viernes, 20 de octubre de 2017

LA MUSA


Nueve eran las musas, nueve las inspiradoras, las creadoras.

Después de su exitosa y celebrada primera novela, La Casa de las Miniaturas, Jessie Burton ha creado una historia igualmente vibrante sobre las vidas de cuatro mujeres extraordinarias. Así, dos dramáticos episodios ocurridos en épocas muy distintas conducen al lector a un apasionante y vertiginoso recorrido a través del amor y la obsesión, la verdad y la impostura.

Andalucía, 1936. Con la guerra civil a punto de estallar, Olive Schloss, hija de un marchante de arte vienés y una heredera inglesa, vive con sus padres en las afueras de un pueblo apartado. A la muchacha le encanta la pintura, y quiere emular a las grandes artistas de su época. Allí traba amistad con la joven criada, Teresa Robles, y con su hermanastro Isaac, un pintor idealista que da clases en Málaga. Al poco tiempo, Olive consigue burlar la voluntad de sus padres urdiendo un plan que desatará una cadena de mentiras y secretos.

Londres, 1967. Odelle Bastien, una joven llegada de Trinidad, aspirante a escritora, ha conseguido por fin un trabajo de mecanógrafa en el augusto Instituto de Arte Skelton bajo la tutela de la codirectora, Marjorie Quick. A pesar de que ésta le otorga toda su confianza, Odelle percibe en ella cierto halo de misterio, que se intensifica con la aparición de una obra maestra perdida durante la guerra civil española, un enigmático cuadro cuyo autor podría ser el desaparecido Isaac Robles.

                Las dos tramas se unen por un cuadro Rufina y el león, por el tema de la creación del artista, pues tanto Olive como Odelle conciben su obra como una forma de expresión, y por un personaje común a ambas historias, que se desarrollan de forma paralela, pero, para mí, la narración que presenta más peso, desde el punto de vista dramático, es la de Olive, no sólo por la situación sociopolítica que recrea, sino por las relaciones que se establecen entre Isaac, Olive y la madre de ésta, además de los tejemanejes del padre de Olive para rentabilizar lo que él cree que son las pinturas de Isaac. Otro tema que subyace en ambas tramas es la escasa importancia que se da a la mujer como artista.

jueves, 19 de octubre de 2017

NEXUS-6


Rick extrajo un viejo y arrugado sobre de papel de manila. Se echó atrás en su sillón de estilo importante, y hurgó en su contenido hasta que encontró lo que buscaba: los datos existentes sobre el Nexus-6.

Un momento de lectura justificó la afirmación de la señorita Marsten: el Nexus-6 poseía efectivamente los dos trillones de elementos, así como la posibilidad de optar entre diez millones de combinaciones de actividad cerebral. En 45 centésimas de segundo un androide equipado con esa estructura cerebral podía asumir una cualquiera entre catorce actitudes de reacción. En otras palabras, los androides con la nueva unidad cerebral Nexus-6 —desde un punto de vista pragmático y nada disparatado— sobrepasaban a una considerable porción de la humanidad, aunque fueran los del nivel inferior. Para bien o para mal. En algunos casos los criados superaban a los amos. Pero había nuevos criterios, por ejemplo el test de empatía de Voigt-Kampff. Un androide, por dotado que estuviera en cuanto a capacidad intelectual pura, no podía encontrar el menor sentido en la fusión que experimentaban rutinariamente los seguidores del Mercerismo, y que tanto él mismo como prácticamente todo el mundo, incluso los cabezas de chorlito subnormales, lograban sin dificultad.

Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro, por qué precisamente los androides se agitaban impotentes al afrontar el test de medida de la empatía. Era obvio que la empatía sólo se encontraba en la comunidad humana, en tanto que se podía hallar cierto grado de inteligencia en todas las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente la facultad empática exigía un instinto de grupo sin cortapisas. A un organismo solitario, como una araña, de nada podía servirle. Incluso podía limitar su capacidad de supervivencia, al tornarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese caso, todos los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, como los gatos, morirían de hambre.

