aparejé mi burrico
mientras cantaba una jota
coloqué a mano la bota
el ocho y el choricico
y en unión del animal
que nunca iba sin mí
de Zaragoza salí
mas tieso que un concejal.
Al poquico de emprender
la marcha de ésta manera
San Pedro en la carretera
se me volvió a aparecer.
El burrico se paró
cuando lo tuvo delante
y callaos por un instante
quedamos San Pedro y yo.
Por fin me dijo: ¿ande vas?
y yo le dije a Mallén.
Aunque no te paizca bien
dí: si Dios quiere, Colás
Quiá, quiá. No se desespere
ni ponga usté empeño en ello
que aunque me cuerten el cuello
no añadiré si Dios quiere.
¿No quieres icirlo? ¡No!
pues por no querer,
desde hoy rana vas a ser.
Y en rana me convirtió.
me echó al Ebro y me dió un baño
mayor de lo que creía
mira que baño sería
que estuve en el Ebro un año.
Ya estaba desesperao
no fue nada lo del ojo
de tanto estar a remojo
quedé como un bacalao.
Bien me fastidió el indino
pues mientras estuve allí
tan harto de agua salí
que ahora solo bebo vino.


Después de mucho esperar
San Pedro un día volvió
y del charco en que me echó
quiso volverme a sacar.
Cuando me tuvo a su lao
me dijo: ¿Qué tal amigo?
creo que con el castigo
ya estarás escarmentao
Por consiguiente Colás
Aprende bien la lección
y para obtener perdón
contesta bien: ¿ande vas?
Y yo que pa hablar soy parco
conteste de esta manera:
¿Qué ande voy? ande uste quiera
a Zaragoza o al charco.

martes, 18 de julio de 2017

VISITANDO LA TUMBA DE JANE AUSTEN


(Jane Austen, 16 diciembre 1775 - 18 julio 1817)

La luz del atardecer proporcionaba colores con matices increíbles a las agujas, los arbotantes y las tumbas que salpicaban la hierba alrededor de la catedral. Las gárgolas del templo parecían sonreír diabólicamente gracias al capricho de las luces y las sombras. La temperatura era inesperadamente cálida para ser casi mediados de septiembre y en el aire flotaba una extraña sensación de intemporalidad. Sobre la hierba del parque, grupos de estudiantes se sentaban formando corros y charlando despreocupadamente (...)
Gala suspiró.¿Estaría Jane Austen nerviosa ante la inminente visita de su admiradora?
          Ella era Elinor y su hermana Paula era Marianne. Lástima que no tuvieran una hermana más pequeña que encarnara el papel de Margaret. Cuando era niña, a Gala le encantaba imaginar que ella y su hermana eran las Dashwood, las protagonistas de Sentido y sensibilidad, la primera novela publicada por Jane Austen en 1811.
Cuando leyó por vez primera aquella obra, supo que quería ser escritora. Fue una revelación. Lo sería a toda costa, lo sería aunque no llegara a ser ni la mitad de buena que Austen, pero lo sería. Y Gala, siempre trabajadora, siempre firme, lo logró, aunque antes tuviera que pasar por el purgatorio de la universidad, de las oposiciones a instituto para ser profesora de Lengua y Literatura lejos de su Valladolid natal. Pero el destino quiso que allí encontrara el amor más inesperado en la persona del candidato, aparentemente, menos propicio: un hombretón que impartía clases de Matemáticas y con el que apenas cruzó dos palabras en el primer trimestre durante los claustros de profesores.
De manera que Gala había admirado a Jane Austen durante toda su vida, por lo que se comprenderá sin dificultad su nerviosismo cuando cruzó el umbral de la catedral sintiéndose observada por las gárgolas. Al poner el pie en el interior del templo, sus piernas flaquearon, y no solo porque apenas veinte metros la separaban de la tumba de Austen, sino por aquella galaxia de claves de bóveda y arcos apuntados que parecían bailar en las alturas. El espectáculo era extraordinario y sobrecogedor, pero logró reponerse y avanzó lentamente hacia la nave situada a su izquierda, al norte. Un cartel con el rostro de Austen anunciaba la tumba de la novelista.


