viernes, 2 de diciembre de 2016

EL CREADOR DE LA ESCRITURA


Yo, Ninshubur, admito que éste no es el inicio que el escriba eligió para sus tablillas de barro. Es otro comienzo distinto, tal vez mejor, tal vez peor: quien lea los signos trazados sobre la arcilla lo decidirá.
Pocos hombres han nacido que hayan sido, ni de lejos, tan sabios como Dingir, el escriba. Él fue quien inventó el arte de hacer hablar los dibujos, también llamado escritura. Antes de él, los dibujos sólo servían para contar las propiedades y préstamos de los templos; después de él,los trazos sobre el barro transmiten órdenes, cantan poemas, insinúan falsedades, enseñan oraciones para apaciguar a las divinidades o incluso narran historias. Historias como la contenida en estas tablillas, historias entretejidas de dioses y reyes, de amor y poder, de aventuras y de descubrimientos, de guerras y de las falsedades que los hombres inventan para justificarlas.
Dingir, el más sabio de los nacidos en la tierra de Súmer, fue mi esposo y también el hombre al que amé: sé que no es común reunir en una sola persona amor y matrimonio, pero en nuestro caso fue así durante el breve tiempo que los asesinos nos concedieron.
Podría pensarse que todos le quisieron y le agradecieron el don de la escritura, un arte que permite que las palabras sean eternas en vez de desvanecerse en el aire apenas pronunciadas. No fue así y es odiado en toda la tierra entre los ríos, de Ur a Nippur, de Uruk a Lagash, desde el Eufrates hasta el Tigris. Nadie pronuncia su nombre y todos desean olvidar su misma existencia.
Sólo los reyes, codiciosos de poder, se sienten agradecidos por el regalo que mi esposo les hizo, pues gracias a la escritura sus mandatos llegan más allá del horizonte y pueden, así, crear imperios amasados con sangre. También los comerciantes se han beneficiado del arte de hacer hablar a los dibujos sobre el barro, pues pueden extender sus tratos con lugares lejanos, como las arañas tienden sus redes para estrangular a sus presas. Pero es ingenuo esperar nada de la gratitud de reyes y comerciantes, y sólo mi esposo, que a pesar de su gran saber a veces tenía el corazón de un niño, albergó alguna esperanza.
Cuando tuvimos que huir y escondernos, animé a mi esposo a que escribiese estas tablillas. Él soñaba con dejar constancia de lo que había sucedido en realidad y que así los hombres le perdonasen, e incluso (creo yo) que le admirasen por su descubrimiento. Le animé a hacerlo aunque yo no albergase ninguna ilusión. ¿Qué tablilla conseguiría que le perdonasen los poetas? Antes de la escritura, los poetas podían exigir jugosos pagos y regalos por recitar sus poemas en fiestas y banquetes, y si alguien era tacaño, se veía privado del disfrute de los sonoros versos, y su vida se empobrecía como un suelo sembrado de sal. Con la escritura, en cambio, cualquiera puede copiar sobre el barro los poemas más extensos y hermosos, sin esforzarse apenas y sin memorizarlos; y luego repetirlos en cualquier lugar y circunstancia. Las obras de los poetas y los rapsodas llegarán ahora a mucha más gente que si ellos fuesen en persona de banquete en banquete y de fiesta en fiesta recitándolas; pero los poetas recibirán mucho menos por sus composiciones y la pobreza les amenazará. ¡Y mi esposo desearía que ellos le perdonasen e incluso le quisieran! Como siempre ha vivido entregado al saber, es —o, más bien, era— un tanto ingenuo en lo relativo a las pasiones egoístas de los humanos normales.
Igual que con la escritura los rapsodas pierden el monopolio de la poesía, los sacerdotes dejan de poseer en exclusiva las oraciones que aplacan a los dioses, y los nobles tienen que atenerse a leyes escritas cuando juzgan al pueblo. Por eso los poetas, los sacerdotes y los nobles odian la escritura, e intentan prohibir que poemas, oraciones y leyes se escriban sobre tablillas.
En la pugna entre reyes y mercaderes, por un lado, y poetas, sacerdotes y nobles, por el otro, mi esposo constituía la víctima propiciatoria perfecta, sobre todo porque era bueno y no sabía defenderse.
Por eso estaba condenado desde el principio, y estoy segura de que habría sido sacrificado, tarde o temprano, aunque no hubiese sucedido lo que sucedió. Una vez acrecentado el poder mediante la escritura, el rey lo habría entregado a los sacerdotes, nobles y poetas para apaciguarlos.
Pues bien, cuando los dos huimos de Uruk dejando un rastro de sangre y nos ocultamos entre los cañaverales y las aldeas, yo animé a mi esposo para que escribiese y contase la verdad. Yo sabía que la verdad no era conveniente para nadie, más bien, si llegase a conocerse, sería algo muy peligroso para personas muy poderosas. Nunca permitirían que se difundiese.
