lunes, 29 de agosto de 2016

SIRENITA


Durante siglos, inmóvil y silenciosa, ha habitado en las aguas enlodadas y calmas del lago. Le acompaña una fama inquietante, de culebra movediza y traidora que una vez devoró a un caballero que trató de darle muerte. Ella misma no recuerda el suceso con claridad: el caballero, un señor lejano, se había acercado hasta la orilla del lago, y allí se había dirigido a ella. Intercambiaron palabras de amor, miradas tiernas, y un par de anillos de cobre que les dejaron los dedos verdosos. Entonces, resuelta, decidió renunciar a todo por el hombre suave y cortés que acudía a visitarla. A cambio de su voz perdió la cola irisada y se convirtió en humana. Esa noche el caballero no la halló. En su lugar, encontró junto a los juncos, una enorme cola de pez ensangrentada. Cuando se abrió la garganta con su espada, ella se encontraba muy cerca de su castillo. Se ocultó entre unos matojos ante el paso de la guardia, que se llevaba el cadáver del príncipe envuelto en una capa, un bulto anónimo. Ella esperó a la puerta del castillo muchas horas, en vano, convencida de haber sido traicionada. Regresó al lago, abatida y llorosa, y desde entonces aguarda, cubierta de barro y liquen, la llegada de otro caballero en quien vengar su abandono.

Espido Freire

domingo, 28 de agosto de 2016

THE GLOBE: PREPARANDO LA FUNCIÓN


MEMBRILLO: ¿Está toda la compañía?
FONDÓN: Más vale que los llames uno a uno, conforme la lista.
MEMBRILLO: Aquí están los nombres de todos los atenienses a los que se considera aptos para representar la comedia ante el duque y la duquesa en la noche de su boda.
FONDÓN: Membrillo, primero di de qué trata la obra; después, nombra a los cómicos y entonces llega al final.
MEMBRILLO: Pues la obra se llama «La dolorosísima comedia y la crudelísima muerte de Píramo y Tisbe».
FONDÓN: Una gran obra, te lo digo yo, y divertida. Ahora, pasa lista a los cómicos.
MEMBRILLO: Responded conforme os llame. Fondón.
FONDÓN: Dime mi papel y sigue.
MEMBRILLO: Tú, Fondón, haces de Píramo.
FONDÓN: ¿Quién es Píramo? ¿Un amante o un tirano?
MEMBRILLO: Un amante que se mata galantemente por amor.
FONDÓN: Para hacerlo bien exigirá algún llanto. Si es mi papel, que el público se cuide de sus ojos: desencadenaré tempestades, lloraré mi dolor. Todo eso. Aunque lo mío es el tirano. Haría un Hércules espléndido o un papel de bramar y tronar, de estremecerlo todo:
Las rocas rugientes,
los golpes rompientes
destrozan los cierres
de toda prisión.
Y el carro de Febo,
que brilla a lo lejos,
al destino necio
trae la destrucción.
¡Qué sublime! Nombra a los otros cómicos. Es el tono de Hércules, el tono de un tirano. Un amante es más doliente.
MEMBRILLO: Flauta. Tú tienes que hacer de Tisbe.
FLAUTA: ¿Quién es Tisbe? ¿Un caballero andante?
MEMBRILLO: Es la amada de Píramo.
FLAUTA: Oye, no. No me des un papel de mujer: me está saliendo la barba.
MEMBRILLO: No importa. Puedes hacerlo con máscara y hablar con voz fina.
FONDÓN: Si puedo taparme la cara, déjame hacer de Tisbe a mí también. Pondré una voz finísima: «Tizne, Tizne.» « ¡Ah, Píramo, amado mío! ¡Querida Tisbe, amada mía! »
MEMBRILLO: No, no. Tú haces de Píramo; y tú, de Tisbe, Flauta.
FONDÓN: Bueno, sigue.
MEMBRILLO: Hambrón, tú tienes que hacer de madre de Tisbe. Morros, de padre de Píramo. Yo, de padre de Tisbe. Ajuste, el papel del león. Espero que sea un buen reparto.
AJUSTE: ¿Tienes escrito el papel del león? Si lo tienes, dámelo, que yo aprendo despacio.
MEMBRILLO: Puedes improvisarlo: sólo hay que rugir.
FONDÓN: Déjame hacer de león a mí también. Rugiré de tal modo que levantaré el ánimo a cualquiera. Rugiré de tal modo que el duque dirá: «¡Que vuelva a rugir, que vuelva a rugir!»
MEMBRILLO: Si te pones tan tremendo asustarás a la duquesa y a las damas, y harás que griten. Sólo por eso nos ahorcaran a todos.
FONDÓN: Amigos, si asustáis de muerte a las damas, seguro que no les quedará más remedio que ahorcarnos. Pero rugiré más suave que un pichón, rugiré como un ruiseñor.
MEMBRILLO: Tú harás de Píramo, que Píramo es bien parecido y tan apuesto como el que más en día de primavera. Muy guapo y todo un caballero. Así que tienes que hacer de Píramo.
FONDÓN: Bueno, pues me encargo de él. ¿Qué barba es mejor para el papel?
MEMBRILLO: La que tú quieras.
FONDÓN: Actuaré con barba de color paja, con barba cobriza, con barba carmesí o con barba dorada como una corona de oro francesa.
MEMBRILLO: Algunas coronas francesas ya no tienen pelo, así que tendrás que actuar afeitado.  Bueno, amigos, aquí tenéis los papeles. Os ruego, suplico y ordeno que os los aprendáis para mañana noche y que os reunáis conmigo en el bosque de palacio, a una milla de Atenas, a la luz de la luna. Allí ensayaremos, que, si nos juntamos en la ciudad, la gente nos asediará y sabrá lo que tramamos. Mientras, haré una lista de los accesorios que requiere la comedia. Os lo ruego, no faltéis.