La ahora mundialmente aclamada escritora murió con solo cuarenta y un años de edad un maldito 18 de julio de 1817. A su entierro apenas asistieron cuatro personas y en la primera tumba, la que ahora contemplaba Gala, ni siquiera se hizo mención a su oficio de escritora porque era mal visto por entonces que una mujer ejerciera semejante oficio. Pero las costumbres mudan y los principios humanos se resquebrajan con gran facilidad; por eso, cuando creció su fama, un sobrino llamado Edward puso una placa de bronce junto a la tumba mencionándola como escritora. Y, para que la hipocresía rezumara como es debido, aún habría de colocarse un nuevo recuerdo en su memoria en 1910.


Tres monumentos para una sola tumba y una única difunta.
Gala no lograba pasar la saliva. No conseguía decidirse sobre si dejar escapar sus lágrimas por la emoción o por la rabia ante la hipocresía de los hombres frente a las mujeres pioneras. Gracias a mujeres como Jane Austen, Gala o la mismísima Agatha Christie habían podido entregarse al sueño de crear historias sobre un papel.

Mariano Urresti, Agatha Escribía con Sangre

lunes, 17 de julio de 2017

DÍAS AZULES, SOL DE LA INFANCIA


«El mejor regalo que me han hecho en toda mi vida fue un manojo de perejil».

Esta frase siempre le ha llamado la atención a Nico, cuyo abuelo la repetía una y otra vez como una sentencia. Era difícil imaginar que tras ella se escondía una historia llena de aventuras y peligros que se remontaba a 1936, cuando las calles de Madrid bullían ante la efervescencia de la Guerra Civil.

Unos dediles de caña, viejas  postales de cine, un león en el parque de El Retiro y dos libros de Juan Ramón Jiménez constituyen las piezas del puzzle que Nico tendrá que resolver.

El título de la novela de Marcos Calveiro es engañoso, al hacer referencia al último verso que escribió Antonio Machado: "Estos días azules, y este sol de la infancia". De todas maneras, al final del libro encontramos la explicación.

El libro nos presenta dos historias intercaladas
.
La primera la relata Nico, un joven de unos quince años, que ante la enfermedad de su abuelo y el desconocimiento de las raíces familiares, quiere averiguar qué significa esa frase sobre el perejil, que su abuelo repite constantemente, y cuál fue su vida antes de la boda con la abuela, historia que desconoce toda la familia, excepto el hecho de que en su infancia acompañó a segadores gallegos a tierras de Castilla. Su búsqueda comienza con un poema de Rosalía de Castro:

Castellanos de Castilla,
tratade ben ós galegos;
cando van, van como rosas;
cando vén, vén como negros.


A partir de aquí encontramos una vieja fotografía en internet, una caja de hojalata donde el abuelo guardaba sus recuerdos, y la relación que Nico empieza a establecer por internet con Gala, una joven gallega un poco mayor que él.

En la segunda historia, Marcos Calveiro nos presenta al abuelo Nicasio: cómo abandona a su familia para huir a Madrid, poco antes de comenzar la guerra civil, donde conocerá al director de cine Armand Guerra o a la Venus Rubia, Marlene Grey, con los que participará en el rodaje de la película Carne de Fieras (al final podréis ver esta película rodada en 1936), o a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, donde encuentra a Matilde, de la que se va a enamorar. Y será en casa de Juan Ramón, junto con los huérfanos, donde asiste a la lectura de Platero y Yo.