Pero mi esposo había dedicado toda su vida a desarrollar la escritura, y escribir le ayudaba a sobrellevar la pérdida de sus padres, de su casa, de su riqueza y, sobre todo, de su inocencia. Por eso yo le animaba, porque mientras él dibujaba sobre la arcilla contando su historia, dejaba de sufrir. Era como una medicina para su alma, y yo se la proporcionaba mostrando unas veces curiosidad, otras indiferencia, y a veces, cuando él se desanimaba, lo irritaba criticándolo, igual que el látigo del arriero impulsa adelante a los asnos cargados de mercancías. En ocasiones, incluso yo me ponía a dibujar palabras sobre la arcilla fingiendo una torpeza que no tenía para que él se enojase conmigo y no abandonase su empresa.
En realidad, a mí no me importaban mucho aquellas (estas) tablillas. A mí me importaba él. Su alma era grande, pero frágil como una delicada vasija de finas paredes, que puede romperse con cualquier golpe. Y él ya había recibido demasiados, tantos que se resquebrajaba por todas partes.
Es muy difícil admitir, para el orgullo de una mujer, que su amor no es suficiente para sanar las heridas del alma de su amado. Yo le diría: «Apoya tu cabeza en mi regazo y olvídalo todo». Pero él contestaría: «¿Cómo olvidar la guerra, la amistad, a la diosa Innana?». Y al responder esto, él recordaría una vez más, y sufriría.
Por eso yo no le decía nada y, en vez de eso, lo animaba a escribir. Que las tablillas de arcilla fuesen tumba y prisión del pasado, y así él luego pudiese vivir y disfrutar del amor. De mi amor.
Yo no contaba con los asesinos que lo perseguían. Confiaba en que un milagro nos salvase. Pero ¿qué milagro podíamos esperar nosotros, malditos por los dioses?
Ahora, yo misma he terminado de escribir su historia, nuestra historia. Se lo había prometido a él. Y, al hacerlo, también me he sentido invadida por la necesidad, no, por la urgencia de que alguien conozca la verdad de los terribles hechos que rodearon el nacimiento de la escritura.
Es una esperanza bastante estúpida, debo admitirlo. ¿En qué me beneficiará a mí que, dentro de muchas generaciones, alguien desentierre estas tablillas y lea, y se estremezca, y sepa lo que ocurrió? En nada. Y, sin embargo, ahora quiero que esto suceda, igual que lo quería mi esposo.
Al ir a enterrar las últimas tablillas, he releído las primeras líneas que escribió mi amado Dingir. Y he dudado. ¿Atraerán a quien las encuentre o, por el contrario, serán apartadas con un gesto de hastío? ¿Le animarán a seguir leyendo o empleará las viejas tablillas para construir un muro?
Mi esposo comenzó su historia por donde ha de iniciarse una historia: por el principio. Pero pocas veces los inicios de algo contienen la promesa de lo que ocurrirá. Mirando una semilla, nadie imagina el árbol a que dará lugar. Por eso debo actuar como una experta prostituta sagrada, que muestra sin mostrar, que promete sin prometer, que seduce sin que parezca que está seduciendo. Crearé un nuevo inicio que no empiece por el principio, sino por el medio o incluso por el final. Un inicio que insinúe, pero que no revele; que incite, pero que no satisfaga; que deposite miel en los labios, pero que no sacie. ¿Sabré hacerlo? He vivido en el Templo de Innana, donde las artes de la seducción se perfeccionan hasta extremos indecibles; así pues, imitaré a las sacerdotisas para atraer a un desconocido lector que tal vez nunca exista.
Por mi parte, es un gran atrevimiento modificar lo que escribió mi esposo, anteponiendo mis propias tablillas; porque él ha sido el hombre más sabio del mundo, al menos en lo que se refiere a la escritura. En lo demás no, debo admitirlo. Pero a él no le habría importado que yo... No, se habría enfadado muchísimo conmigo, y habríamos discutido. No está ya conmigo, oh dioses, ni para enojarse ni para amarme, y su recuerdo me quema el alma.
Yo también he de escribir para recordar y reconciliarme con los recuerdos, y para no llorar acordándome de él. ¡Cómo le entiendo ahora!
Volveré a quien encuentre estas tablillas, pues a él no le interesan mis lágrimas, aunque sí mis recuerdos.
Lee estas tablillas, lee estas viejas y polvorientas tablillas, y conocerás cómo y por qué empezó la escritura, y las pasiones e intrigas que desató, y cómo las primeras palabras escritas que ha conocido la humanidad no fueron poemas de amor ni oraciones a las divinidades, sino la justificación mentirosa de una guerra de agresión y un intento de convencer a todos de que Uruk no fue vencida, contra lo que era evidente.
Si tus ojos no se fatigan ni tus manos tiemblan, lee, y conoce cómo la diosa Innana, la mil veces santa diosa del amor y de la guerra, volvió a descender a los infiernos una vez más, pero esta vez Innana buscaba destruir a mi amado esposo.
¡Oh lector del desierto! Si consigues descifrar mis signos, quizá te extrañe saber que hubo un tiempo en que no existía la escritura y que su descubrimiento provocó muertes y luchas despiadadas por el poder. Pero por mucho que te extrañe, lo que se cuenta aquí sucedió. Lee y juzga.
Es tiempo de que deje hablar al protagonista de esta historia: mi esposo Dingir, un humilde y sabio contable de Uruk. No era hijo de reyes, ni un héroe, ni mucho menos un favorito de las divinidades. Su destino, desde la infancia, era ser sacrificado para la mayor gloria de Innana; pero, en vez de eso, creó la escritura.
Y ya nada, nunca, fue igual.

