viernes, 23 de febrero de 2018

UN AMOR


En el reducido universo familiar de Amalia y sus tres hijos, Silvia, Emma y Fer, el engranaje se mueve al ritmo desacompasado de las emociones. Es una familia típica, y sobre todo, muy real. Un cosmos cocido al fuego lento de varias entregas (Una Madre, Un Perro, Las dos Orillas) que han atado a miles de lectores.

Pero llega un día cumbre en sus vidas. Emma se va a casar con Magalí, su novia argentina, y todos se sumergen en las tareas y los remolinos de organizar la mejor boda. La noche previa a la ceremonia, una llamada rompe la armonía familiar. Silvia, Emma, Fer y la tía Inés se conjuran para poder celebrar a la vez el aniversario de Amalia, que coincide inevitablemente con la fecha de la boda. 24 horas de acelerón emocional que pondrán a prueba a todos y cada uno y al mismo engranaje familiar.

                Alejandro Palomas nos presenta en esta novela dramática y cómica veinticuatro horas en la vida de una familia mediante el punto de vista de Fer, el hijo pequeño de Amalia. En realidad, son más de veinticuatro horas pues a través de sus recuerdos se nos van desgranando los secretos y mentiras de esta familia e irrumpe sin freno toda su carga sentimental: las “locuras y salidas” de Amalia; su enfermedad; la lesbiana Emma y sus problemas amorosos hasta que conoce a Magalí; la vuelta de la tía Inés;  Oksana y sus muslitos de pollo al chocolate; Esbien, el novio negro sueco de Fer; lo que esconde el serio carácter de Silvia; las relaciones entre los hermanos; el abandono del padre; la compañía que hace Shirley; el pasado de Magalí, etc…

                Todos los personajes presentan sus claroscuros, se nos hacen entrañables, se nos escapa la sonrisa con la forma de hablar y pensar de Amalia, y estamos pensando en cuál va a ser la próxima que va a montar (por ejemplo, cuando intenta conseguirle a Fer un novio, aunque no sea gay) o cuál va a ser el siguiente enfado de Silvia con su consabida bronca. Nos enfrentamos ante una montaña rusa de sentimientos y emociones, que nos arrastra consigo. El juego de las mentiras, de los secretos, de las medias verdades, del evitar dañar al otro, de la reconciliación, de la aceptación da dinamismo a la novela. El autor nos presenta muchos tipos de amor: el amor al hermano, a la madre, al amigo, a la pareja… pero hay otro amor por encima de todos ellos, el amor a la vida, a lo que somos.