                Las dos historias están bien narradas y dan fluidez al libro; vemos cómo se reivindica el amor a la cultura a través de las figuras de Armand Guerra y Juan Ramón Jiménez, la fascinación que ejerce Madrid sobre ese joven que no quiere ser un campesino a sueldo como su padre y el resto de segadores, que cree que la vida es algo más. 

domingo, 16 de julio de 2017

LA TOMA DE LA BASTILLA


—Ahora —dijo—, está tranquilo: voy a buscar a tu padre a la Bastilla.
—¡Desgraciado! —exclamó el director, cogiendo las manos de Billot—. ¿Cómo llegaréis hasta un prisionero de Estado?
—¡Tomando la Bastilla, truenos de Dios!
Algunos guardias franceses comenzaron a reírse, y al cabo de un instante todos los imitaron.
—Pero ¿qué es la Bastilla, si queréis decírmelo? —gritó Billot, paseando en torno suyo una mirada de cólera.
—Piedras —dijo un soldado.
—Hierro —añadió otro.
—Fuego —exclamó un tercero—. Y mucho cuidado, buen hombre, porque allí se quema uno.
—¡Sí, sí, se quema! —repitió la multitud con terror.
—¡Ah, parisienses! —gritó el labrador—. ¡Ah! Tenéis azadones y teméis las piedras; tenéis plomo y os amedrenta el hierro; tenéis pólvora y os infunde pavor el fuego. ¡Parisienses cobardes; máquinas de la esclavitud! ¡Mil rayos! ¿Quién es el hombre de corazón que quiere venir conmigo y con Pitou, a tomar la Bastilla del rey? Yo me llamo Billot, labrador en la isla de Francia. ¡Adelante!
Billot acababa de elevarse a lo más sublime de la audacia.
La multitud enardecida se agitaba en torno suyo, gritando:
—¡A la Bastilla, a la Bastilla!
Sebastián quiso cogerse a Billot; pero éste le rechazó con suavidad.
—Niño —díjole—, ¿cuál es la última palabra escrita por tu padre?
—¡Trabaja! —contestó Sebastián.
—Pues trabaja aquí: nosotros vamos a trabajar allí abajo; nuestra tarea es destruir y matar.
El joven no contestó una palabra; ocultó su rostro entre las manos, sin estrechar siquiera los dedos de Pitou, que le abrazaba, y sobrecogiéronle tan violentas convulsiones que fue preciso llevarle a la enfermería del colegio.
—¡A la Bastilla! —gritó Billot.
—¡A la Bastilla! —gritó Pitou.
—¡A la Bastilla! —repitió la multitud.
Y se encaminaron hacia la Bastilla (...)
Billot avanzaba siempre; pero no era ya él quien gritaba. La multitud, prendada de su aspecto marcial, reconociendo en aquel hombre uno de los suyos, comentaba sus palabras y sus actos, y le seguía siempre, aumentando como la ola de la marea montante.
Detrás de Billot, cuando desembocó en el muelle de San Miguel, había más de tres mil hombres, armados de cuchillos, de hachas, de picas y de fusiles.
Todo el mundo gritaba: «¡A la Bastilla, a la Bastilla!».