Lorenzo Mediano, El Escriba de Barro

jueves, 1 de diciembre de 2016

EDUARDO MENDOZA, PREMIO CERVANTES 2016


Eduardo Mendoza ha sido galardonado con el Premio Cervantes 2016, “porque, con la publicación en 1975 de La verdad sobre el caso Savolta, inaugura una nueva etapa de la narrativa española en la que se devolvió al lector el goce por el relato y el interés por la historia que se cuenta, que ha mantenido a lo largo de su brillante carrera como novelista. Eduardo Mendoza, en la estela de la mejor tradición cervantina, posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía, algo que el gran público y la crítica siempre supieron reconocer, además de su extraordinaria proyección internacional.”

La verdad sobre el caso Savolta (Premio de la Crítica 1975), donde utiliza diferentes
discursos y estilos narrativos, es considerada como la primera novela posfranquista. Mendoza
utiliza las estructuras narrativas de la novela policíaca para describir los conflictos sociales en la Barcelona de los años del pistolerismo (1917-1919). El autor da la espalda a la generación experimentalista y pide volver al arte de contar, al esquema narrativo de la intriga, y al recurrir a la estructura de la novela policíaca para esbozar una situación social muestra su gusto por mezclar géneros novelescos, como lo podemos ver en muchas de sus obras. Esta novela significa aire fresco en la narrativa española. No sólo supone la revalorización de la intriga, sino la búsqueda de un perfil distinto y progresivamente paródico de novela histórica que se corresponde con el reencuentro de la trama. Los elementos narrativos utilizados son múltiples, aunque simples. Mendoza se sirve con soltura del diálogo; pero también del relato en primera o tercera persona, descripción objetiva, interrogatorio policial, cartas, artículos periodísticos: un amplio abanico de recursos que diversifica las formas, multiplicándolas, atenta a la aventura, alejándose al tiempo del realismo y del experimentalismo.

Dos de los personajes de esta novela generarán otros personajes mendocianos: así, el protagonista Javier Miranda sirve de modelo para Onofre Bouvila (La ciudad de los prodigios, 1986, considerada su obra cumbre y ganadora de varios premios nacionales e internacionales), pues ambos llegan a Barcelona en busca de oportunidades que no encontraban en su tierra. Nemesio Cabra Gómez nos recuerda al antihéroe anónimo, señor X, ese loco interno en un manicomio y adicto a la Pepsi-Cola que dará origen a una saga (El misterio de la cripta embrujada,  una parodia con momentos hilarantes que mezcla rasgos de la novela negra con la gótica, El Laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, El enredo de la bolsa y la vida, El secreto de la modelo extraviada); ambos personajes, Nemesio Cabra Gómez y el señor X, asiduos de manicomios y conocedores de las zonas marginales de la sociedad, se ven sometidos a una manipulación por parte de la policía que trata de resolver crímenes misteriosos.

En 1986 publica La ciudad de los prodigios, novela en la que se muestra la evolución social y urbana de Barcelona entre las dos exposiciones universales de 1888 y 1929. No es una novela histórica al uso, como ya advierte su autor en el prólogo, sino una transcripción de la memoria colectiva de una generación de barceloneses. El hilo conductor de toda la trama es Onofre Bouvila, representante del ideario colectivo de las clases sociales más bajas. Es un joven de origen humilde que, gracias a sus propios esfuerzos, se convierte en uno de los hombres más ricos e influyentes no sólo de Cataluña sino de toda España: un personaje sórdido y cruel, sin escrúpulos, que atesora poder y bienes gracias a sus maniobras inteligentes pero también salvajes. La historia de Onofre Bouvila estará fuertemente influida por la aparición en ella de tres mujeres. Una pitonisa le dirá que una lo haría rico, otra lo encumbraría y otra lo haría feliz. Son estas tres mujeres las que directa o indirectamente aportarán a Onofre los instrumentos necesarios para ascender social y económicamente, las que influirán en su formación como personaje, las que crearán en torno a él un mundo completo y complejo.

En 1991 comienza a publicar en el diario El País una historia por entregas de un extraterrestreSin noticias de Gurb, novela humorística que relata la búsqueda de un extraterrestre (Gurb) que ha desaparecido, tras adoptar la apariencia de Marta Sánchez, en Barcelona. El narrador es otro alienígena que sale en pos de Gurb, que va cambiando su apariencia a medida que avanza la trama, pasando a ser personajes como Miguel de Unamuno, Paquirrín, el duque de Kent o Alfonso V de León, y cuyo diario constituye la guía de la narración. El protagonista comienza la historia con unas ideas y objetivos que van cambiando a la vez que él cambia para adaptarse a la forma de vida del planeta. La naturaleza de este relato es la sátira y la paradoja. El autor convierte a la ciudad absurda y cotidiana en el escenario de una carnavalada que revela el verdadero rostro del ser humano urbano actual y la acelerada conciencia artística del escritor. Aquí tenéis el comienzo de esta novela
que aterriza en la Barcelona previa a los Juegos Olímpicos de 1992, que se publicó como novela bajo el título de

