miércoles, 29 de marzo de 2017

EL CLUB DE LECTURA


Lucia saca su ajado ejemplar de Orgullo y prejuicio.
—Este libro se tituló en un primer momento Primeras impresiones. Lo he buscado.
Virginia sorbe el té ruidosamente.
—Pues vaya un título más bobo.
Una misteriosa brisa le alborota el pelo, dejando un par de hebras en pie, como si estuvieran bajo el efecto de la electricidad estática.
Lucia prosigue.
—Y lo que es más importante, trata sobre lo engañosas que pueden llegar a ser las primeras impresiones.
Otra mujer apunta:
—He oído decir que los escritores acostumbran a barajar muchos títulos antes de decantarse por uno.
Virginia sigue sorbiendo el té de forma audible.
—Ambos títulos son de lo más tonto. —La pulsera de plata se abre y cae rodando al suelo de madera maciza—. ¡Se ha roto el cierre! —Se agacha, busca a tientas en el suelo—. ¿Dónde demonios habrá ido a parar?
—Ya la ayudo. —Me pongo a cuatro patas. La pulsera se halla incomprensiblemente lejos del lugar en el que su propietaria estaba sentada—. Aquí tiene.
—Gracias.
Cuando se incorpora en el asiento, tiene más hebras de pelo apuntando al techo. Reprimo una sonrisa.
Lucia saca una pequeña libreta del bolso, se pasa la lengua por la yema del pulgar y pasa la primera página.
—¿Era Jane Austen una escritora realista? Charlotte Brontë dijo que su obra era como un «jardín cuidadosamente vallado y cultivado con primoroso orden». Ralph Waldo Emerson sostenía que su descripción de la vida era «avara y estrecha de miras».
Se oye un chirrido procedente del pasillo. Todas miramos en esa dirección.
—Mark Twain creía que sus libros no deberían estar en las bibliotecas —prosigue Lucia—, pero os digo que todo eso es pura envidia. Jane Austen escribió una obra maestra. Este libro me fascina cada vez que lo leo, porque me hace creer que podemos superar cualquier obstáculo.
«¿Cada vez que lo lee?»
Virginia se guarda la pulsera rota en el bolso.
—A mí no me entusiasma que haya tanto diálogo sin apenas ninguna descripción.
Sin querer, golpea la taza con el brazo y derrama el té sobre la mesa.
Me levanto de un brinco y cojo varias servilletas de papel con las que trato de empapar el líquido.
—Iré por un paño. Sigan.
Lucia se echa a reír.
—La casa está enfadada contigo, Ginnie.
Todo el mundo se vuelve hacia mí. El corazón me da un vuelco, pero sonrío.
—Y bien, Jasmine —dice Virginia, mirándome fijamente—, ahora te toca a ti iniciar el debate.
—¿Iniciar el debate? —replico, sin salir de mi asombro.
—Has leído el libro, ¿no? —pregunta, sin apartar sus ojos de los míos—. Tu tía siempre nos plantea alguna pregunta interesante relacionada con el libro, pero si no lo has leído...
—Claro que lo he leído. —Hace mucho tiempo. Sostengo los paños de cocina empapados—. Voy a dejar esto en el lavadero.
Entro en el lavadero, respiro profundamente varias veces seguidas. ¿Qué les pregunto, qué les pregunto? Hace tanto que leí el libro...
Sus voces me llegan desde el otro extremo del pasillo.
—Tomemos al señor Wickham —dice una mujer a mi espalda. Tiene la voz cantarina, un suave acento inglés.
Giro sobre mis talones. ¿Me habrá seguido una de las mujeres? No hay nadie conmigo.
Una compleja mezcla de aromas flota en el aire: estiércol de caballo, humo de leña, rosas y sudor, como si hubiese entrado en la habitación alguien que enciende la chimenea, que se ocupa de una granja, alguien que se baña a lo sumo una vez por semana y usa colonia para disimular el olor corporal.