En una ocasión había pensado que la empatía estaba reservada a los herbívoros o a los omnívoros capaces de prescindir de la carne. En última instancia, la empatía borraba las fronteras entre el cazador y la víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de la fusión con Mercer, todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en el abismo del mundo-tumba. Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico, aunque de doble filo. Si alguna criatura experimentaba alegría, la condición de todas las demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún ser humano sufría, ningún otro podía eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario como el hombre podía adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o una cobra sólo podían destruirse.

Evidentemente, el robot humanoide era un cazador solitario.

A Rick le gustaba pensar así: su trabajo se tornaba más aceptable. Si retiraba —o sea, mataba— a un andrillo, no violaba la regla vital establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había dicho Mercer el año en que las cajas de empatía aparecieron en la Tierra. Y en el Mercerismo, a medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de los que matan, los Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un mal absoluto tironeaba el deshilachado manto del anciano que subía, vacilante; pero no se sabía quién ni qué era esa presencia maligna. Un merceriano sentía el mal sin comprenderlo. De otro modo, un merceriano era libre de situar la presencia nebulosa de los Asesinos donde le parecía más conveniente. Para Rick Deckard, un robot humanoide fugitivo, equipado con una inteligencia superior a la de muchos seres humanos, que hubiera matado a su amo, que no tuviera consideración por los animales ni fuera capaz de sentir alegría empática por el éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los Asesinos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

FERNANDO ARAMBURU, PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA 2017


Fernando Aramburu ha recibido por su novela Patria el Premio Nacional de Narrativa 2017 por "la profundidad psicológica de los personajes, la tensión narrativa y la integración de los puntos de vista, así como por la voluntad de escribir una novela global sobre unos años convulsos en el País vasco".

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes?

Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado?

Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.

El libro pronto nos engancha. Son 125 capítulos, cortos todos, sin seguir una cronología lineal (saltos temporales, cambios de punto de vista…) dedicados cada uno de ellos a un personaje (donde la primera persona se entremezcla con el estilo indirecto libre, y a veces puede dificultar comprender quién habla). La novela es el testimonio de un mundo dividido, representado por esas dos familias, que tiempo atrás fueron amigas: la familia del etarra con delitos de sangre, frente a la familia del empresario muerto por ETA.

                Dos familias, mediante las que contemplamos la realidad de la sociedad vasca. Dos familias, donde mandan las madres, Miren y Bittori, amigas desde la infancia y que los hechos van distanciando y enfrentando; sus maridos también son amigos y compañeros, lo mismo ocurre con los hijos, hasta que los acontecimientos se desencadenan. Bittori una mujer dura, que sólo busca que el asesino de su marido le pida perdón. Miren, una apasionada defensora de Euskal Herria. Los hijos: Xavier, el médico; Nerea; Gorka, un escritor homosexual; Joxe Mari, un terrorista encarcelado; Arantxa, que la encontramos inválida...

                El propio autor, cerca del final del libro, nos da la razones que le motivaron a escribir esta novela

Hay libros que van creciendo dentro de uno a lo largo de los años en espera de la ocasión oportuna de ser escritos. El mío, del que he venido a hablarles hoy a ustedes, es uno de ellos. (...)
Y este proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista surge en mi caso de una doble motivación. Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de Derecho. (...)
Escribí, pues, en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes. (...)
Asimismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria donde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convicciones totalitarias. (...)
Pero también escribí, desde el estímulo por ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano. Y a favor de la dignidad de las víctimas de ETA en su individual humanidad, no como meros números de una estadística donde se pierden el nombre de cada una de ellas, sus rostros concretos y sus señas intransferibles de identidad. (...)
Procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política. Para eso están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico y los foros como este. (...)
Quise responder a preguntas concretas. ¿Cómo se vive íntimamente la desgracia de haber perdido a un padre, a un esposo, a un hermano en un atentado? ¿Cómo afrontan la vida, tras un crimen de ETA, la viuda, el huérfano, el mutilado? (...)

PREMIO DE LA CRÍTICA 2016     
PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA  2017

martes, 17 de octubre de 2017

PASEO


            Enviado por Ángel:


Este libro es un regalo para los sentidos, el particular homenaje que el coreano Jungho Lee rinde a los libros, a la literatura y a su capacidad de transportarnos a mundos imaginarios y poéticos donde expandir nuestros límites.