DÍA 9
00.01 (hora local) Aterrizaje efectuado sin dificultad. Propulsión convencional (ampliada). Velocidad de aterrizaje: 6.30 de la escala convencional (restringida). Velocidad en el momento del amaraje: 4 de la escala Bajo-U 1 0 9 de la escala Molina-Calvo. Cubicaje: AZ-0.3. Lugar de aterrizaje: 63Ω (IIβ) 28476394783639473937492749. Denominación local del lugar de aterrizaje: Sardanyola.
07.00 Cumpliendo órdenes (mías) Gurb se prepara para tomar contacto con las formas de vida (reales y potenciales) de la zona. Como viajamos bajo forma acorpórea (inteligencia pura-factor analítico 4800), dispongo que adopte cuerpo análogo al de los habitantes de la zona. Objetivo: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial). Consultado el Catálogo Astral Terrestre Indicativo de Formas Asimilables (CATIFA) elijo para Gurb la apariencia del ser humano denominado Marta Sánchez.
07.15 Gurb abandona la nave por la escotilla 4. Tiempo despejado con ligeros vientos de componente sur; temperatura, 15 grados centígrados; humedad relativa, 56 por ciento; estado de la mar, llana.
07.21 Primer contacto con habitante de la zona. Datos recibidos por Gurb: Tamaño del ente individualizado, 170 centímetros; perímetro craneal 57 centímetros; número de ojos, dos; longitud del rabo, 0.00 centímetros (carece de él). El ente se comunica mediante un lenguaje de gran simplicidad estructural, pero de muy compleja sonorización, pues debe articularse mediante el uso de órganos internos. Conceptualización escasísima. Denominación del ente, Lluc Puig i Roig (probable recepción defectuosa o incompleta). Fundación biológica del ente: profesor encargado de cátedra (dedicación exclusiva) en la Universidad Autónoma de Bellaterra. Nivel de mansedumbre, bajo. Dispone de medio de transporte de gran simplicidad estructural, pero de muy complicado manejo denominado Ford Fiesta.
07.23 Gurb es invitado por el ente a subir a su medio de transporte. Pide instrucciones. Le ordeno que acepte el ofrecimiento. Objetivo fundamental: no llamar la atención de la fauna autóctona (real y potencial).
07.30 Sin noticias de Gurb.
08.00 Sin noticias de Gurb.
09.00 Sin noticias de Gurb.
12.30 Sin noticias de Gurb.
20.30 Sin noticias de Gurb.
DÍA 10
07.00 Decido salir en busca de Gurb. Antes de salir oculto la nave para evitar reconocimiento e inspección de la misma por parte de la fauna autóctona. Consultado el Catálogo Astral, decido transformar la nave en cuerpo terrestre denominado vivienda unifamiliar adosada, calef. 3 dorm. 2 bñs. Terraza. Piscina comunit. 2 plzs. Pkng. Máximas facilidades.
07.30 Decido adoptar la apariencia de ente humano individualizado. Consultado Catálogo, elijo el conde-duque de Olivares.
08.00 Me naturalizo en lugar denominado Diagonal-Paseo de Gracia. Soy arrollado por autobús número 17 Barceloneta-Vall d’Hebrón. Debo recuperar la cabeza, que ha salido rodando de resultas de la colisión. Operación dificultosa por la afluencia de vehículos.
08.01 Arrollado por un Opel Corsa.
08.02 Arrollado por una furgoneta de reparto.
08.03 Arrollado por un taxi.
08.04 Recupero la cabeza y la lavo en una fuente pública situada a pocos metros del lugar de la colisión. Aprovecho la oportunidad para analizar la composición del agua de la zona: hidrógeno, oxígeno y caca.

En el 2010, consigue el Premio Planeta con Riña de gatos: Anthony Whitelands, un inglés
loco por la pintura de Velázquez, viaja a España, para llevar a cabo la tasación de una colección de cuadros propiedad del marqués de la Igualada; Anthony no lo duda, porque podrá volver a pasear por las calles de Madrid, y volver a visitar el Museo del Prado, su rincón favorito. Como Anthony viaja a España en vísperas de nuestra Guerra Civil, se encuentra un Madrid con un ambiente un tanto enrarecido por la actual situación política. Cuando por fin tiene ocasión de examinar uno de los cuadros para proceder a su tasación, Anthony se encuentra nada menos frente a lo que él cree que es una Venus de Velázquez; si consigue verificar la autenticidad de la obra, su prestigio académico subirá como la espuma... Pero Anthony descubre, horrorizado, que en realidad el dueño del cuadro prevé venderlo para financiar a la recién creada Falange Española, cuyo objetivo es adelantarse a los comunistas para organizar una revolución en nuestro país. Así que se le presentará un dilema... Aquí tenéis un fragmento de esta novela:

Había llegado a Neptuno cuando arreció la lluvia. No sabiendo dónde refugiarse, ganó en dos zancadas la escalera del Museo del Prado y se dirigió a la taquilla. Dado lo temprano de la hora y la escasez de visitantes, la taquillera lo reconoció y, con una amabilidad que en medio de su desamparo le resultó conmovedora, le dejó pasar sin pedirle una credencial que también le había sido robada. Ya bajo techo, y todavía irresoluto sobre el camino a seguir, dejó que sus pasos le llevaran una vez más a la sala de Velázquez. Iba a ver Las hilanderas, pero al pasar por delante de Menipo se detuvo en seco, conminado por la mirada de aquel personaje, mitad filósofo, mitad granuja. Siempre le había parecido extraña la elección del asunto por parte de Velázquez. En 1640 Velázquez pintó dos retratos, Menipo y Esopo, destinados a competir en el favor del rey con dos retratos muy parecidos de Pedro Pablo Rubens, a la sazón en Madrid. Rubens pintó a Demócrito y a Heráclito, dos filósofos griegos de fama universal. Por el contrario, Velázquez eligió dos personajes de escasa relevancia, uno de ellos casi desconocido. Esopo era un fabulista y Menipo un filósofo cínico del que nada seguro ha llegado hasta nosotros, salvo lo que cuentan Luciano de Samosata y Diógenes Laercio. Según éstos, Menipo nació esclavo y se afilió a la secta de los cínicos, ganó mucho dinero por métodos de dudosa rectitud y en Tebas perdió cuanto tenía. La leyenda refiere que ascendió al Olimpo y descendió al Hades y en los dos lugares encontró lo mismo: corrupción, engaño y vileza. Velázquez lo pinta como un hombre enjuto, entrado en años, pero todavía lleno de energía, vestido de harapos, sin hogar ni posesiones materiales y sin más recursos que su inteligencia y su serenidad frente a las adversidades. Esopo, su pareja pictórica, sostiene un grueso libro en la mano derecha, en el que sin duda están escritas sus célebres aunque humildes fábulas. A Menipo también le acompaña un libro, pero está en el suelo, abierto y con una página rasgada, como si todo cuanto se hubiese escrito careciera de interés. ¿Qué habría querido decir Velázquez al elegir este personaje evanescente, siempre en camino hacia ninguna meta, salvo el incesante y reiterado desengaño? En aquellos años Velázquez era justamente lo contrario: un joven artista en busca del reconocimiento artístico y, sobre todo, del encumbramiento social. Tal vez pintó a Menipo como advertencia, para recordarse a sí mismo que al final del camino hacia la cumbre no nos espera la gloria, sino el desencanto.

Inspirado por este pensamiento, el inglés salió precipitadamente de la sala y del museo, decidido a resolver los problemas del modo más práctico.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LA EMPERATRIZ DEL MUNDO SE CONFIESA


Aldonza siempre tuvo la corazonada de que ese viejo hidalgo -medio perturbado, dicen, por la lectura de maravillas, cosa que ella no llegaría a hacer nunca, y que la mirara a escondidas, con ojos de león hambriento, no más de cuatro veces, según recuerda- la haría famosa, le daría un nombre músico y peregrino y significativo y la convertiría en Señora y Soberana no ya de El Toboso, sino de las naciones, y tal vez del cosmos mismo. Pero -y aunque le doliera el sólo pensarlo-, sabía con igual certeza que no amaría al hombre por eso. El único consuelo del que, de tanto en tanto, echaba mano era creer que por la misma razón su loco enamorado sería tristemente famoso en los siglos venideros, más que todos los caballeros andantes juntos.

Luis Correa-Díaz

martes, 29 de noviembre de 2016

FINIS MUNDI

   
                   Enviado por Miguel:

                Laura Gallego nos ofrece una novela juvenil a medio camino entre la novela de aventuras (el viaje por parte de la Europa medieval, las distintas peripecias…) y la fantasía (los druidas, las meigas, la profecía y su cumplimiento…)

Francia, año 997

Al juglar Mattius le pide ayuda un joven monje, Michel d'Evreux, que posee unos pergaminos en los que se predice el fin del mundo en el año 1000. Según la profecía sólo hay una manera de salvar a la Humanidad: invocar al Espíritu del Tiempo. Pero para que éste aparezca y decida si el ser humano es digno de habitar mil años más sobre la Tierra, alguien tiene que encontrar los tres Ejes Mágicos sobre los que se sustenta la Rueda del Tiempo, y unirlos. Su viaje les lleva primero a Aquisgrán, después a Finisterre y, por último, a Stonehege.

Laura Gallego con un ritmo ágil y  vivo plantea el problema de la esencia del Hombre, a través del tópico del milenarismo: cada mil años un hombre (Michel) tiene que sacrificarse para que la Humanidad siga adelante y no se produzca el Apocalipsis. Nos ofrece una visión muy completa de la Edad Media. Pero, lo mejor de la novela son los personajes:

Michel es un joven monje que ha logrado huir de su monasterio tras ser arrasado. Consigo lleva el manuscrito de la profecía. En un mundo hostil, necesita ayuda para sobrevivir y para evitar que se cumpla la profecía. A lo largo de la novela irá madurando física y psicológicamente en un recorrido iniciático que le hará cada vez más fuerte, hasta que es capaz de sacrificar su propia vida por la Humanidad.

Mattius es un juglar escéptico y pesimista, aunque en realidad es un hombre noble y solidario. Desprecia la nobleza de la sangre y se siente hermanado con el pueblo. Viaja con su perro lobo y no quiere compañeros, pero a lo largo de la novela encontrará la verdadera amistad y el amor.

Lucía, una joven independiente que quiere cambiar su destino, pero encuentra obstáculos para ser juglaresa hasta que encuentra la colaboración de Mattius, de quien se enamora. Está relacionada con el mundo de la magia.