FONDÓN: ¿Estamos todos?
MEMBRILLO: Y a la hora. Este sitio es formidable para ensayar. El césped será la escena; actuaremos igual que después ante el duque.
FONDÓN: En esta comedia de Píramo y Tisbe hay cosas que no gustarán. Primera, Píramo desenvaina y se mata: las damas no pueden soportarlo. ¿Qué me dices?
MORROS: Diantre, es para temerlo.
HAMBRÓN: Al final tendremos que quitar las muertes.
FONDÓN: Nada de eso: con mi idea quedará bien. Escribid un prólogo en el que se diga que no haremos daño con las espadas y que Píramo no muere de verdad; y, para más seguridad, decidles que yo, Píramo, no soy Píramo, que soy Fondón el tejedor. Esto los tranquilizará.
MEMBRILLO: Bien, escribiremos el prólogo, en versos de ocho y seis sílabas.
FONDÓN: No, añádeles dos: en versos de ocho y ocho.
MORROS: ¿Y el león no asustará a las damas?
HAMBRÓN: Me lo temo, os lo aseguro.
FONDÓN: Señores, tenéis que pensarlo bien. Meter un león entre damas es cosa de espanto, pues no hay animal salvaje más terrible que el león. Habría que llevar cuidado.
MORROS: Pues, nada: otro prólogo diciendo que no es un león.
FONDÓN: Sí, y dando el nombre del actor, y que se le vea media cara por el cuello del león, y que hable él mismo, diciendo esto o algo de su parecencia: «Damas...», o «Bellas damas, desearía...», o «Yo os rogaría...», o «Yo os suplicaría que no temáis, que no tembléis: mi vida por la vuestra. Si creéis que vengo aquí como león, no merezco vivir. No, no soy tal cosa: soy un hombre como otro cualquiera.» Y entonces que diga claramente que es Ajuste el ebanista.
MEMBRILLO: Muy bien, se hará. Quedan dos dificultades: una es meter la luz de la luna en el salón. Ya sabéis que Píramo y Tisbe se encuentran a la luz de la luna.
MORROS: ¿Habrá luna la noche de la función?
FONDÓN: ¡Un calendario, un calendario! Míralo en el almanaque. Mira cuándo hay luna, cuándo hay luna.
MEMBRILLO: Sí, esa noche hay luna.
FONDÓN: Entonces se puede dejar abierta una hoja de la ventana del salón donde actuaremos, y la luz de la luna podrá entrar por la ventana.
MEMBRILLO: O, si no, que entre alguno con un manojo de espinos y una lámpara diciendo que viene a representar la luz de la luna. La otra cosa que necesitamos es un muro en el salón, pues, según la historia, Píramo y Tisbe se hablaron por la grieta de un muro.
MORROS: Un muro no se puede meter. ¿Tú qué dices, Fondón?
FONDÓN: Pues que alguien tendrá que hacer de muro. Que venga con yeso, argamasa o revoque para indicar que es un muro. O que ponga los dedos así y por este hueco pueden musitar Píramo y Tisbe .
MEMBRILLO: Si puede hacerse, todo irá bien. Vamos, todo hijo de vecino a sentarse y ensayar su papel. Píramo, tú empiezas. Al acabar tu recitado, te metes en ese matorral. Y así los demás, según os toque.
Entra PUCK [invisible].
PUCK: ¿Qué están voceando estos rústicos de estopa aquí, junto a la cuna de nuestra Hada Reina? ¡Cómo!¿Alguna comedia? Seré espectador; y tal vez actor, si se presenta el caso.
MEMBRILLO: Habla, Píramo. Tisbe, acércate.
FONDÓN: «Tisbe, encierran las flores sabor ojeroso.»
MEMBRILLO: ¡Oloroso!
FONDÓN: sabor oloroso. Igual es tu aliento, mi Tisbe querida. Mas, oye. ¡Una voz! Aguarda un instante, que Píramo vuelve contigo en seguida.»
Sale.
PUCK: Píramo más raro jamás se vería.
Sale.
FLAUTA: ¿Me toca a mí ahora?
MEMBRILLO, Sí, sí, claro. Date cuenta que él ha salido a ver qué era ese ruido, y tiene que volver.
FLAUTA: «Ah, Píramo radiante, del color de los lirios, de tez cual rosas rojas en triunfante rosal, juvenil, rozagante, el más bello judío, caballo fiel que nunca se podría fatigar. Píramo, nos veremos en la tumba del niño.»
MEMBRILLO: ¡Tumba «de Nino», tú! Pero eso no lo digas todavía: es tu respuesta a Píramo. Tú recitas tu papel de un tirón, con réplicas y todo. ¡Píramo, entra! Se te ha pasado el verso, que es: «se podría fatigar».
FLAUTA: ¡Ah! - «Caballo fiel que nunca se podría fatigar.»
Entra FONDÓN con cabeza de asno.
FONDÓN: «Si fuera hermoso, hermosa Tisbe, tuyo sería.»
MEMBRILLO: ¡Portentoso! ¡Pasmoso! ¡Nos han embrujado! ¡Amigos, huid, amigos! ¡Socorro!
Salen todos los cómicos.
FONDÓN: ¿Por qué huyen? Esto es una maña para meterme miedo.
Entran MORROS y MEMBRILLO.
MORROS: ¡Fondón, te han cambiado! ¿Qué veo sobre tus hombros?
FONDÓN: ¿Que qué ves? Pues tu cara de burro, ¿a que sí?
MEMBRILLO: ¡Dios te valga, Fondón! ¡Te han transformado!
Salen.
FONDÓN: Ahora veo la maña. Me quieren volver un burro, asustarme, si es que pueden. Yo de aquí no me muevo, por más que lo intenten. Pasearé de acá para allá, y cantaré para que vean que no tengo miedo.