PREMIO NADAL DE NOVELA 2018

miércoles, 21 de febrero de 2018

NO TE METAS EN ASUNTOS DE MAGOS


Había una vez un reino de fantasía con hadas, dragones, caballeros y todas esas cosas que tienen los reinos de fantasía. También había una ciudad grande con su castillo real. A la ciudad se llegaba por un camino, y junto a ese camino estaba la posada del Ogro Gordo. A ella acudían todo tipo de viajeros, vinieran de cerca o de lejos, fueran ricos o pobres, honrados o ladrones, altos o bajos, feos o guapos.
Quizá se debía a que era la única posada de los alrededores.
Por eso casi nadie se fijó en el sujeto que entró aquella noche para pedir una habitación, y eso que no tenía muy buena catadura. Era alto, flaco, huesudo y avinagrado, y vestía completamente de negro. Se tapaba con una capucha y todo él tenía un cierto aire siniestro. Además, llevaba un cuervo negro de ojos amarillos cómodamente instalado sobre su hombro izquierdo.
Ni siquiera Ratón se paró a mirarlo, aunque siempre se fijaba en todo; pero en aquel preciso momento estaba muy entretenido viendo la partida de cartas que se desarrollaba en una de las mesas. Casi todos los jugadores hacían trampas, pero nadie acusaba a nadie, no fuera que lo pillasen a él también. La verdad es que era una partida un poco complicada.
Ratón era un muchacho pelirrojo y pecoso. Tenía los incisivos superiores un poco salidos, y por eso todo el mundo lo llamaba así desde que podía recordar. Ratón era huérfano y trabajaba como mozo en la posada del Ogro Gordo. Era un trabajo duro y exigente, pero le gustaba, porque podía conocer a mucha gente, escuchar las historias que contaban los mercaderes llegados de tierras lejanas, y hasta ver partidas de cartas amañadas. ¿Qué más podía pedir?
Así que aquel misterioso tipejo vestido de negro subió hasta su habitación sin que Ratón se diera cuenta. Si hubiese sabido la de problemas que le iba a traer aquel oscuro  personaje, seguro seguro que le habría prestado bastante más atención…
En cuanto el posadero lo dejó solo, el hombre de negro salió de su habitación y llamó a la puerta del cuarto de al lado.
—¿Quién es? —se oyó una voz desde dentro.
—Calderaus —respondió el hombre de negro.
Hubo un silencio dentro de la habitación y, enseguida, ruido de pasos apresurados, un par de cofres que se cerraban y algo arrastrándose por el suelo…
Calderaus chasqueó los dedos y pronunció una palabra en ese idioma incomprensible que usan los magos para hacer sus hechizos. Porque, y por si a alguien le quedaba alguna duda, Calderaus era un mago, y de los buenos. Por eso fue capaz de atravesar la puerta cerrada como si fuera humo.
El hombre de la habitación se pegó un buen susto, y se quedó blanco como la cera. No podía contrastar más con el patibulario individuo de negro: era bajito, gordo y calvo. Estaba en camisa de dormir y temblaba como un flan.
—Ca… Calderaus —fue lo único que dijo, y, disimuladamente, dio un último empujón, con el pie descalzo, al cofre que asomaba debajo de la cama—. No te esperaba tan pronto.
El mago se apoyó en su bastón y sonrió. El cuervo graznó.
—Mi querido Guntar —dijo.
Miró a su alrededor en busca de un lugar donde sentarse, pero no lo había, así que hizo aparecer ante él una elegante silla de madera de roble tallada y tomó asiento con parsimonia, mientras a sir Guntar le temblaban las rodillas y le castañeteaban los dientes.
—Mi querido Guntar —repitió—. Si mal no recuerdo, teníamos un negocio pendiente.
Sir Guntar pareció recobrar algo de compostura en cuanto oyó la palabra «negocio». Al fin y al cabo, era el mercader más poderoso de aquel país.
—Yo cumplo mis tratos —afirmó.
Los ojos del mago brillaron con codicia. El cuervo graznó de nuevo.
—Entonces, ¿lo has traído?
—¿Has traído tú el dinero?
Calderaus le lanzó dos saquillos llenos y esperó pacientemente a que sir Guntar terminase de contar las monedas. A pesar de ser asquerosamente rico, sir Guntar era muy muy tacaño.
—Ahora, mi parte —exigió.
El comerciante sacó un cofrecillo de debajo de la almohada. Calderaus se lo quitó de las manos, lo abrió ansiosamente y asomó las narices al interior.
Una risa lo estremeció de pies a cabeza.
—¡Por fin! —susurró—. ¡Por fin es… mío!
Sir Guntar sintió que se le ponía la piel de gallina…, lo cual no le impidió, ahora que Calderaus no miraba, esconder los saquillos de monedas debajo de la almohada.
—¡El Maldito Pedrusco es mío, y solo mío! —exclamó Calderaus.
—¿Maldito Pedrusco? —repitió sir Guntar, extrañado.
—Es que es una joya mágica —explicó Calderaus—. Se le perdió al gran mago Malapata cuando volaba sobre su alfombra y le cayó en la cabeza a un anciano que pasaba y que dijo: «¡Ay! ¡Maldito pedrusco!». Y se quedó con ese nombre desde entonces.