PREMIO BARCO DE VAPOR
PREMIO CERVANTES CHICO 2011

lunes, 28 de noviembre de 2016

TRISTÁN E ISEO


Querido Jorge:

No puedo estar sin ti. Me muero.

No creas que exagero. Es como la historia de la madreselva que nos contó la Perales. Seguro que no te  enteraste bien. En ese momento estabas dibujando. Dibujándome. Fue la primera vez que me dibujaste como una reina, con corona y todo, como la protagonista de la historia.

Y la historia era esta:

El caballero Tristán y la bella Iseo estaban locamente enamorados. Pero lseo había tenido que casarse con el rey, que era además el tío de Tristán. Cuando el rey se enteró de que su mujer y su sobrino Tristán se veían en secreto, lo expulsó del reino.

Un año entero estuvo Tristán viviendo en el bosque, huido. Veía una flor y le recordaba a Iseo. Llovía y la lluvia le recordaba a Iseo. Sé lo que es eso.

Hasta que un buen día, Tristán se enteró de que pronto pasarían por el bosque el rey y su comitiva. «El rey y su comitiva». Así le dijo un campesino. Y Tristán tradujo: «El rey y la reina. Iseo...».

Entonces Tristán cogió una rama de avellano y talló con su cuchillo este mensaje para su amada: «Iseo, tú y yo somos como la madreselva que se enrosca en el avellano. Juntos pueden vivir largos años, mas si alguien pretende separarlos, muere el avellano enseguida y la madreselva también. Igual es nuestro destino: ni vos sin mí, ni yo sin vos».

Ni vos sin mí, ni yo sin vos.

Begoña Oro, Pomelo y Limón

PREMIO GRAN ANGULAR 2011

domingo, 27 de noviembre de 2016

PETER PAN

La señora Darling supo por primera vez de Peter cuando estaba ordenando la imaginación de sus hijos. Cada noche, toda buena madre tiene por costumbre, después de que sus niños se hayan dormido, rebuscar en la imaginación de éstos y ordenar las cosas para la mañana siguiente, volviendo a meter en sus lugares correspondientes las numerosas cosas que se han salido durante el día. Si pudierais quedaros despiertos (pero claro que no podéis) veríais cómo vuestra propia madre hace esto y os resultaría muy interesante observarla. Es muy parecido a poner en orden unos cajones. Supongo que la veríais de rodillas, repasando divertida algunos de vuestros contenidos, preguntándose de dónde habíais sacado tal cosa, descubriendo cosas tiernas y no tan tiernas, acariciando esto con la mejilla como si fuera tan suave como un gatito y apartando rápidamente esto otro de su vista. Cuando os despertáis por la mañana, las travesuras y los enfados con que os fuisteis a la cama han quedado recogidos y colocados en el fondo de vuestra mente y encima, bien aireados, están extendidos vuestros pensamientos más bonitos, preparados para que os los pongáis (...)
A veces, en el transcurso de sus viajes por las mentes de sus hijos, la señora Darling encontraba cosas que no conseguía entender y de éstas la más desconcertante era la palabra Peter. No conocía a ningún Peter y, sin embargo, en las mentes de John y Michael aparecía aquí y allá, mientras que la de Wendy empezaba a estar invadida por todas partes de él. El nombre destacaba en letras mayores que las de cualquier otra palabra y mientras la señora Darling lo contemplaba le daba la impresión de que tenía un aire curiosamente descarado.
—Sí, es bastante descarado —admitió Wendy a regañadientes. Su madre le había estado preguntando.
—¿Pero quién es, mi vida?
—Es Peter Pan, mamá, ¿no lo sabes?
Al principio la señora Darling no lo sabía, pero después de hacer memoria y recordar su infancia se acordó de un tal Peter Pan que se decía que vivía con las hadas. Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños morían él los acompañaba parte del camino para que no tuvieran miedo. En aquel entonces ella creía en él, pero ahora que era una mujer casada y llena de sentido común dudaba seriamente que tal persona existiera.
—Además —le dijo a Wendy—, ahora ya sería mayor.
—Oh no, no ha crecido —le aseguró Wendy muy convencida—, es de mi tamaño.
Quería decir que era de su tamaño tanto de cuerpo como de mente; no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
La señora Darling pidió consejo al señor Darling, pero éste sonrió sin darle importancia.