—¿A qué se refiere? —replico.
El señor Wickham, el joven y locuaz soldado que engatusa a Elizabeth Bennet hasta hacerle creer lo peor del reservado señor Darcy. Pero Wickham resulta ser un granuja. Yo también conocí a un señor Wickham, alguien en quien confiaba. Alguien en quien quería confiar.
—Conoces el argumento mejor de lo que crees.
La cabeza me da vueltas. Los olores se hacen más intensos y oigo un frufrú, el leve roce de un vestido.
—Lo leí mucho tiempo atrás —susurro en la habitación desierta.
—Debes aprender a confiar en tu intuición.
—¿Por qué?... Virginia, ¿es usted?
Estoy hablando conmigo misma en el lavadero de mi tía. El detergente perfumado debe de estar afectándome el cerebro. Pero ¿cómo explicar el olor a estiércol de caballo, a humo de leña?
Se oye un suave suspiro.
—Virginia es insufrible.
—¡Ya basta! —exclamo, llevándome las manos a las sienes.
Los misteriosos olores se desvanecen, y solo una leve fragancia alimonada permanece en la estancia, donde se percibe ahora una ausencia, como si alguien la hubiese abandonado.
Respiro hondo varias veces seguidas. La cabeza me da vueltas.
Vuelvo al salón arrastrando los pies, alargando la mano para apoyarme en la pared a medida que avanzo. Cuando entro en la estancia, todas las miradas convergen en mi persona.
—Qué pálida estás —apunta Lucia—. Siéntate, anda.
Las mujeres murmuran entre sí.
—¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo?
—Ya tengo la pregunta. Para iniciar el debate —anuncio. Mi voz suena lejana, como si otra persona hablara por mí—. Reflexionemos sobre el papel que desempeña el señor Wickham en la novela.
—Sigue —me urge Lucia, mirándome fijamente.
—Piensen en términos de geometría del deseo. ¿De dónde procede la atracción que siente Elizabeth hacia el señor Wickham?
¿De dónde saco yo todo esto?
—Cree que es un buen hombre —contesta una mujer menuda y rolliza—. Es todo lo que ella desea: apuesto, accesible. No es orgulloso, puede hablar con él.
Así era mi ex marido, Robert. También supo engatusarme.
—¿Cómo influye en la atracción que Elizabeth siente hacia el señor Darcy? ¿Qué importancia tienen sus devaneos amorosos?
Se hace un silencio y luego Lucia apunta:
—Wickham representa sus ideas preconcebidas, lo que se ve en la superficie frente a lo que hay debajo de esta. Así que el libro habla realmente de las primeras impresiones.
—Exacto —confirmo.
—¿Cómo se te ha ocurrido esa pregunta? —pregunta Virginia en tono quisquilloso.
—No tengo ni idea. Ni siquiera he leído el libro, o al menos no lo he vuelto a leer desde hace mucho tiempo.
Noto la tensión en mis cervicales. Todos los ojos están puestos en mí. La casa cruje. Los tablones del suelo chirrían al asentarse. Las paredes exhalan polvo. Virginia niega con la cabeza, escéptica. ¿Qué se cree, que me he ido corriendo a mirar la guía de lectura de Orgullo y prejuicio?
—¡Lo sabía! —Lucia golpea la mesa con la mano—. Sabía que Jasmine sabría exactamente qué decir.
El moho negro que crece en la casa debe de tener propiedades alucinógenas que me hacen oír cosas, oler cosas. O eso o soy alérgica al detergente que usa mi tía, o resulta que tengo un tumor cerebral. La casa ya puede montar otra pataleta esta noche; yo no me quedo después de que oscurezca.