PUCK
Si esta ilusión ha ofendido,
pensad, para corregirlo,
que dormíais mientras salían
todas estas fantasías.
Y a este pobre y vano empeño,
que no ha dado más que un sueño,
no le pongáis objeción,
que así lo haremos mejor.
Os da palabra este duende:
si el silbido de serpiente
conseguimos evitar,
prometemos mejorar;
si no, soy un mentiroso.
Buenas noches digo a todos.
Si amigos sois, aplaudid
y os lo premiará Puck.

William Shakespeare, El Sueño de una Noche de Verano

viernes, 26 de agosto de 2016

EL PRISIONERO DEL CIELO


Enviado por Javier (B2C)

Aquí descubrimos que Daniel, el adolescente que conocimos en La Sombra del Viento, ahora está casado con Bea y es padre de un pequeño niño llamado Julián. Daniel Sempere recibe la visita de un misterioso personaje en la librería preguntando, nada más y nada menos, que por Fermín. Asustado, éste decide contarle a su amigo y jefe su historia. Una historia que empieza en el castillo de Montjuïc y que acaba el día que se conocieron en la plaza Real.

En la prisión, en la que eran encarcelados aquellas personas políticamente contrarias al régimen dictatorial de Franco, Fermín Romero de Torres conoce a David Martín (protagonista de El Juego del Ángel), al que apodan el prisionero del cielo. La cárcel está regentada por el  Mauricio Valls, alguien con escasa habilidad literaria que mantiene con vida a David Martín para que éste le reescriba su obra. Para conseguirlo, Valls amenaza con hacer daño a su amiga Isabella Gispert, su marido y su hijo: Daniel Sempere.

Allí, el escritor y Fermín entablan amistad y planean la huida de este último emulando a El Conde de Montecristo, con la condición de que Fermín cuide siempre del pequeño Daniel. Cuando todo está listo, Fermín decide robar a su compañero una llave que abre el tesoro que ha conseguido con los crímenes de la guerra civil.

Desde mi punto de vista, El Prisionero del Cielo es un libro de transito que solamente presenta algunos de los personajes y de las tramas que Carlos Ruíz Zafón  ha relatado antes, pero que no las concluye con esta novela.