—Fíjate en lo que te digo —dijo—, es una tontería que Nana les ha metido en la cabeza; es justo el tipo de cosa que se le ocurriría a un perro. Olvídate de ello y ya verás cómo se pasa.
Pero no se pasaba y no tardó el molesto niño en darle un buen susto a la señora Darling.
Los niños corren las aventuras más raras sin inmutarse. Por ejemplo, puede que se acuerden de comentar, una semana después de que haya ocurrido la cosa, que cuando estuvieron en el bosque se encontraron con su difunto padre y jugaron con él. De esta forma tan despreocupada fue como una mañana Wendy reveló un hecho inquietante. Aparecieron unas cuantas hojas de árbol en el suelo del cuarto de los niños, hojas que ciertamente no habían estado allí cuando los niños se fueron a la cama y la señora Darling se estaba preguntando de dónde habrían salido cuando Wendy dijo con una sonrisa indulgente:
—¡Seguro que ha sido ese Peter otra vez!
—¿Qué quieres decir, Wendy?
—Está muy mal que no barra —dijo Wendy, suspirando. Era una niña muy pulcra.
Explicó con mucha claridad que le parecía que a veces Peter se metía en el cuarto de los niños por la noche y se sentaba a los pies de su cama y tocaba la flauta para ella. Por desgracia nunca se despertaba, así que no sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
—Pero qué bobadas dices, preciosa. Nadie puede entrar en la casa sin llamar.
—Creo que entra por la ventana —dijo ella.
—Pero, mi amor, hay tres pisos de altura.
—¿No estaban las hojas al pie de la ventana, mamá?
Era cierto, las hojas habían aparecido muy cerca de la ventana.
La señora Darling no sabía qué pensar, pues a Wendy todo aquello le parecía tan normal que no se podía desechar diciendo que lo había soñado.
—Hija mía —exclamó la madre—, ¿por qué no me has contado esto antes?
—Se me olvidó —dijo Wendy sin darle importancia. Tenía prisa por desayunar.
Bueno, seguro que lo había soñado.
Pero, por otra parte, allí estaban las hojas. La señora Darling las examinó atentamente: eran hojas secas, pero estaba segura de que no eran de ningún árbol propio de Inglaterra. Gateó por el suelo, escudriñándolo a la luz de una vela en busca de huellas de algún pie extraño. Metió el atizador por la chimenea y golpeó las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera y era una caída en picado de treinta pies, sin ni siquiera un canalón al que agarrarse para trepar.
Desde luego, Wendy lo había soñado.
Pero Wendy no lo había soñado, según se demostró a la noche siguiente, la noche en que se puede decir que empezaron las extraordinarias aventuras de estos niños.
La noche de la que hablamos, todos los niños se encontraban una vez más acostados. Daba la casualidad de que era la tarde libre de Nana y la señora Darling los bañó y cantó para ellos hasta que uno por uno le fueron soltando la mano y se deslizaron en el país de los sueños.
Tenían todos un aire tan seguro y apacible que se sonrió por sus temores y se sentó tranquilamente a coser junto al fuego.
Era una prenda para Michael, que en el día de su cumpleaños iba a empezar a usar camisas. Sin embargo, el fuego daba calor y el cuarto de los niños estaba apenas iluminado por tres lamparillas de noche y al poco rato la labor quedó en el regazo de la señora Darling. Luego ésta empezó a dar cabezadas con gran delicadeza. Estaba dormida. Miradlos a los cuatro, Wendy y Michael allí, John aquí y la señora Darling junto al fuego. Debería haber habido una cuarta lamparilla.
Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que el País de Nunca Jamás estaba demasiado cerca y que un extraño chiquillo había conseguido salir de él. No le daba miedo, pues tenía la impresión de haberlo visto ya en las caras de muchas mujeres que no tienen hijos. Quizás también se encuentre en las caras de algunas madres. Pero en su sueño había rasgado el velo que oscurece el País de Nunca Jamás y vio que Wendy, John y Michael atisbaban por el hueco.
El sueño de por sí no habría tenido importancia alguna, pero mientras soñaba, la ventana del cuarto de los niños se abrió de golpe y un chiquillo se posó en el suelo. Iba acompañado de una curiosa luz, no más grande que un puño, que revoloteaba por la habitación como un ser vivo y creo que debió de ser esta luz lo que despertó a la señora Darling.