martes, 28 de marzo de 2017

MAGO POR CASUALIDAD


Enviado por Laura (S1C):

Había una vez un reino de fantasía con hadas, dragones, caballeros y todas esas cosas que tienen los reinos de fantasía. También había una ciudad grande a la que se llegaba por un camino, y junto a ese camino estaba la posada del Ogro Gordo. En ella trabaja como mozo el joven Ratón, que un día recibe por accidente los poderes del malvado mago Calderaus… Unos poderes que no sabe usar… y que el mago quiere a toda costa recuperar.

Para lograrlo, ambos inician un delirante viaje en el que conocerán a toda una serie de personajes extravagantes y vivirán emocionantes aventuras repletas de humor. Un apasionante relato que transcurre en un sugerente mundo de fantasía.

Laura Gallego intenta acercar el género de la fantasía a los más pequeños con una historia llena de aventuras delirantes que giran en torno a un objeto mágico de poderes ilimitados llamado el Maldito pedrusco. Hay referencias a otras obras y alguna que otra película: El señor de los anillos, Las crónicas de Narnia, etc…

La historia me ha parecido muy entretenida ya que es de aventura y comedia; es muy creativa, con partes que me han gustado mucho y otras en las que me entraba una risilla.

Los personajes algunos son graciosos, otros refunfuñones… Los que más me han gustado son: Ratón. un niño que trabaja en una posada, algo torpe, y que es el protagonista de la historia; Lila, una joven ladrona que se mete en muchos líos; Robustiano, un enano refunfuñón y gracioso; Colmillo Feroz, un simpático dragón, dejando aparte que se los quiere comer a todos…

Los que no me gustan, pues los magos. ¿Por qué? Pues porque ellos quieren el maldito pedrusco para ser los más poderosos del mundo, pero ¿para qué quieren la piedra, si con ser magos ya está bien? Eso nunca lo entenderé.

Os dejo con Laura presentando el libro:

lunes, 27 de marzo de 2017

DÍA MUNDIAL DEL TEATRO 2017


Sin ninguna experiencia previa, salvo la de haber asistido de niño al teatro, a los diecisiete años dirigí una obra actuada por amigos y compañeros de la preparatoria. Se presentó de manera informal en la escuela y también en una sala más adecuada y abierta al público. La obra se llamaba Ensayo general: tocaba el tema de las drogas y sobre todo, como su título lo sugiere, el del teatro dentro del teatro. Su autor fue mi padre, cuya vocación innata como actor sólo cultivó de joven en algunas funciones de beneficencia. Tampoco continué yo por ese rumbo, aunque seguí siendo lector y espectador. Sin embargo, me reencontraría más tarde con el teatro de otra manera: algunos de los cuentos que he escrito para niños han sido adaptados para llevarse a escena desde hace más de veinte años. Al principio, cuando se trataba de grupos establecidos, pedía que me enviaran una copia de la adaptación para darle el visto bueno. Luego preferí no hacerlo y dar plena libertad a quienes hacen ese trabajo, a sabiendas de que al pasar de un lenguaje narrativo a uno dramático algo tiene que cambiar. Algunas veces he asistido a las funciones. De otras sólo me he enterado por la prensa o por alguna página de internet. A veces se respeta literalmente el texto y a veces sirve como fuente de inspiración para crear una obra basada en él. El cuento que más veces se ha representado se llama La peor señora del mundo, ya sea como espectáculo unipersonal, con títeres o sombras, como lectura dramatizada o bien montado como teatro escolar o profesional. Me ha tocado ver que algunas maestras y maestros se disfrazan del personaje principal para leerlo en el aula: una pequeña dosis de actuación contribuye a acercar el relato a los escuchas. El director de una compañía teatral me contó que alguna vez tuvieron que rescatar a la actriz que representaba el papel protagónico de la furia de los pequeños espectadores que veían en ella la verdadera reencarnación del mal: realidad y ficción se integran en el imaginario colectivo. También he sido testigo del reclamo, en plena función, que hacen algunos niños que conocen el libro cuando los actores siguen un libreto que no se apegan a la historia original.

Un cuento bien contado en el escenario cautiva sin duda al público infantil y de alguna manera lo transforma. Al salir de la sala en la que fue puesto en escena, el mundo parece distinto: ha sido tocado por la representación, que nos permite ver más allá de lo aparente. Y con frecuencia una reacción catártica opera en el espectador al verse proyectado en algunos de los personajes o situaciones. A diferencia de la lectura en soledad de una historia, cuando ésta salta a las tablas la experiencia cambia: ahora se trata de algo que está sucediendo frente a nuestros ojos y que lo podemos compartir con otros: ya no somos los únicos testigos. El relato cobra vida más allá de nuestra imaginación y de cierta manera nos convierte en sus protagonistas porque depositamos en los personajes nuestras emociones y nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras frustraciones. Ahí pueden reunirse armónicamente la ficción, la música, la danza, el canto, la poesía, el juego, la magia, los malabares y todos los recursos propios del arte teatral: vestuario, iluminación, escenografía, maquillaje, objetos de utilería. La aportación que hace la herencia cultural –con énfasis en la literatura y el teatro– contribuirá a que el niño ejercite su imaginación y encuentre un sentido a la vida.