Respecto al contenido del libro, he de reconocer que en lo que se refiere a expresión, credibilidad de los personajes, diálogos, descripciones etc., el libro es bastante bueno a mi parecer, sin embargo he de admitir que no ha sido muy de mi agrado, aunque algo que sí ha conseguido en cierta manera, que tenga curiosidad por conocer como continua la historia de Daniel y el desenlace de la misma.

Una de las pocas cosas por las cuales he disfrutado del libro ha sido de la verosimilitud de la historia, que a excepción de algunos elementos como el tesoro de Salgado y algunas muertes con demasiada ficción, como el envenenamiento de Isabella, es bastante creíble, y esto hace que me atraiga pues no suena descabellada la historia de Fermín, que en aquellos tiempos de guerra, los nombres iban y venían y algún preso y más  de uno se tuvo que escapar de aquellas cárceles de los años 40.

Para finalizar, le otorgare una puntuación de 6/10, pues aunque como he explicado anteriormente, a mi parecer se trata de un libro de tránsito y que únicamente trata de buscar la curiosidad del lector para el siguiente tomo, sí que hay ciertos elementos de mi agrado, como la expresión del autor, la verosimilitud de la historia y de los diálogos, que salvan al libro de ser totalmente aburrido.

jueves, 25 de agosto de 2016

EL APRENDIZ DE DIOS


Este mes se han cumplido 200 años de cierta reunión que tuvo lugar en Suiza y que dio origen a una variante del mito de Prometeo, que se rebela contra Dios, al crear el personaje de Frankenstein.



Todos conocernos la historia del aprendiz de brujo, el joven que estudiaba para ser un mago e intentó utilizar la magia de su amo para ahorrarse trabajo..., pero luego se dio cuenta de que no podía controlar la magia, El poema original es obra del escritor alemán Wolfgang von Goethe. El músico francés Paul Dukas se inspiró en él para escribir en 1897 una encantadora composición, que más tarde fue adaptada, de forma todavía más encantadora, por Walt Disney, en su película de dibujos animados Fantasía.
La historia resulta muy divertida, sobre todo porque el pobre aprendiz es rescatado finalmente por el mago, y todos podemos reír a gusto de sus desgracias; pero en el fondo sentimos cierta intranquilidad al verla, porque muy bien podría ocurrir que la hurnanidad estuviera desempeñando el papel de aprendiz de Dios.
Hemos aprendido mucho sobre el Universo y somos capaces de hacer cosas que parecerían magia a nuestros antepasados. Sin duda, si un cruzado del siglo XII apareciera en nuestro mundo sin previo aviso y viera los aviones a reacción, la televisión y las máquinas computerizadas, creería que todo aquello era brujería y, casi con toda probabilidad, magia negra; y se santiguaría mil veces para encomendar su alma a Dios y pedir su protección.
Casi podemos llegar a convencernos de que hemos usurpado los poderes divinos de creación, o al menos los hemos tomado a préstamo para establecer nuestro propio dominio de la naturaleza; y del mismo modo que le ocurrió al aprendiz de brujo, somos lo bastante listos para utilizar esos poderes, pero no lo bastante sabios para controlarlos. Si miramos hoy el mundo que nos rodea, ¿no vemos acaso que la tecnología se ha hecho independiente de nosotros y, lenta pero inexorablemente, ha empezado a destruir el medio ambiente y la habitabilidad del planeta?
Tal vez el ejemplo más claro del sueño de la humanidad de usurpar los poderes de Dios sea la creación de un ser humano artificial. En el relato bíblico de la Creación, el nacimiento de la humanidad constituye el remate de toda la historia. ¿Puede la humanidad creada dedicarse a continuación a crear por sí misma una humanidad subsidiaria? ¿No sería ése el ejemplo extremo del presuntuoso orgullo del aprendiz de Dios, y no merecería el hombre ser castigado por ello?
Profundicemos un poco más en el tema.
Se han empleado varios términos para referirse a los seres humanos artificiales. Por ejemplo, autómata (que se mueve por sí mismo), homúnculo (ser humano pequeño), androide o humanoide (parecido al hombre). En 1921, el escritor checo Karel Capek introdujo en su obra teatral R.U.R. el término robot, una palábra checa que significa «esclavo».
Los dos términos que mayor difusión han tenido para designar a los seres humanos artificiales han sido, por encima de todos los demás, robot, y en segundo lugar, a considerable distancia, androide. En las historias modernas de ciencia-ficción, existe una diferencia entre los dos términos: se llama robot al ser humano artificial construido en metal, en tanto que androide es el fabricado con una sustancia orgánica que tiene la apariencia externa de la carne y de la sangre.
Curiosamente, en R. U.R., el drama en el que Chapek acuñó la voz robot, los seres humanos artificiales así llamados eran, de hecho, androides.
Pero, a despecho de la incomodidad que sentimos los humanos ante el hecho de la creación de otros seres humanos artificiales (los viejos relatos de ciencia-ficción solían afirmar: «existen cosas que los humanos no deben conocer»), el sueño de una creación de ese género es tan antiguo como la literatura.