Aúna lo mejor del surrealismo de artistas como René Magritte y la creación de metaimágenes de Quint Buchholz, todo ello junto con un estilo propio que rebosa elegancia, quietud y significado, incorporando los libros en esas sugerentes imágenes de nuestro entorno.


Imagina ventanas hacia las que asomarnos y tras las que descubriremos un universo onírico y metafórico rebosante de magia.


Son 21 ilustraciones a gran tamaño, dibujadas a mano y posteriormente escaneadas y tratadas digitalmente. Jungho Lee señala que el nexo en común de todas estas ilustraciones es dar una visión surrealista del libro que nos ayude a potenciar nuestra imaginación sobre este objeto.


Encontramos libros escondidos en aviones, en el mar, en la mesa de la cocina… Volúmenes que están esperando a lectores que se atrevan a atravesar sus portadas, oler sus páginas, escuchar sus palabras. Gracias a ellos podemos volver a la infancia, pescar estrellas, huir de la realidad, sentir cosas que creíamos olvidadas… De todo eso y mucho más están impregnadas las sugerentes imágenes, estampas oníricas de gran formato, que componen este paseo.


¿Y si los libros nos recordaran con su presencia física las historias que pusieron en marcha en nuestra imaginación? Porque los libros van de eso, de imaginar, de activar la maquinaria de nuestro cerebro y hacerla trabajar, como si de una habilidad más se tratara. Esto es lo que piensa el artista Jungho Lee, autor de una serie de ilustraciones en las que los libros colonizan paisajes viajeros y de nuestro día a día.


PREMIO WORLD ILLUSTRATION 2016.