Francisco Hinojosa

domingo, 26 de marzo de 2017

LA LECTORA DE LIBROS


Michael, el hermano de Matilda, era un niño de lo más normal, pero la hermana, como ya he dicho, llamaba la atención. Cuando tenía un año y medio hablaba perfectamente y su vocabulario era igual al de la mayor parte de los adultos. Los padres, en lugar de alabarla, la llamaban parlanchina y le reñían severamente, diciéndole que las niñas pequeñas debían ser vistas pero no oídas.
Al cumplir los tres años, Matilda ya había aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos y revistas que había en su casa. A los cuatro, leía de corrido y empezó, de forma natural, a desear tener libros. El único libro que había en aquel ilustrado hogar era uno titulado Cocina fácil, que pertenecía a su madre. Una vez que lo hubo leído de cabo a rabo y se aprendió de memoria todas las recetas, decidió que quería algo más interesante.
—Papá —dijo—, ¿no podrías comprarme algún libro?
— ¿Un libro? —preguntó él—. ¿Para qué quieres un maldito libro?
—Para leer, papá.
— ¿Qué demonios tiene de malo la televisión? ¡Hemos comprado un precioso televisor de doce pulgadas y ahora vienes pidiendo un libro! Te estás echando a perder, hija...
Entre semana, Matilda se quedaba en casa sola casi todas las tardes. Su hermano, cinco años mayor que ella, iba a la escuela. Su padre iba a trabajar y su madre se marchaba a jugar al bingo a un pueblo situado a ocho millas de allí. La señora Wormwood era una viciosa del bingo y jugaba cinco tardes a la semana. La tarde del día en que su padre se negó a comprarle un libro, Matilda salió sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo. Al llegar, se presentó a la bibliotecaria, la señora Phelps. Le preguntó si podía sentarse un rato y leer un libro. La señora Phelps, algo sorprendida por la llegada de una niña tan pequeña sin que la acompañara ninguna persona mayor, le dio la bienvenida.
— ¿Dónde están los libros infantiles, por favor? —preguntó Matilda.
—Están allí, en las baldas más bajas —dijo la señora Phelps—. ¿Quieres que te ayude a buscar uno bonito con muchos dibujos?
—No, gracias —dijo Matilda—. Creo que podré arreglármelas sola.
A partir de entonces, todas las tardes, en cuanto su madre se iba al bingo, Matilda se dirigía a la biblioteca. El trayecto le llevaba sólo diez minutos y le quedaban dos hermosas horas, sentada tranquilamente en un rincón acogedor, devorando libro tras libro. Cuando hubo leído todos los libros infantiles que había allí, comenzó a buscar alguna otra cosa.
La señora Phelps, que la había observado fascinada durante las dos últimas semanas, se levantó de su mesa y se acercó a ella.
— ¿Puedo ayudarte, Matilda? —preguntó.
—No sé qué leer ahora —dijo Matilda—. Ya he leído todos los libros para niños.
—Querrás decir que has contemplado los dibujos, ¿no?
—Sí, pero también los he leído.
La señora Phelps bajó la vista hacia Matilda desde su altura y Matilda le devolvió la mirada.
—Algunos me han parecido muy malos —dijo Matilda—, pero otros eran bonitos. El que más me ha gustado ha sido El Jardín Secreto. Es un libro lleno de misterio. El misterio de la habitación tras la puerta cerrada y el misterio del jardín tras el alto muro.
La señora Phelps estaba estupefacta.
— ¿Cuántos años tienes exactamente, Matilda? —le preguntó.
—Cuatro años y tres meses.
La señora Phelps se sintió más estupefacta que nunca, pero tuvo la habilidad de no demostrarlo.
— ¿Qué clase de libro te gustaría leer ahora? —preguntó.
—Me gustaría uno bueno de verdad, de los que leen las personas mayores. Uno famoso. No sé ningún título.
La señora Phelps ojeó las baldas, tomándose su tiempo. No sabía muy bien qué escoger. ¿Cómo iba a escoger un libro famoso para adultos para una niña de cuatro años? Su primera idea fue darle alguna novela de amor de las que suelen leer las chicas de quince años, pero, por alguna razón, pasó de largo por aquella estantería.
—Prueba con éste —dijo finalmente—. Es muy famoso y muy bueno. Si te resulta muy largo, dímelo y buscaré algo más corto y un poco menos complicado.
Grandes Esperanzas —leyó Matilda—. Por Charles Dickens. Me gustaría probar.
—Debo de estar loca —se dijo a sí misma la señora Phelps, pero a Matilda le comentó—: Claro que puedes probar.