Sir Guntar no parecía muy convencido, pero es que no sabía la de cosas que podría hacer Calderaus con aquel pedrusco. Si lo hubiese sabido, se habría asustado de verdad; porque, como ya habréis adivinado, Calderaus no era precisamente una bondadosa hada madrina…
***
Mientras estos dos curiosos personajes mantenían su reunión de negocios, en la planta baja de la posada Ratón empezaba a aburrirse. Después de todo, era un poco difícil seguir una partida de cartas en la que nadie respetaba las reglas. Se dio la vuelta para volver al trabajo y… ¡plaf!, le pisó la cola sin querer a un gato enorme con cara de torta.
—¡Marramiauuu! —chilló el gato, y salió disparado escaleras arriba.
—¡Mi gato! —aulló su dueño, un mercader rico y orondo—. ¿Qué le habéis hecho a mi gato?
—¡Ratón! —lo riñó el posadero, creyendo que lo había hecho a propósito.
—¡Voy a buscarlo!
Ratón llegó al primer piso justo a tiempo de ver el rabo del gato desapareciendo dentro de una habitación. Ratón no sabía que aquel era el cuarto del siniestro personaje de negro que, cuervo incluido, había llegado a la posada una media hora antes, así que, sin pensarlo dos veces, entró sin llamar.
Calderaus estaba en ese instante realizando un complicado ritual para despertar los poderes del extraño objeto que le había comprado a sir Guntar, y, desde luego, no era el mejor momento para interrumpirlo. Tenía que invocar a mil demonios y algún que otro espectro, y eso lo hacía pronunciando un galimatías de palabras mágicas y sosteniendo en alto el Maldito Pedrusco, que brillaba con una luz siniestra.
—¡Maldito Pedrusco! —gritó Calderaus finalmente—. ¡Sé mío!
—¿Maldito Pedrusco? —repitió Ratón, extrañado.
Al ver al muchacho, Calderaus perdió la concentración, y de pronto la luz se hizo más brillante y el Maldito Pedrusco empezó a vibrar y a hacer un ruido muy sospechoso…
—¡¡¡Noooo!!! —gritó Calderaus.
La joya mágica saltó de sus manos como si fuese un sapo y cayó al suelo, rebotando sobre los tablones de madera.
Ratón sintió como si miles de gusanillos lo mordieran por dentro, todos a la vez. Después, el Maldito Pedrusco se calmó y todo volvió a la normalidad. Ratón miró a su alrededor, pero no vio ni rastro del mago.
—¡Estúpido! —se oyó de pronto.
Ratón descubrió entonces a un cuervo que lo miraba desde la mesita.
—¡Cerebro de troll! —le insultó el pajarraco—. ¡Mira lo que has hecho!
Y alzó un ala para que lo viese bien.
—¿Qué… yo… cómo?
—Has interrumpido mi ritual —dijo el cuervo—, y el Maldito Pedrusco se ha descontrolado. ¡Tenía que darme el poder de mil demonios y algún que otro espectro, y ahora mira lo que ha pasado!
—¿Tú eres el mago? —preguntó Ratón, incrédulo—. ¿Te has convertido en cuervo?
—¡No! Mi mente ha entrado en el cuerpo del cuervo.
—Y, entonces, ¿qué ha pasado con la mente del cuervo?
—¡Miau! —se oyó entonces, y Ratón vio como el gato gordo se encaramaba al alféizar de la ventana, alzaba las patas delanteras y se precipitaba al vacío.
Plaf.
—¿Contesta eso a tu pregunta? —gruñó el cuervo—. Vaya, niño. Ningún ser vivo en esta habitación ha quedado igual que antes. Me pregunto qué te ha pasado a ti.
Ratón se asustó. Se miró las manos, se palpó la cara, pero no notó nada raro. Gruñendo por lo bajo, Calderaus, encerrado ahora dentro del cuerpo del cuervo (lo cual, para hacer honor a la verdad, tampoco cambiaba mucho su aspecto general), sacudió el objeto mágico con una pata y se volvió hacia Ratón con los ojos brillantes.
—El Maldito Pedrusco ya no funciona. ¿Y sabes por qué?
—¿Por qué hay que darle cuerda?
—¡No, mentecato! Porque, además de meter mi mente en el cuerpo del cuervo, también me ha arrebatado mis poderes (fíjate bien, mis poderes) y… y… y…
—¿Y qué?
—¡Y se los ha dado a otro! —gimió Calderaus finalmente.
Ratón miró a su alrededor, pero no vio a nadie más. Luego se dio cuenta de que el cuervo lo miraba a él.
—¿Te refieres a mí?
—¡Sí, a ti! —lloriqueó Calderaus—. ¡A ti, niño mequetrefe, que tienes los poderes del mejor mago del mundo, y ni siquiera sabes usarlos! ¡Qué desperdicio!
Ratón se sintió un poco ofendido. No le hacía gracia que un cuervo lo llamase mequetrefe.
—¿Cómo que no sé usarlos? —se defendió—. ¡Ahora verás!
Y levantó las manos haciendo grandes aspavientos mientras decía:
—Poderes de mago, haced chamusquina a este cuervo malvado.
Un rayito bastante raquítico salió de sus manos en dirección al cuervo, que se limitó a apartarse un poco a un lado.
            —Asombroso —dijo con sarcasmo—. Estoy temblando de miedo.
Ratón, harto del mago-cuervo, le dio la espalda y salió de la habitación. Pero Calderaus voló tras él.
           —¡Esto no va a quedar así! —le graznó en la oreja mientras bajaban las escaleras.