En la Ilíada se describe cómo el dios herrero de los griegos, Hefesto, tenía unas muchachas de oro que le ayudaban en su trabajo, podían desplazarse a voluntad y tenían inteligencia. Robots perfectos.
También en la isla de Creta se suponía que existía un gigante de bronce, Talos, que daba vueltas sin cesar por las costas de la isla, dispuesto a combatir contra cualquier enemigo quese aproximara a ella. En este caso, Talos era seguramente una metáfora para designar a la flota cretense (la primera que el mundo conoció), cuyos guerreros armados con espadas de bronce protegían la isla de los invasores.
Esos robots míticos eran creaciones divinas y podían ser utilizados sin inconvenientes, tanto por los propios dioses como por los humanos, bajo la dirección de los dioses. Sin embargo, llegó un momento en que se empezó a hablar de humanos como creadores de una vida pseudobumana.
En las leyendas judías se habla de robots llamados golems (término hebreo que significa «masa informe», para significar que no fueron formados con la precisión que cabe esperar de la creación divina). Los golems eran de arcilla y cobraban una especie de vida a la mención del Santo Nombre de Dios. El golem más famoso es el que se afirma que fabricó, hacia el año 1500, el rabí Judá Loew, en Praga. Como cabía esperar, se convirtió en un peligro, y hubo de ser destruido.
Pero también el golem es una creación pseudodivína, bastante peligrosa pero aún no enteramente construida por el hombre. Mientras tanto, se iba desarrollando poco a poco una ciencia secular, y corrían rumores sobre alquimistas medievales que habían intentado crear vida sin ninguna clase de ayuda divina. El caso más famoso fue el de Alberto Magno, en el siglo XIII. Naturalmente, a pesar de los rumores, ninguno de ellos tuvo éxito.
En 1771 se produjo un punto de inflexión. En ese año, el anatomista italiano Luigi Galvani experimentó con músculos extraídos de las ancas de ranas, por supuesto muertas, y descubrió que una corriente eléctrica podía hacer contraerse aquellos músculos muertos como si estuvieran dotados de vida. (Todavía hoy hablamos de que algo ha sido «galvanizado» cuando se pone subitamente en acción a partir de un estado inerte.)
La electricidad constituía aún una fuerza nueva, de propiedades desconocidas en buena parte, y fácilmente pudo creerse que en ella'se encontraba la auténtica esencia de la vida. Empezó a parecer concebible que un cadáver, si se le infundía electricidad con la intensidad adecuada, pudiera revivir.
Las investigaciones relativas a la electricidad se galvanizaron (dicho sea con perdón), y en 1800 el físico italiano Alessandro Volta inventó la primera batería química, el primer instrumento capaz de producir una corriente eléctrica continuada, y no tan sólo chispas ocasionales. La posibilidad de la creación de vida parecía más próxima que nunca.
El poeta George Gordon (Lord Byron) se interesaba por las novedades científicas del momento, y conoció la existencia del fenómeno del galvanismo. Uno de sus mejores amigos era otro gran poeta lírico, Percy Shelley, y los dos pasaron juntos una temporada en Suiza, en 1816, con otras personas. También les acompañaba la joven esposa de Shelley, recién casada con él tras la muerte (por suicidio) de la primera mujer del poeta.
Esa joven era Mary Wollstonecraft; su madre, que llevaba el mismo nombre, era una famosa feminista, y su padre, William Godwin, un filósofo y novelista. Mary Shelley, como solemos conocerla, tenía diecinueve años en aquella época.
Una noche, en el curso de la conversación, Byron propuso que cada uno de ellos escribiera una especie de relato de fantasmas, sobre las bases que podía sugerir la «ciencia moderna». Lo que planteaba era que escribieran lo que hoy llamaríamos un «relato de ciencia-ficción»..
La propuesta no pasó adelante, salvo en el caso de Mary Shelley. Inspirada por la posibilidad de la creación de vida por medio de la electricidad, escribió Frankenstein, o el moderno Prometeo, que se publicó en 1818, cuando ella tenía veintiún años de edad.
El título es significativo. En los mitos griegos no son los dioses olímpicos quienes crean a los
humanos, sino Prometeo («el Previsor», una personificación de la inteligencia), un titán perteneciente a una generación de dioses más antiguos. Prometeo no sólo modelaba en barro á los seres humanos (como hace Dios en el libro del Génesis; porque en los tiempos de los viejos mitos, el barro era el material universal para la confección de la cerámica, y los dioses eran alfareros divinos) sino que introdujo en la humanidad el fuego del Sol, inaugurando de ese modo la tecnología.
El protagonista de Frankenstein era un científico suizo, Frankenstein, que aspiraba a ser un nuevo Prometeo y crear un nuevo género de seres vivientes por el procedimiento de galvanizar tejidos orgánicos muertos. Lo hizo, pero el resultado fue tan horripilante que abandonó a su destino al ser que babía creado, y sólo se refería a él llamándole «el Monstruo». El Monstruo, indignado ante la crueldad de aquel trato, mató a Frankenstein y a toda su familia, y al terminar la novela huía hacia el misterioso Ártico.
Es interesante destacar el aspecto «aprendiz de brujo» de la narración. Frankenstein podía crear la vida, pero no controlar su creación. Aunque no podemos estar seguros de lo que pensaba al respecto Mary Shelley, parece insinuarse una comparación con la Creación original. Dios creó la humanidad, pero sin duda ha perdido el. control de sus criaturas, porque éstas pecan de modo incesante. Puede parecer incluso que Dios se ha desentendido de la Creación, disgustado con nosotros, y nos ha dejado abandonados a nuestro sino.
Lo importante de Frankenstein es que se trata del primer cuento en el que la vida se crea sin intervención divina, únicamente por medios materiales. Por esa razón, algunos críticos la han llamado la primera novela de ciencia ficción.
Conviene recordar que la novela fue escrita por una mujer de veintiún años, inmersa en las convenciones de la literatura romántica. El estilo es florido y retórico y contiene internminables descripciones de viajes. A pesar de todo, su popularidad fue enorme desde el mismo momento de su aparición.
No cabe duda, con todo, de que para la mayoría de las personas la popularidad de la historia se basa en la película inspirada en ella, del año 1931. Yo mismo vi la película muchos años antes de leer el libro, y quedé asombrado al ver las diferencias existentes entre ambos.
En la película, se coloca en el cuerpo el cerebro de un crirninal, algo que no ocurre en el libro y que, de haberse suprimido de la película, no habría causarlo el menor trastorno a la historia. En el libro, el Monstruo es un ser culto e inteligente, plenamente capaz de expresarse con el mismo romanticismo que cualquier otro personaje; en la película, el Monstruo únicamente habla por medio de gruñidos. Además, en la película, aunque Frankenstein era asesinado igual que en el libro, los productores cambiaron el guión antes del estreno y dieron a la historia un final feliz, al menos para Frankenstein. En cuanto al Monstruo, en lugar de escapar al Artico al final, en la película muere, aunque más tarde fue resucitado para protagonizar un gran número de secuelas, de las que tan sólo una, La novia de Frankenstein, tenía algún valor. A pesar de algunas torpezas, la película Frankenstein sigue siendo la película de horror de mayor éxito de todos los tiempos, con la única competencia de King Kong, producida en 1933.
El éxito de Frankenstein se debió además a la espléndida caracterización de Boris Karloff, que a partir de ese papel ascendió de inmediato y para muchos años al estrellato. Karloff compuso un Monstruo atemorizador, sin resultar grotesco ni repulsivo; de hecho, representó con tal habilidad su papel que era imposible no sentir simpatía por el personaje. Resultaba evidente que su intención era buena, y sólo su ignorancia del mundo hizo que matara a la pequeña. Creyó que flotaría en el agua: igual que las flores.