Durante las tardes que siguieron, la señora Phelps apenas quitó ojo a la niñita sentada hora tras hora en el gran sillón del fondo de la sala, con el libro en el regazo. Tenía que colocarlo así porque era demasiado pesado para sujetarlo con las manos, lo que significaba que debía sentarse inclinada hacia delante para poder leer. Resultaba insólito ver aquella chiquilla de pelo oscuro, con los pies colgando, sin llegar al suelo, totalmente absorta en las maravillosas aventuras de Pip y la señorita Havishman y su casa llena de  telarañas dentro del mágico hechizo que Dickens, el gran narrador, había sabido tejer con sus palabras. El único movimiento de la lectora era el de la mano cada vez que pasaba una página. La señora Phelps se apenaba cuando llegaba el momento de acercarse a ella y decirle: «Son las cinco menos diez, Matilda».
En el transcurso de la primera semana, la señora Phelps le preguntó:
— ¿Viene tu madre todos los días para llevarte a casa?
—Mi madre va todas las tardes a Aylesbury a jugar al bingo —le respondió Matilda—. No sabe que vengo aquí.
—Pero eso no está bien —dijo la señora Phelps—. Creo que sería mejor que se lo contaras.
—Creo que no —contestó Matilda—. A ella no le gusta leer. Ni a mi padre.
—Pero ¿qué esperan que hagas todas las tardes en una casa vacía?
—Ir de un lado para otro y ver la tele.
—Ya.
—A ella no le importa nada lo que hago —dijo Matilda con un deje de tristeza.
A la señora Phelps le preocupaba la seguridad de la niña cuando transitaba por la concurrida calle Mayor del pueblo y cruzaba la carretera, pero decidió no intervenir.
Al cabo de una semana, Matilda terminó Grandes Esperanzas que, en aquella edición, tenía cuatrocientas once páginas.
—Me ha encantado —le dijo a la señora Phelps—. ¿Ha escrito otros libros el señor Dickens?
—Muchos otros —respondió la asombrada señora Phelps—. ¿Quieres que te elija otro?
Durante los seis meses siguientes y, bajo la atenta y compasiva mirada de la señora Phelps, Matilda leyó los siguientes libros:
Nicolas Nickleby, de Charles Dickens.
Oliver Twist, de Charles Dickens.
Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Orgullo y prejuicio, de Jane Austin.
Teresa, la de Urbervilles, de Thomas Hardy.
Viaje a la Tierra, de Mary Webb.
Kim, de Rudyard Kipling.
El hombre invisible, de H. G. Wells.
El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
El ruido y la furia, de William Faulkner.
Alegres compañeros, de J. B. Priestley.
Las uvas de la ira, de John Steinbeck.
Brighton Rock, de Graham Greene.
Rebelión en la granja, de George Orwell.
Era una lista impresionante y, para entonces, la señora Phelps estaba maravillada y emocionada, pero probablemente hizo bien en no mostrar su entusiasmo. Cualquiera que hubiera sido testigo de los logros de aquella niña se hubiera sentido tentado de armar un escándalo y contarlo en el pueblo, pero no la señora Phelps. Se ocupaba sólo de sus asuntos y hacía tiempo que había descubierto que rara vez valía la pena preocuparse por los hijos de otras personas.
—El señor Hemingway dice algunas cosas que no comprendo —dijo Matilda—. Especialmente sobre hombres y mujeres. Pero, a pesar de eso, me ha encantado. La forma como cuenta las cosas hace que me sienta como si estuviera observando todo lo que pasa.
—Un buen escritor siempre te hace sentir de esa forma —dijo la señora Phelps—. Y no te preocupes por las cosas que no entiendas. Deja que te envuelvan las palabras, como la música.
—Sí, sí.
— ¿Sabías —le preguntó la señora Phelps— que las bibliotecas públicas como ésta te permiten llevar libros prestados a casa?
—No lo sabía —dijo Matilda—. ¿Podría hacerlo?
—Naturalmente —dijo la señora Phelps—. Cuando hayas elegido el libro que quieras, tráemelo para que yo tome nota y es tuyo durante dos semanas. Si lo deseas, puedes llevarte más de uno.
A partir de entonces, Matilda sólo iba a la biblioteca una vez por semana, para sacar nuevos libros y devolver los anteriores. Su pequeño dormitorio lo convirtió en sala de lectura y allí se sentaba y leía la mayoría de las tardes, a menudo con un tazón de chocolate caliente al lado. No era lo bastante alta para llegar a los cacharros de la cocina, pero colocaba una caja que había en una dependencia exterior de la casa y se subía en ella para llegar a donde deseaba. La mayoría de las veces preparaba chocolate caliente, calentando la leche en un cazo en el hornillo, antes de añadirle el chocolate. De vez en cuando preparaba Bovril y Ovaltina. Resultaba agradable llevarse una bebida caliente consigo y tenerla al lado mientras se pasaba las tardes leyendo en su tranquila habitación de la casa desierta. Los libros la transportaban a nuevos mundos y le mostraban personajes extraordinarios que  vivían unas vidas excitantes. Navegó en tiempos pasados con Joseph Conrad. Fue a África con Ernest Hemingway y a la India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mundo, sin moverse de su pequeña habitación de aquel pueblecito inglés.