Laura Gallego, Mago por Casualidad

martes, 20 de febrero de 2018

OSCURO COMO MI CORAZÓN


            Enviado por María (S2C):

Es abrir una ventana a otras vidas. A otras vidas y también a la nuestra: es un viaje a emociones y situaciones límite que podrían sucedernos a cualquiera de nosotros o que tal vez ya hayamos vivido. Porque hay monstruos que viven en nosotros y a menudo la única salida, nuestro único camino transitable, es aprender a vivir con ellos.

Un recorrido por emociones y trastornos como la ansiedad, la depresión, la impotencia, el duelo... monstruos que viven con nosotros y con los que tenemos aprender a luchar o a convivir.

Estamos ante una recopilación de 13 historias escritas por Myriam Sayalero e ilustradas por Samuel Castaño en las que habla de los monstruos que viven dentro de nosotros y que no nos permiten avanzar, pero también de problemas por los que todo el mundo pasa alguna vez en su vida , como la pérdida de un familiar.

Una de mis historias favoritas de este libro se llama “No, woman, no cry”, en honor a una canción de Bob Marley  con el mismo título, en esta historia se nos presenta a Lucia, una chica con novio que está acabando segundo de bachiller, aquí se nos habla de un fenómeno que ocurre muy a menudo en la sociedad de hoy en día, el maltrato y la violencia machista .Esta es mi historia favorita debido a que habla de un tema que tanto en España como fuera de España afecta a muchas mujeres, pero al final de esta historia se nos da un mensaje esperanzador, y es que no hay que callarse, si estas en esa situación, y, aunque no sea fácil, hay salida.

Este libro es uno de mis favoritos, porque aunque pueda parecer un libro triste no lo es, solo es un libro realista en el que se nos habla de problemas que a cualquiera le pueden ocurrir, como la perdida de alguien importante o el creer que somos menos que los demás por no querernos suficiente como le pasa a Carmen en una de estas historias llamada” Las princesas no son felices”

lunes, 19 de febrero de 2018

EL HORIZONTE


Siempre leo detenidamente las notificaciones oficiales. Estudio con particular atención los avisos de los servicios de información del Estado. A fin de cuentas los escriben para mí: el Estado intenta comunicarse con uno de sus hijos. Como cuando un padre o una madre inicia con cierta reticencia una conversación seria con uno de sus vástagos. Y no voy a ser yo quien se oponga.

Voy a dejar de fumar. Voy a beber menos. Voy a comprender por qué debo pagar impuestos. Voy a mantenerme informado sobre convenios y reglamentos. Y voy a votar cada cuatro años. De esta forma tendré respuesta a todas las exhortaciones que reciba.

En mi opinión, todo funciona tal como debe funcionar. Es como un folletón algo árido y enrevesado en el que mi humilde personaje tiene derecho a participar y que incluso puede en parte coescribir.

El horizonte —creo que ésta es la palabra adecuada—, el horizonte de esta constante e interminable campaña de información puede parecerme a veces, sin embargo, restringido y trivial.