lunes, 16 de octubre de 2017

EL CANTO DEL CISNE


El viento susurraba suavemente entre las ramas de los álamos, arrancando de ellas doradas hojas que revoloteaban en su seno hasta caer blandamente sobre el suelo alfombrado de amarillo. El otoño se paseaba por la alameda, cubriendo con su manto áureo todo el paisaje, y llevándose consigo las pocas hojas que retenían los árboles.
Sólo el murmullo del aire, generalmente cálido, pero con algún ramalazo frío, heraldo de la próxima llegada del invierno, turbaba el silencio de aquel atardecer otoñal.
Entonces se escuchó un rítmico crujido que venía por la senda cubierta de hojas secas. El viento calló por un momento, sorprendido. Seguidamente, sopló con un atisbo de rabia, arrancando algunas quejas de los semialetargados árboles, furioso ante tamaña osadía.
Los pasos que así rompían el concierto de otoño de los álamos y el viento pertenecían a un hombre alto, cubierto con un abrigo gris de cuello alzado, que impedía distinguir sus rasgos. Contribuía a ello una bufanda oscura que aleteaba tras él. Sus manos se hundían en la oscuridad de los bolsillos del abrigo. Unas recias botas anunciaban que el visitante estaba próximo.
El viento trató de arrebatarle la bufanda, sin éxito. Exasperados, los árboles iniciaron una irritada sinfonía de hojas tintineantes, a coro con el aire.
Pero en intruso no se inmutó.
El viento expiró con un suave quejido, y los árboles se callaron. El otoño no tenía fuerzas aquella tarde para echar al hombre de la alameda.
Los pasos siguieron oyéndose a lo largo del camino. Una leve brisa levantó algunas hojas del suelo, en un remolino de advertencia que el intruso de la bufanda no escuchó. El sol arrancaba destellos de oro de las hojas caídas, y de las casi desnudas ramas arbóreas que ya no bailaban al son del viento.
El desconocido se detuvo, y alzó la cabeza para mirar a lo alto.
La brisa enmudeció: los hombres siempre miraban al suelo, nunca a lo alto, de modo que tal vez aquél fuera uno especial.
Entonces el intruso se acercó a uno de los álamos, sacó una mano del bolsillo y acarició dulcemente la corteza del árbol, que se estremeció bajo su tacto.
El viento silbó, admirado. No, decididamente, aquél no era un hombre corriente. Las ramas corearon su conclusión, excitadas, y hasta la maleza, de ordinario tan silenciosa, susurró su aprobación; y el otoño asomó su barba dorada por entre el follaje, para averiguar quién era aquel desconocido que miraba a lo alto y acariciaba a los árboles.
El rostro pardo del otoño arrugó la frente al descubrir al hombre de la bufanda sentado bajo el álamo al que había acariciado. Se oyeron risas entre la espesura, y dos pares de ojos rasgados, salvajes, brillaron con admiración bajo las luces del ocaso: una pareja de dríades había acudido al lugar.
Las ramas de los árboles cantaron de nuevo, sacudidas por la impaciencia del viento. Pocos hombres llamaban la atención de los espíritus del bosque, pocos hombres hacían salir a las dríades de sus encinares encantados. El otoño comenzaba a perdonar a aquel  desconocido su interrupción de la melodía del atardecer.
Las dríades asomaron la cabeza, curiosas, para ver qué hacía el intruso sentado bajo el árbol. El viento contuvo el aliento. Los álamos callaron. El otoño frunció el ceño, admirado.
El hombre escribía.
¡Escribía! Las dríades rieron y batieron palmas, regocijadas, porque el desconocido ponía una línea bajo otra, y no todo seguido. La pluma (¡pluma!) rasguñaba el papel delicadamente, engarzando palabras, tejiendo imágenes y sonidos que poca gente era capaz de entender. Las dríades estiraron el cuello para ver mejor y cruzaron una mirada de alegría.
Era un poeta.
El rostro pardo del otoño volvió a arrugarse en una expresión de incredulidad. ¡Qué extraño! El otoño habría jurado que ya no quedaban poetas. O, al menos, no como los que existieron antaño, que atraían a las dríades, y miraban a lo alto, y acariciaban a los árboles. No, aquélla había sido una raza extraña de hombres, dotados de una sensibilidad poco común, que hablaban con el viento y escuchaban a los mares.
Pero de aquellos .... ya no se hablaba.
Habían sido una raza diferente, sí, pero minoritaria, y habían estado desde el principio condenados a lo que eran ahora: una raza extinta.
Quedaban poetas, claro, pero eran poetas engendrados en el seno de los tiempos modernos. Los poetas que existían ahora caminaban con la cabeza gacha y solo escuchaban los múltiples sonidos de la ciudad, respiraban humo y pensaban que todo estaba perdido. Los poetas de hoy vivían con un extraño peso en el corazón.
El otoño les comprendía, en el fondo.
Pero aquel desconocido...
El otoño tuvo la sensación de que aquel poeta tampoco era un poeta de los de antaño. Pero era parecido a ellos.
El viento jugaba ahora con los cabellos del hombre, forcejeando suavemente con la bufanda, para destaparle la cara. Las dríades habían trepado al álamo para ver desde arriba qué era lo que estaba escribiendo. Se taparon la boca para evitar risillas indiscretas que pudieran molestar al poeta en su trabajo.
La brisa trajo hasta los oídos del otoño el parloteo nervioso de las dos habitantes del bosque profundo. Alzó las cejas, desconcertado. ¡De modo que el poeta relataba una historia en verso! Aquello no era posible. Debía de tratarse de un error.
Las dríades decían que el poeta también sabía contar cuentos. Que conocía el lenguaje de la Madre Tierra y del Señor de los Vientos, y que sembraba la semilla de la ilusión en los corazones de los hombres.
El visitante de la bufanda era poeta, cantor, pintor, a veces payaso, y a menudo narrador de cuentos. Viajaba errante por el mundo, llevando su magia a todos los rincones del planeta. Las dríades no recordaban haber visto nunca a nadie así.