Roald Dahl, Matilda

viernes, 24 de marzo de 2017

POR UNA ROSA

Laura Gallego, Javier Ruescas y el autor mexicano Benito Taibo reinterpretan el cuento de La Bella y la Bestia muy distintos de la historia que conocemos gracias a la casa Disney. Junto a la Bella y la Bestia también encontramos como nexo de unión entre estos tres mundos, estos tres cuentos, una flor, la rosa, que con sus espinas nos pinchará, a no ser que sea de plástico o… En todas ellas, hay una historia de amor, de amor verdadero, como dirían en La Princesa Prometida, pero esas historias las tendréis que leer, pues yo os voy a hablar de lo que me ha llamado la atención en esos cuentos

Laura Gallego en El Zorro y la Rosa nos vuelve a llevar al mundo de Todas las Hadas del Reino con sus peculiares hadas madrinas. Aquí Ren, ese ancestral con figura de zorro, entra en el castillo de la Bestia; tras hablar con el monstruo, Ren querrá averiguar quién y por qué ha lanzado ese horrible hechizo. Lo malo es que yo, al igual que Ren, sufro una pequeña maldición y no me acuerdo de lo que os iba a contar.

Benito Taibo en Anabella y la Bestia nos lleva al mundo real, al mundo actual, el de los espaldas mojadas, los pollos, como dice en el relato, el de los inmigrantes ilegales que quieren cruzar la frontera con Estados Unidos (advierto, la bestia no es Trump, y no es ningún spoiler). En un relato duro, Anabella, a quien su madre le ha dado este nombre por una muñeca de juguete que es una princesa y sin ningún parecido con la niña, tendrá que enfrentarse a dos terribles bestias: una, el tren que utilizan los inmigrantes para cruzar México y acercarse a los Estados Unidos; la otra, el monstruo que muchos de nosotros llevamos dentro.

Javier Ruescas en Al Cruzar el Jardín nos transporta a un mundo post-apocalíptico. Es un historia contada de una forma delicada, casi poética, con un narrador en segunda persona, que logra desde el primer momento sumergirnos en este sorprendente relato, que en el fondo esconde una historia de Montescos y Capuletos (no digo Romeo y Julieta, pues los protagonistas, en ningún momento, se quieren matar o fingir su suicidio). Una vez que Fiara descubre su secreto, podríamos pensar que los protagonistas han intercambiado sus roles.

Os dejo con un video donde Javier Ruescas presenta y lee fragmentos del libro:

jueves, 23 de marzo de 2017

ATENTADO EN VICTORIA STATION


En cuanto los doce telégrafos empezaron a repiquetear al unísono, ambos dieron un respingo. El papel de las transcripciones se arrugaba a la velocidad de los mensajes, y hubo una avalancha cuando los empleados corrieron a coger un lápiz para apuntar los códigos. Como todos se concentraban en las letras individuales, Thaniel fue el primero en percatarse de que los doce telégrafos decían lo mismo.

Urgente, ha explotado bomba en...
Estación Victoria destruida...
estación ha sufrido grandes desperfectos...
escondida en la consigna...
sofisticado mecanismo de relojería en consigna...
Estación Victoria...
... los oficiales eliminados, posibles heridos...
... Clan na Gael.