Es agradable que Hacienda devuelva dinero, y probablemente es acertado instalar detectores de humo y extintores de incendios. No se trata de esto. Pero las estrellas, por ejemplo, o el misterio de la vida, o un libro importante que debería leer, nada de esto es asunto del Estado. No tengo que preocuparme por ese tipo de cuestiones. La tierra sigue su curso alrededor del sol sin mi ayuda.

Echo en falta un recuerdo ocasional de que existo. Porque estoy aquí solamente esta vez y no he de volver nunca. También esto puede resultar fácil de olvidar. Yo lo sé, es obvio que lo sé todo el tiempo, sólo con que me pare a pensarlo. Pero nadie me impulsa a hacerlo. Aquí no rige ninguna pública confidencialidad. Si en medio del flujo de la información olvido que estoy vivo, es problema mío.

Puedo imaginar el siguiente comunicado oficial a la población en los principales periódicos del país: «Aviso importante a todos los ciudadanos y ciudadanas. ¡El mundo está aquí y es ahora!».

Jostein Gaarder

domingo, 18 de febrero de 2018

ORGULLO Y PREJUICIO


Enviado por Iván:

Esta novela reúne de forma ejemplar los temas recurrentes  de Jane Austen en la historia de las cinco hijas de la señora Bennett, que no tiene otro objetivo en su vida que conseguir una buena boda para todas ellas. Dos ricos jóvenes, el señor Bingley y el señor Darcy, aparecen en su punto de mira e inmediatamente se ven señalados como posibles presas. De hecho, la relación entre la hija mayor, Jane, y el señor Bingley parece muy prometedora,…pero, por influencia del arrogante señor Darcy, se frustran todas las esperanzas. La intervención de Elizabeth, la hija segunda, perspicaz, consciente de su valor, y algo rebelde, determinará el rumbo de la novela.

En ella el opresivo ambiente de la familia, la presión del matrimonio, la diferencia de clases, el fantasma de la pobreza y la delicada sensibilidad de una heroína decidida, pero no libre de errores de juicio y dudas de comportamiento, se conjugan para crear una obra maestra leída a lo largo de más de dos siglos.

Jane Austen introdujo cambios en el género de la novela que han llegado hasta nuestros días, al dotar a sus personajes de una profundidad psicológica desconocida hasta ese momento. Creó retratos de sus protagonistas, a menudo irónicos, pero que resultan bastante reales, casi naturalistas. A pesar de los finales felices, en los que los protagonistas consiguen sus anhelados deseos, en su obra subyace una crítica a las costumbres y a la rigidez social de la época.


Elizabeth, la hija segunda de los Bennet es inteligente, divertida e independiente, no importándole quedarse soltera, pero se deja llevar por las primeras apariencias. Su figura se aleja de los personajes femeninos que abundaban hasta ese momento en la literatura de la época.

Fitzwilliam Darcy es el rico y atractivo heredero de una gran fortuna. Arrogante, orgulloso, tímido y honesto. Al igual que Elizabeth, aprenderá a no fiarse de las apariencias, y, poco a poco, se alejará de las rígidas normas sociales para dar rienda suelta a sus verdaderos sentimientos.

Jane Bennet es el modelo perfecto de mujer: guapa, cariñosa, tiene vocación de esposa y madre. Tiene todo lo que se necesita para conseguir un buen partido, excepto una familia un tanto particular y una escasa dote.

Charles Bingley es un joven influenciable, prefiere escuchar los consejos de su familia y amigos, a seguir los dictados de su corazón.

George Wickham se nos presenta como un hombre guapo y amable que atraerá a Elizabeth; pero, en realidad, es un hombre deshonesto, aficionado al juego y derrochador que intentó raptar a la hermana de Darcy para acceder a su dote, y que hará lo propio con Lydia,  la hermana menor de Elizabeth.


El orgullo y el prejuicio son los dos temas básicos de la novela de Austen y se encuentran en distinta medida en los protagonistas. La arrogancia, la vanidad, el exceso de estimación de uno mismo caracteriza a Darcy, un hombre que mira a todo el mundo por encima del hombro y solo considera acertadas sus ideas, gustos y decisiones. A su vez, Elizabeth peca de prejuzgar a las personas, casi siempre de forma desfavorable, aunque en el caso de Wickham creyó a pies juntillas su historia, y se equivocó terriblemente.