En este aspecto la película seguía el libro, porque en el libro el Monstruo era enteramente inocente desde el principio. Traído a la vida por la acción de Frankenstein, el Monstruo fue abandonado debido únicamente a su peculiar aspecto, que no era culpa suya. De hecho, en el libro el Monstruo es tratado de forma tan indigna que uno no puede dejar de.pensar que el asesinato de Frankenstein está justificado. (Y de nuevo no podemos dejar de preguntarnos si Mary Shelley -recordemos que fue educada por un padre que era un filósofo racionalista, poco propenso a la piedad irreflexiva- pretendía expresar la idea de que Dios ha tratado injustamente a la humanidad a lo largo de toda la historia, y que ha añadido el insulto a la injuria, de creer a sus representantes en la Tierra, al cargar todas las culpas sobre la víctima y liberarse a sí mismo de toda responsabilidad.)
Es interesante observar que. en King Kong el monstruo es presentado también bajo una luz simpática. De hecho, con tanta simpatía que al final, en la inolvidable escena en que lucha contra los aviones desde su atalaya en la punta del Empire State Building, cuando consigue derribar a uno de sus atacantes y dar muerte a un piloto americano, el público aplaude. Al parecer, la reacción cogió a los productores totalmente por sorpresa y les forzó a cortar algunas escenas en las que King Kong resultaba bastante menos simpático.
No debe suponerse que aquellos productores fueran unos cerebros privilegiados que captarán al vuelo la posibilidad de amasar millones presentando a los «villanos» en tres dimensiones y bajo una luz más o menos favorable. Desde entonces se ha producido un número increíble de películas en las que los buenos y los malos aparecen dibujados con trazos tan gruesos y contrastados que nadie, que tenga una edad mental superior a los doce años, puede encontrar en ellas ninguna diversión. Y, sin embargo, se espera que den dinero.
Por favor, lea Frankenstein insólito como una alegoría y medite sobre su significación para la historia del hombre, y sobre cómo afecta a la situación de la humanidad en este mismo instante; si en efecto «hay ciertas cosas que la humanidad nunca debía conocer», y si existe alguna forma de escapar de la desafortunada posición de aprendices de Dios. En definitiva, si después de haber adquirido la inteligencia suficiente para desarroliar la tecnología avanzada de que disponemos, podremos tener además la sabiduría necesaria para hacer un buen uso de ella.