Thaniel llamó a gritos al jefe administrativo, que entró como un rayo con el chaleco manchado de té. Una vez se hizo cargo de la situación, el resto del día se dedicó a agilizar el intercambio de mensajes entre los ministerios y Scotland Yard, y a negarse a hacer declaraciones a los periódicos. Thaniel no tenía ni idea de cómo lograban bloquear las líneas directas de Whitehall, pero siempre lo hacían. Del pasillo llegó un grito. Era el ministro del Interior pidiendo a voces al director de The Times que prohibiera a sus periodistas bloquear los cables. Antes de que terminara el turno a Thaniel le dolían los tendones del dorso de las manos y las teclas de cobre habían conseguido que su piel desprendiera un olor a monedas.

Ninguno habló de ello, pero en lugar de separarse al final del turno, regresaron juntos a la estación Victoria. Encontraron un gran gentío, ya que los trenes habían dejado de funcionar durante el día, y a medida que se acercaban al edificio vieron ladrillos desperdigados por todas partes. Como el resto de la gente estaba más interesada en averiguar cuándo se restablecería el servicio, no les resultó difícil llegar a la desvencijada consigna. Las vigas de madera habían volado como si algo monstruoso se hubiera desatado. Entre los escombros se veía un sombrero de copa y una bufanda roja que se había vuelto gris por donde la escarcha la había adherido a los ladrillos. Los agentes de policía estaban limpiando los casquetes desde el exterior, con el aliento convertido en vaho blanco. Al cabo de un rato empezaron a mirar con cautela a los cuatro telegrafistas. Thaniel comprendió que debía de chocarles ver a cuatro empleados delgados y vestidos de negro detenidos mucho más tiempo que nadie en una pulcra hilera, observando. Se separaron.

miércoles, 22 de marzo de 2017

ERIS


Habladme, musas, de las antiguas historias de los dioses;
de sus rencillas y sus amores, y de los pecados nunca perdonados.
Habladme de Eris, que fue castigada por su ambición,
y de cómo el Caos se atrevió a crear vida de la propia muerte…

La historia que voy a contaros ocurrió mucho después de que el Mundo Medio hubiera sido poblado por mortales y el Mundo Superior por inmortales. Mucho después de que el Universo fuera dividido en tres por Zeus y sus hermanos, separando Cielo, Mar e Inframundo.

Esta historia ocurrió cuando el poder de los divinos ya estaba repartido, y todo aquel que ansiase más tenía que armarse de astucia y artimañas para conseguirlo.

Eso fue precisamente lo que hizo Eris, diosa de la Discordia, capaz de hacer reinar el caos entre humanos y deidades por igual.

Ella ansiaba más poder del que se le había dado, y pensó que la forma de conseguirlo era engañar a uno de los tres grandes dioses para robarles su fuerza y su reino. Su mirada se volvió hacia Zeus antes que hacia cualquier otro: pensó que si conquistaba al rey, este sería capaz de desterrar a su propia esposa, Hera, para darle el título de reina a ella. Pero, aunque el Caos sedujo al gobernante de los cielos, él nunca pensó en darle nada. Podría haberlo matado entonces, pero su idilio había despertado la atención y el desprecio de Hera, siempre celosa y vengativa, por lo que decidió retirarse de aquel terreno para conquistar alguno más sencillo.

Se fijó entonces Eris en el reino de Poseidón, pero aquel lugar no la agradaba: era frío y húmedo, y no estaba lo suficientemente apartado como para hacer lo que se le antojase sin estar bajo la vigilancia de los demás dioses. De igual modo, en los mares solo se puede plantar el caos de las tormentas y los naufragios, y aquello le parecía poco ambicioso.

Solo quedaba entonces una opción: el Inframundo era cálido y caótico en sí mismo. El sufrimiento y el terror que emanaban del Tártaro la atraían. Aunque Hades tenía como esposa a la bella Perséfone, ella pasaba la mitad del año fuera de aquellas tierras y no era demasiado poderosa. Eris no podía mantener a la reina del Inframundo alejada de sus dominios para siempre, pero quizá bastase con tomar su puesto durante un día y hacer creer a Hades que era ella. Cuando él se quisiera dar cuenta de que había sido engañado, ya sería demasiado tarde.

Así pues, cuando la puerta del Inframundo se abrió al final del verano para que Perséfone volviese a su palacio, Eris trató de embaucarla para adentrarse en el reino en su lugar. Le dijo que, de ese modo, si ansiaba pasar más tiempo con su madre podría hacerlo, que si quería toda la libertad del mundo la tendría. Incluso trató de convencerla de que Hades no la amaba, y le preguntó si de verdad ella podía llegar a querer a quien un día fue su captor. Pero Perséfone, si bien no tenía demasiado poder, era inteligente: sospechó de los trucos del Caos y se negó a aceptar su oferta, creyendo que intentaba mantenerla alejada de su trono.