Jane Austen critica la forma en la que la posición social de la mujer y la poca libertad que está puede tener. Las jóvenes solo pueden pensar en conseguir el matrimonio más ventajoso posible, dentro de sus posibilidades (clase social, dote…). Elizabeth se rebela contra esto, ella piensa por sí misma y no está dispuesta a que nadie le diga cómo debe vivir su vida. Además, la autora apuesta para que las mujeres sean educadas de forma similar a los hombres, ya que tienen potencial para ello, a pesar de que la sociedad las relegue a cultivar sus talentos (música, pintura, manualidades, danza…) para atraer un marido. Las hermanas Bennet tuvieron una educación muy particular, bastante alejada de las de sus amigas y vecinas. Su padre decidió no dejarlas al cuidado de ninguna institutriz, sino encargarse él mismo de su formación. Poniendo a sus disposición maestros y animándolas a leer.

Con su fina ironía, y usando algunos componentes cómicos, asistimos a bailes, reuniones, conversaciones tan superficiales y banales que nos podemos hacer una idea de lo difícil que debía ser en la época establecer una auténtica relación sentimental o, por lo menos, amistosa, con alguien. Y, como no, la forma en la que se conciertan los matrimonios, la necesidad de poseer una buena dote, la importancia del buen nombre familiar, etc. Por supuesto, Austen destaca el hecho de que las hermanas Bennet no tengan acceso a la propiedad de su padre solo por ser mujeres, algo que las llevaría a la pobreza si no consiguen casarse.

Os dejamos con una reseña de Javier Ruescas sobre el libro:

viernes, 16 de febrero de 2018

SE DESATA LA VIOLENCIA EN EL CENTRO


Por lo ocurrido ayer en Florida

Al ver entrar en el vestíbulo a tres chicos armados, lo único que piensa don Matías, el bedel, es que se trata de una broma, así que sale de su garita y se aproxima a ellos de muy mal humor.
—¿Se puede saber qué...?
No llega a completar la frase. Raúl le apunta con su fusil de asalto y aprieta el gatillo. Una ráfaga de balas impacta contra el cuerpo de don Matías, derribándole. Está muerto antes de alcanzar el suelo. Alguien grita.
La locura ha comenzado. Ya no hay marcha atrás.
Sin dedicarle un vistazo al cadáver del bedel, Raúl entra en la garita, abre un cajetín que está adosado a la pared y oprime un botón. Todas las puertas del centro se cierran instantáneamente. Ahora nadie puede entrar ni salir del Anna Frank.
Acto seguido, Raúl dispara contra el cajetín. Ni Jorge ni Guillermo se han dado cuenta, pero al inutilizar los mandos también ellos quedan encerrados. Raúl es consciente de ello, por supuesto; pero es que Raúl sabe que no saldrá vivo del colegio. Y no le importa lo más mínimo.
La puerta que da a Administración se abre y una secretaria, alarmada por el ruido, asoma la cabeza. Entonces, Jorge empieza a disparar, como un loco, lanzando improperios.
—¡Venid, desgraciados! ¡Os voy a matar a todos!
Jorge está fuera de control. Dispara contra todo, sin apuntar, agotando cargador tras cargador. A lo lejos se escuchan gritos. Las puertas de las aulas comienzan a abrirse. Raúl le grita que pare, que ahorre munición, pero Jorge no le escucha.
Raúl mira en derredor; ¿dónde está Guillermo? Ha desaparecido. Raúl le llama, pero nadie responde. Consulta su reloj: las nueve y veintitrés. Es tarde; tiene que seguir adelante, aunque sea solo.
Raúl abandona el vestíbulo y echa a andar hacia la escalera que conduce a la planta superior. Un profesor sale de un aula y se cruza en su camino.
—Oye tú, ¿qué está pa...?
 Raúl lo quita de en medio con una ráfaga de balas. La sangre del profesor le salpica el rostro, pero el joven no se da cuenta.

César Mallorquí, La Compañía de las Moscas

PREMIO CERVANTES CHICO 2015