Alejandro Dumas, Ángel Pitou


Aquella mañana San Antonio se vio invadido por una masa de gente miserable que iba de una parte a otra, sobre cuyas cabezas ondulantes brillaba, a veces, la luz al reflejarse en los sables y las bayonetas. Tremendo rugido surgía de la garganta de San Antonio, y se agitaba en el aire un verdadero bosque de armas desnudas, como ramas de árboles sacudidas por el viento invernal; todos los dedos oprimían con fuerza un arma o cualquier cosa que sirviera de tal.
Nadie habría podido decir quién se las daba ni de dónde procedían; pero en breve se distribuyeron mosquetes, cartuchos, pólvora y balas, barras de hierro y de madera, cuchillos, hachas, picas y toda arma que se pudiera encontrar o imaginar. Y los que no tenían otra cosa se dedicaban con ensangrentadas manos a sacar de las paredes las piedras y los ladrillos. Todos los corazones, en San Antonio, latían con el apresuramiento de la fiebre, y todo ser que tenía vida estaba dispuesta a sacrificarla.
Así como un remolino de agua hirviente tiene su vorágine, así aquel remolino humano tenía su centro en la taberna de Defarge, y cada una de las gotas humanas que había en el monstruoso caldero mostraba tendencia a dirigirse hacia el punto en que se hallaba Defarge, sucio de sudor y de pólvora, que daba órdenes, entregaba armas, hacía avanzar a unos y retroceder a otros, desarmaba a uno para armar a otro y trabajaba como un endemoniado en lo más espeso de aquella confusión.
—¡Ponte cerca de mí, Jaime Tres! —gritó Defarge;— y vosotros, Jaime Uno y Jaime Dos, separaos o poneos a la cabeza de tantos patriotas como os sea posible. ¿Dónde está mi mujer?
—¡Aquí! —le gritó su esposa siempre tranquila aunque sin estar entregada a su labor de calceta. La decidida mano derecha de aquella mujer tenía asida un hacha y en su cintura llevaba una pistola y un cuchillo.
—¿Adónde vas, mujer?
—Ahora contigo —le contestó ella.— Luego ya me verás a la cabeza de las mujeres.
—¡Ven, pues! —exclamó Defarge con fuerte voz.— ¡Ya estamos listos, patriotas y amigos! ¡A la Bastilla!
Con un rugido como si, al oír la detestada palabra, resonaran todas las voces de Francia, se levantó aquel mar viviente, y sus numerosas oleadas se extendieron por parte de la ciudad. Se oían campanadas de alarma, redoblar de tambores y aquel mar alborotado empezó el ataque.
Profundos fosos, doble puente levadizo, macizos muros de piedra, ocho enormes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... A través del fuego, y del humo, en el fuego y en el humo, porque aquel mar lo arrojó contra un cañón, y en un instante se convirtió en artillero, Defarge, el tabernero, trabajó como valeroso soldado por espacio de dos horas. Profundo foso, un solo puente levadizo, macizos muros de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo. ¡Animo, camaradas! ¡Animo, Jaime Uno, Jaime Dos, Jaime Mil, Jaime Dos Mil, Jaime Veinticinco Mil! ¡En nombre de los ángeles o de los diablos, como queráis! ¡Animo! Así gritaba Defarge, el tabernero, junto a su cañón, que estaba ya rojo.
—¡A mí las mujeres!— gritaba Madame Defarge: ¡Cómo! ¿No podremos matar como los hombres cuando haya caído la plaza?
Y acudían a su lado gritando numerosas mujeres diversamente armadas, pero todas iguales por el hambre y la sed de venganza que las animaba.
Cañones, mosquetes, fuego y humo... pero aun resistían el profundo foso, el puente levadizo, los macizos muros de piedra y las ocho enormes torres. En el mar que atacaba se veían pequeños desplazamientos originados por los heridos que caían. Chispeantes armas, antorchas ardientes, carros humeantes llenos de paja húmeda, enormes esfuerzos junto a las barricadas, gritos, maldiciones, actos de valor, estruendos, chasquidos y los furiosos rugidos del viviente mar; pero aun resistían el profundo foso, el puente levadizo, los macizos muros de piedra y las ocho enormes torres; no obstante, Defarge, el tabernero, seguía disparando su cañón doblemente enrojecido por el incesante fuego de cuatro horas.
Una bandera blanca desde dentro de la fortaleza y un parlamentario... apenas visible entre aquella tempestad y por completo inaudible. De pronto el mar se encrespó y arrastró a Defarge, el tabernero, sobre el tendido puente levadizo, lo hizo pasar más allá de los macizos muros de piedra, entre las ocho enormes torres que se habían rendido.
Tan irresistible era la fuerza del océano que lo arrastraba, que, para él, era tan impracticable respirar como volver la cabeza, como si hubiera estado luchando contra la resaca del mar del Sur, hasta que, por fin, se vio dentro del patio exterior de la Bastilla.
Allí, apoyado en una pared, hizo un esfuerzo para mirar a su alrededor. Cerca de él, estaba Jaime Tres, y la señora Defarge, capitaneando a algunas mujeres, se hallaba a poca distancia empuñando el cuchillo. El tumulto era general, reinaba la alegría, la estupefacción y se oía un ruido espantoso.
—¡Los presos!
—¡Los registros!
—¡Los calabozos secretos!
—¡Los instrumentos de tortura!
—¡Los presos!
          Entre estos gritos y otras mil incoherencias, el grito más general entre aquel mar de cabezas era el de: “¡Los presos!”