Entonces Eris decidió que las cosas habrían de hacerse por las malas: planeaba gobernar sobre el Inframundo de todos modos, así que no haría falta otra reina. Por eso cortó la cabeza de su enemiga: la única forma que existe de matar a un inmortal. Eris escondió el cuerpo sin demora y tomó la forma de Perséfone como parte de su trampa, descendiendo a continuación a los Infiernos para conseguir su corona.

Hades esperaba a su esposa como al principio de cada otoño. Ajeno al engaño del que estaba siendo víctima, cuando Eris se arrodilló ante él bajo la apariencia de Perséfone, el dios la tomó en sus brazos y la besó con la pasión del primer encuentro. El hombre no vio el puñal que guardaba el Caos tras la espalda, pero supo que algo iba mal cuando no reconoció el beso de la que creía su amada. Se separó justo a tiempo de descubrir la farsa y salvar su vida, y fue campeón del forcejeo que siguió, reduciendo a la diosa y enredándola en cadenas.

Eris vio descubierta su identidad, y su castigo fue inminente.

¡Cómo lloraron los espíritus de los muertos ese día, cuando descubrieron a la bella Perséfone profanada por las crueles garras de la pérfida! ¡Cómo sufrió Hades, pues los dioses, cuando mueren, nunca pasan por su reino, y él no podría verla nunca más!

Pero la que más lloraba era Deméter, madre de Perséfone, que había perdido a su hija para siempre. Y si no estaba con ella, la vida no tenía sentido. Durante semanas, lloró por la soledad, y las plantas se marchitaron por todo el Mundo Medio. Durante semanas, fue una muerta en vida, hasta que decidió que solo le quedaba una opción: vacía como estaba, al borde de la locura y el agotamiento, tuvo sin embargo las fuerzas suficientes para cortar su propio cuello y acabar de una vez por todas con su dolor. En el mismo momento en el que lo hizo, su poder quedó libre por la tierra de los mortales, y las estaciones empezaron a sucederse sin orden ni concierto, trayendo largas sequías y espantosas inundaciones. Las cosechas se cubrieron de heladas y olas de calor abrasador azotaron las ciudades. Su pérdida dentro de los Doce, menguados a Once de pronto, trajo confusión y debates entre los dioses sobre si su puesto debía ser o no reemplazado. Finalmente, fue Hermes quien ocupó el lugar de la diosa, premiado por su fidelidad como mensajero divino durante tantos siglos.

Eris habría estado muy satisfecha de que su engaño hubiera traído al mundo la anarquía que tanto amaba, si no hubiera sido porque para entonces los Doce ya la habían juzgado. El pecado de matar a otra diosa era lo suficientemente malo para condenarla de por vida y Hera, encabezando el juicio junto a su esposo, prometió su encierro eterno. La convirtieron en estatua y construyeron a su alrededor un laberinto cuyo centro fuese imposible de alcanzar por cualquier dios conocido. Allí la dejaron, custodiada por sus vástagos, que así también recibieron su castigo por nacer del Caos: guardarían a su madre hasta el fin de los días, y así los dioses no habrían de temer que pudieran ser tan osados como lo había sido su madre.

Pero de todos los hijos de Eris, uno era demasiado pequeño para cumplir su labor de carcelero: Orión, el dios de la Vida, no era más que un recién nacido cuando su madre fue juzgada. Con él nadie sabía qué hacer, pues su poder no era cruel como el del resto de los hijos del Caos, pero al mismo tiempo no podían prever lo que pasaría si lo dejaban suelto.

Tras largas discusiones entre los Doce, Hera se ofreció a hacerse cargo del niño y a educarlo y guardarlo en su palacio. Conscientes del odio de su reina hacia Eris, ninguno de los presentes estuvo seguro de que aquella promesa guardara buenas intenciones, pero nadie se atrevió a protestar. Los dioses, al fin y al cabo, son criaturas egoístas que solo saben de bondad cuando esta les dispensa honor y gloria.

Y, así, la Vida nunca conoció la libertad.

Selene M. Pascual e Iria G. Parente, Rojo y Oro