Pero el otoño era ya muy anciano, y sí recordaba. Mucho tiempo atrás, tanto que las caprichosas dríades lo habían olvidado, muchos de aquellos hombres vagaban por la tierras. Los había a cientos, pero pocos auténticos. El progreso los había ido diezmando poco a poco. Y ahora, del mismo modo que no quedaban poetas como los de antaño, tampoco quedaban juglares.
Pero aquel hombre parecía ser un superviviente de la desaparecida raza y, sin embargo, no era como los demás que el otoño había visto mucho tiempo atrás. Los juglares traían alegría: aquel hombre parecía infinitamente triste. El otoño se dijo que no era de extrañar, dados los tiempos que corrían. No era época para juglares: nadie los escucharía.
Aquel individuo era como una rara piedra preciosa, de ésas que, si tienes suerte, encuentras una sola vez en la vida. Las dríades lo entendieron así, y guardaron un respetuoso silencio mientras el juglar acababa su composición, un soberbio poema épico titulado "El canto del cisne".
El tiempo pasó sin sentirse hasta que el viento anunció, a través de las ramas de los árboles, que el sol se hundía entre las montañas.
Entonces el poeta entendió y alzó la mirada.
Había terminado de escribir.
Se levantó pues, y leyó su obra en voz alta, con incontrolada emoción, para todas las criaturas que le estaban observando y que sólo él podía sentir. Y las dríades suspiraron al ver una lágrima temblando en sus ojos, y casi gritaron, alarmadas, cuando el juglar, tras echar el último vistazo a su obra, arrojó los papeles por encima de su hombro.
El viento se esforzó por juntarlos de nuevo, sin éxito. En su precipitación no hizo sino esparcirlos aún más entre los álamos.
El poeta caminaba ya por la vereda, abstraído.
El viento abandonó la afanosa búsqueda de los papeles y aprovechó para arrebatarle la bufanda juguetonamente; pero el juglar no hizo nada por recuperarla.  El viento arrastró la prenda de un lado para otro, desconcertado, sin saber muy bien que hacer con ella. Cualquier hombre corriente habría seguido el juego del viento, y habría perseguido la bufanda.
Pero el juglar no era un hombre corriente.
El viento se detuvo, exhausto, y contempló con impotencia cómo el extraño visitante de la alameda se alejaba entre los árboles. Éste alzó de nuevo el rostro mientras caminaba, y las dríades suspiraron más profundamente al ver sus dulces ojos color miel.
El juglar había oído el sonido del río, que lo llamaba, y se encaminaba hacia él. El otoño y el viento lo siguieron, y también las dríades, deslizando sus blancos pies descalzos por sobre el manto de hojas secas.
El poeta llegó al río poco después, guiado por su canto de mil campanillas argénteas. Se quedó un momento contemplando las aguas, hipnotizado, y entonces comenzó a remontar el curso del arroyo. Los rayos de sol que se filtraban entre las hojas rozaron los iris del juglar cuando éste llegó al pie de un pequeño montículo junto a un remanso del río, y las dríades contemplaron entonces unos dulces ojos del color del mar en calma.
Parecía tan, tan triste... las dríades gimieron por él, y el viento se arrepintió de haberle robado la bufanda.
El singular hombre trepaba ya por la falda de la elevación.
Súbitamente el viento adivinó sus intenciones, porque había visto muchas cosas a lo largo y ancho del mundo, y silbó advirtiendo lo que iba a suceder; las hojas de los árboles chillaron "No, no !" y las dríades se cubrieron el rostro con las manos, espantadas. El otoño observaba la  escena con un ligero desconcierto.
Pero el juglar no los escuchaba.
Un fauno tocó, con su flauta de cañas, una breve y triste melodía desde lo más profundo de la espesura. Una de las dríades alargó su etérea mano para coger al juglar, pero éste se zafó con un rápido y elegante movimiento. No, nada podía detenerle.
Alcanzó por fin la cima del montículo y miró a su alrededor, sonriendo. Sus dulces ojos eran ahora de color verde esmeralda, y el bosque se reflejaba en ellos.
Habría querido explicarles a todos qué duro era ser juglar en un mundo civilizado, pero no sabía si lo habrían comprendido porque, excepto el viento y el otoño, las restantes criaturas que lo observaban jamás habían salido de la alameda.
Una de las dríades recuperó una hoja de papel que le traía el viento, orgulloso de su trofeo. Era la última página del "Canto del Cisne".
La dríade leyó cómo el cisne elevaba su canción sobre las aguas, una canción dulcísima, tristísima, una canción de muerte; pero tan increíblemente bella que las dríades habrían llorado, si hubieran podido llorar.
El cisne desplegaba las alas y emprendía el vuelo....
El juglar abrió los brazos y avanzó un paso....
El cisne volaba...
El juglar saltó...
... Y ambos cayeron al vacío.
Y el río se los tragó.
El viento aulló con furia, pero ahora traía un aire gélido; las dríades se estremecieron y gimieron de miedo. Los árboles increpaban al viento porque les arrancaba las hojas demasiado pronto y con demasiada brutalidad.
En el sendero había un reguero de lágrimas pardas. El otoño abandonaba la alameda y probablemente no volvería jamás a ella, porque la escena que había presenciado era demasiado triste como para que quisiera recordarla.
Su rostro pardo y dorado fue sustituido inmediatamente por el semblante pétreo y gris del invierno, que tomó posesión de la alameda mientras las primeras estrellas aparecían en el firmamento, tirando del carro de la noche.
Las dríades escaparon corriendo hacia el corazón del bosque, hacia la eterna primavera.
En el remanso del río donde había desaparecido el hombre de la bufanda, que miraba a lo alto, atraía a las dríades y acariciaba a los árboles, quedó un anillo sobre el agua, como un dulce suspiro. El viento esparció por la tierra las hojas del postrer canto épico del último de los juglares.