Isaac Asimov, prólogo a Frankenstein insólito

miércoles, 24 de agosto de 2016

24 DE AGOSTO


79: El Vesubio destruye Pompeya

2016: Terremoto en Amatrice

Los ojos de la multitud siguieron el gesto del egipcio, y contemplaron atónitos una inmensa nube que se alzaba de la cumbre del Vesubio a manera de gigantesco pino. El tronco era negro, y las ramas de fuego. Su viveza cambiaba a cada instante: unas veces, luciendo con terrible resplandor; otras, presentando un color rojizo oscuro, que a poco tomaba un brillo que la vista no podía resistir.

Hubo entonces un profundo silencio, que interrumpió súbitamente el rugido del león, al cual siguieron los agudos y feroces aullidos del tigre desde el interior del anfiteatro. Ambos eran siniestros presagios salvajes profetas de la cólera del cielo. De todas partes se alzaron gritos de mujeres; los hombres se miraban consternados y mudos. En aquel instante sintieron temblar la Tierra bajo sus pies; conmovieron se las paredes del anfiteatro, y oyose a lo lejos el estruendo de techos que se desplomaban; en seguida pareció correrse hacia ellos la nube de la montaña, oscura y rápida como un torrente; al mismo tiempo arrojó de su seno una lluvia de ceniza mezclada con pedazos de piedras abrasadas que arrasó los viñedos, llenando las calles desiertas, el mismo anfiteatro, y hasta el mar, donde silbaba al apagarse en sus agitadas olas.

Todos echaron a correr; se atropellaban unos a otros. Pisando a los que tenían la desgracia de caer, en medio de gemidos, imprecaciones, gritos y plegarias, los pasillos del anfiteatro vomitaron aquella azorada muchedumbre. Mas ¿a qué lado huir? Unos, previendo un terremoto, corrían a sus casas por sus más preciosos efectos; otros, temiendo la lluvia de cenizas que seguía cayendo a mares por las calles, buscaban un abrigo bajo el techo de las casas más próximas, en los templos, donde quiera que podían huir del cielo raso.

Entretanto la nube que amagaba a su cabeza se hacía cada vez más grande, más oscura, más impenetrable Una noche repentina, tinieblas peores que la misma noche, iban a usurpar de pronto el mediodía.


La nube que cubrió el día de tan espeso velo se había cambiado poco a poco en una masa sólida e impenetrable. Menos se parecía a las tinieblas de la noche que a las de un cuarto pequeño y cerrado; mas a medida que se ennegrecía, aumentaba la vivacidad y el resplandor de los relámpagos que exhalaba el Vesubio. No se limitaba su horrible hermosura a las tintas comunes de la llama: nunca ofreció arco iris alguno colores más variados y brillantes. Unas veces eran de color azul oscuro, como el más hermoso cielo del mediodía; otras, de tono verde lívido, cual la piel de una serpiente, o imitaban las sinuosas roscas de un enorme reptil; otras, de matiz rojo anaranjado, que apenas podían sufrir los ojos, pero que, penetrando las columnas de humo, alumbraba toda la ciudad, y debilitándose luego por grados, se volvía de palidez mortal, no dejando ya ver más que el fantasma de su propia existencia.

En el intervalo de los chaparrones se oía el ruido que agitaba las entrañas de la Tierra, o las gemidoras olas de la atormentada mar; o bien, más bajo todavía, el agudo murmullo, sólo perceptible por un vivísimo miedo, de los gases que exhalaban las quiebras que rasgaban la masa sólida de la nube, y a la luz de los relámpagos fingía formas extravagantes de hombres o de monstruos que se perseguían en las tinieblas, se empujaban unos a otros, y se disipaban todos juntos en el turbulento abismo de la sombra, de suerte que a los ojos de la imaginación de los consternados transeúntes aquellos vapores incorpóreos parecían verdaderos gigantes enemigos, ministros de terror y de muerte.