Charles Dickens, Historia de dos Ciudades

viernes, 14 de julio de 2017

ANOCHECE EN LOS PARQUES


La vida de Laura no es fácil. Cuando su hermano murió súbitamente dos años atrás, su mundo se hizo añicos. Entonces empezaron las visitas al psicólogo, las píldoras, la sobreprotección de sus padres y, lo peor de todo, el bullying en la escuela.

Sin más amigos que Javier, el mejor amigo de su hermano, ni ganas de volver a una casa que se le cae encima, Laura se refugia en la biblioteca cada día después del colegio. Los libros se han convertido en la mejor compañía hasta que, un día, Laura coincide con un chico en la biblioteca y se enamora perdidamente de él.

Alexei parece el chico perfecto: es guapo, es hijo de diplomáticos, estudia para ser piloto de avión, le apasionan los libros tanto como a Laura y, sobretodo, parece que también se ha fijado en ella. Sin embargo, Alexei guarda un secreto que no se atreve a compartir con Laura

Lo que vas a leer ahora es la historia de lo que salió mal. No solo recientemente, después de la cena de Nochebuena, sino de todo lo que ha salido mal en mi vida, que en los últimos años ha sido todo. Vivía bajo la impresión de que podía escaparme de ello pero al final no ha sido así.

                Cuando leí esta frase al comienzo de la segunda parte del libro, no pude dejar de recordar Mentira, de Care Santos, pero, aunque la estructura y la relación entre la pareja de jóvenes sea parecida, la novela de Ángela Armero es muy distinta.

            Laura es una chica con problemas (bullying, ataques de ansiedad, nivel de autoestima bajo…), indecisa, amante de los libros; al principio, la vemos cobarde y asustadiza, pero, al final, osada para reunirse con su primer amor, con la persona que creía que es Alexei. Este, y siento el spoiler (al comienzo de la segunda os enteráis), no es más que un personaje creado por un joven vagabundo para acercarse a la joven que ha conocido en una biblioteca y que le atrae; sus padres han muerto, le han embargado su herencia, tiene que renunciar a lo que más quería, sus libros, y decide abandonar lo que le queda de familia. Algunos de los hechos nos lo contarán primero Laura y luego Alexei, y con este juego de puntos de vistas se da más profundidad al relato. Vemos cómo los dos se mienten, con la esperanza de cautivar y enamorar al otro

La historia está muy bien contada y nos atrapa enseguida, queremos saber qué es lo que va a pasar, por qué Alexei, de vez cuando desaparece de la vida de Laura. Entre los temas encontramos la historia de amor, el dolor, la superación de una realidad adversa, el acoso, el no tener un hogar, el hecho de ser invisibles para los demás, la literatura como refugio...

Ese final, abierto en cierta forma, me ha encantado; me recuerda Antes del Amanecer, una muy interesante película de los noventa.

PREMIO JAÉN DE NARRATIVA JUVENIL 2016

jueves, 13 de julio de 2017

CANCIÓN DE LA DANZARINA


                ¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.
Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.
Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa...» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.
En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé...
Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.
Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.
Abandoné tu casa mientras murmurabas:
«La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.
»Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.
»Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente...»
Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.
Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.
Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.
Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.
Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar...

Colette