Laura Gallego

domingo, 15 de octubre de 2017

ESTO ES AMOR, QUIEN LO PROBÓ, LO SABE


Desmayarse, atreverse, estar furioso, 
áspero, tierno, liberal, esquivo, 
alentado, mortal, difunto, vivo, 
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo, 
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, 
enojado, valiente, fugitivo, 
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño, 
beber veneno por licor suave, 
olvidar el provecho, amar el daño,

creer que un cielo en un infierno cabe, 
dar la vida y el alma a un desengaño, 
esto es amor, quien lo probó, lo sabe.

Felix Lope de Vega

viernes, 13 de octubre de 2017

EL PINTOR DE SOMBRAS


Una trepidante intriga por las calles de una Barcelona modernista en la que se toparán, por extraños azares del destino, Picasso, Jack el Destripador y un extravagante detective inglés obsesionado con atrapar al asesino.

El pintor sin dinero, tras haber perdido el apoyo de su familia y obsesionado sólo con pintar, encontrará cobijo en un burdel situado en la calle Aviñón donde se reencontrará con el amor de su vida. Pero, una a una, las prostitutas que lo amparaban son degolladas y destripadas brutalmente y todas las pistas lo señalan como culpable.

 ¿Cómo demostrar ante la policía su inocencia? ¿Cómo hacerles ver que se enfrentan a uno de los mayores genios del crimen que haya conocido la historia? ¿Cómo convencerles de que él es realmente el único que conoce el rostro del asesino porque lo ha dibujado? ¿Qué puede ocurrir cuando el mayor genio del mal se topa con el más brillante genio del arte? Sólo el amor y el horror pueden explicar el secreto de una de las pinturas más famosas de la historia.

Esteban Martín nos ofrece una interpretación del cuadro de Picasso, Las Señoritas de Aviñon. Para ello nos ofrece una historia con dos partes bien diferenciadas con dos puntos de vista distintos, en tercera persona cuando el punto de vista es el de Picasso, en primera, bajo la óptica del doctor Sherrinford, cuando el protagonista es el detective inglés.

En la primera (Pablo Picasso), nos encontramos en la Barcelona de finales del XIX, donde vemos los primeros años del pintor en esta ciudad, sus primeras obras, sus amigos, su deseo de hacer algo distinto lejos de la pintura académica, cómo se rompe la relación con su familia y se refugia en el burdel de la calle de Aviñón. Aquí el autor nos va introduciendo en la vida bohemia barcelonesa, además de datos de crítica social. Luego dos de las prostitutas son asesinadas de una forma tan brutal que nos recuerda a los crímenes de Jack el Destripador.

La segunda parte del libro lleva el título de Empieza el Juego, lo cual tendría que darnos una pista sobre lo que va a ocurrir: contratan para esclarecer el caso a un detective consultor londinense, Steven Arrow, que ya estuvo implicado en la investigación de Jack el Destripador; vendrá acompañado por el doctor Sherrinford, y, para más señas, vive en el 221 B de Baker Street, y es amigo de Arthur Conan Doyle, quien utiliza sus casos verídicos para el personaje que va a crear. Efectivamente, aparece Sherlock Holmes.

                El estilo de Esteban Martín es cuidado, con un ritmo ágil, más rápido en la segunda parte, con unos diálogos trabajados, unos personajes bien elaborados y trabajados psicológicamente (por ejemplo, las motivaciones de Jack, o la aversión de Arrow hacia su trabajo…).