Se sobresaltó soltando un grito y vio al chiquillo y de alguna manera supo al instante que se trataba de Peter Pan. Si vosotros o Wendy o yo hubiéramos estado allí nos habríamos dado cuenta de que se parecía mucho al beso de la señora Darling. Era un niño encantador, vestido con hojas secas y los jugos que segregan los árboles, pero la cosa más deliciosa que tenía era que conservaba todos sus dientes de leche. Cuando se dio cuenta de que era una adulta, rechinó las pequeñas perlas mostrándolas.
James Barrie, Peter Pan

viernes, 25 de noviembre de 2016

REDACCIÓN


¿Qué hice el domingo?

El domingo fue un día en que hizo mucho sol y fui a pasear con papá y mamá. Mamá llevaba un vestido beige con una rebeca de color blanco hueso, y papá un pulóver azul Raf y unos pantalones grises y una camisa blanca, abierta. Yo llevaba un jersey de cuello cerrado, azul como el pulóver de papá pero más claro, y una chaqueta marrón y unos pantalones también marrones, un poco más claros que la chaqueta, y unas wambas rojas. Mamá llevaba unos zapatos claros y papá unos negros. Por la mañana paseamos y a media mañana fuimos a desayunar a las Balmoral. Pedimos un suizo y una ensaimada rellena, y yo pedí cruasanes. Luego fuimos a ver las flores, y las había rojas y amarillas y blancas y rosas, e incluso azules, que papá dijo que eran teñidas, y plantas verdes y violetas, y pájaros grandes y pequeños, y papá compró el periódico en un quiosco. También fuimos a mirar escaparates, y, una vez que llevábamos mucho rato delante de un escaparate con jerseys, papá le dijo a mamá que se diera prisa. Y luego, en una plaza, nos sentamos en un banco verde, y había una señora mayor con el pelo blanco y las mejillas muy rojas, como tomates, que daba pan a las palomas, y me recordaba a la yaya, y papá leía el periódico todo el rato y yo le pedí que me dejase mirar los dibujos y me dejó medio periódico y me dijo que no lo estropeara. Luego, cuando ya subíamos a casa, mamá, como papá estaba todo el rato leyendo el periódico, le dijo que siempre lo estaba leyendo y que ya estaba harta: que lo leía en casa, desayunando, comiendo, en la calle, caminando o en el bar, o cuando paseábamos. Y papá no dijo nada y continuó leyendo y mamá le insultó y luego era como si lo sintiese, y me dio un beso, y luego, mientras mamá estaba en la cocina preparando el arroz, papá me dijo no le hagas caso. Comimos arroz caldoso, que no me gusta, y carne con pimientos fritos. Los pimientos fritos me gustan mucho pero la carne no, que está muy cruda, porque mamá dice que así está más rica, pero a mí no me gusta. Me gusta más la carne que dan en el colegio, bien quemadita. En el colegio no me gustan nunca los primeros platos. En cambio, en casa me dan vino con gaseosa. En el colegio no. Luego, por la tarde, vinieron mis titos con mi primo, y mis titos se pusieron a hablar en la sala, con mis papás, y a tomar café, y mi primo y yo fuimos a jugar al jardín, y allí jugamos a madelmanes y al futbolín, a la pelota y con el camión de bomberos y a guerras de astronautas, y mi primo se puso muy tonto porque perdía, y a mí es que mi primo me molesta mucho, porque no sabe perder, y tuve que soltarle un guantazo y se puso a llorar muy fuerte, y vinieron mi mamá y mi tita y mi tito, y mamá dijo qué ha pasado y, antes de que yo le contestara, mi primo dijo me ha pegado y mi mamá me dio una bofetada y yo también me puse a llorar y volvimos todos a la sala, y mamá me cogía de la mano y papá leía el periódico y fumaba un puro que le había traído el tito, y mamá le dijo los niños están en el jardín, matándose, y tú aquí, tan tranquilo, repantigado. La tita dijo que no pasaba nada, pero mamá le dijo que siempre era lo mismo, que a veces se hartaba. Luego los titos se fueron y, mientras se iban, mi primo me sacó la lengua y yo también se la saqué, y papá puso el televisor, porque daban fútbol, y mamá le dijo que cambiase de canal, que en el segundo ponían una película y papá dijo que estaba viendo el partido y que no.

Luego fui al jardín, a ver la muñeca que tengo enterrada allí, al lado del árbol, y la saqué y la acaricié y la reñí porque no se había lavado las manos para comer y luego la volví a enterrar, y fui a la cocina, y mamá lloraba y le dije que no llorase. Luego me senté en el sofá, al lado de papá, y vi un rato el partido, pero luego me aburría y miré a papá, que era como si tampoco viese el partido y como si tuviera la cabeza en otra parte. Luego pusieron anuncios, que es lo que más me gusta, y luego la segunda parte del partido, y fui a ver a mamá, que estaba preparando la cena, y luego cenamos y pusieron una película de dibujos animados y las noticias, y una película antigua, de una artista que no sé cómo se llama, que era rubia y muy guapa y muy pechugona. Pero entonces me mandaron a dormir porque era tarde y subí las escaleras y me fui a la cama, y desde la cama oía la película y cómo discutían mis papás, pero con el ruido del televisor no podía oír bien lo que decían. Luego se peleaban a gritos y bajé de la cama para acercarme a la puerta y entender lo que decían, pero como todo estaba a oscuras no veía bien, sólo el claro de luna que entraba por la ventana que da al jardín y, como no veía bien, tropecé y tuve que volver a la cama con miedo por si venían a ver qué había sido aquel ruido, pero no vinieron. Yo escuchaba cómo continuaban discutiendo. Ahora lo oía mejor porque se ve que habían apagado el televisor, y papá le decía a mamá que no le molestara y la insultaba y le decía que no tenía ambiciones, y mamá también le insultaba y le decía no sé si que se fuese de casa o que se iría ella, y decía el nombre de una mujer y la insultaba, y luego oí que se rompía alguna cosa de cristal y luego oí gritos más fuertes, y eran tan fuertes que no se entendían, y luego oí un gran grito, mucho más fuerte, y luego ya no oí nada. Luego oí mucho ruido, pero flojito, como cuando para fregar arrastran los módulos del tresillo. Oí que se cerraba la puerta del jardín y entonces volví a salir de la cama y oí ruido fuera y miré por la ventana, y tenía frío en los pies, porque iba descalzo, y fuera estaba oscuro y no se veía nada, y me pareció que papá cavaba al lado del árbol y tuve miedo de que descubriese la muñeca y me castigara, y volví a la cama y me tapé bien, incluso la cara, escondida bajo las sábanas y a oscuras y los ojos bien cerrados. Oí que dejaban de cavar y luego unos pasos que subían las escaleras y me hice el dormido y oí que se abría la puerta del cuarto y pensé que debían de estar mirándome, pero yo no vi quién me miraba, porque me hacía el dormido y por eso no lo vi. Luego cerraron la puerta y me dormí y al día siguiente, ayer, papá me dijo que mamá se había ido de casa y luego vinieron señores que preguntaban cosas y yo no sabía qué contestar y todo el rato lloraba, y me llevaron a vivir a casa de los titos, y mi primo siempre me pega, pero eso ya no fue el domingo.

Quim Monzó