Ya en muchos parajes las cenizas llegaban a la rodilla, y la hirviente lluvia que salía del volcán penetraba en las casas, impregnándolas de una atmósfera que ahogaba. En algunas partes inmensos pedazos de piedra lanzados sobre el techo de las casas amontonaban en las calles confusas masas de ruinas, aumentando los obstáculos que la sembraban. Conforme adelantaba el día y se notaba más claramente el movimiento de la Tierra, el suelo parecía huir bajo los pies, y ni carro ni litera podían conservar el equilibrio aun en el suelo más firme.

A veces, chocando entre sí al caer, las piedras más enormes se rompían en mil pedazos, y de ellas saltaban chispas que incendiaban todos los combustibles que había al paso. Entonces se disipó la oscuridad, a horrible costa: las llamas se habían apoderado de muchas casas y viñedos, y se alzaban amenazadoras en medio de las densas tinieblas. A fin de aumentar esta claridad parcial, los ciudadanos de Pompeya habían puesto de trecho en trecho hileras de antorchas en las encrucijadas, en los pórticos de los templos y en las avenidas del foro; pero no solían arder mucho tiempo. La lluvia y el viento las apagaban, y la profunda oscuridad que seguía a su luz era tanto más terrible, cuanto que demostraba la impotencia de los esfuerzos del hombre y le enseñaba a desesperar.

Edward Bulwer Lytton, Los Últimos Días de Pompeya

martes, 23 de agosto de 2016

WESTMINSTER


La aguja más alta de la abadía de Westminster perforaba la orbe teñida de un amarillo pálido del sol del atardecer cuando Arthur salió de la estación de Waterloo. El tráfico de última hora de la tarde fluía por el puente de Westminster como un caudaloso río, como las temidas cataratas de Reichenbach, arrastrando a los transeúntes y las berlinas y su traqueteo hacia el abarrotado centro de la ciudad. El Big Ben marcaba las cinco y veinte (...)

En el puente de Westminster, Arthur se sorprendió al ver el brillo de las farolas que se
extendían como un manto de estrellas. Su resplandor blanco contrastaba con los abrigos  negros de la gente, y refulgían como una luna llena sobre las agujas fractales de Westminster. Arthur cayó en la cuenta de que se trataba del nuevo alumbrado eléctrico que el gobierno de la ciudad estaba instalando avenida por avenida, plaza por plaza, en lugar de las sucias farolas de gas que habían iluminado los espacios públicos de Londres durante el último siglo. Las eléctricas eran más brillantes. Eran más baratas. Requerían menos mantenimiento. E iluminaban más el tenue atardecer, mostrando todas las grietas del pavimento, todos los adoquines. Adiós al débil claroscuro de Londres, a las damas y los caballeros en relieve de negro sobre negro. Adiós a la era de neblina y carbón de Newcastle, al hedor de la fundición de Blackfriars. Bienvenidos al radiante resplandor del siglo XX.

Arthur paró un ruidoso cabriolé evitando dirigir la mirada hacia el edificio de Scotland Yard, situado al otro lado del Támesis. Al diablo con ellos.

Graham Moore, El Hombre que Mató a Sherlock Holmes

lunes, 22 de agosto de 2016

EL ALGORITMO DE ADA


Llevábamos un tiempo sin tocar temas científicos

Enviado por Julia:

150 años después de su muerte, un conocido programa informático recibió el nombre de Ada en homenaje a Ada Lovelace, la única hija legítima de lord Byron. Desde que matemáticos como Alan Turing empezaron a reconocer su contribución, decisiva pero olvidada, hoy se la considera pionera de la era del ordenador.

Su madre, Annabella Milbanke, después de abandonar a su marido en 1816, estaba decidida a alejarla de la «locura Byron», atestiguada desde varias generaciones, y quiso darle una educación severa, centrada en las matemáticas y que no alentase su imaginación. Sin embargo, a los trece años, la niña ya pensaba en una máquina de volar; y, a los diecinueve, cuando conoció a Charles Babbage, inventor de un proyecto de «máquina analítica» (una sofisticada calculadora), vio las infinitas posibilidades del nuevo hallazgo. Su aportación, de hecho, fue fundamental: fue ella quien estableció la diferencia entre datos y procesamiento, esencial para la computación.

James Essinger cuenta con detalle y amenidad en El algoritmo de Ada las circunstancias y el desarrollo de este inusitado talento en medio de los miedos de una madre obstinada y el legado de un padre tempestuoso.